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A un año de la muerte de Rubén Zukerman: "La peor injusticia es no saber qué pasó"

A doce meses del fallecimiento del psiquiatra, su hija volvió a pedir que se esclarezca el caso y apuntó contra presuntas irregularidades en la investigación.

Al cumplirse un año de la muerte del psiquiatra Rubén Zukerman, su hija Natacha difundió una carta pública en la que volvió a reclamar respuestas sobre las circunstancias del fallecimiento de su padre y cuestionó el avance de la investigación judicial. El caso había generado fuerte repercusión local luego de que la familia denunciara presuntos maltratos previos, dudas sobre un casamiento realizado tiempo antes y el intento de cremar el cuerpo tras la muerte.

En febrero, la causa volvió a tomar impulso a partir de una presentación ante el fiscal general Juan Pablo Fernández, en la que la querella pidió que se profundicen medidas de prueba y planteó sospechas sobre testimonios vinculados al casamiento entre Zukerman y Claudia Simón. En ese marco, la hija del profesional decidió publicar un texto a un año del fallecimiento, ocurrido el 3 de julio de 2025.

A continuación, la carta completa:

A un año de la muerte de mi padre: el dolor de no tener respuestas

Hoy, 3 de julio de 2026, se cumple un año desde que recibí la llamada más dolorosa que una hija puede recibir.

Eran las 6:48 de la mañana cuando me avisaron que mi papá se había “desplomado” en el baño y había fallecido. Desde ese instante comenzó un calvario que, doce meses después, sigue sin terminar.

Viajé en el primer vuelo a Bahía Blanca. Al llegar me encontré con que querían cremar su cuerpo. Nunca más volví a tener una explicación clara sobre qué ocurrió realmente ese día. Nunca nadie me atendió más un teléfono. Me dijeron distintas versiones: que murió en el baño, que murió en la cama, que fue después de desayunar. Un hijo debería saber cómo murió su padre. Yo todavía no lo sé.

También descubrí que mi papá se había casado en circunstancias que jamás imaginé y que desconocíamos tanto su familia como sus amigos más cercanos. Quienes participaron como testigos del casamiento no eran personas cercanas a mi padre. Sus declaraciones presentaron contradicciones y, según consta en otras actuaciones judiciales, algunas de esas personas también se encuentran involucradas en otras causas vinculadas a falsos testimonios. Todo esto no hace más que profundizar mis dudas y mi necesidad de que la Justicia investigue con seriedad y llegue hasta las últimas consecuencias.

Mi padre había dejado una denuncia donde relató haber sufrido violencia y presiones para casarse. Esa denuncia existe, forma parte del expediente y contiene sus propias palabras. Merecía ser escuchado.

Desde el día de su muerte no pude volver a entrar a la casa que fue de mis abuelos y donde vivía mi padre. No tengo absolutamente nada de él. Ni una foto, ni una prenda, ni una media, ni siquiera su título de médico, que para mí representa toda una vida de esfuerzo y tiene un valor sentimental inmenso.

Hay algo que tampoco puedo entender. El teléfono celular de mi papá desapareció el mismo día de su fallecimiento. Su geolocalización indicó que terminó en Coronel Pringles y nunca más apareció.

Y la pregunta que me hago todos los días es la misma: ¿qué había que esconder para que alguien sintiera la necesidad de deshacerse del teléfono de mi papá? Si no había nada que ocultar, ¿por qué desapareció el único objeto que podía contar la historia de sus últimos días?

En la causa también consta que la persona con la que mi padre se casó, Claudia Simon, registra antecedentes y denuncias que forman parte de distintos expedientes, entre ellos causas penales por robo de tarjetas de crédito y denuncias por malos tratos en el ejercicio de su profesión como enfermera. Son circunstancias que considero relevantes y que espero sean debidamente valoradas por la Justicia junto con todas las demás pruebas.

Pero si algo me duele tanto como la pérdida de mi padre es la manera en que se investigó su muerte.

Se realizó una autopsia que presentó graves deficiencias. Fue necesario exhumar el cuerpo para realizar nuevos estudios. Las pruebas se contaminaron. El tiempo pasó. Los errores se acumularon. Y mientras tanto, la verdad se fue alejando cada vez más.

¿Cómo puede una familia confiar en una investigación cuando las oportunidades para conocer la verdad se pierden por negligencia?

Pasó un año.

Un año sin respuestas.

Un año de audiencias, expedientes y esperas.

Un año viendo cómo la Justicia avanza con una lentitud desesperante mientras el dolor permanece intacto.

Esta carta no busca venganza. Busca verdad.

Busca que quienes tienen la responsabilidad de investigar recuerden que detrás de cada expediente hay una persona que ya no puede hablar y una hija que sigue esperando.

Mi papá no era un número de causa. Era un médico, un padre, un abuelo.

A él ya no puedo devolverle la vida.

Pero todavía espero que alguien le devuelva la dignidad que merece descubriendo toda la verdad sobre su muerte.

Porque la peor injusticia no es solamente perder a un padre.

La peor injusticia es que, un año después, nadie haya sido capaz de decirme qué pasó realmente.

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