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De Ayer a Hoy

"A las mamás les digo que el tiempo para criar a los hijos pasa volando"

El pediatra Antonio Di Giglio en una entrevista introspectiva. El médico que incursionó en los midgets y se graduó de abogado. “Soy defensor de la justicia”, dijo sobre la otra carrera que realizó siendo adulto.

Fotos: Pablo Noir (La Brújula 24).

Por Leandro Grecco
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El conocido pediatra bahiense Antonio Di Giglio repasó en diálogo con la sección “De Ayer A Hoy” que se publica en La Brújula 24 distintos momentos de su vida: desde la niñez atravesada por la búsqueda de su vocación, pasando por el desarrollo profesional dentro del ámbito de la medicina, su pasión por los midgets y la concreción, siendo adulto, de una aspiración que se convirtió en un valioso logro al obtener el ambicioso objetivo.  

“Tengo 68 años, nací en Bahía Blanca, hasta los cuatro años viví en el barrio Santa Margarita, en la esquina de Manuel Alberti y Agustín Álvarez, más precisamente en una casa que todavía está en pie y tenía una virgencita en la pared sobre la ochava”, recordó al iniciar el recorrido por sus primeros años.

Luego, contó que su familia se mudó a Universitario, una zona que en ese momento tenía una fisonomía muy distinta a la actual. “Mi papá compró un terreno en Nicaragua al 900, entre Perú y Santiago del Estero, que en ese momento era una calle de tierra y actualmente es un tramo de acera muy angosto que nace al 800 a la altura de calle Salta”, señaló.

Sobre aquella Bahía Blanca de su infancia, describió con puntillosidad: “La ciudad casi terminaba ahí, había algunas casas espaciadas hasta el Canal Maldonado y después el resto era todo zona de quintas”.

Di Giglio es hijo de inmigrantes italianos y, según relató, sus padres llegaron al país siendo jóvenes, con el propósito de construir una vida basada en el esfuerzo. “Cuando vinieron, ella tenía 19, él 25 y ya se habían casado, mi mamá llegó embarazada de siete meses de mi hermano mayor (Leonardo) que actualmente vive en Italia, aunque también pasa mucho tiempo en Argentina”, expresó.

También mencionó parte de la historia familiar de su hermano mayor: “Él tiene dos hijas radicadas en Tierra del Fuego, una de ellas (Judit) es ministra de Salud de la provincia y la otra también trabaja en el área de sanidad y dos hijos en Europa”.

En ese contexto, destacó la influencia que tuvieron sus padres en su formación. “Soy el producto de lo que querían inmigrantes que llegaban con deudas, vinieron a hacer realidad la cultura del trabajo y me lo inculcaron, lo mismo que con la casa propia y darle una buena educación a sus hijos”, sostuvo.

El médico remarcó además el valor que su familia le dio a la educación, incluso en condiciones difíciles. “Mi papá solo hizo hasta quinto grado en Italia y mi mamá solo primero, pero fue a la Escuela N° 17, que está en el Parque de Mayo, en el turno nocturno y aprendió sola a escribir y leer en español merced a su espíritu de superación, también incorporó las operaciones básicas de la matemática cuando yo ya tenía 18 años”, relató.

En una imagen que todavía conserva con fiel claridad en su mente, agregó: “Recuerdo que para ese entonces la iba a buscar todas las noches a la salida de clases manejando su Fiat 600”.

Sobre su padre, explicó cómo fue su desarrolló profesional irremediablemente ascendente. “Él era herrero metalúrgico, primero trabajó con un italiano que estaba en calle Sarmiento y después en Piro y Ruiz que estaba en Avenida Colón al 400”, indicó.

“Hacía todo lo relacionado con galpones y silos, luego fue contratista, tuvo una empresa constructora que abarcaba la pampa húmeda y por último se vinculó al rubro del cordón cuneta y el hormigón. Era muy inteligente, fue empleado siete años y luego se convirtió en un trabajador independiente”, añadió.

En ese repaso afectivo también recordó con una visible nostalgia a su hermano y su fuerte influencia en una de sus pasiones. “Bruno, el menor de los tres, falleció hace dos años y fue el que me inculcó el gusto por los midgets allá por la década del 90”, contó.

