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De Ayer a Hoy

"Manolo" Harriet, el joven que aprendió a reinventarse tras la adversidad

Destacado polista bahiense con nivel internacional, superó los obstáculos que le pusieron la pandemia y los desastres climáticos para reflotar junto a su familia un espacio gastronómico de avanzada en la ciudad.

Fotos: Pablo Noir (La Brújula 24).

Por Leandro Grecco
Facebook: Leandro Carlos Grecco / Instagram: @leandro.grecco / X: @leandrogrecco

Casi no reconoce su nombre completo como propio. Desde sus primeros años, para familiares, amigos y conocidos fue simplemente su popular apodo. “Me convertí en ‘Manolo’ prácticamente al nacer, solo me llama Juan Manuel aquel que no me conoce”, cuenta al repasar una historia que estuvo desde el comienzo estrechamente ligada al campo y todo lo que eso conlleva.

Es el menor de tres hermanos y buena parte de sus recuerdos de infancia están vinculados con la vida rural. Pasaba semanas enteras fuera de la ciudad y aprendió desde chico a convivir con equinos que terminarían ocupando un lugar central en su vida. “Los caballos siempre estuvieron presentes. Siendo muy chico pasaba semanas en el campo. De aquella vida rural tengo muchísimos recuerdos y la extraño”, recuerda.

Con el paso del tiempo la familia comenzó a acercarse al casco urbano, aunque aquel vínculo no desapareció. “Me terminé adaptando porque, pese a habernos acercado un poco a la ciudad, seguimos teniendo caballos y hasta podíamos montar ahí mismo”, explica. El cambio definitivo llegó cuando su abuelo debió vender el establecimiento y los Harriet volvieron a mudarse.

En paralelo, Manolo desarrolló su recorrido educativo. Cursó gran parte de sus estudios en el Colegio Victoria Ocampo, aunque el último año tomó una decisión diferente. “Lo rendí libre en Buenos Aires. Me fui a vivir allá porque me dedicaba a jugar al polo y tenía que estar cerca de la cría de los caballos”, señala.

El deporte había llegado naturalmente a partir de su entorno familiar. “Es una disciplina que se acuñó muy fuerte en mí por mi papá, mi tío y mis hermanos, que lo llevan en la sangre y me abrieron el camino”, explica. Lo que inicialmente formaba parte de la rutina familiar terminó transformándose en una pasión que exigiría cada vez más dedicación.

Mientras transitaba ese proceso, la mudanza de los Harriet a un sector cercano al Paso Vanoli abrió otro capítulo de la historia. Allí, a pocos metros del arroyo, nació hace alrededor de 25 años La Escondida.

La idea original estaba lejos de la estructura que tiene actualmente el establecimiento. “Nos planteamos la posibilidad de abrir un espacio pequeño en el que la gente pudiera venir a comer una hamburguesa y tomar una gaseosa”, recuerda “Manolo”. El comienzo fue modesto, prácticamente artesanal, y ninguno de los integrantes de la familia tenía antecedentes en gastronomía.

“Ninguno de nosotros tenía experiencia en el rubro. En mayor o menor medida todos le dedicamos tiempo al emprendimiento y nos ayudamos entre nosotros”, señala. Con los años, cada integrante combinó aquella tarea con otras actividades: sus hermanos ligados también al campo y su madre al sector inmobiliario.

La Escondida fue creciendo mientras Harriet profundizó su formación en el polo. En Bahía Blanca encontró rápidamente un límite para sus aspiraciones deportivas y comprendió que debía buscar competencia en otro ámbito. “Acá el techo de esta actividad no es muy alto, por lo que si querés progresar tenés que ir a Buenos Aires, y eso fue lo que finalmente hice”, explica.

Su llegada a La Aguada, en Luján, representó un salto importante. “Ahí logré desarrollarme en este ámbito, en un ambiente profesional, por así decirlo”, sostiene. La experiencia le permitió comprender que el rendimiento no dependía únicamente de la capacidad del jugador.

“Terminé de aprender sobre la importancia del caballo, su entrenamiento y el cuidado del animal, con una alimentación acorde. Y, en mi caso, también mantener una forma física que te permita competir al más alto nivel”, relata.

Años después, otro desafío completamente diferente puso a prueba a la familia y al emprendimiento. La pandemia de coronavirus alteró durante meses el funcionamiento de La Escondida y sembró las primeras dudas sobre su continuidad.

“Con el Covid-19 vivimos un tramo de mucha angustia. Era mirar alrededor y preguntarse si algún día se iba a poder volver a una cierta normalidad, cuándo terminaba esa pesadilla y si íbamos a poder colocar mesas otra vez en el parador”, recuerda.

El establecimiento logró atravesar aquel período, pero el 7 de marzo de 2025 llegaría un golpe todavía más fuerte. Esa mañana, cuando comenzó a desatarse la tormenta que derivó en la histórica inundación de Bahía Blanca, Manolo se encontraba en su casa, ubicada a escasos metros de La Escondida.

Esa misma noche tenían previsto realizar un casamiento. En cuestión de horas, cualquier planificación quedó relegada frente a una inconmensurable emergencia que alcanzó dimensiones impensadas.

