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Chueko Hache: "Me gusta el concepto de que la música es para divertir"
El DJ y animador radial repasó su trayectoria de más de cuatro décadas. Desde los vinilos y las fiestas en Punta Alta, hasta los boliches y la producción de eventos. Cómo se modernizó abriéndose a nuevas tecnologías.
Por Leandro Grecco
Facebook: Leandro Carlos Grecco / Instagram: @leandro.grecco / X: @leandrogrecco
Juan José Manuel Rodríguez nació en Punta Alta, más precisamente dentro de la Base Naval Puerto Belgrano, aunque desde hace décadas su nombre quedó desplazado por otro mucho más popular: Chueko Hache. Disc jockey, conductor, animador y productor, construyó una identidad estrechamente ligada a la noche, las emisoras y los eventos de Bahía Blanca y la región.
“La primera parte de mi apodo surge a partir de unos amigos que tuve en la infancia. Ellos me cargaban esgrimiendo que entre mis piernas entraban dos perros peleando”, recuerda entre risas para la sección "De Ayer A Hoy". “Solo mi círculo íntimo más cercano me llama por el primer nombre que figura en el DNI, entre ellos mi mujer cuando se enoja”.
Su niñez estuvo atravesada tempranamente por una tragedia familiar. “Mi papá era militar, un infante que falleció cuando yo tenía apenas cinco años producto de un hecho de tránsito ocurrido en 1971. Él era fanático de las motos y en la rotonda de la Base donde hay un cañón levantó a un compañero. A los pocos metros fue rozado por una camioneta y terminó cayendo, golpeando su cabeza contra el pavimento en tiempos en que no estaba tan diversificado el uso de casco”.

Tras esa pérdida, el entrañable Chueko Hache se mudó junto a su madre y su hermano a casa de sus abuelos. Allí empezó a consolidarse un vínculo con los sonidos que terminaría definiendo su vida. “Ella era profesora de piano, al igual que mi abuela, y tenía una tía que era fanática del Winco, por lo que mi conexión con la música estaba asegurada”.
Otro integrante de aquella familia también resultaría determinante. “Mi tío era José Rouco, miembro del grupo Los Rebeldes, que era muy conocido en la región por aquel entonces, una agrupación cuyos otros integrantes eran Carlos Conde y Mario Piantanida. Me convertí en una especie de mascota de esa banda porque estaba en sus ensayos y en sus presentaciones me llevaban con ellos”.
“Era la etapa en la que Katunga tenía un apogeo enorme y recuerdo ir a esa especie de tertulias que se hacían temprano para manejar todo lo vinculado con la iluminación del show con una rueda y papel celofán para cambiar los colores. Para mí era como un juego porque apenas era un niño, pero estaba siempre sentado al lado del baterista en cada ensayo, por lo que para la banda era un integrante más”, relata.

La primera gran inversión llegó antes de la adolescencia. “Con la plata que ahorré de los regalos por mi comunión compré mi primer disco, llamado Wheel 77, cuando tenía no más de 11 años”. Poco después comenzó una formación técnica que, paradójicamente, también contribuiría a acercarlo a las bandejas.
“Estudié en el Instituto Estrada y luego pasé, por propia iniciativa y yendo a rendir por mi cuenta, a la Escuela Técnica Básica Base Naval Puerto Belgrano. Aprobé e ingresé en el Ciclo Básico con orientación Electrónica, me pagaban una beca y como mi mamá no me pedía ni un centavo, con ese dinero pude comprarme la primera bandeja”.
Con apenas 16 años recibió el título interno de montador electrónico y comenzó a trabajar dentro de Puerto Belgrano. “Fue ella quien firmó para que pueda quedar trabajando en la Base como operario. Durante cuatro años me formé como especialista en radares, hice todos los cursos del sistema Albatros, por lo que me di el gusto de conocer portaviones”.

Sin embargo, aquella actividad empezó a competir con una demanda creciente fuera del ámbito militar. “Empezaron a contratarme para muchas fiestas porque estamos hablando de que Punta Alta tenía 70 mil habitantes y solo había seis o siete disc jockeys y la demanda superaba largamente a la oferta”.
“En mi caso tenía un montón de cumpleaños de 15, eventos dentro de la misma Base, por lo que terminé renunciando para abrir lo que fue el primer local de DJs en la ciudad. Estaba en calle Roca al 300 y con muchas luces en exhibición, en un tramo en el que no solo invertía en sonido, sino también en iluminación”, explica.
El debut detrás de los equipos ocurrió en 1983. “La primera vez que puse música fue junto a Gabriel Azpiroz, un amigo unos siete años mayor que yo, que fue quien me involucró en aquella primera fiesta. Fui acompañado también por mi compañero inseparable de aquellos años, Gustavo Egues, ‘El Mosko’. Llevé mis bafles y mi bandeja para complementar los equipos de Gabriel y así tuve mi debut, si se quiere, en una actividad que todavía desarrollo hasta hoy. Lo más lindo es que, más de cuatro décadas después, sigo unido y mantengo mi amistad con los dos”.

