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Vallejos le abrió la puerta a pilotos argentinos para que lleguen a Europa

Referente en el Speedway, analizó sus máximos logros, las lesiones más graves y la mirada sobre su hijo en los Midgets. “Quien no siente miedo arriba de la moto, jamás llega a ser un buen corredor”, reconoció.

Fotos: Pablo Noir (La Brújula 24).

Por Leandro Grecco
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Luis Alberto Vallejos creció entre herramientas, motores y motos. En una pequeña casa del barrio Independencia, detrás del cementerio, el taller de su padre se convirtió en uno de los escenarios centrales de su infancia y, sin saberlo entonces, en el punto de partida de una carrera deportiva que años después lo llevaría a recorrer Europa y medirse con algunas de las grandes figuras del speedway internacional.

“Soy nacido y criado en Bahía. Mi papá era mecánico, camionero y piloto de speedway. Mi mamá era ama de casa y tengo un hermano dos años menor”, recordó Vallejos durante su paso por De Ayer A Hoy. La vivienda pertenecía a sus abuelos y allí mismo funcionaba el taller familiar. Entre motores desarmados y largas horas observando trabajar a su padre comenzó a construir un vínculo con la mecánica que décadas más tarde seguiría formando parte de su vida.

Cursó la escuela primaria primero en la Nº 18 de calle General Paz y luego en un establecimiento que acababa de abrir sus puertas en el barrio Patagonia, más cerca de su casa. La secundaria la inició en la ENET, aunque su recorrido educativo quedó atravesado rápidamente por una oportunidad poco frecuente para un adolescente: viajar a Europa para desarrollarse como corredor de speedway.

Su relación con las motos había comenzado mucho antes. Apenas tenía seis años cuando su padre lo llevó a girar en una pequeña máquina de 100 centímetros cúbicos en la pista de Villa Mitre. “Daba una vuelta con él y después me dejaba que siguiera solo al mando. Siempre de chico tuve el deseo de competir”, contó.

El debut llegó a los 14 años, durante una competencia solidaria destinada a colaborar con los inundados de Santa Fe, en la pista de Tiro Federal. Aquella primera carrera dejó una anécdota que Vallejos todavía recuerda entre risas. “Venía ganando, pero se me cortó el cable de la batería y como era bastante renegado terminé dándole patadas a la moto”, relató.

Ese mismo día, su padre se despedía de la actividad. De alguna manera, uno terminaba su historia como piloto mientras el otro comenzaba a escribir la propia. Competir oficialmente a esa edad no era sencillo y requería distintas autorizaciones. Sin embargo, Vallejos llevaba acumuladas muchas horas de práctica. Su padre se había encargado de acompañar cada paso y de enseñarle a convivir con un elemento que para él siempre resultó indispensable: el miedo.

“Él me fue llevando de a poco. Sentía el temor lógico y por eso limitaba el acelerador para que no anduviera a fondo sin tener todavía las herramientas de manejo pulidas”, explicó. Y agregó: “Aprendí a tener miedo y no me da vergüenza admitirlo. Quien no lo siente no puede ser un buen corredor de speedway. Hay que respetar a la moto porque de lo contrario hay chances de sufrir una caída y un golpe fuerte”.

Con menos de 15 años vivió una experiencia que modificaría definitivamente su carrera. En Europa trabajó inicialmente como mecánico del alemán Stefan Deser, piloto que también había competido en Argentina. El cambio no fue sencillo. La distancia con su familia y Bahía Blanca pesaba especialmente durante los primeros meses. “Pasaba todo el día con él porque el desarraigo era muy fuerte”, reconoció.

Durante sus primeros ocho meses apenas pudo disputar tres competencias dentro de la categoría Junior. Buena parte del tiempo estuvo destinada a entrenar y aprender. Allí apareció otra figura importante en su formación: el británico John Davis, quien daba clases en el club Diedenbergen.

Desde entonces construyó una rutina que se repetiría durante varios años: viajar cada temporada a Europa y regresar a la Argentina cuando bajaba la actividad en el Viejo Continente. En uno de sus primeros campeonatos de vuelta en el país terminó con el número 12, dentro de una generación que Vallejos todavía recuerda por su enorme nivel.

Entre sus referentes argentinos aparecía Horacio Illacqua. Fuera del país, en cambio, intentaba observar y aprender del suizo Marcel Gerhard, con quien con el tiempo terminaría trabajando durante varios años. En Bahía Blanca, además, comenzaba a crecer una rivalidad deportiva que marcó una época. 

“Se generó una especie de River-Boca con Juan Carlos Curzio, que era un ídolo entre los fanáticos, y yo fui uno de los primeros en ganarle”, señaló. El listado de nombres que compartían pista ayuda a dimensionar aquella competencia: Matías Ferreras, Sergio Martínez, “Rody” Pereyra, Claudio Rojas, Luis Donnay y Alberto Albanese, entre otros.

Mientras tanto, en Europa su crecimiento fue vertiginoso. Comenzó en la categoría B y en dos temporadas consecutivas consiguió campeonatos alemanes, tanto en el speedway tradicional como en long track. Hubo un año en el que ganó 38 carreras seguidas. “Por eso me ascendieron a la máxima divisional. Ahí tuve que estar mucho más fino porque el cambio fue tremendo”, explicó.

Por entonces estaba radicado en Suiza y cada fin de semana viajaba hacia el lugar donde hubiera una competencia. Según recordó, su contextura física se adapta naturalmente a las exigencias de la disciplina. “El gran privilegio que me dio la vida fue haber tenido un físico ideal para esto. Nunca necesité entrenar especialmente para estar a la altura de las circunstancias”, sostuvo.

