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De Ayer a Hoy

"Mi principal objetivo es que los chicos se diviertan jugando a la pelota"

José Ramón Palacio revivió su brillante carrera y reveló cómo halló el rumbo tras colgar los botines a los 41 años. “El Gallego” ponderó los logros de Rodrigo: “Fue muy responsable y siempre se cuidó”.

Por Leandro Grecco
Facebook: Leandro Carlos Grecco / Instagram: @leandro.grecco / X: @leandrogrecco

A José Ramón Palacio no hace falta preguntarle cuántos goles ha convertido en su dilatada trayectoria, cuál es el partido que recuerda con mayor emoción o hasta dónde llegó su hijo para descubrir qué cosas lo hacen feliz. Basta con acercarse a su escuelita y observar su temple mientras los chicos corren detrás de una pelota. 

Allí no hay representantes, contratos millonarios ni tribunas que exijan resultados. Tampoco importa demasiado quién gana. Después de haber conocido prácticamente todas las caras del fútbol, eligió quedarse con la más sencilla: esa que empieza cuando alguien pregunta si puede jugar y siempre encuentra un lugar en el equipo.

A punto de cumplir 76 años, conserva intacta la pasión que lo acompañó durante toda su vida. Ya no aparecen los estadios repletos, las tribunas exigentes ni aquellos partidos que marcaron una época. Ahora, su escenario cotidiano es una escuelita donde chicos de distintas edades descubren los secretos de la pelota, aprenden a compartir y encuentran un espacio para disfrutar sin las presiones que muchas veces impone la competencia.

En esta entrega de De Ayer a Hoy, recorre su camino con la serenidad de quien pudo cumplir sus sueños. Desde sus primeros recuerdos en Tres Arroyos hasta las grandes tardes con la camiseta aurinegra, pasando por la experiencia de acompañar a Rodrigo Palacio en una carrera extraordinaria, su relato combina nostalgia, orgullo y una convicción que nunca negoció: el deporte debe ser, ante todo, una fuente de felicidad.

"Nací hace casi 76 años en España, más precisamente en Cantabria, un lugar hermoso que pude disfrutar siendo grande porque a mis tres años vine a Argentina junto a mis papás y mis dos hermanas", comienza recordando. Su llegada al país estuvo atravesada por las consecuencias de uno de los períodos más convulsionados de la historia europea. 

"Mi padre padeció la Guerra Civil Española y luego, con la Segunda Guerra Mundial, decidió como muchas otras personas, armar valijas, subir al barco y abandonar Europa", explica. El destino elegido fue Tres Arroyos, donde algunos familiares habían comenzado una nueva vida. Allí cursó parte de sus estudios en el Colegio Argentino-Danés, ubicado entre Oriente y Copetonas, una institución rural que por entonces recibía a más de 200 alumnos.

"Entré como pupilo a este establecimiento educativo que está en pleno campo", cuenta sobre aquella experiencia que precedió a la radicación definitiva de sus padres en la ciudad. Su papá se dedicó a la carpintería, mientras que su mamá estaba a cargo de las tareas del hogar. Con el paso de los años, el fútbol empezó a ocupar un lugar central en su vida. Su talento lo llevó a destacarse en Huracán de Tres Arroyos, uno de los conjuntos más competitivos de la región durante aquella época.

"Eran tiempos de Roberto Bottino, un gran dirigente que solía armar equipos competitivos que luego enfrentaban a los más potentes de la Liga del Sur. En la delantera jugaba yo por derecha, de 9 lo hacía 'Tito' Alonso de Olavarría y de 11 estaba Alejandro Barberón, que posteriormente estuvo en Independiente de Avellaneda", rememora.

Su desembarco en Bahía Blanca se produjo en 1978, cuando ya tenía 27 años y algunas oportunidades de llegar a la máxima categoría del país habían quedado en el camino. Sin embargo, todavía le esperaba una etapa que terminaría marcando profundamente su recorrido deportivo.

"Me sumé a Olimpo durante la presidencia de Mario Macagno, pese a que ya tenía 27 años y se habían frustrado oportunidades de dar el salto a la máxima categoría a nivel nacional. Me acuerdo que jugando para Huracán de Tres Arroyos lo habíamos eliminado en el torneo regional y evidentemente fue ahí que se fijaron en mí para incorporarme", señala.

Aquella inclusión resultó determinante para consolidar un equipo que, con el tiempo, se transformaría en protagonista de encuentros inolvidables. La dirigencia apostó por futbolistas provenientes de distintas localidades y consiguió reunir una base que trascendió lo estrictamente deportivo.

"Se armó una linda banda, con jugadores talentosos que llegaron: Manuel Cheiles desde La Plata, el 'Ruso' Schmidt de Coronel Suárez, Luis Basualdo que se había formado en Fortín Club de Pedro Luro, entre otros", destaca. Dentro de los recuerdos más importantes aparecen los enfrentamientos con Loma Negra de Olavarría, institución que atravesaba su período de mayor esplendor, y el histórico cruce frente a Boca por la Liguilla Pre-Libertadores 1985/86.

