De Ayer a Hoy
Se jubila el mejor profesor que podía tener el ingresante a la universidad
Si bien el propio protagonista lo niega, sus décadas enseñando matemática al más alto nivel lo avalan. Marcelo Cabrera se retira de las aulas. “Es hora de dejar el lugar a los que vienen atrás”, se sinceró.
Por Leandro Grecco
Facebook: Leandro Carlos Grecco / Instagram: @leandro.grecco / X: @leandrogrecco
El rol de la docencia en los tiempos que corren asume una vital importancia para las futuras generaciones. Pese a ello, las contingencias del transcurrir de los años han ido mutando en relación a la preponderancia que se asume al pararse al frente del aula integrada por, al menos, 30 alumnos con sus realidades diversas.
Existe un profesor que supo ganar el reconocimiento de sus pares por elevar la vara, dotar a quienes ingresaban al nivel superior de educación de todas las herramientas necesarias para un tránsito placentero por las primeras materias de cada carrera universitaria. En la sección “De Ayer A Hoy” de LA BRÚJULA 24 dialogamos con un hombre que entregó todo lo que estaba a su alcance por formar a los jóvenes y ahora se jubila.

Marcelo Cabrera vuelve una y otra vez al punto de partida: Ingeniero White. Allí nació, creció y vivió hasta los 22 años, en una familia chica, sencilla y muy marcada por la educación y el trabajo. “Viví allí hasta los 22 años”, dice, como si esa frase alcanzara para abrir una puerta a todo lo que vendrá después.
Su infancia transcurrió rodeado de su entorno familiar más cercano y los seres queridos que lo rodearon. A modo de recuerdo, aclara: “Mi papá trabajaba en Entel y mi mamá fue maestra en muchos establecimientos, no solo de la localidad de la que soy oriundo como es el caso de las escuelas N° 15 o 13, sino también en Bahía, tanto en la 2 y como en la 7”.
Los primeros recuerdos familiares vienen acompañados de una aclaración: el carnicero del pueblo no era su padre: “Quien tenía ese oficio era Hugo, mi tío”. En tal sentido añade que la vida del hogar era tranquila: “Mi hermana era cuatro años menor”, explica y cuando le preguntan qué evoca sobre ella, mezcla tiempos, risas y un detalle no menor que la identifica y diferencia de él: “Ella es profesora en Letras”.

La entrevista avanza hacia los lugares que marcaron sus mudanzas. Su derrotero infantil y adolescente fue una especie de mapa barrial: “Hasta los 8 años viví en una casa ubicada en calle Guillermo Brown. Después en Avenente al 3700 hasta los 16, y hasta los 22 en calle Mascarello, cuando se hicieron su propio domicilio mis papás”.
Aquella época, rodeada de aires portuarios, se cerró cuando toda la familia decidió emigrar a la ciudad en la que hoy está radicado: “Nos vinimos todos porque ya habíamos empezado a trabajar acá”.
La formación, en su caso, fue una rareza itinerante que solo puede explicarse desde el oficio de su madre. “Tengo una historia rara de las escuelas”, reconoce. “Entre primero inferior y primero superior fui a cinco o seis escuelas porque mi mamá era suplente. Se hacía cargo de unas horas durante dos meses en tal escuela y me llevaba con ella”.

Así fue rotando “de la 3 de Bahía a la 47 de Villa Serra, a la 15 de White”. Entre tercero y séptimo grado cursó en la 68, “la que era nacional”, en un edificio que recuerda como “una escuela que creo que era la casa de una familia, muy grande, con aulas que daban al patio del Club Deportivo Whitense”.
La secundaria la cursó íntegramente en el mismo lugar: “Transcurrieron los cinco años en el Colegio Belgrano”. Fuera del aula, practicó básquet como su actividad extracurricular: “Jugaba en Whitense”, cuenta.
Pese a ello aunque aclara “no fui de los aviones azules (mítico plantel de la institución de calle Lautaro) porque era más chico”, sostiene sin dudar que tampoco se destacó demasiado en el deporte. “Tuve una infancia espectacular, una adolescencia fantástica. Mejor imposible”, graficó.

