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De Ayer a Hoy

Mónica Martínez se jubila y admite: "Disfruto de ya no usar despertador"

Querida y respetada por el ambiente educativo, desarrolló una brillante labor en la Escuela Normal. La niñez en su pueblo. El viaje a Cuba y su carta a Fidel Castro. Y una radiografía de los jóvenes de hoy.

Fotos: Pablo Noir (La Brújula 24).

Por Leandro Grecco
Facebook: Leandro Carlos Grecco / Instagram: @leandro.grecco / X: @leandrogrecco

Mónica Martínez acaba de cerrar una etapa que ocupó buena parte de su vida. Después de 35 años de trabajo en la Escuela Normal Superior de Bahía Blanca, la histórica auxiliar docente se jubiló y comenzó a transitar una rutina diferente, lejos de los horarios, el despertador y las responsabilidades cotidianas dentro de la institución.

Durante más de tres décadas acompañó a niños, adolescentes y jóvenes en diferentes momentos de su formación. Fue preceptora, maestra jardinera y desempeñó tareas en distintos niveles educativos, siempre dentro del establecimiento donde también había cursado sus estudios.

“Pasé por todo, de una suplencia a un interinato y posteriormente a titularizar, pero siempre dentro de las escuelas porque también me tocó desempeñarme en el Ciclo Básico. Trabajé con niños muy chicos, con preadolescentes y con los que estaban a punto de egresar del secundario”, recordó.

Martínez nació y creció en Mayor Buratovich. Es hija de “Yoyo” y Marta, quienes se conocieron mientras trabajaban en el INTA Hilario Ascasubi, comenzaron su relación siendo jóvenes y se casaron en 1965. “Fruto de ese matrimonio fue que nacimos mis dos hermanos y yo, que soy la del medio. Gustavo es el mayor y Marcelo el menor”, relató.

Su infancia transcurrió entre la escuela, el deporte, el arte y diferentes espacios compartidos con amigas. “En mi pueblo hice jardín de infantes, primaria y secundaria, pero paralelamente participé de todas las actividades extracurriculares que uno se pueda imaginar: jugué al vóley, básquet, sóftbol, integré peñas folklóricas en las que bailaba, fui a dibujo e inglés”, enumeró.

Entre los recuerdos de aquella etapa aparece el esfuerzo colectivo que realizó junto a sus compañeros para concretar el viaje de egresados. “Nos dedicamos a la animación de cumpleaños de chicos, limpiamos patios y buscamos todo tipo de rebusque para lograr el objetivo final”, contó.

Al finalizar la secundaria, en 1985, evaluó dos caminos profesionales. “Barajaba dos alternativas en cuanto a mis gustos: estudiar Medicina o docencia”, explicó. La enseñanza tenía una presencia importante en su historia familiar. Buena parte de su familia también se había desempeñado dicha actividad.

“Mi abuela paterna fue la primera oriunda del pueblo, un personaje que recuerdo con mucho cariño. Además, tenía tías que se habían dedicado a la enseñanza”, señaló. La imposibilidad de instalarse en Buenos Aires o La Plata para cursar Medicina terminó inclinando la balanza. “Me anoté en la Escuela Normal para hacer Magisterio en Bahía, donde vivía mi hermano mayor. Me instalé en el departamento que alquilaba junto a un amigo y ahí comencé mi aventura acá”, repasó.

Los primeros tiempos estuvieron atravesados por la distancia y el desarraigo. “Me costó dejar mi lugar de origen, extrañaba al resto de mi familia y a los amigos. Había una opción de estudiar docencia en Pedro Luro, que dependía del Instituto Avanza, pero me parecía mejor hacerlo en Bahía”, indicó.

Cada fin de semana regresaba a Mayor Buratovich. “Volvía los viernes a la tarde y los domingos a la noche eran una tragedia porque implicaba regresar a la ciudad donde estaba estudiando”, recordó. Con el paso de los meses, aquella incomodidad comenzó a desaparecer. “Hoy me siento agradecida de haber soportado esa etapa inicial porque, con el tiempo, me fui sintiendo más a gusto”, afirmó.

Martínez cursó primero el tramo correspondiente a educación primaria, que se extendía durante dos años y un cuatrimestre de práctica. Al finalizar, volvió a su localidad natal y comenzó a realizar suplencias. “Como me quedaba libre hasta diciembre, regresé a mi pueblo y empecé a trabajar. Al año siguiente volví a Bahía porque mi intención era formarme para preescolar también en la Escuela Normal”, explicó.