La radio apareció casi simultáneamente y nunca se alejó de su recorrido. “Siempre tuve mucha presencia radial”, remarca. Uno de los ciclos que mejor lo identifica es Music Box, actualmente emitido por FM Ciudad. “Ya tiene 37 años de vida, tres más que Planeta Disco, la otra propuesta al aire con la que se me identifica”.
Su desembarco definitivo en Bahía Blanca se produjo a partir de Javier Del Sol, quien lo conoció durante una animación juvenil hacia fines de los años 80. “En 1990, Javier hizo un programa llamado Oh! Madrid en FM de la Bahía, al que me sumé”. Esa relación abrió una nueva etapa, mientras Chueko continuaba trabajando durante los fines de semana en Punta Alta.
El gran salto en la noche bahiense ocurrió en 1993, cuando se encontraba pasando música en Don Pedro. “Duré cuatro meses hasta que los dueños de El Cielo Megadisco acá en Bahía me llamaron para ser DJ en el local que estaba en Chiclana y Donado altos”.

La propuesta tenía una particularidad que diferenciaba su estilo. “Creo que lo que más les gustaba de mí era que, además de la selección musical, también hacía uso del micrófono para animar a la gente, algo que no se estilaba en ese momento”.
Aquella exposición radial había generado, además, una audiencia que trascendía los estudios. “Por los programas había una comunidad que me acompañaba los fines de semana, un aspecto que luego, con el transcurrir de los años, me permitió producir mis propios eventos”.
Rodríguez encuentra un paralelismo entre aquel fenómeno y las herramientas actuales. “Lo que hoy se conoce como creación de un personaje en redes sociales para vender lo que sea era lo que ya había logrado hace 30 años sin esa herramienta tecnológica”.

Su primera experiencia en El Cielo quedó grabada en la memoria. “Fue en una matinée y me acuerdo que al final de mi tarea me dijeron que al sábado siguiente me esperaban de nuevo. Para mí era como estar en la elite porque se trataba de un lugar que traía tecnología desde Italia y esas influencias europeas eran notorias”.
Allí conoció también a Lalo Fumagalli, una figura determinante en aquella etapa. “Él había formado parte del staff de Pachá Ibiza en sus primeros tiempos, cuando todavía era prácticamente un chiringuito, y mantuvo una excelente relación con el dueño original de ese lugar que después se convertiría en un emblema mundial. Tenía muy incorporado ese espíritu y esa onda tan particular de Ibiza y, cada vez que regresaba después de la temporada de verano en la isla, me traía discazos de un estilo único, música que muchas veces todavía ni había llegado acá. Para mí era como si me salvara la vida: podía estrenar en El Cielo sonidos recién llegados de Ibiza que marcaban una diferencia enorme en la pista”.
Ese acceso a material importado terminó moldeando todavía más su identidad artística. “En su gran mayoría eran discos de música electrónica, por lo que en un momento fui resistido por los promotores del boliche porque se trataba de un género todavía no tan diversificado en Argentina”.

“Era una época ecléctica en la que prevalecía lo nacional y yo me inclinaba por temas que ahora están más que trillados y se convirtieron en comerciales, como What is Love de Haddaway o The Rhythm of the Night de Corona”, señala.
Con un trabajo estable en la ciudad decidió dejar Punta Alta. “El dueño de la disco me alquiló un semipiso en Rondeau y Vicente López”. Desde entonces, también amplió su recorrido frente al micrófono. “Acá pude desarrollarme radialmente en distintas emisoras FM: Espacio, Universal, Palihue, La 100 y la actual que es Ciudad, pero en ese derrotero también trabajé en producciones para radios incluso de mi ciudad natal”.
Otro capítulo comenzó en 1996 a partir de su amistad con Diego Duarte Conde. “Estaba haciendo el musical Drácula Resurrección y mantuvo siempre un nexo con la ópera, y eso fue lo que me permitió entrar en la producción musical”.

