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Fue la mejor, lo dejó y volvió: María Olivero y la otra forma de ganar en el golf

La bahiense, considerada la mejor amateur de la historia argentina, repasa su camino entre exigencias, familia y una relación con el golf que cambió para siempre.

Cecilia Corradetti / Especial para La Brújula 24

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La historia de María Olivero alcanza con sus números, pero también —y sobre todo— con su recorrido. Nacida en Bahía Blanca y profundamente ligada al Palihue Golf Club, su nombre está inscripto entre los más importantes del deporte amateur argentino: nueve veces campeona del Campeonato Argentino de Aficionadas, diez veces ganadora del Nacional por golpes, ocho veces número uno del ranking y más de 50 títulos a lo largo de su carrera. Pero lo que hoy la define no es solo ese pasado brillante, sino una forma distinta de vivir el juego.

Porque si algo cambió en María Olivero no fue su nivel, sino su mirada.

“Mi experiencia, mi etapa exitosa, no fue de pleno disfrute. En ese momento estaba bastante presionada, practicaba mucho, entonces cuando practicás mucho, esperás logros y eso presiona”, dice, sin rodeos.

Esa exigencia marcó sus años más competitivos. Sin embargo, el tiempo —y la vida— le ofrecieron otra forma de vincularse con el golf. “Hoy, por ejemplo, disfruto muchísimo, pero muchísimo más que en esa época y, de hecho, también he tenido varios logros que los he disfrutado más porque no espero a esta altura que me vaya tan bien, entonces mi presión es casi cero y puedo divertirme”.

“Es decir, si yo les gano a las chicas que practican todo el día es un éxito total y si no les gano es lo lógico. Entonces tengo las de ganar en cuanto a mi estado de ánimo”, explica.

Esa nueva etapa tiene una imagen que ella misma guarda como símbolo: liderando un torneo en noviembre de 2023, con 49 años, seguida por una jugadora de 22. No es solo una anécdota, es una síntesis. La prueba de que el talento sigue intacto, pero sobre todo de que el disfrute encontró finalmente su lugar.

Su historia con el golf, sin embargo, empezó casi por casualidad. “Cuando yo era chica, jugaba al tenis, pero toda mi familia jugaba al golf. Mi abuelo, mi tío, mi papá, mi hermano, estaban todos en el golf y yo me iba sola al tenis. Entonces, medio que fue por practicidad de estar todos en el mismo lugar, que un día decidí dejar el tenis y empezar con el golf. Tenía 10 años y a los 11 saqué hándicap. Así fue como empecé”, recuerda.

Ese entorno familiar no solo la acercó al deporte, sino que también marcó profundamente su camino. En especial, la figura de su padre. Una foto de 2001, en el último Nacional que ganó antes de su fallecimiento, condensa ese vínculo. “Él fue mi mayor fan y fue gracias a él todo lo que logré hasta los 27 años”, dice.

Pero si hubo un momento que redefinió su relación con el golf, no fue un título ni una derrota. Fue una decisión. Durante su etapa universitaria en Estados Unidos, donde estudió en Kentucky gracias a una beca deportiva, entendió que no quería que el golf fuera su forma de vida. “Por ahí me di cuenta que no me gustaba el golf como un medio de vida, o sea no hubiese querido ser profesional y entendí que esa exigencia de jugar todos los días al golf no era para mí”, cuenta.

Ese fue, quizás, el verdadero quiebre. No en términos deportivos, sino personales. A su regreso, eligió otro camino. “Cuando volví de Estados Unidos dije: ‘listo ahora vamos a estudiar otra cosa’ y, a partir de ahí, fue más recreativo con un poquito más de práctica en los momentos que tenía que jugar algo importante, pero no como lo más trascendente de mi vida. Tenía la carrera, después me casé, tuve los chicos, dejé de jugar el ranking”, repasa.

Sin embargo, el golf nunca desapareció del todo. Y en esa continuidad hay un nombre clave: su marido Esteban Artica. “Es quien más me apoya, me hace jugar más de lo que jugaría y siempre quiere que vaya a competir”, cuenta. Y amplía: “es tan fanático que nunca me permitió dejar del todo, si hace frío me lleva a jugar, si llueve intenta llevarme, aunque ya no lo logra. Todo eso me hizo seguir en estado, así que por eso seguí jugando”.

Ese vínculo con el deporte, más relajado pero constante, fue el que le permitió volver. Pero ya desde otro lugar. “Pude volver a competir, pero ya desde otro lugar, no como lo más importante que hacía”, define.

Hoy, con sus hijos más grandes y viviendo en Buenos Aires, ese tiempo recuperado se traduce en nuevas metas. “Como volví a jugar ranking y como volví a competir, ahora estoy de vuelta, en una competencia divertida. Me motiva en este momento haber encontrado la categoría senior desde que cumplí 50 y me ilusiona poder volver a jugar el Women’s Senior Amateur en Estados Unidos”, dice.

Esa motivación convive con otra faceta, menos visible pero igual de influyente: su rol dirigencial dentro de la Asociación Argentina de Golf. “Estoy en la comisión de campeonatos, que es la que designa equipos, en el consejo de la Asociación Argentina de Golf y presido la comisión de damas, con la cual tenemos varios proyectos para hacer crecer el golf femenino”, detalla.

Esa mirada integral —jugadora, madre, dirigente— también se refleja en su forma de entender el deporte. Y en las herramientas que construyó a lo largo del tiempo. “Creo que lo que más me ayudó fue entender que no soy profesional y que no practico como los profesionales, sino realmente como un amateur. Entonces siempre supe perdonarme. Digamos, erro un tiro y, bueno, está bien, pienso ‘vamos a ver qué puedo hacer con el que sigue’”, explica.

Esa capacidad de perdonarse, de no quedar atrapada en el error, es para ella una de las claves. “Me parece que pasa por ahí, por aprender a perdonarse. Hoy mismo les digo a los chicos, si Tiger con las pelotas que tira es capaz de errar un tiro, o dos o tres o cinco… yo que no tiro esas pelotas tengo muchas más posibilidades de errar tiros que él”, agrega, con una lógica simple pero contundente.

Esa experiencia es la que hoy intenta transmitir, sobre todo a los más jóvenes. Porque si hay algo que María Olivero tiene claro es que el golf va mucho más allá de la competencia. “Me gusta pensar en que el golf es un deporte que se puede compartir en familia y que los valores que te deja el golf son muy importantes y ayudan mucho en la adolescencia”, dice.

Y enumera: “vos sos tu propio árbitro, no se hace trampa, tenés que respetar a tus compañeros, tenés que comportarte en la cancha… tiene mucho para enseñar a un adolescente”, enumera.

Su propia historia familiar es, en ese sentido, una continuidad. Su hijo Miguel heredó el gusto por el juego, su hermana volvió a competir después de décadas y su entorno sigue girando, de una u otra forma, alrededor del golf. No como una obligación, sino como un espacio compartido.

Tal vez ahí esté el verdadero legado. No en los títulos, ni en los rankings, ni en los récords. Sino en esa forma de habitar el deporte que combina exigencia y disfrute, competencia y familia, pasado y presente.

Porque María Olivero no solo fue —y es— una de las mejores. También es alguien que aprendió, con el tiempo, a jugar de otra manera.

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