Luego de completar esa segunda capacitación, repitió la experiencia y retornó a Mayor Buratovich hasta el cierre del ciclo lectivo. En marzo de 1991 consiguió un cargo en la escuela primaria de Hilario Ascasubi, aunque permaneció allí apenas tres días.

“Me llamaron de la Escuela Normal de Bahía para ofrecerme un puesto de auxiliar docente, también conocido como preceptoría. No lo dudé un instante, dejé todo y regresé a la ciudad en la que me había formado”, relató.

La propuesta inicial tenía una duración de un año, pero pronto surgieron nuevas oportunidades. “Después me propusieron ser maestra jardinera dentro del mismo establecimiento”, agregó. Ese regreso marcó el comienzo de un vínculo laboral que se prolongó durante 35 años.

Martínez tenía apenas 23 años cuando empezó a trabajar como auxiliar. Su primer curso fue un quinto año, con estudiantes que rondaban los 17. “Éramos casi contemporáneos. La única distancia se daba por mi rol dentro del establecimiento, era la auxiliar y mantenía la separación natural que debe existir”, sostuvo.

A pesar de esa cercanía generacional, asegura que nunca tuvo dificultades para construir autoridad. “Siempre me resultó muy fácil mantener el rol y, a la par, divertirnos y generar un buen clima de cordialidad para hacer más llevadero el día a día”, expresó.

La relación con los estudiantes fue uno de los pilares de su trayectoria. “Nunca me costó congeniar con el alumno, incluso cuando la brecha generacional se fue haciendo cada vez más grande. Llegué a crear esa empatía y se daba naturalmente”, explicó.

El transcurso de los años produjo una situación particular: ella fue creciendo mientras quienes quedaban a su cargo continuaban teniendo edades similares. “Fui envejeciendo y siempre tenía jóvenes de la misma edad. Eso no modificó el vínculo ni la convivencia al momento de relacionarnos, aunque existieron matices”, analizó.

Desde su experiencia, Martínez observó transformaciones profundas en los estudiantes y en las problemáticas que atraviesan. “Los adolescentes, de un tiempo a esta parte, están afectados por una multiplicidad de situaciones sociales, familiares y personales que hace 30 años no se veían”, advirtió.

También considera que las nuevas generaciones desarrollaron otra mirada sobre la realidad. “Los chicos de hoy vienen con un chip incorporado que les permite verla de una forma mucho más madura que lo que fue mi generación a esa edad”, sostuvo.

A su entender, determinadas experiencias aparecen cada vez antes. “Percibo que a más temprana edad tienen esa vida a la que nosotros accedimos cuando llegamos a los 18 años, desde lo más simple hasta aquello que nos asusta porque son conductas vinculadas con la noche que tiempo atrás parecían exclusivas de los adultos”, afirmó.

La pandemia representó otro punto de inflexión para la comunidad educativa. “A partir de 2020 se acrecentó esta idea de modificar la forma de socializar. Cambió la territorialidad, con una manera de educar a partir de las plataformas virtuales”, recordó.

Para Martínez, aquel período dejó consecuencias que todavía permanecen. “Se marcó un quiebre muy notorio en lo social, escolar y familiar, algo que sin dudas tiene sus secuelas al día de hoy”, señaló.

Entre las historias que atravesaron su carrera, hay una que ocupa un lugar especial. La protagonista es Analía Larrea, una estudiante que sufrió un accidente automovilístico durante un verano y quedó en silla de ruedas.

“Si tuviese que resumir mi carrera en una anécdota podría hacerlo a partir de una historia que comienza con un hecho trágico y termina en algo bello”, manifestó. Larrea era bailarina y tenía una importante proyección, pero el siniestro cambió por completo sus planes. “Su fuerza de voluntad enorme le permitió alcanzar una gran recuperación”, destacó Martínez.

La Escuela Normal organizó distintas actividades para ayudarla. “Se hizo una campaña grande de acompañamiento tanto a ella como a su familia, con cenas, bailes, rifas y donaciones de dinero porque debía ir a Cuba a realizar su tratamiento”, relató.