Aquella sociedad derivó en colaboraciones con nombres relevantes de la escena argentina. “Trabajamos para Cacho Castaña haciendo un remix de sus canciones, hasta estuvimos con él en su departamento, un ser espectacular al que respetaba muchísimo. Logramos unas mezclas de su tema El Matador que están todavía hoy en Spotify”.
También hubo participación junto a otros artistas. “Acompañamos a la banda El Símbolo haciendo un track nuestro para la canción De Reversa, que originalmente es de Jean Carlos. Con Duarte Conde también estuvimos cerca de Maxi Trusso, Omar Mollo, haciendo un aporte en sus respectivas obras”.
En Bahía Blanca hubo sitios que terminaron quedando asociados directamente con su trayectoria. Uno de ellos fue Kapital. “Era un espacio pequeño sobre calle Casanova que fue de culto para la ciudad, donde pude desarrollarme con total libertad”.

Otro lugar destacado resultó El Reino. “Era una suerte de discoteca para egresados de Bariloche y estaba vinculada a una empresa de turismo estudiantil”. Sin embargo, con el paso del tiempo la organización empezó a atraerlo tanto como la propia cabina.
“Lo que más me sedujo desde siempre fue el hecho de ser productor de eventos”, explica. Entre los recuerdos aparece una experiencia realizada en 1998: “Organicé en Punta Alta un desfile de modas con música que mucha gente aún recuerda”.
Poco después llegaron las primeras grandes propuestas electrónicas en Bahía. “Tuve a mi cargo las primeras movidas de música electrónica, la famosa Dance Parade, con auspiciantes importantes que respaldaban el montaje”.

Ese período coincidió con su relación cercana con Radio Energy (NRG) y sus viajes frecuentes a Capital Federal. “Iba una vez por mes a Buenos Aires para participar del programa MuchDance que se emitía por MuchMusic, en el que resaltaba DJ Deró y otros referentes del rubro”.
“Terminé haciendo una sociedad entre lo que era la revista D'Mode y los CD Oid Mortales, que fueron vanguardia absoluta unas décadas atrás. Me integré a esa familia y traje a Bahía a los DJs electrónicos más destacados de Buenos Aires entre 1998 y 2003”, recuerda.
Su filosofía profesional fue evolucionando hasta priorizar cada vez más la producción propia. “No estoy en contra de quien trabaja en un turno en un boliche poniendo música, pero para mi forma de vivir elijo armar mis propios eventos”.

Ese concepto encontró continuidad en La Auténtica Fest. “Me mantiene activo hasta el día de hoy y lleva 18 años de existencia. En mi caso trato de autogestionarme en la noche, salvo con alguna fiesta empresarial con la que pueda tener un compromiso asumido de hace tiempo”.
Después de más de cuatro décadas detrás de las bandejas, Chueko sostiene una premisa sencilla: “Me gusta el concepto de que la música es para divertir”.
Desde su experiencia distingue diferentes maneras de conectar con una pista. “Para mí existen las melodías rítmicas, que pueden ser solo para bailar; las que son para cantar, que si bajás el volumen toda la gente las corea; y las de coreografía, como el tema Macarena”.

También, observa una transformación profunda entre generaciones. “Por otra parte existe la música más emotiva, que fue lo que prevaleció en la década del 80, un concepto que fue reemplazado en los 90 cuando el ritmo ganó la escena hasta llegar a la actualidad, donde ya no hay emoción”.
Eso no significa, aclara, que rechace los nuevos géneros. “No combato a lo que eligen las nuevas generaciones que se enganchan con la música actual. Es más, me gusta saber qué es lo último que aparece casi a diario porque no me considero estar en condiciones de no poner un tema si en la práctica divierte al resto”.
Su carrera comenzó entre discos y movimientos manuales. “Entre 1983 y 1995 pasé música con vinilo”. Aunque mantiene un vínculo afectivo con aquella tecnología, hoy prefiere las posibilidades digitales.
“Si bien es emocionante pensar en lo mecánico que es utilizar esta tecnología por el sincronismo que se necesita, echo mano a lo más moderno. Las computadoras me permiten ser ‘el más rápido del oeste’, también tener una organización diferente para disparar lo que a cada público específico le encanta en determinado momento”.
El motivo de esa elección va más allá de una cuestión práctica. “Con el vinilo, si bien te conecta con lo emotivo, uno tiene que estar concentrado en las mezclas y se pierde el feedback con los que reciben tu producción. Por eso elijo hoy valerme de los avances tecnológicos”.
Desde aquel chico sentado junto al baterista de Los Rebeldes hasta el DJ que atravesó boliches, radios, producciones, vinilos, CDs y computadoras, Chueko Hache continúa sosteniendo la misma búsqueda que comenzó en Punta Alta hace más de 40 años: entender qué quiere escuchar, quién está del otro lado y encontrar, en el momento justo, la canción capaz de hacerlo bailar.

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