Seguinos

De Ayer a Hoy

Mele: "El básquet me salvó y el ejemplo de mis padres marcó mi rumbo"

Repasó su infancia en Villa Martelli. La difícil adolescencia vinculada con las adicciones. Su llegada a Bahía después de vivir en Ushuaia y Bariloche. Y qué lugar ocupan el deporte y la familia como contención.

Fotos: Pablo Noir (La Brújula 24).

Por Leandro Grecco
Facebook: Leandro Carlos Grecco / Instagram: @leandro.grecco / X: @leandrogrecco

Walter “el Loco” Mele, nació y creció en Villa Martelli, en una familia trabajadora y con una infancia marcada por la austeridad, aunque asegura que aquellos años permanecen entre sus mejores momentos. “No me daba cuenta de las necesidades que pasaban mis papás para darnos todo, tanto a mi hermano, que es dos años más grande, como a mí”, recordó.

Su papá era carpintero y su mamá, modista de alta costura. “Confeccionaba vestidos de novia y de madrinas. Tampoco notamos las carencias materiales porque no conocíamos otra cosa ni grandes lujos o juguetes fastuosos”, contó. Las vacaciones tampoco requerían demasiado: “Era jugar al fútbol y usar la única canilla que había en una vereda de la cuadra para que 50 pibes nos mojemos con la manguera. Nos divertíamos con muy poco”.

La aparición del básquet cambiaría definitivamente su historia. Fue su padre quien buscó acercarlo a un club. “Me llevó a una cancha por primera vez, siguiendo los pasos de mi hermano, porque me quería sacar de la calle. Eso que puede parecer un detalle terminó siendo fundamental”, señaló. Y dejó una reflexión que atraviesa buena parte de su recorrido: “No importa si el chico se destaca o no. Son diez minutos entre padres e hijos que después no se recuperan más”.

Con ocho años comenzó a viajar tres veces por semana hasta el club San Andrés. “Mi papá tomaba dos colectivos los lunes, miércoles y viernes para que no falte a entrenar y me llevaba a los partidos en su camioneta Estanciera”, evocó. Allí también pudo observar de cerca al equipo que fue campeón en 1984 con Ernie Graham como figura. “Este deporte me atrapó porque logré protagonismo, a diferencia del fútbol, en el que todos en el barrio jugábamos bien”.

Sin embargo, la adolescencia lo enfrentó con la etapa más compleja de su vida. Después de abandonar la escuela secundaria, tomó decisiones que lo acercaron a las drogas durante tres años. “Elegí caminos por los que no debía ir. Fue mi peor momento, donde estuvieron presentes las adicciones”, reconoció. 

La posibilidad de jugar al básquet en Tierra del Fuego apareció entonces como una salida inesperada: “Creo que fue Dios el que me salvó porque hizo posible un llamado para irme a jugar al sur del país una Liga C”. Antes de cumplir la mayoría de edad armó las valijas y se radicó muy lejos. Se incorporó al club Círculo Policial de Ushuaia. Después continuó su carrera en Deportivo Gastronómico de Bariloche, donde permaneció dos temporadas y participó de competencias nacionales de ascenso. 

“Cuando estuve más complicado, me fui a un lugar recóndito donde no llegaban todas esas cosas que me podían hacer reincidir en el vicio. Fue el destino el que no quiso que la pelota de básquet me llevara, por ejemplo, a Mar del Plata, porque ahí la historia seguro hubiese sido diferente”, analizó.

En 1990 apareció Pacífico y, con esa propuesta, Bahía Blanca. “Sentí que llegaba a la NBA porque sabía que estaba arribando a la Capital del Básquet”, aseguró. Lo que inicialmente era un destino más terminó convirtiéndose en su lugar en el mundo. “Cuando me preguntan por qué me radiqué acá, tuvo que ver con el hecho de que me casé siendo joven, en el lugar en el que nacieron mis hijos”.

Mientras jugaba, se ganó su sustento como personal de seguridad. Primero lo hizo en Champagne, a partir del vínculo con un dirigente de Pacífico que era accionista del boliche, y luego permaneció ocho años en la puerta de Treintones. “Haber trabajado en la noche no me llevó a caer en ningún tipo de tentación como las que tuve durante la adolescencia. Era mi empleo y lo tomaba con responsabilidad”, explicó.

Aquella experiencia también le permitió conversar con jóvenes sobre los riesgos que él mismo había atravesado. “Les contaba mi experiencia, el valor de cuál es el camino que se debe tomar. Puedo decir que fui un adicto durante tres años y después nunca más padecí una recaída. Es un tema del que me gusta hablar porque quiero ayudar”, sostuvo.

