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De Ayer a Hoy

Entre tribunales y escenarios: una vida dedicada a la justicia y la cultura

Elisardo Tunessi repasó su vida ligada al derecho, la docencia, el teatro independiente y su defensa del espacio cultural. “Vivir de lo que a uno le gusta es una forma de reivindicación”, sintetizó el abogado.

Por Leandro Grecco
Facebook: Leandro Carlos Grecco / Instagram: @leandro.grecco / X: @leandrogrecco

Héctor Elisardo Tunessi repartió buena parte de su vida entre expedientes, aulas y escenarios. Abogado, actor, director teatral, docente y referente de la cultura independiente, encontró en el derecho y las artes escénicas dos caminos para expresar una misma convicción: comunicar ideas, defender principios y participar activamente en la comunidad.

“Soy de Algarrobo, aunque nací en el Hospital Español de Bahía Blanca”, aclara al comenzar a repasar su historia. En esa localidad del partido de Villarino pasó su infancia y adolescencia junto a sus padres y dos hermanas mayores. 

Su padre era productor agropecuario y su madre se ocupaba de la casa. Cursó la primaria en la Escuela N° 5 y completó la secundaria en la Media N° 2, una institución que originalmente tenía orientación profesional y ofrecía formación en distintos oficios.

“Viví allí hasta los 18 años. Mi vocación la tuve clara desde adolescente”, recuerda. La confirmación llegó a partir de un test realizado por profesionales del Instituto Juan XXIII, quienes viajaron hasta Algarrobo para orientar a los estudiantes. 

“El resultado fue elocuente y revelador. Las psicopedagogas confirmaron mis sospechas porque salió Abogacía y Artes Escénicas, algo que, a la postre, fue a lo que me dediqué”, señala con una sonrisa en su rostro.

Antes de partir hacia La Plata, Tunessi ya había comenzado a transitar el camino de la participación comunitaria. Integró un grupo juvenil del Club Juventud Unida de Algarrobo, colaboró en la fundación de una biblioteca popular y formó parte de una agrupación teatral.

Uno de los episodios que definió su relación con el escenario ocurrió durante la adolescencia, cuando el director Olivo Suárez llegó a la localidad para trabajar con los jóvenes. Bajo su conducción representaron “Mi hijo el doctor”, la obra de Florencio Sánchez.

“En ese momento se hacía en el Teatro Municipal un concurso de obras del sur bonaerense. Pese a mi corta edad, con unos 15 o 16 años, fui reconocido como mejor actor y recibí una beca en el conservatorio”, relata. 

El ingreso, sin embargo, requería haber terminado la escuela secundaria. “Fue ahí cuando intervino Olivo para que el jurado me permitiera entrar una vez que cumpliera los 18”, explica. Aquella gestión le permitió mantener abierta la posibilidad de continuar su formación artística.

Cuando finalizó sus estudios en Algarrobo, sus padres le alquilaron un departamento en La Plata. Allí comenzó la carrera de Derecho en la Universidad Nacional de la ciudad capital bonaerense y, al mismo tiempo, se inscribió en el Conservatorio Nacional de Artes. 

“Me recibí de abogado en 1983 y dos años más tarde hice lo propio en el Conservatorio”, precisa. Durante esa etapa participó en producciones realizadas en Buenos Aires y posteriormente ingresó al elenco estable del Teatro General San Martín.

La actividad artística convivió desde el inicio con el ejercicio profesional. Junto con dos compañeros que habían completado la carrera en el mismo período abrió un estudio jurídico, orientado principalmente al derecho civil y administrativo.

Su regreso a Bahía Blanca estuvo relacionado con la salud de su padre. Ya instalado en la ciudad, en 1986 rindió concurso para ingresar a la Cámara Federal como secretario en los procesos judiciales contra militares. Permaneció en ese ámbito hasta 1991.

“El mundo de las leyes y el arte escénico, según mi punto de vista, tienen mucho que ver, poseen varios puntos comunes. En mi caso, porque en las dos disciplinas ponía por encima mis ideales”, sostiene Tunessi. 

Esa mirada atravesó las distintas tareas que desarrolló con el paso de los años. “Siempre me propuse reivindicar mi matriz de pensamiento desde la justicia y la cultura, con coherencia”, afirma promediando la charla con la sección “De Ayer A Hoy”.

Para Tunessi, tanto la actuación como la abogacía son herramientas de intervención social. “Siempre me resultó importante la comunicación, poder expresar mensajes que uno creía que eran necesarios y lograr que la gente los escuchara”, dice. 

