De Ayer a Hoy
"Ancho" con aura para convertirse en el emblema de la movida nocturna
El histórico relacionista público repasó sus comienzos, las temporadas en Monte Hermoso y Mar del Plata repartiéndose entre boliches y viajes de egresados: “Pude vivir de esto sin ser dueño de ninguna estructura”.
Por Leandro Grecco
Facebook: Leandro Carlos Grecco / Instagram: @leandro.grecco / X: @leandrogrecco
Adrián Serralunga acaba de cumplir 54 años hace apenas unos pocos días, aunque desde hace 35 ya prácticamente nadie lo llama por el nombre que figura en su DNI. Para una buena parte de Bahía Blanca y, especialmente, para quienes alguna vez transitaron la noche de la ciudad, es simplemente “El Ancho”.
El apodo nació lejos de casa, casi de casualidad y en una época en la que las promociones de los boliches podían incluir cualquier idea ingeniosa. “Fue en uno llamado Mostaza, en Necochea. Había viajado un lunes y en una de esas noches de febrero ya se estaban quedando sin ideas para ser originales. A alguien se le ocurrió homenajear a ‘Titanes en el Ring’ y todos teníamos que disfrazarnos de algún personaje”, recordó.
Serralunga llegó tarde porque había estado repartiendo tarjetas en la peatonal para convocar público. Cuando entró, los disfraces ya se habían terminado. “Se me ocurrió personificar al Ancho Rubén Peucelle. Corté un jean para hacerme la bermuda, me puse un cinto como tiradores y, como iba al gimnasio, estaba para aparecer en cuero”, contó entre risas.

Aquella improvisación terminó convirtiéndose en identidad. Después, cada vez que viajaba a Bariloche con un contingente, un amigo de El Rápido Argentino directamente lo anotaba como “El Ancho” por aquel emblemático ídolo de la lucha libre. “Así quedó el sobrenombre lleva 35 años acompañándome”.
Serralunga nació y se crió en Tucumán al 600, en pleno barrio Pacífico. Fue el cuarto de cinco hermanos y permaneció en la casa familiar hasta los 30 años. Su recorrido escolar tuvo varias estaciones. Comenzó en la Escuela Nº3 de calle Terrada, continuó en Don Bosco y empezó el secundario en La Piedad, donde sus padres imaginaban que podría aprender algún oficio.
“Sentía que no encajaba. Me pidieron de muy buena manera que me retirara y mis viejos se enteraron pocos días antes de que empezaran las clases”, recordó. Luego pasó por el Seminario. Allí, según admite, tenía asistencia perfecta, disfrutaba de ir a clases, pero estudiar no figuraba entre sus principales virtudes.

“Mis padres hicieron todo para que terminara el secundario, pero no logré conseguir eso que tanto deseaban”. En paralelo, durante unos siete años estudió en el Conservatorio de Música. La influencia vino fundamentalmente de su madre, a quien recuerda como una mujer muy virtuosa con el piano.
Su padre, en cambio, estuvo ligado durante toda su vida al periodismo, fundamentalmente a la radio en Médanos. “Lo más cerca que estuve de ese mundo fue cuando fui operador técnico después de que armara el estudio de la radio en casa”, relató. Pero el destino profesional de Serralunga iba a empezar a definirse por otro camino.
Cuando transitaba el último año del secundario, un conocido del Club Universitario que se marchaba a estudiar a La Plata le propuso reemplazarlo vendiendo viajes de egresados. La empresa era Turindio y funcionaba sobre calle Las Heras. “Era un mundo que no conocía. Básicamente había que ir a la salida de los colegios y ofrecer los viajes. En ese momento se vendían durante el mismo año: ibas en marzo o abril y los chicos viajaban a Bariloche para Navidad o Año Nuevo”.

Tenía apenas 17 años y la cercanía generacional con los propios estudiantes terminó jugando a su favor. “Era casi contemporáneo con los egresados y me sentía muy cómodo haciendo ese trabajo”. Más tarde llegó a Bahía Blanca El Rápido Argentino. Vieron su manera de manejarse y le ofrecieron sumarse a una estructura mucho más grande.
En su familia, al principio, no resultaba sencillo imaginar que aquella actividad pudiera transformarse en una profesión. “Era difícil que entendieran que podía vivir de esto. Pero después me vieron hacer los cursos, vender cada vez más viajes y trabajar en una época en la que ni siquiera existía WhatsApp. Ahí confirmé que estaba en el camino correcto”. Permaneció en el rubro hasta 2004.
Los viajes de egresados terminan funcionando como una puerta de ingreso natural al mundo de los boliches. Su primer trabajo formal en un local bailable llegó en 1994, en Gitanes, en Monte Hermoso. “Martín Cantarelli fue mi primer jefe en la noche. Cada tanto todavía lo veo y guardo un recuerdo espectacular de él”.