En simultáneo empezó a trabajar como pintor, oficio que progresivamente pasó a ocupar la mayor parte de sus jornadas y que todavía hoy representa su medio de vida. El nacimiento de su primer hijo, cuando tenía 24 años, terminó de consolidar un cambio que ya había comenzado. “Fue ahí que hice el clic definitivo en mi cabeza sobre qué era lo que realmente quería para mi vida”, afirmó.

Mele asegura que nunca volvió a consumir pese a convivir durante años con ámbitos donde las sustancias podían estar cerca. “Gracias a Dios, aún al día de hoy me puedo desenvolver en cualquier tipo de ambiente, por ejemplo recitales a los que asiduamente concurro, y no pisé el palito”, destacó.

Su estética, con pelo largo y una forma particular de vestir, también provocó durante mucho tiempo miradas prejuiciosas. “Mucha gente me podría etiquetar, pero mi situación se blanqueó a partir de mi paso por Discapacitados Unidos Bahienses. Siempre fui la misma persona, pero fue hace 20 años cuando la sociedad se dio cuenta y dijo: ‘el loco no es lo que pensaba’”.

Su vínculo con DuBA se transformó en otro capítulo central. “Tuve la satisfacción de pasar por la Selección Argentina de Básquet en silla de ruedas, ir al Cenard y cantar el himno de mi país en un certamen en Río de Janeiro”, enumeró “el Loco”, entusiasmado con el ida y vuelta con este cronista. 

Todo, remarcó, sin una motivación económica: “Mi única premisa era devolverle algo a este deporte que en su momento me salvó. No necesitaba un ingreso porque seguía con mucho trabajo como pintor. Estoy eternamente agradecido y soy hincha de esta institución”.

También tuvo un paso por la gestión pública como delegado municipal de Norte durante la intendencia de Gustavo Bevilacqua, durante un año y medio, comenzando en 2014. “Vivía a la vuelta de la delegación y con los vecinos nos conocíamos al máximo, pero estar del otro lado del mostrador me hizo entender un montón de cosas”, expresó. 

La mayor dificultad aparecía ante demandas imposibles de resolver: “Lo peor era tener que decirle a alguien ‘no puedo’. Me estrujaba el corazón porque era real que las limitaciones no me permitían solucionar todos los problemas de la gente”. De aquella etapa se quedó principalmente con el aprendizaje de escuchar. “Traté de darle mi impronta, como en la cancha, tirándome de cabeza para hacer lo que estuviera a mi alcance”, resumió.

Al observar a las nuevas generaciones, “el Loco” encuentra diferencias profundas con la infancia que le tocó vivir. “La juventud actual me preocupa. Ellos tienen más posibilidades que nosotros a su edad de cometer errores, por ejemplo con el teléfono celular”, manifestó. En su casa, hastiarse no era una alternativa: “Cuando mi papá me preguntaba si estaba aburrido le respondía que no porque, si no, me hacía lustrar los zapatos o barrer. Entonces me quedaba jugando con los autitos de madera que armaba con rueditas”.

“Éramos más abiertos a crear. Podía jugar semanas enteras a la guerra entre soldaditos e indios que se escondían en las macetas donde mi mamá tenía sus plantas y dejábamos volar la imaginación al máximo”, recordó Mele, sobre una actividad lúdica que lo transporta a reminiscencias repletas de nostalgia.  

Aclaró que no cuestiona los avances tecnológicos, aunque sí plantea la importancia de su utilización: “No reniego de la tecnología, en especial si se usa con buenos fines como estudiar o trabajar, pero antes recordaba de memoria los teléfonos de mis amigos y ahora para hablar con mis hijos tengo que buscar en la agenda del celular”.

Incluso las frustraciones cotidianas, entiende, servían para desarrollar herramientas emocionales. “Conocías a una chica en un boliche, te anotabas su número en la mano para llamarla al día siguiente, pactabas un encuentro y por ahí te dejaba plantado. Esas cosas te preparaban para la vida y sus momentos más duros”, sostuvo.

Algo similar le ocurrió cuando comenzó a picar la pelota y tirar al aro siendo niño. “Era difícil entrar porque San Andrés era un club de élite y yo llegaba con mis zapatillas gastadas de patear la pelota en el barrio. Sin embargo, a mí no me importaba”, afirmó.