Tantos años arriba de una moto también dejaron lesiones y momentos en los que apareció la posibilidad de abandonar. Una fractura de tobillo sufrida cuando se encaminaba hacia el que podía ser su primer campeonato, estuvo cerca de terminar anticipadamente con su trayectoria. Pero uno de los accidentes más duros llegó en 1992, durante una competencia de long track en Europa.

“Venía a 180 kilómetros por hora en una recta de una pista de mil metros, donde no se frenaba. Un piloto cayó delante mío y no pude esquivarlo”, recordó. El impacto le provocó una fractura en el antebrazo derecho. Estaba a unos 1.200 kilómetros del lugar donde vivía y debió permanecer internado durante 11 días, acompañado por su esposa. “Fueron días muy duros. En ese momento pensé en empezar a aflojar un poco con esto de la moto, pero cuando me volví a subir, la pasión fue más fuerte”.

La despedida definitiva del speedway llegó en 2004, aunque tuvo su particularidad. Vallejos llevaba un año sin competir cuando se enteró de que se realizaría un torneo en la pista del Club Midgistas del Sur. Por entonces vivía en Carhué, ciudad natal de su esposa. La noticia volvió a despertar algo que parecía dormido.

“Me picó el bichito y me propuse volver a subirme a la moto, salir campeón y finalizar la carrera definitivamente”, afirmó. Y lo consiguió, para entonces ya había tenido algunos contactos con el midget, aunque sin la continuidad con la que años después se integraría a la categoría.

“Encontré lo más parecido a lo que había sido mi pasión, que era el speedway, porque corremos para el mismo lado y derrapamos de idéntica manera”, describió. También fue una manera de seguir compitiendo con un nivel de riesgo diferente, en una etapa en la que ya no se sentía aquel adolescente dispuesto a recorrer miles de kilómetros detrás de una carrera.

Esta nueva incursión también le permitió a Luis vivir una experiencia especial junto a su hijo Luciano, quien se convirtió en un bastión que está escribiendo una más que exitosa historia reciente. “Compartimos dos años. Me bajé para intentar que él pinte el ‘1’ y lo conseguimos durante cuatro temporadas consecutivas”, expresó.

Lejos de alejarse de los motores, el protagonista de esta nota trasladó buena parte de todo lo aprendido durante sus años europeos al trabajo de taller. Su hijo continuó vinculado a la preparación mecánica y, entre ambos, mantienen una actividad permanente. “Luciano hoy tiene mucho trabajo atendiendo a sus clientes de la categoría y un poco de todo eso me lo pasa a mí. No nos podemos quejar”, contó.

El conocimiento acumulado al lado de grandes especialistas europeos también lo convirtió en una referencia para el speedway local. “Adquirí en detalle cómo armar los motores y eso me permite atender a casi todas las motos de speedway que compiten acá, incluso a los extranjeros que llegan a la ciudad cada verano”.

Vallejos destacó además el resurgimiento del Automoto Club y el esfuerzo realizado para sostener una categoría que, según recordó, llegó a estar cerca de desaparecer. “Es una entidad que pudo resurgir. Hoy está en una posición muy buena, tiene una pista propia que van mejorando con muchísimo sacrificio”.

A su entender, la principal barrera para los pilotos argentinos continúa siendo económica y también la diferencia en cantidad de competencias respecto de quienes desarrollan toda su temporada en Europa. “El corredor de speedway es pobre y cuesta muchísimo llegar a los primeros planos. Está demostrado que cuando nuestros corredores van al más alto nivel pelean palmo a palmo con las grandes figuras”, sostuvo.

Y remarcó: “Si los criollos tuvieran el mismo entrenamiento que los extranjeros, no tengo dudas de que podrían superarlos en resultados. En mi caso, para tener una cantidad de carreras decente para estar en ritmo, tenía que irme seis meses a Europa, con todo lo que eso implicaba”.

Después de tantos kilómetros recorridos dentro y fuera de las pistas, Vallejos también observa con atención lo que sucede en las calles de Bahía Blanca. Para él, buena parte del problema cotidiano pasa por una cuestión de educación vial.

“Ves gente que maneja lento por la izquierda o por el centro de la calzada hablando por teléfono”, consideró. A eso agregó el deterioro que presentan diferentes calles, especialmente después de la inundación, aunque también valoró los trabajos de reparación que comenzó a observar en distintos sectores.

“Uno sale y puede ver tareas de asfaltado y reencarpetado en muchos lugares, con cuadras que están cortadas y a los dos días nuevamente habilitadas”. Su experiencia conduciendo en distintos países le permite marcar una diferencia: el respeto por las normas. “En otras partes del mundo, si un cartel dice que la máxima es 50 kilómetros por hora, nadie la supera porque sabe que le cae una multa. En Argentina se intenta copiar ese régimen, pero todavía falta mucho”.

De aquellos inicios prácticamente artesanales dentro del maravilloso mundo del deporte que lo llevó a surcar las más prestigiosas pistas europeas, de esas primeras vueltas junto a la figura de su padre a acompañar hoy a nuevas generaciones, las motos nunca dejaron de atravesar su destino.

Cambiaron las velocidades, los escenarios y el lugar que ocupa alrededor de una pista, pero Luis Alberto Vallejos mantiene ese magnetismo que hace que todo el ambiente lo detecte. En lo que a él respecta, sigue encontrando en el ruido de un motor algo que lo acompaña desde que era apenas un chico.

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