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De Ayer a Hoy

Un hospital lleva su nombre por impulsar la salud de un pequeño pueblo

Luis Urizar llegó a Stroeder por 15 días y ya lleva casi siete décadas. Convirtió en centro de salud lo que era una sala de primeros auxilios: “Solo aporté el 10%, el resto fue gracias a la comunidad en su conjunto”.

Fotos: Pablo Noir (La Brújula 24).

Por Leandro Grecco
Facebook: Leandro Carlos Grecco / Instagram: @leandro.grecco / X: @leandrogrecco

Luis Urizar tiene 93 años y llegó a Stroeder con apenas 25, pensando que la estadía duraría no más de dos semanas. Había dejado atrás Paraguay, la persecución política y un inicio de carrera profesional interrumpido por la dictadura de Alfredo Stroessner. Sesenta y seis años después, todavía le cuesta imaginarse lejos de la medicina y del pueblo que terminó convirtiéndose en su lugar en el mundo.

Nacido en Asunción en 1933, creció en una familia paraguaya integrada por su padre, militar, y su madre, ama de casa. Durante sus años universitarios estudió Medicina y llegó a presidir el Centro de Estudiantes cuando cursaba sexto año, en medio de un escenario político cada vez más complejo.

“Durante el primer tramo de la dictadura de Stroessner encabezamos uno de los centros más combativos. Nos movilizamos porque la Facultad estaba intervenida por el Gobierno”, recordó, con un dejo de nostalgia indisimulable.

Urizar también había realizado formación militar en el área de sanidad a través de un sistema que permitía a estudiantes secundarios y universitarios completar distintas etapas durante el verano hasta alcanzar el grado de subteniente. Sin embargo, la situación política terminó marcando definitivamente su futuro.

Una asamblea universitaria fue reprimida violentamente y varios estudiantes terminaron internados por los golpes recibidos. Urizar había completado apenas dos años de residencia en cirugía cuando entendió que ya no tenía alternativas y decidió abandonar Paraguay.

Su primer destino en Argentina fue Pedro Luro, donde ya se encontraba un médico de apellido Cabrera. Fue allí donde, durante una misa, un sacerdote les comentó que en una localidad cercana se habían quedado sin el único profesional porque el médico que atendía la sala de primeros auxilios se había ausentado por motivos familiares.

Ese lugar era Stroeder, “el cura nos pidió que fuéramos a reemplazarlo. Cuando llegamos nos encontramos con que ni siquiera había energía eléctrica”, contó el facultativo. Su compañero no logró adaptarse a las condiciones del pueblo. 

Él, en cambio, decidió quedarse algunos días hasta que regresara el médico de licencia. “Sentía que no podía fallarle a la gente que vivía allí. Me iba a quedar diez o quince días como máximo. Después pensaba volver a Pedro Luro”, relató.

Ya nunca regresó, la tranquilidad del lugar terminó siendo decisiva para alguien que acababa de atravesar meses marcados por la tensión y la persecución en su país natal. “Stroeder, pese a todas sus carencias, me había conectado con la paz que buscaba después de mis últimos meses en Paraguay”, explicó y los 15 días previstos terminaron convirtiéndose en 66 años.

Cuando llegó, Stroeder tenía poco más de tres mil habitantes y apenas contaba con una sala de primeros auxilios. Con el paso de los años, la tarea conjunta de la cooperadora, el municipio, los profesionales y los propios vecinos permitió ampliar progresivamente las instalaciones.

Se construyó un quirófano, espacios para internación, laboratorio, sala de partos y guardia. Cirujanos provenientes de Bahía Blanca, entre ellos Antonio Gimeno, Eduardo De Lasa y Juan Carlos Vallati, viajaban especialmente hasta la localidad para realizar intervenciones. Las condiciones, sin embargo, estaban lejos de ser sencillas.

Durante los primeros tiempos había unos 200 kilómetros de camino de tierra hasta Bahía Blanca y alrededor de 70 hasta Carmen de Patagones. Los días de lluvia podían convertir cualquier traslado en una odisea y, durante los períodos secos, el viento levantaba polvo al punto de dificultar completamente la visibilidad.

La ambulancia que había llegado desde Carmen de Patagones tampoco ofrecía demasiadas garantías por su antigüedad. La llegada de la electricidad y, posteriormente, del asfalto cambiaron buena parte de aquella realidad. Con el correr de las décadas, aquel pequeño centro sanitario terminó convirtiéndose en el Hospital de Stroeder, que hoy lleva oficialmente el nombre de Luis Urizar.