Fuera de temporada comenzó a moverse por distintos espacios. Trabajó como relacionista público en Chocolate y también pasó por Stand Up, nuevamente en Monte Hermoso. “Era común ir pasando de un lugar a otro”, describió. Con el tiempo, aquellas tareas dejaron de ser circunstanciales. Las responsabilidades aumentaron, también la dedicación, y Serralunga encontró allí su medio de vida.
Uno de los momentos decisivos llegó cuando quedó a cargo de producir Chocolate en Bahía Blanca y su propietario, Carlos Chiesa, le propuso replicar la tarea en el boliche del mismo nombre que tenía en Mar del Plata. Lo que inicialmente iba a durar una temporada terminó extendiéndose durante un año y medio. Durante los siguientes siete años alternó su actividad entre Bahía Blanca y “La Feliz”.
Allí apareció uno de los sellos que marcaron toda su carrera: trabajar muchas horas. “Arrancaba a las 9 de la mañana y terminaba a las 9 de la noche. Iba a los centros de estudiantes, entraba al Complejo Funes y Peña de la Universidad Nacional de Mar del Plata, visitaba colegios para organizar las matinées. Había que estar donde estuviera la gente”.

Internet recién aparecía y las redes sociales no existían. Convocar público significaba caminar, repartir tarjetas, hablar cara a cara y establecer vínculos. Chocolate competía en aquel momento con nombres fuertes de la noche marplatense como Sobremonte, La Caseta y los locales de la calle Alem. “Nosotros estábamos sobre Avenida Constitución. De todo aquello, el único que quedó fue GAP, que hoy funciona principalmente con recitales”.
En 2010 regresó a Bahía Blanca, aunque tres años después apareció una nueva propuesta desde Mar del Plata. El proyecto era en La Normandina, en Playa Grande, un espacio que con el paso del tiempo alcanzaría una capacidad superior a las 10 mil personas: “Fue una experiencia muy importante porque de todos los lugares vas aprendiendo algo”.
También descubrió las particularidades de una ciudad turística donde la competencia era enorme. “Mar del Plata puede tener el doble de habitantes que Bahía, pero los boliches fundamentalmente trabajan en enero. Durante el resto del año la oferta supera largamente a la demanda”. Después de un tiempo decidió regresar definitivamente.

El desembarco no resultó sencillo. Había que recuperar contactos, reconstruir equipos y adaptarse nuevamente a otra intensidad de trabajo. “Venía con el ritmo de Mar del Plata y acá era diferente. Además, armar equipos es de las cosas más difíciles si tenés que arrancar desde cero”, explicitó.
Fueron años de mucho esfuerzo y, para colmo, llegó la pandemia. La paralización de la actividad nocturna generó una ruptura inesperada y terminó empujándolo a tomar una decisión que hasta entonces había postergado: “Me hizo ponerle un punto final a mi desempeño en la noche. No era fácil encontrar ese motivo que me convenciera de dejar algo que me había acompañado durante buena parte de mi vida profesional”.
En esa búsqueda apareció Adrián “Pato” Lliteras. “Yo le di una mano a alguien que también terminó ayudándome a mí, porque me dio una linda responsabilidad”. Él buscaba desarrollar un proyecto gastronómico en el centro bahiense. De allí surgió una pizzería que posteriormente sumaría otro espacio sobre avenida Alem.

