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La inundación destruyó su espacio de trabajo y ahora convirtió su garage en un refugio para sanar y ayudar
Gladys Linares tiene 68 años, perdió gran parte de lo que había construido tras el temporal del 7 de marzo en Bahía Blanca y decidió empezar de nuevo. Hoy da clases de gimnasia solidarias y parte de lo que recauda lo dona al Hogar Don Orione.
Cecilia Corradetti especial para La Brújula 24
Cuando Gladys Linares vio una de sus viejas colchonetas flotando entre el agua y el barro sintió algo difícil de explicar. En ese instante, en medio del desastre que había provocado la inundación del 7 de marzo en Bahía Blanca, entendió que quizás esa imagen era también una señal.
“Hoy lo veo y siento que fue una necesidad de traer nuevamente la gimnasia a flote en mi vida”, dice.
El agua había entrado con fuerza a su gabinete, ubicado a pocas cuadras del canal desbordado. En cuestión de minutos, años de trabajo quedaron cubiertos de barro. Junto a su hija Lidia intentó rescatar lo que podía, levantando muebles, acomodando cosas, tratando de salvar herramientas de trabajo y recuerdos. Pero hubo un momento en que el cuerpo ya no respondió.
“Mi hija me pidió que saliera porque me estaba sintiendo mal”, recuerda.
Y no era solamente el cansancio físico. Era el dolor de ver destruido el lugar que había construido durante décadas.
A los 68 años, Gladys conoce bastante sobre el dolor. Lo aprendió demasiado temprano.
Tenía apenas ocho cuando murió su hermano de 13 años y aquella escena quedó grabada para siempre: su madre caminando con “el alma destruida”. Ahí, siendo apenas una nena, empezó a comprender algo que la acompañaría toda la vida: la conexión profunda entre las emociones y el cuerpo.
“Entendí desde muy chica que el cuerpo habla lo que la boca calla”, asegura.
Su mamá, que solo había llegado hasta tercer grado, insistía permanentemente con una idea: estudiar para salir adelante. Gladys soñaba con ser médica, pero la situación económica no se lo permitió. Entonces encontró otro camino.
Siempre inquieta, movediza y curiosa, estudió el instructorado de gimnasia y se recibió en 1976 costeándose sola los estudios. Vendía rifas y trabajaba durante las vacaciones para pagar las cuotas.
Muy rápido empezó a trabajar en clínicas y gimnasios. En 1980 alquiló un gran salón en Zelarrayán y llegó a tener más de cien alumnas. Pero nunca se conformó.
Mientras daba clases fue descubriendo otros universos ligados al bienestar físico y emocional. Se especializó en masajes holísticos, terapias complementarias y técnicas vinculadas al embarazo y la relajación.
“Ahí entendí definitivamente que lo mío era trabajar desde la unión entre cuerpo y mente”, cuenta.
Incluso llegó a organizar uno de los primeros cursos prenatales de la ciudad junto a una obstetra y trabajó con técnicas como Shantala, orientadas al bienestar integral.

Con los años, y tras convertirse en mamá en el 2000, decidió bajar el ritmo laboral y armó un gabinete en su propia casa para poder compartir más tiempo con su hija. La gimnasia quedó parcialmente en pausa, aunque nunca desapareció del todo.
“Seguí guardando las colchonetas”, dice sonriendo.
Tal vez por eso aquella imagen de la colchoneta flotando durante la inundación fue tan simbólica.
Después del desastre, Gladys hizo lo único que sabe hacer frente a los golpes: volver a empezar.
Primero reacondicionó el gabinete para regresar con los masajes. Después llegó el desafío más grande: transformar el garage de su casa en un pequeño salón para volver a dar gimnasia.
Pero esta vez había algo distinto.
No quería solamente mover cuerpos: quería ayudar a sanar.
“A través de los masajes tengo un termómetro muy real de lo que le pasa a la gente”, explica. Y lo que empezó a notar en los últimos tiempos la preocupó profundamente: tristeza, desgano, aislamiento y mucha soledad.
“Después de tantas crisis hay personas muy desconectadas de sí mismas y de los demás”, reflexiona.
Entonces entendió que el movimiento podía ser también una herramienta emocional.
“Sé perfectamente que mover el cuerpo aumenta las endorfinas y cambia la mente casi de inmediato. El cambio es milagroso”, asegura.
Así nació esta nueva etapa de Gladys.
Un espacio sencillo, armado en su garage, donde las clases de gimnasia y baile funcionan también como refugio emocional.
“Quería que fuera un lugar para reencontrarnos, para reírnos, para recuperar la alegría”, explica.
Y además decidió sumar un componente solidario.
La conexión con el Hogar Don Orione y un espíritu solidario

Desde 2013 mantiene un vínculo cercano con el Hogar Don Orione de Bahía Blanca, institución que asiste permanentemente a personas con múltiples necesidades y que constantemente requiere ayuda.
Por eso parte de lo que recauda con las clases es destinado al hogar.
Aceite, pañales, salsa de tomate, artículos de higiene y distintos productos forman parte de las donaciones que logra reunir junto a alumnas, pacientes y conocidos.
“Quería que esto fuera un bien circular”, resume.
La idea la emociona especialmente porque siente que todos terminan ayudando a alguien más.
“Las alumnas saben que con su contribución forman parte de un propósito mayor”, explica.
Pero quizás lo más conmovedor de su proyecto sea otra decisión que tomó casi como una filosofía de vida.
La cuota nunca será excluyente.
“Si alguien la está pasando mal y necesita moverse para salir adelante, la situación económica jamás va a ser un impedimento en mi garage”, afirma.
Y agrega: “Las puertas están abiertas para todos”.
Gladys reconoce que antes de volver a dar clases sintió miedo. Mucho miedo.
Habían pasado años desde aquellas épocas de grandes salones llenos de alumnas y no sabía cómo respondería su cuerpo ni si todavía podría conectar con la gente de la misma manera.
Pero apenas empezó a sonar la música, todo volvió.
“Mi cuerpo y mi mente tuvieron memoria”, dice.
Y también ocurrió algo con las alumnas.
“Llegaron con miedo, pensando ‘¿podré hacer esto?’, pero a los cinco minutos ya estaban riéndose”, recuerda.
Después empezaron a llegarle mensajes que la emocionaron profundamente.
“Me decían: ‘Salí con el cuerpo revolucionado pero con la mente en paz’”.
Para Gladys, ahí estuvo la confirmación de que iba por el camino correcto.

Hoy, mientras acomoda colchonetas en su garage reconstruido, siente que todo lo vivido —incluso el dolor— terminó teniendo un sentido.
Porque si algo aprendió después de tantas pérdidas, enfermedades, crisis e inundaciones es que siempre existe la posibilidad de volver a florecer.
“El agua se puede llevar muchas cosas materiales, pero nunca las ganas de vivir y salir adelante”, dice.
Y quizás por eso su pequeño espacio se transformó en mucho más que un lugar para hacer gimnasia. Es un refugio.
Un lugar donde el cuerpo vuelve a moverse, la tristeza afloja un poco y la solidaridad también encuentra una forma de sanar.
Dónde informarse: 2914 07-8214
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