De Ayer a Hoy
"El próximo proyecto es abrir el museo de Viaje a las Estrellas en Bahía"
Miguel Martos llegó desde Rosario siendo adolescente y forjó una carrera en radio y TV. Los dos infartos en su plenitud laboral fueron un llamado de atención. Y el amor por los juguetes le da sentido a su vida.
Por Leandro Grecco
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Miguel Martos nació en Rosario y vivió allí hasta sus 16 años, cuando se dio una situación inesperada que cambió para siempre el rumbo de su familia. A comienzos de la década del 80, su padre perdió el trabajo en Petroquímica Argentina Sociedad Anónima, donde se desempeñaba como jefe de planta.
“Lo despidieron en medio de una ola de cesantías. La particularidad fue que después le pidieron disculpas porque reconocieron que los yanquis habían cometido un error, pero ya no había vuelta atrás”, recordó. La empresa le entregó una carta de recomendación para que pudiera ingresar a Petroquímica Bahía Blanca y ese episodio terminó provocando la mudanza. Su madre era ama de casa y Miguel era el mayor de tres hermanos.

En Rosario cursó la primaria en la misma escuela por la que años después pasaría Lionel Messi e incluso compartió aula con una hermana de Celia Cuccittini, madre del futbolista. La secundaria la inició en el tradicional Politécnico rosarino, un establecimiento que ofrecía cinco especialidades: electricidad, mecánica, construcción, óptica y química.
Martos había elegido esta última porque era la rama que más le interesaba, pero la llegada a Bahía Blanca alteró sus planes. Para continuar con esa orientación debía viajar hasta Ingeniero White y, debido a la distancia, terminó completando sus estudios como Técnico Electrónico en la ENET Nº1 —actual Escuela Técnica Nº2— de calle Azara.

Su formación volvería a tomar otro rumbo poco después. “Me anoté en la Licenciatura en Historia de la Universidad Nacional del Sur y no me faltaron demasiadas materias para recibirme”, contó. Sin embargo, cuando parecía encaminado hacia ese destino profesional apareció definitivamente una pasión que lo acompañaba desde la infancia. Martos tenía apenas 10 años cuando fue con su madre a un banco de Rosario y se encontró con una transmisión en vivo encabezada por Quique Pesoa.
“Lo vi trabajando y aquello me marcó para el resto de mi vida”, sostuvo. Para entonces ya había dado algunos pasos vinculados con la comunicación: en la escuela participaba de la elaboración de un diario mediante un mimeógrafo, redactando los textos sobre stencil con una máquina de escribir sin cinta para luego reproducirlos de manera artesanal.

La adaptación a Bahía Blanca tampoco fue inmediata. “No me fue para nada fácil. En ese momento ya existía una enorme expectativa por el crecimiento que iba a generar un Polo Petroquímico que estaba en ciernes, algo parecido a lo que hoy ocurre con Vaca Muerta”, comparó Miguel.
Luego de más de cuatro décadas radicado en la ciudad, considera que aquel proceso produjo inicialmente una fuerte llegada de trabajadores provenientes de distintos puntos del país, hasta que la Universidad Nacional del Sur comenzó a abastecer a las compañías con profesionales formados en la región. “Después de 45 años viviendo acá, siento que Bahía no cambió demasiado”, reflexionó.

Su ingreso a los medios tuvo una importante cuota de casualidad. Mientras cursaba el último año del secundario, Martos vendía rifas para financiar el viaje de egresados y en ese recorrido se cruzó con Aníbal Nazzaro, quien trabajaba tanto en LU3 como en Canal 7. “Le vendí diez números y le pregunté si había alguna vacante en la radio. Me dijo que sí porque habían echado a un locutor”, relató.
Sin experiencia alguna a nivel profesional, decidió presentarse de todas maneras junto con dos compañeros que se embarcaron en esa misma aventura. Su único antecedente frente a un micrófono había ocurrido durante un acto escolar, cuando el director se quedó disfónico y a él le tocó leer ante el público.

