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Perla Muñoz, la bahiense que sigue desafiando sus propios límites y ahora aprende a manejar

La histórica atleta paralímpica de Bahía Blanca, suma logros a su vida. Ahora aprendió a manejar y empezó escalada adaptada. También finalizó la secundaria a los 52 años.

Cecilia Corradetti / La Brújula 24

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A Perla Muñoz muchos bahienses la reconocen antes de que ella diga una palabra. Por su sonrisa enorme, por su bicicleta adaptada, por esa manera de moverse por la ciudad que parece desafiar cualquier obstáculo y, sobre todo, porque hace décadas que su nombre está ligado a una historia de esfuerzo, deporte y superación. Fue cuatro veces paralímpica, representó a la Argentina en Sídney 2000, Atenas 2004, Beijing 2008 y Londres 2012 y llegó a ser campeona mundial en lanzamiento de jabalina.

Pero Perla tiene una particularidad: parece no saber quedarse quieta.

Ahora, a los 52 años, tiene un auto propio y está aprendiendo a manejarlo. También empezó a practicar escalada adaptada con un objetivo concreto: si todo sale como espera, antes de fin de año quiere subir algún cerro de Sierra de la Ventana. Y, como si esos desafíos no fueran suficientes, terminó la escuela secundaria en una nocturna para adultos, después de años de haber dejado esa cuenta pendiente.

Mientras tanto, trabaja en el Municipio de Bahía Blanca, vinculada al deporte adaptado, y sigue entrenando para mantenerse físicamente bien.

“En toda etapa de la vida uno siempre tiene que aventurarse a aprender cosas nuevas, porque eso tiene que ver con la transformación de la propia persona”, dice Perla.

No lo dice desde un escritorio ni como una frase motivacional aprendida. Lo dice después de una vida en la que tuvo que aprender, una y otra vez, a hacer cosas que para otros podían parecer imposibles.

Ahora está aprendiendo a manejar.

Y hay una escena que lo explica todo: Perla sentada al volante de su propio auto, concentrada en coordinar los pies, repitiendo movimientos y teniendo paciencia con ella misma.

“Lo que más me cuesta manejar el auto es la coordinación de los pies”, cuenta.

La dificultad tiene que ver con su parálisis cerebral. Los movimientos que para otra persona pueden ser automáticos, para ella requieren concentración, práctica y tiempo. Pero Perla no lo interpreta como una razón para abandonar.

“Supongo que es una cuestión también de práctica. Eso es lo que más me cuesta”, explica.

La idea de manejar apareció por una razón sencilla y profundamente personal: quiere ser más independiente y, sobre todo, quiere ir a la playa.

A Perla le gusta el mar. En verano disfruta la posibilidad de pasar el día en Monte Hermoso o en alguna de las playas cercanas a Bahía Blanca. Pero durante mucho tiempo esa posibilidad estuvo condicionada por algo tan cotidiano como la movilidad.

“Me gusta mucho la playa y siempre en el verano quiero ir a pasar el día, a Monte o algún lado cerca de acá de Bahía, que tenemos playa cerca, y nunca puedo ir, por esto de la movilidad”, cuenta.

“Tengo que aprender a manejar para ir a la playa”

Entonces pensó que había llegado el momento de buscar una solución.

“Dije: tengo que aprender a manejar para disfrutar de eso que tanto me gusta a mí como es la playa”, relata.

Y así fue que se compró un auto y empezó las clases. No fue sencillo. Pero tampoco esperaba que lo fuera.

“Me cuesta bastante, pero ya estoy agarrando la mano en el sentido de la coordinación”, explica. “Por la misma patología muchas veces cuesta coordinar, pero ya estoy en camino”, relata.

Hay algo más que la entusiasma: el avance.

“Estoy contenta porque siento que lo estoy logrando. La persona que me enseña me tiene una paciencia infinita. Gracias a eso he avanzado un montonazo”, cuenta.

El examen teórico ya lo rindió y lo aprobó.

Ahora le queda continuar con la práctica hasta conseguir la licencia.

La lógica con la que encaró el desafío es muy de Perla.

“Si ando en moto, puedo andar en auto”, razonó.

Claro que hay una diferencia. La moto que utiliza tiene tres ruedas y el acelerador lo maneja con las manos. El auto exige otra coordinación. Pero justamente por eso decidió intentarlo.

Porque cada logro nuevo le devuelve algo que considera fundamental: confianza.

“Cada vez que logro algo que no me salía o que me cuesta, la verdad que me aporta más confianza en mí misma”, dice.

Y en ese aprendizaje descubrió otra cosa: no tiene sentido compararse con los tiempos de los demás.

“También me enseña que yo tengo que respetar mis tiempos. Porque si yo respeto mis tiempos, tengo el éxito asegurado”.

Es una frase que podría resumir buena parte de su vida.

Una infancia en el Patronato y una vida de esfuerzo

Perla nació en Bahía Blanca en 1974 y pasó buena parte de su infancia en el Patronato de la Infancia. Su parálisis cerebral fue detectada cuando era pequeña y, con el tiempo, el deporte se convirtió en una herramienta fundamental para su vida.

