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De Ayer a Hoy

"Jugar en Primera de AFA y en el exterior colmó todas mis expectativas"

Alejandro Delorte revivió su frenética carrera. Su niñez en Cabildo. El momento en que dudó entre fútbol y básquet. Los goles le abrieron puertas. “Sueño con ser presidente de Olimpo y sé que se va a dar”, dijo.

Por Leandro Grecco
Facebook: Leandro Carlos Grecco/Instagram: @leandro.grecco/X: @leandrogrecco

“La excepción confirma la regla” es una frase popularmente utilizada para explicar un hecho infrecuente, demostrando que nada es absoluto y, menos aún, matemático. Se trata de un dicho que suele generar confusión, porque no significa literalmente que cada hecho fáctico   deba ser sometido a un análisis minucioso para determinar si cabe la posibilidad que esa verdad categórica e irrefutable pueda arrojar un resultado tan diferente como sorpresivo.

Si hablamos sobre fútbol, parecen vedados una serie de estereotipos bien definidos. Tal es el caso de aquella máxima que indica que un jugador que no realiza divisiones formativas de forma completa y en el más alto rendimiento, difícilmente pueda trascender hasta alcanzar la cima. Otro pensamiento generalizado da cuenta de que un deportista de dos metros de altura no puede competir y convertirse en un delantero de elite.

Alejandro Darío Delorte rompió los esquemas, derribó mitos y se encargó personalmente de ir contra viento y marea en búsqueda de sus sueños. “El Flaco” puso en el radar mundial a la pequeña localidad de algo más de dos mil habitantes, de la cual es un prócer viviente. En La Brújula 24, la sección “De Ayer A Hoy” despliega todo el derrotero de estos años, con una carga emotiva repleta de éxitos que deriva en una montaña rusa de sensaciones.

“Nací el 2 de junio de 1978 en Cabildo, pese a que llegué al mundo en un hospital de Bahía Blanca como todos los que somos del pueblo tan querido. Fui el primero de los tres hijos de Raúl y Norma, mis papás que luego tuvieron a mis hermanas María y Carolina. Mi padre se dedicaba a la agricultura y ganadería, trabajando en un campo”, expresó, desde la tribuna de la cancha principal de su querido club Pacífico.

Y agregó que “hasta los cinco años viví en ese establecimiento rural, hasta que pudieron comprar la quinta en la que estamos hasta el día de hoy. No es una gran zona, pero trigo, sorgo y maíz eran parte de la cosecha, algo de lo que aprendí cuando empecé a ganar cierto dinero con el fútbol”.

“Todo mi entorno sugería que invierta en hectáreas, pero mi papá me decía que erogar fondos en el rubro era trabajo. Es una actividad que requiere de una dependencia total, una supervisión constante durante las 24 horas, prestar atención a los animales, es demandante. Cuando estaba cerca del retiro profesional, junto a él arrendamos campos porque veía que con el final de mi carrera, mi cabeza podía requerir de una ocupación”, reflexionó, sobre una de las actividades en las que incursionó tras el fútbol.

Consultado sobre su formación, explicó que “no fui al jardín de infantes, comencé directo en la primaria y terminé mis estudios en la escuela del pueblo, previo a hacer solo un año en un establecimiento educativo de Fra-Pal que basaba su educación en la temática rural. Cuando decidí completar esa etapa en la escuela de Cabildo rendí una serie de equivalencias, una de ellas Mecanografía que me tuvo todo un verano a pleno aprendiendo a usar la máquina de escribir con mis dedos enormes (risas)”.

“En el final de mi niñez y la adolescencia, por la altura, jugaba al básquet y debo admitir que me la rebuscaba bastante bien, fui parte de un plantel del Club Estudiantes que lograba muy buenos resultados a nivel local en las categorías menores. Pudimos salir campeones en Preinfantiles con Pablo Gil como compañero, que fue el que más lejos llegó jugando en la Liga Nacional”, afirmó, con el brillo especial en sus ojos por traer al presente aquel episodio.