Su etapa escolar comenzó en la Escuela N° 6 de Caronti, aunque un plan familiar modificó momentáneamente su recorrido educativo. “En el interín de la primaria, cuando tenía nueve años, hicimos un viaje a Italia en pleno ciclo lectivo, recuerdo que papá decidió llevar en el barco una camioneta Chevrolet (risas)”, recordó.

Al regresar, la continuidad escolar no fue sencilla. “Las autoridades del establecimiento no nos aceptaron y en la Escuela N° 7 que está en calle 19 de Mayo, rendimos las materias en condición de libres”, relató. Luego cursó el secundario en el ex Colegio Nacional y más tarde se trasladó para estudiar Medicina en la Universidad Nacional de La Plata. 

Durante la adolescencia, según contó, tuvo distintas experiencias laborales. “Me gustaba hacer algunos trabajitos para tener un poco de dinero. Un amigo tenía panadería por lo que aprendí el oficio, fui cadete en una oficina, pero ya en La Plata me dediqué exclusivamente a estudiar”, indicó.

Una vez recibido, volvió a Bahía Blanca inmediatamente y comenzó a ejercer la profesión en distintos ámbitos. “Al comienzo, como suele ocurrir habitualmente, hacía guardias en cualquier lugar para poder sobrevivir”, recordó.

Su ingreso al Hospital Municipal marcó una etapa central de su carrera profesional. “Tuve la suerte de toparme con los doctores (Albor) Grosso, (‘Beto’) Martorelli y Felipe Borelli. Con ellos aprendí cirugía infantil que en ese entonces no eran de alta complejidad, ya sea hernias o apendicitis”, explicó.

En el mismo sentido, detalló su crecimiento dentro del sistema público de salud. “Hice la residencia de clínica pediátrica, fui jefe e instructor de residentes que es la parte académica de un nosocomio, luego estuve en el área de Emergencias del Hospital Municipal y fui jefe de día que es el que queda a cargo cuando el director no está presente”, afirmó.

Di Giglio también tuvo un paso por la gestión pública. “Fui funcionario municipal, durante el gobierno de Christian Breitenstein estuve en la Secretaría de Salud, pero con cargos de segundo nivel bajo la órbita de (Oscar) Colombo, (Guillermo) Quevedo y (Gustavo) Mena, la pasé bárbaro con los tres”, expresó. 

Sobre el último de los mencionados, Antonio recordó la relación previa vinculada a la etapa universitaria. “Al último de los que mencioné lo conocía mucho porque habíamos estudiado prácticamente juntos en La Plata y me daba mucha confianza para que tomara decisiones”, señaló.

Otro capítulo de su vida está relacionado con el automovilismo y, en particular, con los midgets. “Corrí varias carreras en tiempos en los que la actividad se presentaba en Tiro Federal, en un comienzo, ayudé a mi hermano a terminar su auto nuevo y me quedé con el viejo”, contó.

Luego de una larga pausa, corrió otra vez. “Más de 20 años después volví a subirme y me encantó, aunque en ambas etapas me pegué varios golpes (risas), siendo siempre un piloto del pelotón del medio que hasta hace poco competía con los pibes que atendía en el consultorio”, relató.

Para Di Giglio, este deporte combina factores que no todos pueden sobrellevar. “Es una actividad muy divertida, riesgosa y cara. A mi me apasionan todas las categorías, pero en especial soy fanático de la Fórmula 1, a punto tal de que hice el gran esfuerzo y en 2023 fui a Brasil a verla por primera vez”, afirmó.

La entrevista también derivó en otra decisión personal relevante después de construir una extensa trayectoria médica. Para explicar la elección, Di Giglio volvió a su infancia. “Cuando me preguntan por qué estudié Abogacía, para conocer la respuesta hay que remontarse a mucho tiempo atrás porque siendo niño, mi anhelo era ser sacerdote”, contó. “La Iglesia y la religión me cautivaron, pero me gustaban las chicas, por lo que el hecho de ser cura no iba a ser viable”, agregó.

Antes de definir su vocación médica, también había pensado en Derecho. “Desde siempre soy un defensor de la justicia, pero mi hermano más chico tuvo una dolencia cardíaca en 1965 se tuvo que someter a una cirugía de magnitud que en la actualidad se realiza por cateterismo”, explicó. Esa situación familiar fue determinante en su elección. “Tal vez eso me motivó a optar por la Medicina. Con 13 años me dije a mí mismo que iba a ser doctor”.