Para el médico, sin embargo, el reconocimiento pertenece a toda la comunidad. “El hospital lleva mi nombre y me dio mucha satisfacción y orgullo, pero fue un trabajo conjunto. Lo mío fue solamente un 10%. El resto del mérito corresponde a todas las patas de una mesa que hicieron posible algo que parecía inverosímil”, afirmó.

Urizar destacó especialmente la denominada “campaña del trigo”, mediante la cual los productores y vecinos realizaban donaciones del cereal para reunir fondos destinados a mejorar el establecimiento sanitario. Su compromiso con Stroeder tampoco terminó en la medicina.

Años después de instalarse detectó otra problemática: muchos chicos concluían la escuela primaria pero no podían continuar estudiando porque sus familias carecían de recursos para costear un pupilaje en Bahía Blanca o Carmen de Patagones. “En mi tercer año fui a hablar con el Padre Basso, que estaba con los salesianos. Le dije que la gente que no tenía plata no podía estudiar”, recordó.

A partir de aquella inquietud, junto con el sacerdote y un grupo de vecinos impulsaron la creación del colegio secundario de Stroeder. En los primeros tiempos, el propio Urizar llegó a desempeñarse como docente de Anatomía hasta que pudieron incorporarse nuevos profesores.

Su carrera también lo llevó más allá de los límites de la localidad. Fue secretario de Salud del partido de Patagones y estuvo al frente de la Región Sanitaria I, responsabilidad que recuerda como otra de las etapas importantes de su vida profesional.

Hoy, con más de nueve décadas de vida, se encuentra realizando los trámites ante ANSES para finalmente acceder a la jubilación. La decisión, explicó, está vinculada especialmente con su familia. “Mi esposa también tiene unos cuantos años y queremos aprovechar al máximo todo lo que tengamos juntos por delante”, señaló.

Sin embargo, admite que pensar en abandonar definitivamente el consultorio no resulta sencillo. Después de más de seis décadas de ejercicio, también observa con preocupación algunos cambios en la relación entre los médicos y sus pacientes.

“Antes el médico revisaba a una persona y podía hacerle un semblanteo cuando apenas había una radiografía. Ahora lo primero que pregunta el paciente es qué estudio se tiene que hacer y qué resultado dio”, sostuvo. En ese mismo ítem, ponderó la labor de dos prestigiosos médicos bahienses: el ya fallecido Juan Carlos Cafasso y su colega Bernardo Kaiser.

Urizar aclaró que no cuestiona el avance tecnológico ni los nuevos instrumentos de diagnóstico, pero considera que la dependencia de la aparatología terminó modificando un vínculo que históricamente fue central en la medicina.

También advirtió que los juicios por mala praxis y las condiciones laborales pueden haber provocado que nuevas generaciones eviten asumir determinadas responsabilidades, particularmente en el ámbito hospitalario. “Un médico pone todo su esfuerzo para hacer una guardia de 24 horas. Ni hablar de lo que ocurrió en las terapias intensivas durante la pandemia”, expresó.

El protagonista de este artículo evita ubicarse como protagonista exclusivo de los cambios que atravesó Stroeder durante más de 50 años. Habla de vecinos, cooperadoras, médicos, productores, docentes, sacerdotes y autoridades que entendieron que el crecimiento del pueblo dependía del compromiso colectivo. “Lo que me queda en limpio es que sin la colaboración mayoritaria de los habitantes de un lugar es imposible alcanzar los objetivos propuestos”, resumió.

Llegó escapando de una dictadura, para cubrir durante unos días una vacante médica en un pueblo sin electricidad. Más de seis décadas después, aquella sala de primeros auxilios se convirtió en un hospital que lleva su nombre y Stroeder terminó siendo mucho más que el destino circunstancial que alguna vez imaginó.

Por estas horas y por si fuera poco, la Cámara de Diputados de Paraguay analiza un proyecto impulsado por el legislador Enrique Antonio Buzarquis para otorgarle la Orden Nacional del Mérito Comuneros al entrañable Luis, en reconocimiento a su trayectoria en la medicina, la salud pública y su labor humanitaria, siendo un exiliado de la dictadura militar.

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