No obstante, evocó que “a los 17 me fui a Liniers, con Marcelo Allende como DT. Un día, Néstor Herrero me vio y me llevó al Zibecchi a probarme en el fútbol. Para ese momento ya pateaba la pelota en las Menores de Pacífico de Cabildo, por lo que hubo un lapso en el que hice ambas disciplinas. Jugaba al básquet los sábados y los domingos al fútbol , trataba de no decir nada, pero a medida que localmente la carrera fue trascendiendo se hizo imposible ocultarlo”.

“Prevaleció el fútbol y una tarde de febrero estaba en la plaza del pueblo y vino un amigo con la noticia de que estaban haciendo una prueba de jugadores en Olimpo. Corría el año 1997, fui al Complejo Cala Gó Gó y estaba a cargo Darío Bonjour que había llegado al club hacía poco. Me preguntó si quería sumarme a ese plantel y sin observar mi rendimiento en la práctica me dijo que ya era jugador de Olimpo”, describió “El Flaco”.

Ese privilegio tenía una explicación: “Él me conocía porque lo había enfrentado jugando para Pacífico de Cabildo cuando él estaba en Libertad. Luego de un año, noté que los entrenadores del “Aurinegro” estaban totalmente descoordinados, cada uno trabajaba sin mantener comunicación con el otro, en tiempos de Gustavo Echaniz dirigiendo el equipo principal de la Liga del Sur y Luis Díaz en la Primera B Nacional”.

A fuerza de buenos rendimientos, rápidamente empezó a ganarse un lugar: “Jugué cinco partidos en Cuarta e hice siete goles, llamé la atención, Echaniz me llamó para la Primera local, se armó un debate en el seno de los cuerpos técnicos porque creían que no debía subir de mi categoría, pero yo quería ascender. Ante este panorama, dejé todo con 18 años y me fui, era rebelde, pero no entendía el tironeo porque en el plantel principal de la Liga era titular y cuando me hacían bajar a la Reserva iba al banco, según el gusto del DT”.

“En verano íbamos muy seguido a Sierra de la Ventana por el camino de tierra de la Estación Estomba y un amigo insistió en que ambos pusiéramos un bar. Fuimos a ver los locales, cuando encontramos el indicado, mi amigo se peleó con su familia y ya no tenía la plata para encarar el proyecto. Mi papá me preguntó si me animaba, que él se iba a hacer cargo de la inversión, y no lo dudé ni un instante, como todo chico sentía que tocaba el cielo con las manos (risas)”, dijo, sin vacilar.

A propósito, lanzó: “Estaba en avenida San Martín, se llamaba La Aguada, pasé un verano espectacular con dos amigos más en un lugar turístico, pero siempre traté de mantenerme físicamente, a tal punto que me llamaron de Automoto de Tornquist. Estuve viviendo tres años en Sierra, cerraba el bar a las 5 de la mañana, dormía y me iba a jugar a la Liga local de allá. Por suerte me fue muy bien, salimos campeones y me convertí en el goleador histórico de ese certamen, lo que hizo que todos los clubes me quisieran”.

“Me fui al mejor postor y pasé a Unión, clásico rival del equipo para el que había jugado el año anterior, ganamos el torneo Interligas y de esta forma pudimos clasificar al Federal B. Con todos estos antecedentes, lo llamé a Echaniz y como ya tenía 21 años me dijo que tenía dos meses para demostrar que era mecedor de firmar un contrato. Cuando llegué, Olimpo había llevado a los mejores de cada club de la Liga del Sur, por lo que hacerme un lugar en el equipo era todo un desafío”, repasó Delorte.

Sin viento a favor, se jugó un pleno: “Estaba sin pretemporada, era suplente en la reserva del torneo local, pero me tocaba hacer goles jugando 15 minutos, me salió todo, seguí subiendo escalones y fui el único de esa camada que se convirtió en futbolista profesional. Fue un gran logro porque en mi caso cuando jugaba en la región me entrenaba solo y, de repente, me encontré siendo el séptimo delantero del equipo de la B Nacional, no hacía fútbol en las prácticas”.

