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Ser madres en cuarentena: aprendiendo a manejar los cambios

El aislamiento social avanza y se hace sentir. En este informe, los testimonios de varias bahienses que, con sus herramientas, le hacen frente a los cambios obligados por esta "nueva normalidad". Imperdible.

A esta altura, no son pocos los estudios –nacionales e internacionales- que indagan sobre las consecuencias psicológicas o laborales de la pandemia y que apuntan a un mismo lugar: las mujeres con trabajo e hijos pequeños son el colectivo que más está sufriendo el impacto emocional.

Incluso, este mismo sitio el que en más de una oportunidad pudo conversar y graficar, con lujo de detalles, la opinión de profesionales en la materia que dejaron en claro dicha afirmación, por su puesto con el fundamento científico que corresponde. (“Salud mental en tiempos de cuarentena”, informe especial de LA BRÚJULA 24).

De todas maneras, siempre es bueno hablar con los protagonistas. En este caso las mujeres que desde hace más de cuatro meses afrontan una realidad distinta, esa que las encuentra como mamás, docentes, compañeras, amigas. Y el listado tranquilamente podría seguir.

¿Qué cambios trajo aparejados el aislamiento social? ¿Cuáles vinieron para quedarse? ¿Cómo se hace para explicarles a los niños que no pueden ir a la escuela ni ver a sus amigos? ¿Y el contacto con el resto de la familia? Todas esas preguntas, y muchas otras, las responden ellas en este informe especial.

“Esta pandemia nos dio un cachetazo, como a todo el mundo. Me acuerdo en marzo cuando empezó que ni siquiera sabíamos lo que significaba una cuarentena. Al principio nos costó muchísimo adaptarnos, fueron unos días de gran incertidumbre tanto laboral como familiar. Los nenes no entendían por qué no iban a la escuela, y los docentes no estábamos preparados para ver de qué manera continuar”. Lo dice Micaela, mamá de Juani (7 años), Joaquín (5) y Felipe (1 año y 10 meses).

Ella es profesora de inglés y trabaja en dos institutos y en un jardín de infantes. “Tengo horas a la mañana, a la tarde y a la noche, ya que doy clases a un grupo de adultos. Mi marido y yo estamos haciendo home office desde el primer día”, señaló.

Su presente ilustra lo detallado al principio de esta nota. Y ella misma lo explicó, de la siguiente manera: “Rápidamente se armó todo un sistema nuevo de educación virtual en donde todo era desconocido. Y al mismo tiempo en el que yo tenía que aprender a usar nuevos programas, plataformas y aplicaciones, mientras llegaban las tareas y actividades para los chicos. Empecé a filmar videos y grabar audios para enviar a mis alumnos. Por supuesto que en varias ocasiones el chiquito hacía su aparición estelar y es la música de fondo en la mayoría de mis audios”.

“Cuando en casa lidiábamos con la entrega de tareas y los enojos y llantos que muchas veces se generaban, me llegaban mensajes de algunos padres de alumnos con enojos, reclamos y expresando las mismas inquietudes por las que yo estaba pasando”.

“Nos llevó semanas acomodarnos, crear nuevas rutinas y horarios. Con mi esposo tomamos turnos: cuando uno está trabajando, el otro atiende a los nenes. Muchas veces colapsamos cuando los dos trabajos se superponen y esos son los momentos de mayor tensión familiar”, reconoció la maestra.

Antonela, por su parte, tiene dos hijos. Se llaman Vinicio y Pomona, de 8 y 2 años. Ella es arquitecta, aunque por elección personal oficia de ama de casa tiempo completo. De todas maneras, fiel a su profesión, la organización e implementación de rutinas fueron sus más grandes aliadas.

“En casa la realización de tareas son todas las mañanas; antes se hacían de tarde cuando se llegaba del colegio. También se permitió un mayor tiempo de uso de tecnología”, comentó, al tiempo que remarcó, ya en tono más personal: “Mis hijos han tomado gracias a Dios de un modo muy natural el estar distanciados de los afectos (familia y amigos), por suerte han podido compensar la distancia física con algún medio de comunicación alternativo (zoom, videollamadas). De todas maneras hay momentos en el día donde notamos que extrañan y mucho a todos sus afectos”.

Además, Antonela reconoce que hay espacios ligados a los temores. Por ejemplo, “a qué alguno de mis seres queridos se enferme de coronavirus, o por el hecho de extrañar por estar en soledad. Tengo familia que vive sola y no es fácil llevar adelante tanto tiempo de distanciamiento”.