Tampoco recuerda haber sufrido bullying por su situación de vulnerabilidad, aunque admite episodios que hoy observa desde otra perspectiva: “A mis cumpleaños no venía nadie porque tenían que salir de Capital e ir a una villa de Provincia y a veces era yo el que no podía ir porque no tenía el mango para comprar un regalo”.

Ese pasado también explica parte de su actividad social actual. Desde hace dos décadas está vinculado a la Asociación Empleados de Comercio, en distintas gestiones encabezadas por Ezequiel Crisol, Miguel Aolita, dos excelentes dirigentes, y ahora con Raúl Oviedo, “a quien le estoy especialmente agradecido por darle continuidad a esta propuesta”, sintetizó.

 “Tengo a mi cargo las colonias de verano y los festejos del Día del Niño. Esas fueron cosas que no tuve de chico y tal vez por eso de grande lo canalizo de esa forma”, expresó. Además, anticipó que prepara “un proyecto que a partir del 15 de septiembre saldrá a la luz y tiene que ver con llevar el básquet a los barrios”.

Inflando el pecho, Walter exclamó a viva voz su amistad con Arnaldo Ariel “Burrito” Ortega, ex jugador de la Selección y con quien comparte el amor por River: “Hace unos 8 años Mariano Gregorini, que se dedica a organizar partidos de fútbol senior, le planteó la inquietud de organizar un partido en Bahía Blanca que luego se concretó en la cancha de Estudiantes. Ahí lo conocí y luego compartimos en Córdoba un evento similar”.

A partir de entonces, el nexo creció: “Empezó a invitarme a asados, a sus cumpleaños en los que había muy poca gente, entre los que se destacaban (Enzo) Francescoli, (Ariel) Ortega y en el último nada menos que (Jorge) Brito y en el medio yo, rodeado de glorias. Cuando le pregunté a un allegado de Ariel ‘por qué a mí’, la respuesta fue tajante: ‘El 10 es así, si te quiere, te quiere’. Todavía no puedo entender cómo llegué a eso”. 

“No sé qué encontró en mí, no tengo plata ni nada. Ambos salimos del barrio y el barro. Cada vez que voy a Buenos Aires nos juntamos a escuchar cumbia y comer, es un pibe con una humildad de oro. Me apodó Kevin Durant por mis piernas largas y flacas, en alusión al basquetbolista de la NBA. Cada 7 de marzo es compartir su día con mi ídolo, salvo en 2025 que se dio la inundación en Bahía y horas antes de ir tuve que cancelar la visita”, acotó todavía con un dejo de nostalgia.

Cuando vuelve sobre los años de adicción, Mele habla desde una historia que considera definitivamente cerrada. “Es algo totalmente superado para mí porque logré hace mucho tiempo encontrar un rumbo claro para mi vida y tengo la cabeza enfocada en eso”, afirmó. Y encuentra la explicación principal en su casa de la infancia: “Lo que me salvó fue la educación y los valores que me dieron mis padres”.

Hay una escena que todavía conserva intacta. “Veía el esfuerzo que hacían. Mi hermano y yo comíamos primero y después recién se alimentaban ellos cuando se podía. Tengo la imagen grabada de mi papá tomando un café con leche a la noche cuando regresaba de trabajar con una voracidad indescriptible”, relató.

Décadas después, dimensiona de otra manera su presente. “Hoy, me reconforta ver que mis hijos comen lo mismo que mi esposa y yo. Con eso me siento millonario”, refirió. Y cuando resume qué sostuvo su trayecto después de los momentos más difíciles, no duda en volver a sus afectos. 

“Si no hubiese incorporado los valores que me inculcaron mis viejos o no hubiese contado con el apoyo incondicional de mi señora, con la que hace 35 años que estoy, y de mis hijos, nada bueno habría sucedido”, concluyó. “Me siento protegido porque es ahí donde está mi guarida y eso es lo que tengo que cuidar”.

A Walter Mele parece quedarle una certeza tatuada como una huella indeleble en lo más profundo de su corazón y tiene que ver con que la vida rara vez se juega con el marcador a favor. En ocasiones, las vicisitudes obligan a improvisar, otras a defender fuerte y muchas a tirar sobre la chicharra. 

Habiendo caminado por el sendero correcto, “el Loco” aprendió, a su manera y a los golpes, que no siempre se trata de convertir cada lanzamiento, sino de seguir pidiendo la pelota. Y quizás por eso, entre tantas vueltas, todavía conserva intacta esa costumbre de ir de frente, sin esconderse y con la camiseta puesta.

Más Leídas