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DE AYER A HOY

“Quisiera ser recordado como una buena persona que irradiaba alegría”

Raúl Guillomía repasó su multifacética carrera artística. La música, como puerta de entrada al humor. Las redes sociales como herramienta. Y una frase: “De nada sirve ser virtuoso sin complicidad con el público”.

Por Leandro Grecco
Facebook: Leandro Carlos Grecco/Instagram: @leandro.grecco/Twitter: @leandrogrecco

Decidido a convertir su pasión en su medio de vida, quien hoy nos ocupa se aventuró por un camino poco convencional en busca de su sueño. Comenzando como cantante, pronto descubrió el potencial de las imitaciones y el humor como herramientas para conectar con el público. Con ingenio y determinación, combinó sus talentos para ofrecer un espectáculo único y cautivador que lo distinguió en la escena artística local.

Tomó el camino más pedregoso: dedicarse exclusivamente a su arte a tiempo completo, sin renunciar a su sueño. Con perseverancia y pasión, encontró la manera de equilibrar su responsabilidad como jefe de familia con su vocación artística, construyendo gradualmente un nombre para sí mismo en la ciudad y en toda la región.

Su versatilidad y su capacidad para adaptarse a los cambios lo llevaron a explorar nuevas formas de llegar a su audiencia, aprovechando el poder de las redes sociales para compartir su talento con un público aún más amplio. Raúl Guillomía, un hombre de la casa y con un valioso paso por LA BRÚJULA 24, va a revelar en este artículo la clave del triunfo personal, donde el aplauso y el cariño de sus seguidores son el oxígeno para no bajar los brazos.

“Si bien soy oriundo de Bahía Blanca, los primeros años de mi vida transcurrieron en una casa alquilada de Irigoyen al 700. Siendo aún muy chico y luego de un breve lapso viviendo en el Barrio Noroeste, más precisamente en Jujuy al 1200, nos mudamos con toda la familia a Capital Federal”, evocó Raúl, con una mirada nostálgica. 

Y sintetizó: “Tenía solo cuatro años y mi hermano dos, pero mi papá, que era camionero, viajaba mucho, motivo por el cual nos radicamos en Villa Lugano. Allí pasé el resto de mi niñez y buena parte de la adolescencia”. 

“Hice la primaria y parte de la secundaria en la Escuela Nuestra Señora de la Misericordia, un establecimiento educativo que era parroquial, a pesar de que los directivos no tenían nada que ver con la iglesia. En 1975 volví a establecerme en Bahía, con 16 años, para completar mis estudios”, recordó, mientras apagaba el televisor del living de su domicilio actual en el barrio Villa Loreto.

Respecto a la adaptación a semejante cambio, admitió que no fue tan difícil: “Veníamos a la ciudad muy frecuentemente porque acá tenía a mis tíos y primos, por lo que siempre le tenía un afecto especial al lugar que me había visto nacer. Sin embargo, me sentía ‘un cacho de Buenos Aires’, por lo que el cambio al comienzo costó un poquito”.

“Allá me la pasaba jugando al fútbol y cuando llegué acá veía a los chicos tirando al aro, jugando al básquet, un deporte del que no sabía prácticamente nada. Sin embargo, eso no impidió que comenzara a hacer una vida social que me acercó rápidamente a la música, que era lo que a mí me gustaba”, explicó un entusiasmado Guillomía.

Consultado sobre su juventud, indicó que “me recibí en la Escuela de Enseñanza Media Nº 3, cuando aún no tenía edificio propio. Antes de llegar a Bahía ya había aprendido a tocar los primeros acordes de la guitarra con un tío que era el único músico de la familia, aunque lo hacía de manera muy amateur para la familia y sus amigos del boliche”.

“Lo mío era cantar, lo venía haciendo incluso desde chico y realmente me daba mucho placer interpretar canciones con mi voz. Eso permitió que pudiéramos armar el primer conjunto, como se decía en aquel entonces, se llamaba The Twitters, con el cual hacíamos temas de Los Beatles”, afirmó, al avanzar en la línea de tiempo de su vida.

Asimismo, lanzó: “Me sentía Paul Mc Cartney (risas), pero con mucho respeto y sin buscar copiarlo, salvando la distancia trataba de ponerle mi propio estilo. Ahí recibí el llamado de la gente de Amor Propio, uno de los dos grupos más potentes de la ciudad en aquel entonces, el otro se llamaba Terrón de Azúcar integrado por los hermanos Allende”. 

“Siendo aún menor de edad me llamaron para cantar, para mí era lo máximo porque tenían hasta un músico que tocaba el saxo. Luego estuve con orquestas, tocando y cantando en los bailes, hasta que una vez casi por casualidad hicimos unas imitaciones en una fiesta con un amigo y mis dos hermanos que también son músicos”, consideró, ponderando la labor de quienes lo han acompañado en buena parte de este proceso artístico.

