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La historia de Cecilia, mamá de los primeros trillizos varones de Bahía

Hace 56 años, Cecilia Cantarelli se enteró de que esperaba trillizos concebidos de manera natural. Entre el shock, las incubadoras y 24 pañales diarios, crió a Diego, Ezequiel y Sebastián, que crecieron juntos.

Cecilia Corradetti / corradetticeciliamail.com

Especial para La Brújula 24

Cecilia Cantarelli pensaba que estaba por convertirse en mamá de un solo hijo. Tenía un departamento recién estrenado, de un dormitorio, y una vida que empezaba a acomodarse junto a su marido, Osvaldo Montero. Pero cuando cursaba el sexto mes de embarazo, una noticia cambió todos sus planes: no esperaba un bebé. Eran tres.

“Uno piensa que un hijo cabe en cualquier parte, que en el departamento recién estrenado de un dormitorio no hay ningún problema. Y que te digan, sobre la fecha de nacimiento, que vienen tres… No sabés lo que fue. Realmente fue terrible”, recuerda Cecilia, todavía con asombro, 56 años después.

El shock fue tan grande que lloró durante tres días. Osvaldo también quedó desconcertado. La familia intentó tranquilizarlos, pero la preocupación era inevitable: ¿cómo iban a hacer para recibir a tres bebés en un departamento pequeño? ¿Y qué pasaría con ellos, que estaban por nacer antes de tiempo, en una época en la que la atención neonatal era muy distinta de la actual?

La historia comenzó en Bahía Blanca, en septiembre de 1970. Cecilia y Osvaldo habían concebido trillizos de manera natural. El 15 de septiembre, ella llegó al Hospital Privado del Sur a las 23.10 y, media hora después, los tres habían nacido. Eran sietemesinos y se convirtieron en los primeros trillizos varones de la ciudad.

Diego, Ezequiel y Sebastián llegaron al mundo por parto natural, asistidos por el obstetra Roberto “Chale” Vincent. Pero el nacimiento fue apenas el comienzo de una etapa que Cecilia recuerda como “bastante brava”.

“Parece la prehistoria, pero fue hace 56 años”, dijo la mamá de los trillizos

“Parece la prehistoria, pero realmente fue hace 56 años nada más”, dice cuando repasa las condiciones que había entonces. En el sanatorio no había una sala de Neonatología como las que existen hoy, tampoco neonatólogos especializados y había una sola incubadora, que estaba ocupada.

Hubo que salir a conseguir otra. Los bebés más pequeños compartieron una incubadora y el tercero estuvo en otra. Sebastián pesó 1,530 kilos; Ezequiel, 1,650; y Diego, 1,930.

Para Cecilia, que acababa de convertirse en mamá de tres, la experiencia fue tan desconcertante como dolorosa. Sus hijos estaban allí, a pocos metros, pero no podía tenerlos en brazos ni tocarlos como había imaginado.

“Con sondas, yo no los podía prácticamente ni ver ni nada, porque lógicamente no se podían ni tocar. Yo miraba la incubadora como si fuera una vitrina que tenía joyas adentro, pero no podía ni tocarlos y apenas podía mirarlos de lejos”, cuenta.

Tenía que ingresar con barbijo y cuidados especiales. No había salas preparadas para que las madres permanecieran junto a sus bebés. La maternidad que había imaginado se convirtió, de golpe, en una espera detrás del vidrio, pendiente de cada noticia y de cada pequeño avance.

Y cuando los tres pudieron ir a casa, comenzó otro desafío.

El departamento de Italia al 1300 no tenía lugar para tres cunas. Cecilia y Osvaldo tuvieron que reorganizar la vida cotidiana, buscar una vivienda más grande y aprender a criar a tres bebés al mismo tiempo. La ayuda que recibieron fue poca, recuerda ella, aunque siempre destaca el esfuerzo compartido con su marido.

“Con los chicos me dediqué totalmente, yo y Osvaldo, por supuesto, que es un padrazo de esos”, dice.

La rutina tenía una exigencia que hoy parece difícil de imaginar. Durante los primeros cinco meses, los bebés tomaban la mamadera cada tres horas. Y estaban los pañales y los chiripás: 24 por día.

“Tenía que lavarlos a mano, hervirlos y después plancharlos”, recuerda Cecilia. No había atajos. Había que lavar, poner al sol, planchar y volver a empezar. Tres bebés, tres mamaderas, tres pequeños cuerpos que necesitaban atención y una mamá que fue aprendiendo sobre la marcha.

“Pero bueno, como yo digo, Dios siempre ayuda y lo pudimos hacer entre los dos”, resume.