“Me llamaron para ir a jugar un amistoso con el equipo local a Coronel Suárez, acepté y lo tomé con toda seriedad, con tanta suerte que cuando me reincorporé al elenco de AFA despiden a (Darío) Tempesta y a la tarde asumen Gustavo (Echaniz) con ‘El Pájaro’ Hernández. Valoraron mi compromiso en ese partido informal y me dijeron que para el partido del fin de semana me iban a tener en cuenta”, acotó Alejandro, en un momento de quiebre para su vida deportiva.

Y añadió: “Creí que, como mucho, iba a ir al banco de suplentes, pero en la práctica formé parte de la delantera titular con ‘El Cota’ (Mario Álvarez), en tiempos en los que Olimpo estaba mal desde el punto de vista económico y ni siquiera concentraba antes de los compromisos. La noche anterior a aquel encuentro vine a Cabildo y no pegué un ojo por la ansiedad que manejaba”.

“Tuve la suerte de jugar alrededor de 15 partidos y hacer 7 goles, salvamos al equipo del descenso, en un año en el que bajaban siete. Al inicio éramos un plantel numeroso, pero que terminó el certamen con la base de un grupo de juveniles de Bahía, entre los que estaban Diego País, Juani Pérez, (Roberto) ‘Carucha’ Laumann y hasta Pablito Gilardi, entre otros”, enumeró el longilíneo de 1.98 metros de estatura.

Su progreso coincidió con el momento más glorioso del “Aurinegro”, porque “luego de eso llegó Gustavo Alfaro, se armó un plantel de enorme jerarquía en el que era el cuarto atacante, detrás de (Roberto) ‘Fito’ González, Iachetti y ‘Cachi’ Zelaya. Tuve la posibilidad de hacer un puñado de goles y logramos el tan ansiado ascenso a la Primera de AFA en diciembre de 2001, pero quedamos seis meses a la deriva porque el segundo campeonato ya no lo disputamos”.

“El país estaba en llamas y recuerdo que el premio por el objetivo logrado era un 30% menos respecto de lo que se había acordado antes del estallido. Tuve una oferta de The Strongest de Bolivia, Jorge (Ledo) no me dejó ir y me quedé el primer semestre de 2002 en el Olimpo de la Liga del Sur con Mauro (Laspada), Rogelio (Martínez), ‘Nano’ Clementz, entre otros”, enunció “El Flaco”, reviviendo mentalmente aquella secuencia.

Después, puso la pelota bajo el pie y analizó: “Jugar en la Primera División de AFA superó todas las expectativas, es algo inimaginable, porque además abre la posibilidad de conocer otros países y sus culturas. Me tocó ir a Venezuela, en la frontera con Colombia y ahora con las series de Netflix uno puede ver lo que sucede, pero en ese entonces no llegaban esas historias de la realidad. Viví arriba de la montaña, en un lugar selvático en la zona de las FARC y la verdad que, si bien uno vivía en una burbuja, la pasé mal”.

“En ese momento estaba en pareja y, como jugábamos Copa Libertadores, pasaba un gran lapso de tiempo concentrado y viajando, pero a ella y a la novia del peruano Martín Hidalgo que era compañero mío en Táchira les tiraron la camioneta y casi las secuestran. Fueron muy astutas y salieron corriendo, para zafar de una situación traumática porque se dio mientras estábamos esperando que nos dieran una casa para vivir, pero entendimos que era más seguro instalarnos en un hotel”, relató, sobre un gravísimo hecho puntual.

Cuando se le preguntó cómo era el entorno, contó: “El club estaba ubicado en la ciudad de San Cristóbal, la más opositora al régimen de (Hugo) Chávez, por lo que era enriquecedor hablar con la gente de allí. Posteriormente estuve en Italia, más precisamente en Brescia; era otro mundo, con enorme glamour y me arrepiento de no haber permanecido más tiempo allí porque sin dudas era un lugar para quedarse a vivir”.