"Si bien en nuestro equipo no faltaba el talento individual, los rivales de ese entonces tenían un perfil más profesional y un roce de competencia que marcaba la diferencia", reconoce sobre aquellas exigentes presentaciones. El salto desde Tres Arroyos también significó una transformación en sus hábitos. Las prácticas tenían otra intensidad y la Liga del Sur ofrecía un nivel que demandaba preparación, especialmente para medirse con rivales de jerarquía.

"El otro punto a favor que tuve es que mi físico siempre me respondió y me lesionaba muy poco, pero la otra gran ventaja es que en Olimpo se formó una base de futbolistas que convivieron en el mismo equipo", explica. Esa continuidad terminó convirtiéndose en una de las fortalezas de aquel plantel. Muchos de sus integrantes, llegados desde diferentes puntos de la provincia, decidieron establecerse en Bahía Blanca y construir allí sus familias.

"En mi caso y el de una buena parte de mis ex compañeros, si bien no éramos bahienses, nos casamos y ya nos instalamos acá por lo que el grupo era sólido y se conocía casi de memoria", recuerda. La recompensa llegó sobre el final de los años 80, cuando varios de aquellos protagonistas integraron el conjunto que participó en la Primera B Nacional. Para Palacio, ese logro no fue una casualidad, sino la consecuencia de un proceso sostenido.

"Fue el fruto de todo aquello que veníamos sembrando", resume “el Gallego” con una frase que refleja el significado de aquella etapa. Su despedida como futbolista llegó cerca de los 41 años, una edad muy poco habitual para quienes habían transitado una competición tan exigente. Lejos de representar una ruptura con su pasión, el retiro abrió las puertas a un proyecto que ya venía imaginando.

"Me preparé para colgar los botines y siempre tuve en claro cuál era mi proyecto, vinculado con la formación infanto-juvenil", explica sobre el nacimiento de la escuelita que conduce. La dirección técnica le permitió escribir otra página destacada de su trayectoria. En 1995 estuvo al frente del seleccionado de la Liga del Sur que conquistó el Campeonato Nacional Federal, actuación que permanece en la memoria de quienes presenciaron dicha campaña.

El título tuvo como uno de sus escenarios más emblemáticos al estadio de Liniers colmado, donde Rubén Darío Gigena desplegó buena parte del talento que lo convertiría en una figura recordada del fútbol bahiense. Pero si hubo una experiencia que le permitió vivir este deporte desde una perspectiva completamente diferente, fue la carrera de su hijo Rodrigo.

Junto a su esposa Isbel formó una familia: nacieron Martina, Melisa, Gonzalo y Rodrigo, el delantero que, años después, vestiría las camisetas de Boca, Inter de Milán y la Selección Argentina, entre otros equipos. La historia de quien llegaría a disputar dos Mundiales comenzó, como tantas otras, entre entrenamientos, viajes y decisiones familiares. Durante su adolescencia, el futuro atacante repartía su tiempo entre el fútbol de Bella Vista y el básquet de La Falda, dos disciplinas para las que demostraba condiciones sobresalientes.

"Cuando él estaba en Bella Vista con el fútbol y en La Falda con el básquet, ya dejando atrás la adolescencia, le pedí que eligiera entre una de las dos disciplinas porque íbamos de acá para allá, para todos lados, de una cancha a la otra", cuenta entre risas. La elección terminó inclinándose hacia el césped, aunque su padre admite que las aptitudes para destacarse estaban presentes en ambas actividades.

"Tenía talento para ambos deportes, pero prevaleció el disfrute de patear la pelota, que además era lo que a mí más me gustaba", reconoce. Los primeros indicios de que Rodrigo podía llegar lejos aparecieron cuando todavía transitaba las categorías juveniles. Su habilidad despertaba interés y comenzaban a llegar consultas sobre su futuro, aunque nadie podía anticipar la magnitud de lo que vendría.

"Siendo todavía juvenil veía que tenía condiciones, incluso recibía llamados de clubes que me preguntaban en qué situación estaba Rodri, pero lo que vino después fue exponencial", admite. En Bella Vista compartió vestuario con nombres importantes de la institución, entre ellos Pablo Arriagada, Carlos Mungo y un joven "Gula" Aguirre. Más adelante, su paso por Huracán de Tres Arroyos resultó decisivo para abrirle las puertas del profesionalismo.

"Cuando fue a Huracán de Tres Arroyos la rompió, eso le abrió las puertas para llegar a Banfield, posteriormente Boca, Genoa, Inter, Bologna y Brescia, además de lo que fueron los dos Mundiales con la Selección Argentina", enumera con el orgullo inevitable de un padre que presenció semejante recorrido.