También hubo que encontrar una casa donde entraran los chicos y todo lo que una familia necesitaba. Cecilia recuerda que cargó a los bebés en el auto y fue a hablar con el dueño de un complejo de departamentos para pedirle financiación para comprar una vivienda más cómoda.

“Vio a mis hijos y se sensibilizó. Finalmente nos mudamos”, cuenta. En 1975, la familia se trasladó a Palihue, donde los trillizos pasaron buena parte de su infancia y juventud.

Tres hermanos, tres maneras de ser

Con el tiempo, aquella preocupación inicial fue quedando atrás. Los tres crecieron sanos, fueron al jardín juntos, compartieron la escuela y hasta quinto año estuvieron sentados en el mismo banco. Cuando pasaron al Colegio Nacional, también fueron a la misma aula.

Pero compartir el nacimiento y buena parte de la vida no significó ser iguales.

“Muchos decían que iba a haber problemas, que podían ser compatibles entre ellos, pero no. Cada uno era bien individual, todos pensaban distinto y eran distintos”, explica Cecilia.

Sebastián, el más reservado, era “bastante secote”, según la descripción cariñosa de su mamá. Diego, en cambio, siempre fue el más sociable, el que iba y venía, el que se movía y ayudaba. Ezequiel también tenía su propio carácter. Tres hermanos unidos por una historia extraordinaria, pero con personalidades diferentes, como sucede en cualquier familia.

Después llegaron las carreras, los trabajos, las parejas, los hijos y las vidas propias. Los tres se recibieron en la Universidad Nacional del Sur: Diego es contador, Ezequiel ingeniero electrónico y Sebastián ingeniero agrónomo. Hoy los tres viven en Bahía Blanca.

Una madre que disfruta al recordar viejas épocas

Cecilia disfruta recordar aquellas anécdotas de la infancia y la juventud. Como la bicicleta Aurorita azul que les regaló Osvaldo. Era una sola para los tres y tenían que turnarse para usarla hasta que, más adelante, cada uno pudo tener la suya.

O las peleas entre hermanos, que duraban poco, aunque casi siempre eran “dos contra uno”. O las salidas vestidos iguales, cuando la gente los detenía por la calle para mirarlos y preguntarles si eran trillizos.

Los cumpleaños también fueron siempre una celebración compartida. Durante años, los tres festejaron juntos, hasta que al llegar a la universidad comenzaron a hacerlo por separado, según los tiempos de cada carrera.

“Nosotros no conocemos otra cosa que no sea ser trillizos”, dijeron alguna vez los hermanos al recordar aquella vida compartida.

La noche en que Osvaldo le contó la verdad

Pero si hay una escena que Cecilia guarda como el comienzo de todo, es la noche en que se enteró de que no esperaba un bebé, sino tres.

Estaba de seis meses cuando el médico vio a los tres chicos en una ecografía. Ella fue la última en saberlo. El doctor le hizo señas a su mamá, Nelly, que salió del consultorio angustiada para contarle a su padre, Ovidio Cantarelli. Después, Ovidio se lo comunicó a Osvaldo.

Todos acordaron que Cecilia se enterara al día siguiente, a través del médico.

Esa noche, sin embargo, tenían una cena en el Club Estudiantes. Osvaldo estaba tan preocupado que no quería ir. Cecilia insistía en saber qué le pasaba.

“¿Por qué? ¿Qué pasa?”, le preguntó.

Y él, finalmente, se lo dijo:

“¡Es que son tres! No vamos a tener un hijo, ¡vamos a tener tres!”.

La frase quedó para siempre en la memoria de Cecilia. También el miedo de aquellos primeros días, las incubadoras, las horas de espera y el trabajo enorme que significó criar a tres bebés a la vez.

Pero cuando mira hacia atrás, el balance cambia.

“Gracias a Dios todo eso pasó. Fueron chicos sanos, bien, normales, cosas corrientes de chicos. Todo perfecto”, dice.

Este Día de la Madre la encuentra recordando aquella noticia que le cambió la vida, pero también la historia que vino después: tres hijos que crecieron juntos, cada uno con su carácter, sus decisiones y su camino.

Cecilia no oculta el shock de aquel momento ni las dificultades que atravesaron. Pero cuando habla de sus hijos, la angustia inicial deja lugar a la gratitud. Hace 56 años esperaba un bebé y recibió tres. Y desde entonces, como dice ella, fueron saliendo adelante.

La maternidad le llegó por partida triple. Y la vida, con sus desafíos y sus alegrías, también.

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