Pero en esa infancia hubo también personas.

Docentes, profesionales del Instituto de Rehabilitación del Lisiado (IREL), padres de compañeros y mujeres que le abrieron las puertas de sus casas. Perla recuerda especialmente a María Angélica Sosa y Silvia Stil, con quienes compartía momentos y salidas.

Y menciona a su madrina, Graciela Garda, como otro de esos pilares que estuvieron desde que era chica y continúan a su lado.

“Me brindaron mucho cariño y eso fue lo que fue sosteniendo mi vida”, recuerda.

Con ese pasado aprendió una lección que todavía la acompaña.

“Lo que viví de chica me enseñó que la vida iba a depender solo de mí y que tenía que ir por todo lo que yo consideraba que era lo mejor para mí”, reflexiona.

Perla lo dice sin dramatismo y con la sonrisa de siempre. No parece interesada en quedarse atrapada en lo que le pasó. Prefiere hablar de lo que hizo con aquello que le tocó.

“Considero que con aciertos y errores el objetivo está cumplido”, señala.

Su carrera deportiva fue extraordinaria. Compitió durante años en atletismo adaptado y representó al país en cuatro Juegos Paralímpicos. En Sídney llegó a obtener un diploma paralímpico en los 400 metros y luego compitió en lanzamientos de bala, disco y jabalina en las siguientes ediciones. En 2005 se consagró campeona mundial en lanzamiento de jabalina en Connecticut.

Pero hoy el desafío es otro: manejar para poder ir a la playa. Y escalar.

La actividad comenzó como una nueva manera de mantenerse fuerte, trabajar el equilibrio y seguir entrenando el cuerpo. Se realiza desde el área de deporte adaptado del Municipio de Bahía Blanca.

“Empecé por una cuestión para mantenerme, para mantener la fuerza corporal y poder mejorar el equilibrio”, explica.

Pero Perla, fiel a su costumbre, ya transformó una actividad nueva en una meta.

“Si Dios quiere, a fin de año ir a escalar algún cerro en Sierra de la Ventana”, se aventura. Y mientras escala, también sigue estudiando.

Terminó el secundario en una escuela nocturna de adultos, el CENS 453 de Empleados de Comercio. No se quedó ahí: también realizó una diplomatura en coaching deportivo en la Universidad Nacional de Rosario.

Ahora es ella quien acompaña a otros

Durante años recibió acompañamiento. De docentes, profesionales, compañeros, familias, entrenadores. Hoy es ella quien acompaña.

Trabaja en el área municipal vinculada al deporte adaptado y colabora en la Escuela Municipal de Deporte Adaptado junto a los profesores. La posibilidad, cuenta, se la dio inicialmente el profesor Matías Millán, junto con el “Bocha” y Carlos, quien fue su entrenador durante mucho tiempo.

Allí hay algo que Perla considera mucho más importante que enseñar una técnica deportiva.

“Uno puede transmitir toda la experiencia, pero más allá de transmitir la experiencia deportiva, el objetivo es que a través del deporte vayan logrando independencia en su vida cotidiana”, advierte. Eso es lo que quiere dejarles.

La misma independencia que ella busca ahora al aprender a manejar.

Perla sabe que el deporte puede cambiar una vida porque lo experimentó en carne propia. También sabe que el aprendizaje no termina cuando uno deja la escuela, cuando abandona una competencia o cuando llega a una determinada edad.

Por eso habla de neurociencia y de la posibilidad de seguir aprendiendo durante toda la vida.

“Todo lo que uno aprenda, todo lo que yo aprendo, me hace crecer como persona y voy descubriendo cada vez todo mi gran potencial”, reconoce.

“Uno lo traslada a lo cotidiano y va logrando cosas para mí, pero también inspirás a otras personas a que se animen a encarar sus proyectos, a muchas veces perder miedos y también a que se expanda la mentalidad”.

Quizás ahí esté la explicación de por qué tantos bahienses reconocen a Perla.

Su historia habla de una deportista que llegó a los Juegos Paralímpicos, de una mujer que pasó por una infancia difícil, encontró en otras personas el cariño que necesitaba, convirtió el deporte en una herramienta para construir independencia y, después de haber llegado a lo más alto en el atletismo adaptado, sigue buscando nuevos caminos.

-- Perla ¿Cuál es ahora el objetivo?

-- En lo personal seguir entrenando para mantenerme bien físicamente, porque de eso depende todo el resto, poder seguir siendo independiente en todos los aspectos de mi vida. La vida mide a todos con la misma vara, tengas o no discapacidad. Por lo tanto, uno tiene que adquirir todas las herramientas que te lleven a tener una vida plena en todos los aspectos de la vida.

Quizás por eso su próximo desafío sea tan simple y, al mismo tiempo, tan enorme.

Un día de verano, subirse a su auto, acomodarse frente al volante, ponerlo en marcha y manejar hasta la playa. Y, por supuesto, seguir sonriendo.

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