Serralunga también exploró el mundo del transporte y la logística. Investigó el traslado de cajas, comenzó trabajando con una camioneta, posteriormente incorporó otro vehículo, pero una serie de situaciones lo llevaron a replantearse ese camino. Un amigo que iba a sumarse al proyecto falleció. Otra persona con la que había hablado decidió no incorporarse. Y, finalmente, sufrió un susto en la ruta. “Me quedé dormido manejando y, milagrosamente, no pasó nada. Fueron señales que me hicieron recalcular”.
Por entonces volvió a cruzarse con una figura conocida del ambiente, “Tero” Rabbione. Habían tenido conversaciones años atrás, cuando Serralunga todavía estaba instalado en Mar del Plata. Tiempo después, al observar que comenzaban a abrir nuevos espacios gastronómicos, decidió escribirle. “Le pregunté si todavía seguía en pie la posibilidad de hacer algo juntos y avanzamos muy rápido”.
Mirando hacia atrás, Serralunga reconoce que le habría gustado contar en sus comienzos con las herramientas tecnológicas actuales. “Si hubiese nacido 25 años después, pudiendo contar con toda esta tecnología, habría organizado fiestas muy grandes”. Su forma de trabajar perteneció a otra época.

“Era todo muy artesanal. Había gente que me abandonaba porque no me aguantaba el ritmo. Salía temprano, tocaba bocina con la camioneta y se iba subiendo todo el grupo”, evocó con una sonrisa pícara.. Para “El Ancho”, nunca existieron fórmulas mágicas: “Acá no hay misterios. Si no le metés horas, los resultados no aparecen”.
Y destaca especialmente un dato de su recorrido: “Pude vivir mucho tiempo de esto sin ser dueño de ninguna estructura. Ahí es donde toma verdadera dimensión el esfuerzo y el sacrificio”. Entre las personas que marcaron una época en la noche regional, menciona especialmente a Luis Cabrera.
“Fue disruptivo desde el primer momento. Tenía una actitud impresionante y una cabeza que superó la media de Bahía”. Recuerda su apuesta permanente por generar movimiento, su desembarco en Monte Hermoso y la importancia que Cabrera le otorgaba al tener presencia en la playa.

“Había visto cosas en Brasil y entendió que había que hacer eso acá. Terminó teniendo un parador y con ‘Chuni’ Fernández y una chica llamada Daiana hacíamos coreografías. Al principio se juntaban diez personas, después cien y finalmente tenías una multitud bailando para promocionar el boliche”.
Luego de más de tres décadas dentro del ambiente, “El Ancho” observa una transformación profunda en los hábitos de los jóvenes. “Antes era un clásico que los chicos de entre 13 y 15 años fueran a un boliche hasta las doce de la noche. Hoy prácticamente desapareció esa propuesta”.
A su entender, aquella necesidad de llegar rápidamente a una pista de baile ya no existe con la misma fuerza. “Esa franja de adolescentes no está desesperada por ir al boliche como pasaba hace 20 años. Hoy los padres también estiran mucho más la edad a la que autorizan a sus hijos a salir”.

Monte Hermoso aparece como una excepción parcial: “Allá todavía funciona, pero ya no tiene exactamente el perfil de la matinée que conocíamos. Después ese chico vuelve a su ciudad y busca algún sitio parecido a lo que vio durante el verano”.
Los viajes de egresados también cambiaron: “Bariloche sigue siendo una plaza muy fuerte, pero crecieron mucho Brasil y hasta Cancún”, manifestó. Y sobre otras cuestiones que rodean habitualmente al debate acerca de la nocturnidad, Serralunga evita caer en las generalizaciones.
“Se sabe que la droga existe, pero creo que todavía falta para verla de la manera que se observa en otros lugares, más allá de cualquier presunción. Lo que sí puedo afirmar es que la noche es distinta”.

“El Ancho” se casó hace dos años, una posibilidad que durante gran parte de su vida nunca había imaginado. “Me cambió la vida por completo. No sabía que me iba a gustar tanto estar acompañado”. Conoció a su esposa una tarde, cuando ella pasó a tomar algo por uno de los lugares en los que trabajaba. “Nos presentó una amiga en común y nació algo que agradezco infinitamente”.
Ese nuevo presente también modificó su mirada sobre el futuro. Durante décadas, un sábado a la noche significó trabajo, música, movimiento, teléfonos, gente entrando y saliendo y una energía que parecía interminable. Hoy puede imaginar algo diferente.
“Mi vida en este ambiente tiene un fin que no está demasiado lejos. No es fácil encontrar alternativas, pero al estar acompañado como estoy ahora puedo imaginar otras variantes con mi esposa”. Y después de una vida dedicada a conseguir que miles de personas salieran de sus casas para divertirse, el protagonista de esta edición de “De Ayer A Hoy” empieza a descubrir otra escena posible: “En un futuro no muy lejano podré imaginar estar un sábado a la noche tranquilo en casa”.
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