Sin embargo, lo más llamativo de su testimonio no está relacionado con los títulos, los grandes escenarios europeos ni las convocatorias al seleccionado nacional. Lo que sobresale es la naturalidad con la que explica su manera de acompañar a un hijo destinado a convertirse en una figura internacional.

"Desde el lugar que nos tocaba a nosotros como familia tratamos de acompañarlo sin ningún tipo de presión, intentando no apurar nunca ningún proceso cuando era chico. Luego, todo el mérito fue absolutamente de él, era un jugador sumamente inteligente, no éramos de hablar mucho y tampoco me convertí nunca en un consejero", sostiene.

Pese a su amplia experiencia dentro de una cancha, José Ramón nunca pretendió trasladar recetas ni imponer decisiones. Entendía que el crecimiento debía producirse de manera natural y que su función consistía, fundamentalmente, en estar presente. "Veía que él hacía las cosas bien y no tenía mucho para aportar más que estar cerca y siempre a disposición para lo que necesite”, explica.

En esta descripción surge también una de las características que, a su entender, resultaron fundamentales para sostenerse durante tantos años en la élite. "Siempre fue responsable para entrenar, para cuidarse, no era un tiro al aire como ocurre con otros jóvenes a los que les sobra talento", subraya.

El ascenso resultó tan vertiginoso que algunas etapas quedaron atrás con una velocidad inesperada. Aun así, considera que su hijo supo adaptarse a cada desafío y administrar las exigencias de un ambiente donde las oportunidades no siempre se repiten. "Por lo meteórico de su carrera en un momento en el que se le dio todo muy rápido, tuvo que quemar algunas etapas, pero a la luz de los hechos, fue un proceso exitoso", reflexiona.

Hoy, después de haber conocido el fútbol desde prácticamente todos sus lugares posibles, Palacio mantiene una mirada que contrasta con la creciente presión por obtener resultados desde edades cada vez más tempranas. Su escuelita funciona bajo una premisa sencilla, pero fundamental: ningún chico debería perder el entusiasmo por jugar debido a las exigencias de los adultos.

"Siempre tuve muy en claro, estando al frente de la escuelita, que la premisa es que los chicos se diviertan jugando a la pelota, esa es la esencia porque lo nuestro está muy lejos de lo competitivo", asegura.Esa filosofía atraviesa las prácticas, los encuentros y la relación con las familias. Aprender a perder forma parte del crecimiento, del mismo modo que respetar a los compañeros y comprender que todos merecen las mismas oportunidades.

"Con los entrenadores tratamos de bajar el mensaje de que les puede tocar perder y en ese sentido también acompañan los padres. La premisa también es que todos jueguen la misma cantidad de tiempo por igual en cada uno de los partidos y he tenido la alegría de ver el progreso de prácticamente todos", destaca.

La institución tampoco funciona como una estructura destinada a abastecer a determinados clubes. Cada familia conserva la libertad de elegir el camino que considera más conveniente cuando llega el momento de dar otro paso. "No trabajo con ningún club, es el chico y su familia los que eligen llegado el momento dónde continuar sus carreras", aclara.

Incluso los adolescentes de 14 o 15 años que no encuentran espacio en otras entidades tienen la posibilidad de continuar desarrollándose. Para el ex delantero, quedarse afuera de una institución nunca debería significar el final del vínculo con el deporte. "Las puertas siempre están abiertas, incluso para los que van a probar suerte a otro lado y no hacen pie en la institución a la que llegaron", afirma.

Allí, justamente, aparece la esencia de una historia que atravesó continentes, generaciones y escenarios muy diferentes. José Ramón Palacio fue protagonista de grandes jornadas con Olimpo, condujo a un seleccionado campeón y tuvo el privilegio de acompañar a Rodrigo en un recorrido que lo llevó hasta la cima del fútbol mundial. Sin embargo, cuando habla de aquello que todavía lo moviliza, no necesita recurrir a los recuerdos de las tribunas llenas ni a las conquistas del pasado.

Su regocijo está mucho más cerca: en el chico que llega con timidez y termina haciendo amigos, en aquel que recupera la confianza después de una frustración y en quienes encuentran un lugar donde pueden seguir jugando sin sentirse excluidos. "Esa es la forma de mejorar individualmente que ofrece la escuelita y la que me produce una mayor satisfacción", concluye. Tal vez esa sea su victoria más importante. 

Tras una vida detrás de la pelota, entendió que el legado no solo se mide en campeonatos, ascensos o carreras brillantes. También se crea con paciencia de enseñar, generosidad de compartir y alegría de ver a un chico entrar a una cancha con una sonrisa. Los goles de los domingos quedaron guardados en la memoria, y el apellido Palacio tiene lugar asegurado en la historia. José Ramón todavía sigue jugando su propio partido: el de transmitirles a las nuevas generaciones la misma pasión que lo acompaña desde hace más de siete décadas.

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