Di Giglio se recibió de médico a los 25 años y, según dijo, tenía pensado iniciar Abogacía alrededor de los 35. Sin embargo, ese proyecto se postergó. “Cuando llegué a esa edad, estaba en un momento muy difícil en lo emocional, no tenía ganas de vivir por una serie de hechos acontecidos en mi vida personal”, expresó.

Años más tarde, la propuesta llegó a través de su actual esposa, con quien se casó en 2021. “Ella se había graduado en Marketing, pero siempre trabajó en un estudio jurídico”, relató. “Me propuso que estudiemos Derecho, había varias universidades que permitían hacerlo online, averiguamos y nos anotamos en la Universidad Siglo XXI”, agregó.

Antes de comenzar esta cruzada, se tomó un tiempo para evaluar el desafío. “Fue algo que medité durante un cuatrimestre para pensar bien si me iba a embarcar en semejante desafío porque soy de los que piensan que cuando empiezo algo, lo tengo que terminar”, señaló.

El estudio se convirtió en una tarea compartida. “No soy una persona que duerma mucho, por lo que sábados y domingos a la mañana nos gustaba madrugar para leer e incorporar conceptos. Me encargaba de la logística, de imprimir el material, y formamos un buen equipo de estudio. Empecé a los 55 años y me recibí a los 60 tal cual estaba programado, incluso habiendo empezado unos meses más tarde que el resto de la promoción”, detalló.

En esa etapa apareció una coincidencia que definió como una casualidad. “La paradoja es que mis dos títulos de grado los logré un 6 de diciembre, no fue algo planeado, fue obra del destino, en 1983 de médico y en 2017 de abogado”, afirmó.

Di Giglio admitió que la experiencia en el ámbito de la educación arancelada también le dejó aprendizajes. “Siempre defendí la educación pública, pero el paso del tiempo me mostró que en lo privado se puede aprender un montón derribando cualquier prejuicio”, expresó.

En cuanto al ejercicio de la Abogacía, aclaró que su actividad principal continúa siendo la Pediatría. “Hasta el momento hice solo un divorcio y, si bien puedo ejercer, aún me insume mucho tiempo la medicina infantil. Soy una especie de captador de clientes y mi esposa es la que lleva a cabo la labor en el estudio”, explicó.

Hacia el tramo final de la charla, Antonio se refirió a los cambios en la natalidad y a las transformaciones en la organización familiar. “Es difícil de abordar superficialmente esta problemática. En los años 70, Argentina tenía un promedio de casi cinco hijos por cada pareja y en el presente bajó a la mitad”, planteó.

También comparó la situación local con la de países de otras latitudes. “En Europa, el problema es todavía más grave, Francia tiene menos de uno, Italia un poquito más y nos estamos pareciendo a ellos, pero en el caso de nuestro país esta estadística hace mucho daño por la extensión de su territorio”, sostuvo.

Según su mirada desde el consultorio, la formación de una familia se demora cada vez más. “Las mujeres se convierten en madres primerizas a una edad cada vez más avanzada, más aún las que tienen acceso a una carrera universitaria, que postergan la decisión de tener un hijo”, señaló.

En ese marco, explicó cuál suele ser su consejo cuando el tema aparece en la consulta pediátrica. “Lo que noto es que las parejas apuntan a tener un solo hijo y mi consejo cuando se da esta charla en el consultorio es que tengan al menos dos porque cuando los padres no están, no termina solo en el mundo, le queda el hermano”, afirmó.

También se refirió al rol laboral de la madre y la crianza. “Otra cosa que percibo es que en más de la mitad de los hogares, la mujer trabaja, y mi sugerencia es que no dejen de hacerlo, pero que limiten la jornada laboral a cuatro o cinco horas para ser parte de la educación sin depositar toda esa responsabilidad en abuelos o niñeras”, expresó.

Por último, dejó una reflexión sobre el vínculo con los hijos y el paso del tiempo. “El tiempo de los hijos se pasa volando y todo lo que uno pierde, no se recupera nunca más”, finalizó, con la ternura que lo caracteriza cada vez que aborda esta temática.

De aquella infancia en calles de tierra al consultorio, de las guardias hospitalarias a las aulas virtuales aprendiendo sobre leyes y de los midgets a la reflexión sobre los nuevos modelos familiares, Di Giglio edificó un recorrido marcado por la vocación, la constancia y una idea que atraviesa toda su historia: nunca es tarde para volver a intentarlo.

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