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De Ayer a Hoy

"Cuando me amputaron la pierna, mi salvación fue estar en una cancha"

Reconocida profesora de educación física, es la principal referente del básquet femenino en la ciudad. Un avanzado cuadro de diabetes cambió su vida para siempre. “La discriminación duele”, resumió.

Por Leandro Grecco
Facebook: Leandro Carlos Grecco/Instagram: @leandro.grecco/X: @leandrogrecco

A lo largo de las últimas décadas, el básquet femenino de Bahía Blanca encontró en ciertas personas el impulso necesario para abrirse paso, crecer y hacerse visible. Entre ellas aparece la figura de una mujer que convirtió al deporte en identidad, vocación y refugio.

Formadora de gran cantidad de generaciones de jugadoras, su historia recorre canchas, clubes y desafíos, pero también momentos límite que pusieron a prueba su fortaleza. Las resistencias institucionales, la pelea por espacios para las mujeres y una dura amputación a causa de la diabetes marcaron su camino. En la sección “De Ayer A Hoy” de La Brújula 24, es el tiempo de conocer a Viviana Albizu.

Nació, creció y aún vive en Villa Mitre y lo repite con la simpleza de quien se sabe parte inseparable de un lugar. A sus 56 años, recuerda su infancia entre el deporte y la familia: “Mi infancia siempre fue jugando al básquet, siempre tuve mi familia en Barracas y mi papá me traía al club a tirar al aro”.

Su padre, cuenta, trabajaba “en el Correo Argentino, como auxiliar mayor”, y su mamá era ama de casa. Ella fue la menor de tres hermanas, pasó por la Escuela 12, luego por la Media 2, y más adelante por Educación Física en el Instituto Avanza. “Siempre me gustó el deporte, entonces lo enfoqué por ese lado”, explica.

Desde edad adolescente empezó a moverse entre clubes, entrenamientos y competencias. Villa Mitre fue su primer refugio deportivo, pero el recorrido la llevó también a Estudiantes, donde terminó encontrando su gran espacio para el desarrollo.

“Ahí surgió buena parte de mi carrera”, recuerda. Su vida, dice, giró siempre en torno a una pelota: “Jugué al handball, al voley, pero el básquet, pese a que siempre fue en el que menos competencia tuve, fue el que más me gustaba y al que me dediqué después”.

Su camino como entrenadora debió sortear un escenario difícil: falta de espacios, escasa participación femenina y resistencia desde las instituciones. “Era complicado, no teníamos el lugar porque decían que eran mujeres, que no había tiempo, que la prioridad la tenían los varones”, señala. 

Y suma una postal de época: “No había muchas nenas jugando tampoco, entonces era complicado en el club establecer que tengamos un horario fijo. Tampoco era como ahora que puede entrenar en edad de minibásquet junto a los varones. Eso era imposible. El señor (Adolfo) Lista –presidente por entonces de la Asociación Bahiense de Básquet– no quería mixto y no había forma de hacerlo cambiar de opinión”.

Ese cambio empezó a gestarse a partir de un logro deportivo que la marcó para siempre. Tras ganar los Juegos Bonaerenses y obtener un viaje a Italia, todo se transformó. “Había arrancado con ocho o nueve nenas. Después del viaje, se incrementó a 70 chicas en el club Estudiantes”. Todo aquello ocurrió entre 1993 y 1995. 

“Viajé en febrero del 95 y todo el resto de ese año fue un éxito”. La falta de infraestructura nunca la frenó: “Teníamos un problema: cómo hacíamos para alojar delegaciones que venían desde afuera, porque hoteles en Bahía eran caros, albergues no había. Así que alquilamos una casa en Charlone al 900, llevamos colchones y hacíamos todo lo posible para que las chicas visitantes durmieran ahí y podamos jugar”.

Incluso dirigió equipos masculinos. “Estuve en Sportivo Bahiense, dirigí un mini pre-mini varones, que fue muy lindo, me gustó. Fueron dos años y la verdad es que me gustó”. Recuerda que la propuesta surgió de los propios directivos y su respuesta fue instantánea.

La docencia y el deporte fueron de la mano. Pero Viviana siente que los tiempos cambiaron y que la relación de las nuevas generaciones con la actividad deportiva no es la misma. “Llegás a las chicas, pero de otra forma. El deporte lo miran de otra manera. Ellas lo asumen como una actividad más, tienen otras prioridades”. 

