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Un oficio, una oportunidad: la tarea inclusiva del Centro Comunitario Amaneceres
El espacio acompaña a diez personas con discapacidad en el aprendizaje de tareas laborales y la construcción de autonomía, mientras enfrenta dificultades económicas y busca voluntarios para sostener su actividad.
Por Juan Tucat, redacción de La Brújula 24 (@JuanTucat)
Detrás de cada raviol, cada pizza y cada jornada de producción hay una historia que excede largamente a una fábrica de pastas. Para diez jóvenes y adultos con discapacidad, el taller que durante años los bahienses conocieron como Ceres es, antes que nada, un lugar de trabajo, aprendizaje, autonomía y pertenencia.
La institución hoy se denomina Centro Comunitario e Inclusivo Amaneceres Bahía Blanca Asociación Civil, aunque en sus redes sociales conserva el nombre Ceres Taller de Pasta Artesanal. El cambio fue administrativo, porque la esencia y buena parte de las personas que sostienen el proyecto siguen siendo las mismas.
Su historia volvió a quedar en primer plano esta última semana, luego de que el Municipio distribuyera más de $95 millones entre 19 instituciones vinculadas a la discapacidad. Los recursos provinieron de la compactación y venta como chatarra de 5.621 vehículos que permanecían en depósitos municipales.
En ese contexto, Mónica y Pablo, integrantes de Amaneceres y padres de uno de los jóvenes que concurre al espacio, visitaron los estudios de La Brújula 24. La conversación terminó revelando una realidad que suele quedar detrás de las estadísticas: qué ocurre con una persona con discapacidad cuando termina su etapa escolar y necesita construir una vida adulta con responsabilidades, vínculos y trabajo.
“Son pocos los espacios en donde las personas con discapacidad pueden desarrollarse con sus pares, aprender a trabajar y que sean relativamente gratuitos”, explicó Mónica.
Ceres nació en 2010 por iniciativa de un grupo de padres de egresados del Centro de Formación Laboral N°1. El objetivo era que pudieran continuar poniendo en práctica los conocimientos adquiridos y desarrollar capacidades laborales. Su actividad se concentró desde el comienzo en la elaboración artesanal de pastas. Ese origen también aparece registrado en antecedentes municipales y publicaciones sobre el trabajo inclusivo de la institución.
Los primeros pasos fueron modestos. “Lo hicieron con una pastalinda, unos palotes, unos moldecitos de plástico y un esfuerzo bárbaro”, recordó Mónica. El Centro de Exalumnos de La Piedad les cedió inicialmente su cocina y, con el correr de los años, las familias consiguieron equipamiento y donaciones.

“Ahora el que va al taller y lo mira ve netamente una fábrica de pastas que más de una fábrica envidiaría”, destacó.
Pero hay una diferencia fundamental: el inmueble no les pertenece.
Actualmente funcionan en Teniente Farías 52, en un espacio amplio que permite instalar las máquinas, los sectores de producción, dos baños y vestuarios. Allí trabajan de lunes a viernes, de 8 a 12.30. El alquiler representa uno de los principales dolores de cabeza: $1,3 millones mensuales, con actualizaciones periódicas.
“El dueño nos tiene mucho cariño y contemplaciones. No nos cobra lo que realmente debería cobrar por ese salón. Pero estamos pagando un millón trescientos mil pesos”, contó Mónica.
Al alquiler se suman servicios, insumos y otros gastos. Según detallaron, la estructura fija ronda actualmente los $2,5 millones mensuales, sin contar la materia prima. "¿Cuánto tenemos que vender para juntar eso?”, resumió.
Las familias afrontan una cuota social y, además, colaboran cuando los números no cierran. “Los papás estamos poniendo, comprando materia prima, poniendo algún dinero, pagando el gas, pagando la luz. Porque si no, no se llega. Realmente no se llega”, reconoció.
Las ventas también sintieron la retracción del consumo. “Bajaron terriblemente. Tenemos que hacer sí o sí un evento especial todos los meses para poder llegar a pagar el alquiler”, explicó.
Amaneceres busca competir, además, como cualquier emprendimiento gastronómico. No alcanza con que alguien compre por solidaridad: el producto debe ser bueno. “Lo que se prioriza es la calidad. Nosotros no usamos conservantes y no tenemos mercadería guardada durante mucho tiempo. Se fabrica todo en dos o tres días”, remarcaron.
Pero el verdadero objetivo aparece cada mañana antes de que comience la producción. Actualmente concurren diez personas, desde jóvenes que rondan los 20 años hasta adultos de alrededor de 50. No existe un límite de edad una vez concluida la etapa educativa. “Los chicos llegan sin saber nada de producción y terminan teniendo un oficio”, sintetizó Pablo.
La rutina se parece deliberadamente a la de cualquier empleo. Hay horarios que respetar, ropa de trabajo que mantener en condiciones, tareas asignadas y responsabilidades. José, el tallerista, es quien coordina la producción y acompaña a los diez integrantes. Y allí aparece otra necesidad urgente. “Es una sola persona para diez personas”, señaló Mónica. “Tiene que estar en la contención, en la elaboración y en el manejo del taller”.