Martínez permaneció cerca de la joven durante ese proceso. “Junto a sus compañeros me tocó estar muy próxima a Analía. Cada vez que volvía de una internación la esperábamos con los brazos abiertos”, recordó. La docente también comenzó a visitarla diariamente. “Me tocó estar en su habitualidad, ir a la casa y ayudarla a transitar el difícil trance porque era una bailarina de gran proyección que vio truncada su carrera por ese hecho vial”, expresó.

Tras una primera estadía de un año en Cuba acompañada por sus familiares directos, Analía debía regresar para continuar la rehabilitación. En aquella oportunidad, la familia le pidió a Martínez que viajara con ella. “Fue un honor. Nos fuimos en diciembre y debíamos volver al mes, pero decidí escribirle una carta a Fidel Castro explicándole la situación y que era muy difícil, desde el punto de vista económico, regresar nuevamente”, contó.

La respuesta llegó el 5 de enero a través de la administración del hospital. “En el escrito, Fidel dejaba constancia de que nos permitía permanecer dos meses más allí. Eso significaba rehabilitación gratuita para ella y gastos pagos de la estadía para mí”, explicó.

La iniciativa, que comenzó como un último intento, terminó dando resultado. “Fue una suerte de manotazo de ahogado que salió bien y que solemos recordar cada vez que nos vemos, tal como sucedió el sábado pasado, cuando almorzamos juntas”, reveló.

La salida de la Escuela Normal coincidió con un período complejo en su vida personal. Durante los primeros meses después de jubilarse, Martínez se dedicó al cuidado de sus padres. “Estuve abocada a cuidar a mi mamá, que se encontraba en un hogar acá en Bahía, y a mi papá, que sigue en Buratovich”, indicó.

Su rutina estaba marcada por trámites, consultas y gestiones médicas. “Trataba de repartir el tiempo entre PAMI, Anses y los profesionales, hasta que lamentablemente en marzo ella falleció, lo que me llevó a barajar y dar de nuevo”, expresó.

A partir de esa pérdida comenzó a reorganizar su vida y a prestar atención a aquellas actividades que habían quedado postergadas. “No tengo hijos, nunca me casé y puedo decir que toda la vida se la dediqué al trabajo. Ahora estoy en una segunda etapa en la que empiezo a ponerme a mí por sobre todas las cosas”, señaló.

Aunque ya no forma parte del equipo pedagógico de la emblemática institución, continúa visitando periódicamente la Escuela Normal, recorriendo cada uno de los pasillos, de los que conoce hasta el último rincón. “Siempre encuentro una excusa para darme una vueltita y estoy atenta a lo que mi papá necesita”, contó.

Entre los cambios más sencillos de la jubilación apareció uno que durante décadas parecía impensado: dejar de programar la alarma cada mañana. “Descubrí lo que es no usar el despertador. Solo ese pequeño cambio implicó algo sensacional, un antes y un después”, aseguró.

A esa nueva libertad le sumó otras actividades. “Empecé a ir al gimnasio, a pasar más tiempo con mis sobrinos y con las amistades, es decir, con aquello que estaba postergado”, relató. La adaptación no es lineal y todavía hay jornadas en las que extraña la dinámica escolar. “Hay momentos en los que la rutina se extraña mucho, pero creo que las etapas se cumplen”, reflexionó.

Durante años sostuvo que nunca se iría voluntariamente de la institución. “Siempre decía que de la escuela me iban a tener que sacar a la fuerza”, recordó entre risas. Sin embargo, las circunstancias personales la llevaron a revisar prioridades. “La vida te va llevando por lugares que te hacen repensar, elegir y ponerse uno por encima del resto sin caer en el egoísmo”, planteó.

Después de 35 años, Martínez se despidió del trabajo cotidiano, pero no del vínculo construido con la Escuela Normal ni con quienes pasaron por sus aulas y pasillos. “Durante años dediqué todas mis energías a lo que era una pasión y no me arrepiento. Fue eso lo que dio sentido a cada uno de mis días dentro de la escuela”, concluyó.

Lejos del timbre que ordenó sus jornadas durante más de tres décadas, Mónica Martínez aprende a habitar otro ritmo. La Escuela Normal quedó atrás como espacio cotidiano, pero permanece en afectos, historias compartidas y la  memoria de quienes encontraron en ella una referencia. El retiro no aparece como un punto final, sino como el inicio de un tiempo propio, construido después de una vida dedicada a acompañar el crecimiento de los demás.

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