“Fui de caradura. Cuando subí las escaleras de LU3, en calle Lamadrid, al primer profesional que vi dentro del estudio fue a Omar ‘El Chula’ Orieta”, rememoró. Había terminado el secundario apenas dos días antes y logró superar la prueba, aunque la falta del certificado analítico le impidió comenzar a trabajar inmediatamente.
Lejos de abandonar la idea, empezó a concurrir durante el turno noche a la emisora junto al hijo de la locutora Delia Marvel, que se desempeñaba como operador técnico. Poco tiempo más tarde apareció otra vacante, volvió a rendir y, esta vez con todos los papeles en regla, pudo incorporarse oficialmente.

A partir de allí comenzó un extenso recorrido por distintas radios de Bahía Blanca y vivió en primera persona cada transformación tecnológica del medio. “Pasé por todos los procesos: los discos, los casetes, los CD y después los formatos digitales”, resumió. La locución, la conducción de programas y la animación de eventos fueron durante años diferentes caras de un mismo oficio, que además le dejó innumerables anécdotas.
Una de las que recuerda con mayor humor ocurrió un sábado por la noche, cuando debía animar una fiesta del Centro de Industriales Panaderos. Al regresar al departamento que compartía con Daniel de la Iglesia descubrió que había olvidado la llave y su compañero se encontraba en Punta Alta.

No pudo entrar a cambiarse ni descansar antes de su siguiente compromiso: realizar la locución comercial en el autódromo para el equipo periodístico de Carlos Horvath. “Terminé yendo sin dormir, de traje y corbata, a trabajar en la transmisión deportiva dentro de un colectivo de Rastreador Fournier que hacía de cabina”, recordó.
El reconocimiento masivo tardó en llegar. “El trabajo en los medios puede ser muy ingrato porque antes de que me conocieran por el informativo del 9 ya había hecho infinidad de cosas en radio”, señaló. Entre los recuerdos que conserva de aquella etapa aparece una frase que le dedicó Juan Carlos Beltrán, a quien admiraba profundamente. “Para mí era como conocer a Dios. Un día me dijo: ‘Tu voz es marca de fábrica en la ciudad’”, contó.

Su primera experiencia televisiva como conductor llegó en 1997, junto a (Gerardo) "Ricky" Pagotto, encargado de la cámara y la edición. Antes habían realizado un programa especial por el 112º aniversario de la localidad de Ingeniero White. Más adelante se incorporó al Canal 9 inicialmente como locutor, aunque rápidamente entendió que quería desempeñarse en otro lugar. “Al segundo día me di cuenta de que no había nada para hacer en ese rol y le pregunté al gerente si podía sumarme al grupo de periodistas”, explicó.
El entonces jefe de Noticias, Gabriel Bermúdez, dispuso que durante una semana acompañe a Fabiana Úngaro en las coberturas exteriores. Martos ya acumulaba experiencia en la calle por su trayectoria radial, pero aquella etapa le permitió incorporar herramientas propias del lenguaje televisivo. Poco después comenzó a realizar sus propias notas acompañado por un camarógrafo y desarrolló un recorrido que, con los años, convirtió su rostro y su voz en habituales para los televidentes bahienses.

La intensidad de esa rutina profesional también tuvo consecuencias. Martos es diabético desde los 20 años y su primer infarto ocurrió en 2016, cuando tenía 52 y se encontraba trabajando en la calle. “Empecé a sentirme mal y me llevaron al hospital”, recordó. Ocho años después, el 9 de mayo de 2024, atravesó una nueva situación crítica mientras regresaba de realizar una entrevista que había producido durante mucho tiempo. Primero fue atendido en el Hospital Municipal y posteriormente trasladado al Italiano, donde los médicos determinaron que necesitaba una intervención quirúrgica.
La operación se realizó el 7 de junio y cuatro días más tarde cumplió 60 años internado en terapia intensiva. Ese cumpleaños se transformó en un punto de inflexión. “Ahí decidí que no podía seguir haciendo lo mismo. El cuerpo me venía diciendo que ese ritmo no era posible”, reconoció.