Su derrotero también incluyó la elaboración de ordenanzas relacionadas con la actividad cultural. Parte de ese trabajo se canalizó a través del Teatro Varieté, un proyecto que nació en el marco de los talleres barriales impulsados durante la gestión municipal de Juan Carlos Cabirón.

La iniciativa fue promovida por la entonces secretaria de Cultura, Isabel Taramasco, y tuvo uno de sus primeros espacios en el Barrio Obrero de Villa Mitre. “Fue el puntapié inicial para asumir ese compromiso que nacía de los mensajes que levantábamos como bandera”, indica.

La primera puesta en escena estrenada por el grupo fue “El Jardín del Infierno”, de Osvaldo Dragún. La obra aborda la vida en una villa de emergencia, además temáticas potentes como la represión policial y los procesos de estigmatización.

“Después nos mudamos a la Sociedad de Fomento del barrio San Martín, hasta que nos vimos en la obligación de encontrar un lugar más grande para ensayar”, cuenta. La búsqueda derivó en la creación de la sala Varieté, inicialmente ubicada en Darregueira al 200. Con el tiempo, el proyecto se trasladó a Villarino 214, dirección que se convirtió en su sede definitiva.

A lo largo de las décadas, la agrupación presentó numerosas producciones y obtuvo distinciones fuera de la ciudad. Entre las obras mencionadas por Tunessi aparecen “La casa de Bernarda Alba” y “La casita de los viejos”.

“Tuvimos reconocimientos a nivel nacional, mimos muy importantes, pero que al mismo tiempo te exigen responsabilidad”, considera. Para el entrevistado, cada distinción implicó la necesidad de sostener el trabajo y profundizar la tarea colectiva.

Durante varios años combinó la atención del estudio jurídico con el teatro y la enseñanza. Fue profesor en establecimientos secundarios y también ejerció la docencia universitaria. “A menudo me iba de mi casa a las 7 y volvía a las 23, entre el estudio, las clases y los ensayos. Fueron épocas muy lindas porque hacía lo que me gustaba”, recuerda.

En la actualidad preside la Asociación de Espacios Culturales de Bahía Blanca, una red creada para nuclear a salas y organizaciones independientes. El objetivo fue establecer criterios comunes, promover el sector y gestionar condiciones acordes para el funcionamiento de cada lugar. “El organismo nació a partir de Cromañón, de la necesidad de tener habilitaciones municipales y controles adecuados para cada espacio”, explica.

Tras la tragedia ocurrida en Buenos Aires, las exigencias alcanzaron de manera generalizada a recintos con características y capacidades muy diferentes. “Fuimos todos metidos en una misma bolsa. Comparaban una salita de teatro para 50 personas con un recital en un estadio”, plantea. 

A partir de ese proceso se elaboró una ordenanza municipal que reguló la actividad de los espacios culturales. Según Tunessi, la normativa alcanza actualmente a gran parte de las propuestas artísticas que se desarrollan en Bahía Blanca.

“La ciudad tiene un potencial muy grande con respecto a la cultura. Es una de las pocas del interior del país que cuenta con una delegación de la Asociación Argentina de Actores, que hace muy poquito cumplió 50 años”, destaca.

Mientras esa institución celebró medio siglo de actividad, el Teatro Varieté se aproxima a sus cuatro décadas. En ese recorrido, Tunessi menciona a intérpretes locales que alcanzaron reconocimientos nacionales, entre ellos Gloria Menéndez, Oscar Pasquaré y Julio Teves, quienes recibieron Premios Podestá.

Su planteo apunta a fortalecer la valoración de los trabajadores culturales de la ciudad. “Todos tenemos que trabajar, pero muchas veces se reivindica lo de afuera y no se defiende lo de adentro”, advierte. 

Para el fundador de Varieté, uno de los desafíos consiste en dejar atrás la idea de que el reconocimiento depende de la distancia o de la exposición en los grandes centros urbanos. “La premisa es desterrar ese pensamiento de que un actor que vive al lado de mi casa no va a ser bueno en lo suyo”, resume.

A varias décadas de haber dejado Algarrobo para estudiar en La Plata, quien gentilmente se prestó para este ida y vuelta continúa vinculado con las dos vocaciones que aparecieron en aquel test realizado durante su adolescencia. “Trabajar y vivir de lo que uno hace también reivindica la profesión”, concluye.

El cariño que le dispensa cada uno de los que conocen, al menos mínimamente, a Elisardo Tunessi son una muestra cabal de su bonhomía, don de gente e innegable compromiso. Él no se distrae con ese tipo de demostraciones, sigue adelante dejando una huella indeleble que quedará marcada para quienes continúen su obra.

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