“Soy introvertido, parezco parco para el que no me conoce y cuando iba como invitado a la televisión en Argentina se me iba la timidez. Un ejemplo de eso es que había un programa a la medianoche que conducía Alejandro Fantino, se llamaba ‘Mar de Fondo’ y fui dos veces en un mes cuando jugaba en Gimnasia de La Plata. Se ve que mis intervenciones eran bien recibidas por los televidentes”, esbozó, con el pecho inflado.

Durante años, fue uno de los que tuvo “la llave del vestuario”, por eso su opinión es más que autorizada: “Siempre dije que Olimpo era como un centro de rehabilitación (risas), venían refuerzos que estaban sin jugar, que tenían que recuperarse de alguna lesión y usaban al club como un trampolín para encauzar sus carreras. Llegaban con cierto desgano, pero después uno los termina entendiendo porque estás lejos de los flashes y el ruido mediático. En Buenos Aires tienen otra visibilidad y acá en Bahía solo había un puñado de periodistas locales”.

“Mi teoría de la vida es clara porque a los ocho años sufrí un accidente muy grande y lo tomé como una señal, juego al fútbol, un deporte de equipo, pero la vida es una sola y lo social era algo importante para mí. Si un amigo cumplía años, iba al festejo, sabiendo que mi principal desventaja es que mido dos metros de altura. Hemos salido con todo el plantel y el que sobresalía era yo, algo que también me sucedía en mis años en Buenos Aires”, admitió con vehemencia.

Agudizando el espíritu analítico, insinuó: “Olimpo era una novedad, revolucionó a la ciudad que estuviéramos aquellos primeros años en Primera División entonces todos los jugadores estábamos más expuestos. Sabía cuándo podía salir, nunca me lesioné y la primera vez que estuve parado fue a mis 41 años el día que me rompí el tendón de Aquiles jugando en Sporting. La cabeza es la que manda, si a uno le hace bien salir con los amigos, eso repercute positivamente en el rendimiento”.

“No soy hipócrita y soy consciente que es cierto que alguna vez le pude haber errado con alguna conducta, pero hubo algo que me enseñó Mauro (Laspada) y la verdad es que era muy cierto. Repetía que si una noche me acostaba tarde, en el momento de entrenar tenía que ser el primero de la fila al día siguiente y después dormir la siesta para recuperarme”, marcó sin ponerse colorado.

Al evaluar el presente, exteriorizó: “Esta etapa como jugador en la Liga del Sur en el club de mi pueblo es un plus y lo tengo muy claro, este año terminaré el curso de director técnico, hice otros de gestión deportiva porque mi sueño es ser Presidente de Olimpo, sé que eso va a pasar porque la historia en la institución no finalizó. En los últimos tiempos, hay un empecinamiento con el fútbol, que entiendo que fue una vidriera para nosotros, y se perdió de vista la parte social. Es triste decirlo, pero Villa Mitre en eso nos sacó ventaja”.

“Como hincha de Olimpo uno quisiera estar en los primeros planos a nivel nacional, pero todo es proceso y la categoría en la que estamos actualmente es muy difícil. Por eso hay que recuperar las disciplinas, me emocionó ver tantos hinchas yendo a la cancha de Estudiantes a ver las finales contra Napostá. Me entristece ver la sede como está y que no se festeje con el Día del Hincha, se le pide al socio una colaboración, pero no se le ofrece nada, por eso es que me estoy preparando y aprendiendo para cuando llegue mi momento”, cerró “El Flaco”.

Al “Flaco” Delorte se lo ve feliz y en paz, muy lejos de aquellos flashes que lo acompañaron por espacio de casi dos décadas y lo expusieron al máximo. Alejandro se reencontró con el niño que pululaba por las calles de tierra de Cabildo, no necesita figurar y se mueve cómodo en un terruño donde, si bien no es anónimo, conoce hasta su último rincón. Esto es, ni más ni menos que, un claro ejemplo de que se puede hallar el porvenir en las pequeñas cosas.

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