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Una bahiense en el Ártico: navegó entre tormentas, hielo y osos polares
Constanza Manfredi participó de una expedición de casi tres meses por una de las rutas marítimas más extremas del planeta. “Es para una vez en la vida”, contó en La Brújula 24.
Constanza Manfredi es una bahiense que vive desde hace más de una década en Mallorca y trabaja en la industria náutica. Pero una llamada inesperada terminó llevándola mucho más lejos: durante casi tres meses navegó por el Ártico y atravesó el Pasaje del Noroeste, la histórica ruta marítima que conecta los océanos Pacífico y Atlántico por el norte de Canadá.
La propuesta llegó de un día para otro. Dos amigos que trabajaban en Vancouver (Canadá) en la preparación de una embarcación para la travesía necesitaban una marinera que, además, supiera cocinar.
“Me dicen: ‘Connie, necesitamos una cocinera, ¿no querés venir?’. Teníamos que irnos en una semana”, recordó durante una entrevista con el programa "Nunca es tarde", por La Brújula 24.
En apenas cinco días organizó su vida, resolvió los trámites necesarios y viajó a Alaska para sumarse a la expedición. “Lo primero que pensé fue que no, porque tenía que organizar al perro, a mi hijo, todo en cinco días. Pero algo me latía adentro. Pensaba: ‘El Ártico, el Ártico’”, relató. Su hijo y el padre del joven terminaron de convencerla: “Me dijeron: ‘Andá, es el sueño de cualquier navegante’”.
Manfredi contó que su vínculo con el mar comenzó durante su infancia y que, ya instalada en Mallorca, trabajó durante años como tripulante de embarcaciones privadas. Con el tiempo se especializó en mantenimiento y barnizado de barcos clásicos, un oficio que terminó abriéndole la puerta a la expedición.

El viaje comenzó en Juneau, Alaska. Antes de zarpar tuvieron apenas dos días para llenar el barco de provisiones para varios meses: carne, frutos secos, legumbres, papas, cebollas, conservas y hasta un freezer adicional. “Llenamos todas las sentinas del barco de comida. De todo lo que te imagines”, explicó.
La primera parte de la navegación ya mostró la dimensión del desafío. Durante unos 12 días avanzaron sin detenerse hasta Nome, atravesando sectores con fuerte oleaje y vientos catabáticos provenientes de las montañas y glaciares. “Para mí fue de lo más complicado. El barco se movía mucho. Había vientos que vienen de repente y te tiran”, recordó.
Después comenzó el verdadero escenario ártico: hielo, largas esperas para encontrar pasos navegables y extensos períodos sin contacto con otras embarcaciones. “Ninguno conocíamos lo que era el hielo, lo que era el Ártico. Quizás si hubiera sabido todo, no hubiera ido”, admitió. Sin embargo, aseguró que no se arrepiente de nada: “Llegábamos a lugares que eran paraísos, paisajes que te dejaban muda, y se te olvidaba todo lo que habías pasado”.
Uno de los momentos de mayor tensión ocurrió durante los encuentros con osos polares. Antes de desembarcar, la tripulación utilizaba un dron para comprobar que no hubiera ejemplares cerca. “Los vi nadar y te impresiona lo rápido que lo hacen. Y corren muy rápido, dan miedo”, contó. Las propias comunidades locales les advertían sobre el peligro que representaba acercarse demasiado.

La expedición también permitió el contacto con pequeñas comunidades Inuit del Ártico canadiense, algunas integradas por apenas 250 o 300 personas.
Manfredi relató que fueron recibidos con enorme hospitalidad y que los habitantes les regalaban pescado y salmón, además de ayudarlos cuando necesitaban abastecerse. “No les gusta que les digan esquimales, se dice Inuit”, remarcó en la entrevista. También describió localidades aisladas, con muy pocos suministros y enormes dificultades logísticas para recibir alimentos y otros productos.
Hubo además un fenómeno que la marcó especialmente. Hacia el final de la travesía, cuando navegaban hacia Groenlandia, la tripulación observó una aurora boreal en plena madrugada. “Era como un baile de luces. No sabía qué estaba pasando, parecía de mentira”, recordó.
La escena ocurrió mientras avanzaban únicamente a vela, a 15 nudos. “Estábamos todos afuera, cansados, mudos, sin poder creer lo que veíamos. Al otro día nadie podía hablar de otra cosa”.
Durante aproximadamente un mes y 20 días vivieron además bajo condiciones de luz casi permanente. El sol bajaba durante la madrugada, pero nunca llegaba a desaparecer por completo. “Cuando empezamos a tener tres horas de noche no lo podíamos creer. Yo decía: ‘Es de noche, estamos durmiendo de noche’”, contó.

La travesía pasó también por el Estrecho de Bering, donde sufrieron tormentas, lluvia, niebla extrema y jornadas sin visibilidad. En uno de los intentos por detenerse a descansar en las islas Aleutianas, recibieron por radio la negativa para desembarcar y debieron continuar viaje.
Al finalizar la expedición, Manfredi recibió un reconocimiento como mejor tripulante y una pieza de arte inuit como premio. Pero a pesar de la experiencia, no está segura de repetirla. “Eso es para una vez en la vida”, respondió cuando le preguntaron qué haría si volviesen a convocarla.
Después de tres meses entre hielo, tormentas, aislamiento y algunos de los paisajes más extremos del planeta, el regreso a España modificó incluso su percepción de las cosas cotidianas. “Llegué y miraba el sol, apreciaba todo tanto”, resumió.

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