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Una bahiense en medio de la crisis migratoria en Ceuta: "Volví a sentir miedo"

Josefina Gardiner, radicada en la ciudad española ubicada en el norte de África, relató en La Brújula 24 cómo cambió la vida cotidiana tras el ingreso masivo de migrantes desde Marruecos.

Josefina Gardiner es bahiense y desde hace un tiempo vive en Ceuta, la ciudad autónoma española ubicada en el norte de África que quedó en el centro de una crisis migratoria de escala histórica. En diálogo con el programa Nunca es tarde, por La Brújula 24, contó en primera persona cómo se vivieron las jornadas de tensión y qué ocurre actualmente en las calles.

Ceuta pertenece a España, aunque se encuentra rodeada por territorio marroquí y separada de la península ibérica por el estrecho de Gibraltar. Su ubicación la convierte, junto con Melilla, en una de las únicas fronteras terrestres entre África y la Unión Europea. “Ni yo sabía muy bien qué era Ceuta antes de venirme a vivir”, reconoció Gardiner. La bahiense describió una ciudad en la que conviven comunidades católicas y musulmanas, con playas, montes y una vida cotidiana que, hasta esta crisis, consideraba tranquila y segura.

La situación cambió cuando miles de personas comenzaron a cruzar desde Marruecos, tanto por tierra como por mar. Según el último balance comunicado por el ministro del Interior español, Fernando Grande-Marlaska, unas 72.000 personas ingresaron a Ceuta y alrededor de 70.000 ya abandonaron el territorio, mientras las autoridades trabajan sobre la situación de quienes permanecen allí.

Gardiner recordó que estaba trabajando en su casa cuando la propietaria del departamento le advirtió que evitara salir. En un primer momento no dimensionó lo que sucedía porque la frontera está alejada del centro, pero con el correr de las horas los grupos comenzaron a llegar a la zona céntrica. “Salí y dije ‘guau’, porque ya habían llegado al centro. Fue una sensación de angustia y de miedo”, relató. La bahiense aseguró que comenzó a tomar precauciones que había dejado atrás desde que se marchó de la Argentina: guardó su teléfono celular, evitó determinados sectores y cruzó de vereda ante la incertidumbre.

“Hace siete años que me fui y hacía siete años que no tenía el miedo de decir ‘guardo el celular’. Por primera vez lo hice y me fui cruzando de vereda”, expresó. Sin embargo, aclaró que esa percepción convivía con otra realidad: la de personas que habían llegado sin calzado, sin pertenencias y con la esperanza de alcanzar una vida mejor.

La crisis también transformó el paisaje de la ciudad. Gardiner contó que observó vehículos militares en el centro, amplios operativos policiales, migrantes buscando comida y discusiones entre vecinos, organizaciones políticas y grupos que se movilizaron en medio de la tensión. El Gobierno español desplegó al Ejército y reforzó la presencia de fuerzas de seguridad cuando la magnitud del ingreso desbordó las previsiones iniciales.

Uno de los episodios que más la impactó ocurrió cuando tres migrantes se refugiaron dentro de una iglesia mientras eran increpados. Según contó, algunas personas les exigieron que salieran porque no eran cristianos, mientras que el sacerdote les permitió permanecer sentados en el lugar.

“Es todo muy sociológico para ver y analizar porque realmente entendés ambas posturas”, señaló. En ese contexto, también se produjeron manifestaciones de sectores políticos enfrentados y expresiones nacionalistas, con diferentes grupos que repetían la consigna “Viva España”, aunque desde posiciones completamente opuestas.

La bahiense sostuvo que el centro de Ceuta comenzó a recuperar cierta calma, pero advirtió que la situación continuaba siendo más compleja en las zonas periféricas y en los montes, donde algunas personas permanecían escondidas. También indicó que los centros de recepción quedaron desbordados y que uno de los principales desafíos pasa por determinar la edad de quienes aseguran ser menores y llegaron sin familiares.

Las autoridades ceutíes estimaron que más de mil menores permanecían en la ciudad durante los primeros días de agosto, mientras las instalaciones disponibles brindaban alojamiento a poco más de 860 jóvenes. “Es muy triste verlo y verlo en persona todavía más”, resumió Gardiner. Su testimonio reflejó las dos caras de una crisis que alteró la vida de Ceuta: la incertidumbre de una población que intenta recuperar la normalidad y la situación de miles de personas que arriesgaron su vida para alcanzar territorio español.

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