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Superó un cáncer de mama y hoy invita a otras mujeres a escribirle para atravesar juntas el miedo

Victoria Ojunián es bahiense, mamá y martillera. Hace dos años le diagnosticaron cáncer de mama, que detectó a tiempo gracias a un control de rutina. En el Mes Rosa, insiste con la importancia de los chequeos y ofrece su teléfono.

Cecilia Corradetti / Especial para La Brújula 24

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Victoria Ojunián suele hablar de propiedades, de casas, de proyectos y de sueños por cumplir. Es su trabajo y una de sus pasiones, pero este octubre decidió poner el foco en otro asunto, uno que la atraviesa desde hace dos años y que todavía siente que puede transformar en una ayuda concreta para otras mujeres: el cáncer de mama. En el Mes Rosa, la bahiense volvió a contar su experiencia para recordar la importancia de los controles médicos y, sobre todo, para ofrecer algo que a veces resulta tan necesario como un tratamiento: la posibilidad de hablar con alguien que ya estuvo ahí.

“Por haberme hecho un chequeo de rutina, lo diagnosticamos a tiempo y acá estoy”, resume Victoria, que recibió el diagnóstico hace dos años y atravesó una cirugía y un tratamiento que decidió transitar con una actitud que sorprendió incluso a sus seres queridos. No niega la dureza del proceso ni pretende que todas las mujeres reaccionen de la misma manera. Su mensaje va por otro lado: cada historia es diferente y, cuando llega una noticia semejante, contar con alguien que pueda escuchar, comprender y compartir su experiencia puede hacer una diferencia.

Cuando le dijeron que tenía cáncer, Victoria no entró en pánico. Su mamá y su suegra habían atravesado la misma enfermedad dos años antes y esa cercanía le había permitido entender que la detección temprana era fundamental. Sabía que debía ocuparse, escuchar a los médicos y avanzar paso a paso. Eso no significó que todo fuera sencillo ni que estuviera exenta de momentos difíciles, pero sí que pudo enfrentar el tratamiento sin dejar que el miedo dominara cada día.

En septiembre de 2024, cuando tenía 39 años, se sometió a una cirugía en la que le extirparon una mama. Después llegó la quimioterapia, una posibilidad que evaluó junto con los médicos y que finalmente decidió realizar como medida preventiva. También tuvo que acostumbrarse a los cambios físicos y a las emociones que acompañan un proceso de esa naturaleza. Se cortó el pelo gradualmente y, cuando comenzó a caerse después de la segunda dosis de quimioterapia, decidió raparse. Compartió ese momento en sus redes sociales, rodeada de sus amigas, para mostrar el proceso con naturalidad y acompañar a quienes estuvieran pasando por algo parecido.

Su entorno fue fundamental. Sus hijos, Ciro y Franca, su pareja, Seba, su mamá, su familia y sus amigos se convirtieron en una red de contención que la sostuvo durante los meses más difíciles. Victoria siempre había disfrutado de la vida intensamente, pero la enfermedad también le enseñó a detenerse, a revisar sus prioridades y a entender que no todo puede resolverse corriendo.

“Siempre disfruté la vida, pero esto me enseñó a frenar un poco”

“Siempre disfruté mi vida al ciento por ciento, pero sin dudas me ayudó a frenar un poco. Me di cuenta de que estamos pasados de rosca, aprendí a parar, a decir que no, a vivir mejor”, cuenta ahora. No habla desde un lugar de superioridad ni como si hubiera encontrado una fórmula para atravesar el cáncer. Habla desde su experiencia, con la conciencia de que cada persona tiene sus tiempos y sus maneras de procesar lo que le sucede.

Hay algo que le quedó especialmente grabado y que hoy quiere devolver. Una vez, una chica joven se contactó con ella. Necesitaba conversar con alguien que hubiera pasado por el cáncer de mama y que pudiera contarle cómo había vivido el tratamiento. Se pusieron en contacto y esa charla la ayudó a transitar la incertidumbre con menos temor. Victoria entendió entonces que, aunque no siempre sea fácil encontrar las palabras adecuadas, compartir una experiencia puede aliviar la angustia de quien recién comienza ese camino.

Por eso, en este Mes Rosa, su propuesta no se limita a recordar que hay que hacerse los controles. También quiere que otras mujeres sepan que pueden acercarse a ella, preguntarle, contarle sus dudas o simplemente conversar. No promete respuestas para todo ni pretende reemplazar el acompañamiento médico y psicológico. Ofrece algo diferente: su propia historia, la escucha y la posibilidad de hablar sin tener que explicar desde cero lo que significa recibir un diagnóstico de cáncer.

“Estoy abierta a quienes deseen llamarme. Es importante hablar con gente que lo pasó”, insiste. Y lo dice porque sabe que no todas las personas reaccionan igual. Ella pudo transitar buena parte del proceso con optimismo, pero reconoce que el golpe emocional también llegó después. Alrededor de un año y medio más tarde, cuando quizá creía que ya había dejado atrás lo más duro, se permitió caer y llorar. También eso forma parte de su historia: no hace falta mostrarse fuerte todo el tiempo para seguir adelante.

En octubre, cuando las campañas de concientización multiplican los mensajes sobre prevención, Victoria vuelve a poner el acento en los controles de rutina. Su diagnóstico llegó precisamente a partir de uno de ellos y esa detección temprana fue determinante para iniciar el tratamiento a tiempo. Por eso, su insistencia no es una consigna repetida cada año, sino una recomendación que nace de lo vivido.

Quienes quieran contactarla pueden encontrarla en Instagram, en @ojunianpropiedades. Aunque allí comparte habitualmente contenidos vinculados con su actividad inmobiliaria, también está dispuesta a conversar con mujeres que estén atravesando un diagnóstico reciente o que necesiten escuchar a alguien que haya recorrido parte de ese camino.

Victoria no pretende que su experiencia sea idéntica a la de otras pacientes. Sabe que hay tratamientos diferentes, respuestas distintas y días mejores y peores. Lo que sí quiere es que ninguna mujer sienta que tiene que atravesar sus dudas en soledad si necesita hablar con alguien.

Hace dos años, un control de rutina cambió su vida. Hoy, desde el lugar de quien atravesó la enfermedad y pudo seguir adelante, busca que esa experiencia sirva para que otras mujeres se cuiden, consulten a tiempo y encuentren una mano tendida cuando más la necesitan. A veces, esa ayuda puede comenzar con algo tan sencillo como animarse a escribir un mensaje.

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