"Mamá, ¿y si sacamos el coronavirus con una escoba?”. La frase, tan
espontánea y llena de inocencia, es obra de una niña llamada Elena, de 4 años. Una de las tantas que seguramente refiere a diario. Es hija de Trinidad, quien también quiso dejar plasmadas sus sensaciones en este espacio.

“Tanto yo como mi pareja trabajamos desde casa, en relación de dependencia, y yo además estudio a distancia. Implementamos muchas actividades didácticas como pintura, música, construcción de juegos con materiales caseros, películas, series. Hacer las cosas de la casa a modo de juego. Cocinar más y en familia”, señaló.

Por otra parte, consultada respecto de aquellas costumbres que considera pueden haber llegado para quedarse, indicó que “la compra en almacenes de barrio, la higiene, el uso del barbijo y del alcohol, no ir a las guardias innecesariamente y valorar mucho la salud y los afectos”.

“A nuestra hija le hablamos claro sobre el tema que estamos viviendo, por qué no va al jardín ni al parque ni puede ver a su familia y amigos, que es para cuidarnos y cuidarlos a ellos. Los chicos fueron los que más se han acomodado a esta realidad, extrañan pero se adaptan más fácil, hay que tenerles paciencia y ser inventivo”, agregó.

Y dijo que su más grande temor a esta altura es “no verle el fin a este problema o una solución clara, que se colapse el sistema de salud y que se desbarajuste la economía”.

Belén, al igual que todas las mujeres que expusieron sus vivencias en este informe, es bahiense. Pero en su caso hace un tiempo que está radicada en Junín de los Andes, provincia de Neuquén, lugar que por estos días se encuentra casi tapado por la nieve. También tiene dos hijos, Noa de 6 años y Milo de 3. Vive con su esposo y al igual que él, nunca dejó de trabajar a pesar del aislamiento dictaminado oportunamente por el Gobierno.

“Las nuevas rutinas que implementamos tienen que ver sobre todo con la tecnología y las pantallas, que antes no se usaban tanto salvo algunas excepciones. El trabajo y la escuela son difíciles, porque aunque de dan en un momento en el que estamos los cuatro en casa, se demandan en el mismo momento sus actividades y las mías como maestra jardinera, con lo cual somos como pulpos”, explicó la docente a este medio.

“Además, en esta zona de cordillera la conectividad no es buena y hemos tenido que pagar más de Internet para contar con una mejor conexión. Yo personalmente no tengo ninguna costumbre que quiero que quede después de la pandemia porque no sumaron mucho en cuanto a la calma dentro del hogar, es más la desorganización y trabajo fuera de hora en mi caso”, añadió Belén.

Y en otro tramo de su exposición, hizo hincapié en lo complicado que resulta el aprendizaje escolar de sus hijos, situación que no se da por falta de incentivo a nivel intrafamiliar, obviamente, sino que es básicamente por los tiempos. “Los zoom de la escuela de mi hija son cuando yo estoy trabajando y hay que adecuarse a un montón de cosas que la docente no especifica y hacen que uno tenga que estudiar un poco para darle el material a los nenes”.

“Temores no tenemos, pero sí mucha responsabilidad como ciudadanos y como papás, para explicarles a los nenes que no hay que esperar a la policía o la Gendarmería para que nos digan lo que tenemos que hacer. Además, estamos en una pandemia y las emociones fluctúan, hay muchos cambios de ánimos, hay días con más ganas que otros y hay que remarla”, sintetizó.

El caso de Josefina es algo distinto al de sus predecesoras en esta nota.
También nació en Bahía Blanca, aunque hace varios años vive en Buenos Aires, donde ejerce como diseñadora gráfica. ¿Qué la diferencia?, que fue madre hace cuatro meses, de la pequeña Martina, que por obra y gracia de la casualidad nació en medio de una pandemia mundial. ¡Que puntería!

“Teníamos mucho miedo con mi marido, muchas dudas, mucha incertidumbre. Le preguntamos al médico si en ese hospital había casos de Covid-19 y su respuesta fue que si, que había 10 casos pero estaban aislados. Recuerdo que me dijo ‘no se preocupen que van a estar bien cuidados, todo va a salir bien’. Esa frase que nos quedó grabada a varios e hicimos unos lindos carteles con arcoíris de colores”, recordó.