Y los grafica con una frase contundente: “Antes nosotros nos matábamos por ir a jugar un partido, ahora es cumplir con el horario y nada más”. También describe su rol actual: “Negocio mucho. Hay veces que uno no puede porque es mayoría. Tratamos de hablar con los padres, insistir en que es un compromiso, que los domingos hay que presentar plantel, que el otro equipo también espera su partido”.

Pero su historia tuvo un giro decisivo en 2020. Allá por septiembre, un cuadro de diabetes la complicó. Todo se precipitó en diciembre cuando se hirió el pie limpiando un patio. “En 48 horas la zona se puso de color negro y no hubo nada que hacer”. Llegó la internación, la incertidumbre y las operaciones consecutivas.

“Fueron tres operaciones en cinco días”, recuerda. El proceso fue durísimo: “Tenía la diabetes muy alta”, explica. Y después llegó el momento en que una frase médica lo cambió todo: “Vino un médico y me dijo que el pie no tenía sensibilidad y que, antes que la infección siguiera para el cuerpo, teníamos que amputar”.

Primero fue debajo de la rodilla. Pero la infección no cedía. “A las 48 horas, de vuelta al quirófano a limpiar porque seguía teniendo infección. Y al día siguiente, amputar más arriba”. Pasó un mes entero internada. “Era ver pasar los días, ver cómo estaba, si me salvaba o no, una incertidumbre total”.

Aun así, en la cama del hospital, su cabeza estaba puesta en un solo lugar: “Tenía ganas de irme a la cancha de básquet”. Y encontró allí un alivio que todavía la acompaña. “Cuando estoy en ese lugar, hasta camino sin bastones, se me pasa todo y los chicos, las jugadoras, te lo hacen muy fácil porque ya también te tratan normal”.

Hoy convive con límites nuevos, pero también con descubrimientos. “Esto no es tan malo como uno piensa, que se va a quedar en una silla de ruedas en la casa. Hasta hace cinco años subía al techo a limpiar las canaletas y hoy eso no lo puedo hacer”. Aprende mientras transita. “Son cosas que vas experimentando y aprendiendo de a poco”.

También admite que hay algo que duele más que la prótesis: la mirada ajena. “Hay mucha gente buena, pero también están las otras personas que hacen que esto sea más duro. La discriminación duele y se suele dar sutilmente, pero uno se da cuenta porque te lo hacen sentir”.

Un dato sorprendente es que nunca buscó ayuda psicológica. “El médico me dijo que lo iba a pedir yo cuando lo necesitara. Y no lo necesité”. Su sostén, insiste, fue el deporte. “Si no fuera por ese cable a tierra, no sé qué me pasaría”.

Sobre la vida personal e íntima, también es clara. “Nunca pude formar una familia, no se dio. Siempre con el deporte viajé mucho con las nenas. Como que mis objetivos eran otros y me entretenía con esas metas. No vino, no llegó, y bueno, está muy bien, por algo será”.

Cuando debe dar un mensaje a quienes atraviesan una situación dolorosa, su respuesta es directa: “Que no abandone, que no tiene que dejar de hacer las cosas que hacía o al menos intentar hacerlo”. Y remarca un punto clave: el cuidado de su salud. “Tengo que controlarme la diabetes, que no me aparezca una herida en el otro pie, porque voy a gangrena directo si me lastimo”.

Viviana Albizu sigue entrando a los clubes con la misma determinación con la que empezó. Entre tableros, pelotas, silbatos, horarios y entrenamientos, vuelve a sentirse ella misma. No romantiza lo que vivió, ni se victimiza. 

Solo reconoce el aprendizaje y lo resume con el mismo espíritu que la llevó a pelear por el básquet femenino cuando casi nadie creía: “Yo quería estar en una cancha de básquet. Siempre fue mi lugar”.

La constancia, la capacidad de adaptación y esa pasión que se mantuvo intacta aún en los momentos más difíciles fueron sus fortalezas y la alejaron de cualquier debilidad. 

Entre operaciones, cambios de vida, desafíos institucionales y nuevas generaciones que miran el deporte desde otra lógica, ella eligió seguir adelante sin renunciar a aquello que la define. Nunca bajó los brazos, supo reconstruirse y, ante aquello que podía parecer inesperado, se mantuvo de pie.

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