La determinación significaba alejarse de una dinámica que había sostenido durante décadas, pero sintió que había llegado el momento indicado. “Mucha gente cree que en este oficio uno gana la plata fácilmente. Es hermoso, pero también muy desgastante. Por suerte pude despedirme al aire y cerrar el círculo como correspondía”.
El final de aquella etapa abrió espacio para otra pasión nacida también en su infancia. Su vínculo con “Viaje a las Estrellas” comenzó frente a un televisor en blanco y negro, en 1969. “Mi mamá me sentaba arriba de la mesa mientras limpiaba el piso y yo veía aquellos primeros capítulos de ‘Star Trek’”, recordó. Con el paso del tiempo empezó a coleccionar objetos relacionados con la saga, aunque años después un hecho fortuito lo conduciría hacia un universo completamente diferente.

Un compañero del canal había comprado una impresora 3D y, después de tres meses, decidió desprenderse de ella porque la actividad no lo había logrado entusiasmar. Martos se quedó con la máquina y empezó a experimentar. “Me sumergí en ese mundo y todavía hoy estoy absolutamente fascinado”, confesó. A partir de allí comenzó a fabricar réplicas y juguetes relacionados con la serie, perfeccionando progresivamente sus técnicas hasta alcanzar un nivel que terminó despertando interés fuera del país.
La actividad lo llevó en cinco oportunidades a Estados Unidos para participar de encuentros vinculados con “Star Trek”. El viaje más reciente fue a Las Vegas, donde volvió a mostrar algunas de sus creaciones y recibió elogios que todavía lo sorprenden. “Están deslumbrados con las cosas que hago”, afirmó.

Durante esa visita maravillosa e inolvidable surgió incluso una irresistible propuesta, aunque por ahora informal, para participar en la elaboración de utilería de una producción prevista para 2027. “Del dicho al hecho hay mil cosas que afinar, pero no deja de ser un reconocimiento”, aclaró.
También participó de una presentación de Factory Entertainment, firma dedicada a fabricar réplicas de objetos de la saga. Allí, una de sus piezas fue comparada con otra producida profesionalmente y la reacción lo llenó de orgullo. “No podían creer que desde mi humilde taller hubiera conseguido algo tan bien logrado”, relató. A lo largo de sus viajes también consiguió completar las 54 fotografías con actores y actrices que se había propuesto obtener desde su primera aventura en Norteamérica.

Para Martos, esa fascinación no es muy distinta del vínculo que un hincha mantiene con su club. “El que colecciona lo hace principalmente por nostalgia, aunque haya gente que también piense en el dinero. En mi caso existe una filiación afectiva”, explicó. También hay una identificación profunda con el universo imaginado por Gene Roddenberry: “El mundo de ‘Viaje a las Estrellas’ es el ideal que todos nos merecemos, uno donde todo funciona y no existen problemas económicos, de salud ni discriminación”.
Después de una vida marcada por micrófonos, móviles, estudios de televisión, eventos y transmisiones, Miguel Martos encontró una nueva forma de crear con sus propias manos. “De chico no podía dibujar más que un arbolito, aunque siempre fui hábil manualmente. Hoy estos juguetes son lo que me mueve a despertarme cada día”, sostuvo.

Su próxima ambición ya no está dentro de una radio ni frente a una cámara. Quiere que todo lo construido y reunido durante tantos años encuentre un espacio permanente en la ciudad que lo recibió cuando era adolescente. “Mi máximo anhelo es abrir un museo de ‘Viaje a las Estrellas’ en Bahía Blanca. Sería el primero de esta naturaleza en Argentina”.
De aquel chico rosarino que observó fascinado una transmisión en vivo de Quique Pesoa al hombre que hoy lleva sus creaciones desde un taller bahiense hasta Las Vegas pasaron más de cuatro décadas. En el medio cambiaron los soportes, las tecnologías y las rutinas de trabajo, pero permaneció intacta una misma curiosidad: la de descubrir qué podía haber detrás de la siguiente puerta.
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