“Intenté acercarme al salón, pero era imposible. Llamé a mi papá para que viniera a ayudarme porque incluso había tratado de llegar caminando, pero el nivel del agua estaba a la altura de mi pecho”, reconstruye.

Recién alrededor de las 16 pudieron avanzar cruzando el arroyo. Para entonces, la preocupación por las instalaciones había quedado en segundo plano. Junto con otras personas comenzaron a utilizar sogas y kayaks para asistir a quienes habían quedado aislados.

“Sacamos gente que se había quedado en las inmediaciones. Era una verdadera locura porque entrábamos en kayak para dar una mano junto a otras personas que fueron muy solidarias”, recuerda.

Entre tantas situaciones, había una que lo desvelaba particularmente. Uno de los trabajadores del lugar vivía detrás de su casa y había quedado separado por el agua. “Nos comunicamos a los gritos del otro lado de la ruta y solamente pensaba cómo estaría sobrellevando esas primeras horas de la inundación y de qué forma ponerlo a salvo”, cuenta.

Una vez superada la emergencia inmediata llegó el momento de evaluar los daños. Las pérdidas fueron importantes y sus consecuencias económicas todavía continúan. “Al día de hoy estamos terminando de pagar algunas cosas, pero no queda otra que seguir adelante”, reconoce.

Durante las primeras semanas la familia llegó a preguntarse si tenía sentido volver a empezar. La respuesta apareció al recordar los orígenes del proyecto. “En un principio dudamos en seguir, pero con la mente más fría y sabiendo lo que había sido el comienzo del emprendimiento con un carrito de dos por dos, nos animamos a retomar aquello que había empezado como un sueño”, relata.

También resultó decisivo el acompañamiento de quienes habían convertido a La Escondida en un lugar habitual. “Se sumó el empuje de nuestros clientes, que machacaron a más no poder para que se pudiera volver a poner de pie este lugar de encuentro”, destaca.

La inundación terminó acelerando una transformación que la familia había comenzado a imaginar tiempo atrás. Durante años eran frecuentes las consultas para alquilar el salón con motivo de casamientos, cumpleaños de 15 y otras celebraciones, aunque el funcionamiento abierto al público hacía difícil compatibilizar ambas propuestas.

“La pandemia ya había sido una luz de alerta, pero la inundación marcó el punto de inflexión que puso a toda la familia a proyectar qué íbamos a hacer”, explica. Después de varias conversaciones, decidieron realizar obras y avanzar hacia un concepto más vinculado con eventos sociales y empresariales.

“Por suerte tiene muy buena aceptación entre la gente. Nos falta ir puliendo detalles, pero vamos camino a lograr lo que aspiramos brindar como un servicio a la comunidad en general”, asegura.

Después de aquella reconstrucción, en 2026 volvió a aparecer una oportunidad ligada a la otra gran pasión de su vida. Un amigo lo llamó para ofrecerle viajar a Francia a jugar al polo. La propuesta inicial era permanecer un mes, pero la experiencia finalmente se extendió a dos.

“Era la primera vez que me tocaba estar afuera del país por el polo, salvo alguna ocasión en la que había ido a Chile a competir. La verdad es que rescato todo lo positivo de esa vivencia, fue muy divertida”, cuenta.

En Francia encontró equipos de alto nivel y consiguió además quedarse con una copa. “La satisfacción fue mayúscula”, admite. El viaje terminó antes de lo esperado debido a una fractura en un hombro que lo obligó a regresar a la Argentina, aunque el balance no cambió: “Fueron dos meses que me ayudaron a crecer en todos los sentidos”.

Hoy, después de haber atravesado etapas tan diferentes, Harriet observa con preocupación las consecuencias que dejaron los últimos años en Bahía Blanca. “A la gente todavía la veo golpeada. Recibió varias cachetadas con estos fenómenos climáticos y, cuando está intentando acomodarse, viene otra todavía más fuerte”, sostiene.

A pesar de ese escenario, rescata la voluntad de quienes siguen apostando por la ciudad. “Me gustaría que a Bahía le vaya bien porque veo que hay muchos habitantes que toman sus riesgos e invierten, más allá de todo lo que eso implica”, afirma.

Las experiencias acumuladas también cambiaron su manera de pensar el futuro. Manolo reconoce que alguna vez imaginó proyectos para varias décadas, pero hoy su horizonte es otro.

“Antes de todos estos acontecimientos me proyectaba a 30 años. Lo que uno aprende de lo vivido es plantearse objetivos a corto plazo, enfocándose en el presente para no hacerse mala sangre con un futuro que es incierto”, resume.

Entre aquella infancia en el campo, los caballos que nunca se fueron, el crecimiento de La Escondida, las crisis que obligaron a empezar nuevamente y un deporte que llegó a llevarlo hasta Europa, Manolo Harriet construyó una historia atravesada por los cambios. Una vida en la que, después de cada golpe, la respuesta terminó siendo siempre parecida: acomodarse a la nueva realidad y volver a intentarlo.

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