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Sacó anteojos de marca a la vereda y solo pidió una cosa a cambio: alimentos para quienes más lo necesitan

Un óptico de Bahía Blanca decidió regalar lentes de sol que ya no vendía y cambiar cada par por un alimento no perecedero o un producto de higiene personal para Cáritas y el Cottolengo. La respuesta de la gente lo dejó sorprendido.

Cecilia Corradetti / especial para La Brújula 24

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En la puerta de una óptica de Bahía Blanca hay una escena que llama la atención de cualquiera que pasa. Decenas de anteojos de sol de primeras marcas descansan sobre una mesa, al alcance de todos, junto a un cartel que invita a llevárselos. No hay promociones escondidas ni sorteos. Tampoco hay una compra obligatoria. El mensaje es mucho más simple: "Dejanos un alimento no perecedero o un producto de higiene personal y llevate un par de anteojos de sol".

La propuesta nació de José Gabriel Tedesco, óptico desde hace más de tres décadas y dueño de varias sucursales en la ciudad. Aunque asegura que no le gusta aparecer en los medios y que jamás hizo publicidad de las acciones solidarias que realiza, esta vez aceptó contar la historia con un único objetivo: que más personas se enteren de la campaña y puedan colaborar con Cáritas y el Cottolengo.

La idea surgió casi naturalmente. En los depósitos de sus ópticas había cientos de anteojos de sol de temporadas anteriores que nunca llegaron a venderse. Son lentes de marca, muchos de ellos con cristales polarizados, que simplemente fueron quedando porque la moda cambió o porque aparecieron nuevos modelos. "Pensé que antes de rematarlos prefería regalarlos y que sirvieran para ayudar a alguien", explica.

No es la primera vez que convierte su profesión en una herramienta solidaria. Durante la pandemia ya había entregado anteojos gratuitos a personas que no podían afrontar el gasto y, meses después, la inundación del 7 de marzo de 2025 volvió a empujarlo a hacer algo más.

Todavía recuerda la imagen que lo marcó para siempre: una mujer mayor llorando porque el agua le había llevado sus lentes. "Vi a esa abuela desesperada y pensé que yo podía hacer algo. Tengo una fábrica de cristales y la posibilidad de dar una respuesta. Así que publiqué que iba a regalar mil anteojos", cuenta.

La convocatoria superó cualquier expectativa. Ese mismo día llegaron unas 1.200 personas y, cuando estaban cerrando el local, todavía seguían golpeando la puerta para pedir ayuda. Entonces levantó el teléfono, llamó a proveedores de Buenos Aires y les pidió colaboración. Entre todos lograron ampliar la campaña y terminaron entregando cerca de 3.000 anteojos a vecinos que lo habían perdido todo.

Aquella experiencia confirmó algo que José ya hacía casi en silencio. "Yo regalo muchos anteojos todos los días. Es parte de mi forma de ser. Lo hago de corazón y nunca busqué reconocimiento", dice.

Un comercio que apunta a la solidaridad

Esta vez decidió darle otra vuelta a esa solidaridad. Habló con Cáritas para preguntar qué hacía falta y enseguida se sumó también el Cottolengo. Mientras la organización parroquial pidió alimentos no perecederos, desde el hogar le contaron que la necesidad más urgente eran los artículos de higiene personal. Con esa información armó la campaña y sacó la urna a la vereda de la óptica ubicada en Fitz Roy y Saavedra.

La respuesta volvió a sorprenderlo. Sin hacer publicidad y apenas con el cartel colocado en la puerta, el movimiento fue constante durante todo el día. Al caer la tarde, Cáritas retiró una Fiorino completamente cargada de mercadería. "La verdad es que me llamó muchísimo la atención. La gente respondió enseguida y todavía quedan muchísimos anteojos para seguir ayudando", cuenta.

La campaña continuará durante varias semanas porque el stock de lentes es grande y la intención es que cada par se transforme en un alimento o en un elemento de higiene para quienes hoy más lo necesitan. "No quiero que el reconocimiento sea para mí. El reconocimiento tiene que ser para la gente que viene, deja una donación y se lleva un anteojo. Esa persona también está ayudando", sostiene.

José habla de todo esto con absoluta naturalidad. Incluso intenta quitarle importancia. Dice que siente que solo devuelve un poco de todo lo que la vida le dio y que esa es la mejor manera de agradecer. "No busco nada a cambio. Dios ya me dio demasiado y soy un agradecido. Si puedo ayudar, lo hago. Esa es toda la finalidad".

Mientras muchos comercios buscan proteger cada producto que exhiben en sus vidrieras, él decidió hacer exactamente lo contrario: sacar cientos de anteojos de marca a la calle y confiar en la solidaridad de los desconocidos. Hasta ahora, la apuesta viene dando resultado. Cada lente que desaparece de la mesa deja, en su lugar, un paquete de arroz, un litro de leche larga vida, un jabón, un shampoo o un cepillo de dientes. Y eso, para José Gabriel Tedesco, vale mucho más que cualquier venta.

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