Por eso buscan voluntarios. No hace falta saber fabricar pastas. La prioridad es encontrar personas con conocimiento o experiencia para acompañar a quienes tienen discapacidad y ayudarlos en el desarrollo cotidiano de sus tareas.
“No les pedimos que vayan todos los días. Necesitamos gente que pueda ayudarlos y guiarlos, para que José pueda concentrarse también en la producción”, explicó.
Incluso proyectan generar acuerdos para que estudiantes de acompañamiento terapéutico puedan realizar experiencias en el lugar y obtener una certificación por su tarea.
El aprendizaje, sostienen, puede verse con el paso de los años. “Hay algunos chicos a los que no necesitás decirles nada. Ya saben su trabajo y lo hacen al pie de la letra. A otros les cuesta un poco más y necesitan una persona al lado que los vaya guiando”, describió Mónica.
Pablo recordó el caso de uno de los integrantes que encontró su lugar junto al horno. “Hoy maneja la cocina, las pizzas, saca, pone, deja levar. Es un fenómeno trabajando. Por ahí escucha que hay que llevar el queso a la heladera y cuando te diste vuelta, el queso ya no está: lo llevó. Nadie tuvo que decirle que lo hiciera”.

En el caso de su propio hijo, la autonomía también se construyó de manera progresiva. “Se levanta a las seis y media de la mañana. Lo único que le digo es: ‘Nacho, hora de levantarte’. Se prepara, se cambia, prepara el mate y sale. Como vivimos lejos, tiene que tomar dos colectivos. A las ocho menos diez ya está en el taller”, relató Mónica.
Y lo hace durante todo el año. “En invierno, verano, primavera. Cumple el horario, trabaja, no falta y va contento”.
Para su familia, permitirle avanzar solo fue una decisión tan difícil como necesaria. “Cuesta, pero tenemos que saber que hay que darles esa posibilidad de no estancarlos. Que tengan autonomía, porque no somos eternos. Algún día van a quedar solos y necesitan tenerla, por lo menos aquellos que cuentan con esa posibilidad”.
Ese es, precisamente, uno de los mayores interrogantes que enfrentan muchas familias: qué sucede después de la escuela. La oferta de espacios gratuitos o accesibles para adultos con discapacidad es limitada y las posibilidades de incorporarse al mercado laboral formal siguen siendo escasas.
“Hoy por hoy es difícil que una persona con discapacidad se inserte en el mercado laboral. Entonces este es un lugar de contención, pero también un lugar donde aprenden a trabajar”, planteó Mónica.
Para ella, algunos integrantes del taller ya están preparados para dar el próximo paso. “En Ceres hay tres o cuatro chicos muy capacitados que podrían tranquilamente estar en una empresa haciendo pastas o trabajando. Ellos aprenden rápido”.
La preocupación no es solamente conseguir una oportunidad laboral. Mónica también planteó la incertidumbre que enfrentan las familias ante la posible pérdida o suspensión de pensiones y las dificultades burocráticas que pueden surgir si después esa relación laboral se termina. “Tenemos muchas contras. Hay mucha desprotección para las personas con discapacidad y hacen falta muchísimas políticas”, aseguró.
En ese escenario, valoraron especialmente el acompañamiento que recibieron en el ámbito municipal y la ayuda para poder regularizar la situación jurídica de la institución. Durante años, los problemas administrativos les impidieron acceder a aportes de empresas y organismos. “¿Cómo recibís ayuda si no tenés los papeles en regla? Yo voy y digo ‘soy Mónica López, quiero que me ayudes’. ¿Quién te va a dar dinero? Nadie”, graficó.
Intentaron recuperar la antigua personería jurídica, pero después de distintos trámites y rechazos resolvieron iniciar una nueva etapa bajo la figura de Centro Comunitario e Inclusivo Amaneceres. “Fue arrancar de cero”, describió.
El cambio de nombre, sin embargo, no borró la historia. La documentación pública registra la participación de Ceres en iniciativas inclusivas desde hace varios años, entre ellas proyectos culturales realizados junto a Fundación Lazos. Ahora el desafío vuelve a ser más elemental: garantizar que la puerta pueda abrirse cada mañana.
Porque detrás de las máquinas y de las bandejas no hay solamente diez personas haciendo pasta. Hay adultos que se levantan temprano, toman colectivos, cumplen horarios, aprenden un oficio y asumen responsabilidades. Y hay familias tratando de sostener el lugar donde eso es posible.
Quienes quieran colaborar como voluntarios, realizar una donación o comprar la producción pueden comunicarse con Mónica al 291-475-2008. En Instagram, la institución continúa con su nombre histórico: @cerestallerdepastaartesanal.
“Nosotros no les ponemos un techo”, resumió Mónica al hablar de su hijo. Tal vez esa frase explique, mejor que cualquier definición institucional, lo que ocurre cada mañana detrás de las puertas del taller.
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