Y agregó: “Así fue que nos tranquilizamos un poco y pudimos afrontar todo esto juntos. Nunca nos imaginamos que nadie iba a poder estar con nosotros en la clínica en ese momento, que todo el plan que tenían mis papás de viajar desde Bahía para acompañarnos en este hermoso y único camino se fue por la borda”.

Para Josefina, aún hoy, lo más difícil pasa porque todavía nadie de su familia pudo conocer a Martina, más allá de las chances que puede llegar a brindar la tecnología. Y claro, eso también es un desafío. “No nos quedó otra que afrontar esto los tres solos, aprendiendo a usar nuevos programas para poder sentirnos más cerca y enseñarles a los más grandes a usarla también”.

“¿Que se siente?, mucha bronca, mucha angustia, mucha ansiedad y mucho miedo por tantos cambios juntos. No solo nos encontrábamos siendo padres por primera vez, sino que estábamos atravesando un virus mundial que nadie sabía cómo pararlo, pero que si salías a la calle te lo agarrabas y podías terminar internada en terapia intensiva o mínimo aislada 15 días de todos”, reconoció Josefina en relación a sus más inmediatos temores.

Aunque claro, como todos, con el correr de los días -y meses- se fue acostumbrando. “Vas creando nuevas rutinas, hacés cosas que tenías postergadas como cursos, charlas, orden en la casa. En mi caso el trabajo no fue un problema, seguí cobrando regularmente y en cuanto a mi actividad ‘freelance’ no tuve tanta presión, ya que bajó en gran medida”.

Por último, aunque no por eso menos importante, nos encontramos con el testimonio de Ángeles, una orgullosa madre de los mellizos Ciro y Lupe. Y ella, al igual que otra de las entrevistadas, es maestra jardinera.

“Trabajo en un establecimiento privado de nuestra ciudad al cual también van nuestros hijos, que tienen 5 años. Creo que este es uno de los momentos más movilizantes que nos tocó vivir con mi marido, al igual que la llegada de los ‘mellis’. Cuando todo esto comenzó, realmente creímos que iba a ser por poco tiempo, por unos días, pero de un momento para otro llegamos al jardín y nos dijeron que nos quedáramos unas horas y después iríamos a trabajar desde casa. Eso me generó muchos temores y angustia, que me invadieron tanto como mamá y docente, y como compañera de vida ya que lógicamente muchas de nuestras rutinas iban a estar modificadas. También el temor por los abuelos, el no poder verlos, empezar a tener otro tipo de relación mediante las computadoras y teléfonos, cosa que veníamos
tratando de no utilizar tanto en casa. Esos primeros meses fueron de constante aprendizaje”, recordó.

En cuanto a su readecuación a la nueva normalidad, comentó que “comenzamos con actividades, como si estuviéremos en el jardín. Todos los días tratábamos de tener planes nuevos, con juegos y actividades en casa, mientras también llegaban las propuestas de las maestras que ayudaron mucho a nuestros hijos para mantener ese contacto tan especial que tenían”.

“Después los días siguieron pasando y esas actividades se dispersaron un poco, el entusiasmo del principio empezó a bajar y tuvimos que fortalecer los vínculos con amigos y familiares, por ejemplo a través de las videollamadas, que nos sirvieron para motivar a nuestros hijos”.

“La parte laboral también nos afectó, teníamos muchos proyectos para este año. Veníamos con algunas complicaciones económicas, pero todo se vio modificado. Si bien los dos seguimos cobrando, en el caso de mi marido que tiene un negocio sus ventas se vieron notablemente disminuidas y hubo que buscar alternativas. Desde casa nos pusimos a hacer un emprendimiento de desayunos para llevarlos a domicilio”, explicó Ángeles.

Y cerró, hablando sobre su forma de expresarles a sus hijos lo que está pasando. “Intentamos siempre charlar de forma clara y tranquila, decirles que todo esto pronto va a pasar y todos podremos volver a encontrarnos. Si bien muchas veces esas palabras no les alcanzan, al transformarlas en un abrazo y un beso les da tranquilidad, que es lo que ellos necesitan”.

En definitiva, Micaela, Antonela, Trinidad, Belén, Josefina y Ángeles son mujeres que enfrentan la realidad a su manera. Con similitudes y diferencias, pero todas repletas de convicciones. Ellas son mamás, son amigas y son compañeras de sus hijos. Le ponen el pecho al presente con sus propias herramientas, las más nobles que brindan el amor y la responsabilidad. Porque ellas son madres, sí, pero además son madres en cuarentena.

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