Y refirió: “Me insistieron para que me dedique a incursionar en ese rubro y se abrió una puerta enorme, creando un grupo que se llamaba Replay en el que mi tarea era emular las voces de grandes artistas, algo que incluso hoy sigo haciendo. La situación me envalentonó y, ya sin mis hermanos que se alejaron parcialmente de la música, armé otra banda”.

“El problema era que la tenía que bautizar y fueron ellos los que me alentaron a que la denomine sencillamente con mi nombre, Raúl Guillomía. Me sonaba muy feo, sentía que no iba a pegar en la gente, porque mi apellido no es tan fácil de pronunciar”, reconoció con humildad.

Sin embargo, implantó una marca propia fruto del sostenido vigor que le aplicó a su labor: “A la luz de los acontecimientos y viendo cómo se han desarrollado las cosas en todos estos años, siento que fue la decisión correcta porque se pudo imponer ese nombre, caminando bien por la vida y por suerte con mucho éxito”. 

“Siempre me gustó contar cuentos, pero creo que una de las condiciones necesarias es la de no ser tímido y ese era un requisito que cumplía de principio a fin. Soy extrovertido y sociable, me gusta caerle bien a la gente, siendo esa siempre mi premisa”, describió Guillomía, promediando su testimonio.

En paralelo, reflejó que “es clave el idioma gestual, algo que vas adquiriendo con el desempeño del oficio, apelando a todo tipo de recursos. En medio de las imitaciones, que en definitiva son una sátira de un personaje sin caer en la grosería, fui añadiendo cuentos cortos. Después esa tendencia fue creciendo y me convertí en lo que humildemente creo que soy hoy: un showman”.

“Dentro de las imitaciones hago la voz de un locutor, cantantes y en el medio voy matizando con cuentos, haciendo lo que hoy se conoce como stand up y que en mis comienzos eran monólogos. Sin querer y sin haber estudiado, te convertís en actor, eso de entregarte al público requiere de transmitir emociones”, agregó un sonriente Raúl.

No obstante, expresó: “De nada sirve ser un virtuoso cantante si esa persona no contagia, no genera complicidad con el otro y no se brinda a aquella persona que lo fue a ver en escena. Un humorista que no tiene chispa y narra la historia no genera un efecto en el otro, algo que sí logra el que con su rostro y sus expresiones puede hacer llorar al espectador”.

“Supe actualizarme al mundo de las redes sociales y, si bien siempre tuve Facebook, con Instagram descubrí un mundo maravilloso. Hace algo más de un año que hice una cuenta y lo que comenzó como un hobby se está convirtiendo en un trabajo porque ya llegué a más de 111 mil seguidores”, dijo.

En lo estrictamente real, comprende que el hábito de ofrecer su talento mediante las nuevas tecnologías es el único camino posible: “Gracias al contenido que voy publicando y los dos cuentitos que subo todos los días para la gente, logré acortar distancias porque antes, sin estos avances tecnológicos, recorrí toda la región y muchas provincias del país, en especial las del sur, menos Tierra del Fuego”.

“Tengo mil anécdotas, pero hay una puntual por algo que me ocurrió hace varios años en la Sociedad Francesa de Pigüé. Estaba actuando ante gente muy distinguida, solo algunos me conocían, y había una tarima muy bajita en lugar de un escenario”, relató, con su inconfundible gracia.

Y prosiguió con la crónica de aquella secuencia: “Bajé y canté entre el público que aplaudía, pero cuando iba retrocediendo, calculé mal y caí. Como tenía 30 años no sentí casi dolor. La gente miraba asombrada y desde el piso atiné a decir ‘es mi estilo, me gusta cada tanto tirarme y cantar’, lo que despertó una ovación”.

“A partir de esa secuencia me di cuenta de que esa forma de salir del paso es una condición fundamental porque con el humor se sacan conejos de la galera para zafar de distintas situaciones, pero para eso se requiere de saber hacerlo sin quedar en ridículo”, lanzó, con picardía.

Al epílogo, dejó un mensaje: “Quiero agradecerle a todo público, a los que confiaron en mí, ya sean las empresas, las instituciones y las personas que me han contratado. Son muchos años y no es sencillo porque te obliga a aggiornar la propuesta del show”.

“Tengo en mente seguir por muchos años más, pero quisiera que el día que no esté más me recuerden como un buen tipo y que busca que el otro esté contagiado de felicidad y alegría, más en épocas tan difíciles como las que estamos viviendo”, finalizó el showman.

Raúl Guillomía disfruta de una merecida reputación y reconocimiento en su comunidad y más allá. Su habilidad para mantenerse vigente y relevante en un mundo en constante evolución es una clara muestra de su dedicación y su compromiso con su arte. A través de su perseverancia y su pasión, ha logrado superar los obstáculos y ganarse el cariño y la admiración del público, dejando una marca indeleble en la escena cultural de la región.

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