La vocación, sin embargo, no estaba tan clara. “Yo quería ser arquitecto”, confiesa. “Como después le pasó a mi hijo, aquello fue un déjà vu de lo que luego fue la historia que le tocó vivir a él”. La carrera no existía en Bahía y Marcelo no viajó a Buenos Aires; entonces probó con ingeniería civil. “Con muchísimo esfuerzo”, subraya, porque el nivel de matemática que traía como base del colegio al que fui era desastroso. Muy bueno en la parte humana, pero en la parte exacta, no estaba a la altura”.
Intentó rendir el examen de ingreso, pero fracasó. En ese sistema no había recuperatorios y las vacantes eran limitadas: “Si salías mal, volvías el año que viene”. Su constancia lo llevó a volver a intentarlo.
Un día se enteró de una suerte de atajo que le simplificaría el proceso: “Los que egresaban de escuelas medias dependientes de la universidad no tenían admisión ni cupos”. Hizo 6° año en esa institución y se recibió en la Escuela Normal: “Entré por izquierda”, bromeó.

La Ingeniería en su vida duró algunos años más, hasta que descubrió que su camino era otro. Ese giro inesperado llegó desde la propia casa. “Mi mamá daba clases de ingreso al Ciclo Básico. Resulta que una maestra que daba matemáticas dejó el cargo, y me dice: ‘¿Querés dar vos esa asignatura?’”.
La respuesta era simple porque estaba necesitando ganar unos pesos, pero lo que encontró fue algo mayor. “Me gustó tanto que dije: esto es lo que tengo que hacer, debo encararlo en firme. No tengo que ser ingeniero civil, tengo que ser docente”.
Para entrar rápido al sistema se pasó a Agrimensura: “Fue una estrategia para anotarme en el listado y dar clases”. En el camino, su esposa lo convenció del próximo paso: “Realicé el Profesorado de Matemática en el Juan XXIII y ahí terminé”.

Incluso antes de recibirse, ya estaba frente a un aula: “Entré en el Don Bosco dos años antes de concluir mi formación”, rememoró. Todo ocurrió por casualidad: “Conocí al regente en un cumpleaños y me ofreció trabajar.
El 30 de octubre de 1990 llegó a mi casa a las 11 de la noche y me dice: ‘Si querés trabajar en el Don Bosco, es tu momento, pero empezás mañana’”. Su debut docente fue abrupto: “Al otro día fui sin nada. Una carpeta sin hojas, totalmente crudo”, repasó sin amilanarse en lo más mínimo.
Pero lo más duro, al menos en apariencia y visto a la distancia, estaba dentro del aula: “Era un curso de 45 varones. Y yo nunca me había parado frente a una clase. Ni siquiera había hecho las prácticas”. Sin embargo, ahí estaba. “Fue shockeante. No sabía cómo era dar clases. Me gustaba, pero no sabía cómo era”.

Con el paso del tiempo, Cabrera se ganó el prestigio entre las generaciones de estudiantes. Muchos afirman que quienes asistían a sus clases en quinto año empezaban la universidad con una inobjetable ventaja. Él desmantela ese mito: “No es así. Yo preferiría que fuese así porque mi autoestima estaría elevadísima, pero no es así”.
Marcelo no se cansa de explicar que los chicos aprendían no por él, sino por ellos mismos: “Vos aprendiste porque te preocupaste, buscaste las cosas, participaste en clase, estudiaste en tu casa. Yo simplemente fui el nexo”.
La anécdota de su carrera tiene nombre y apellido: Martín Di Federico, a quien define como un alumno prodigio. “Era de otro planeta, de una inteligencia superior. Entendía lo que al resto le llevaba dos horas, lo captaba al instante”. El desafío como docente era contenerlo: “Le pedía: ‘esperá, los demás están en proceso’. Él ya se proyectaba al paso siguiente”.

Incluso, el entrevistado recordó con una sonrisa aquella evaluación de integrales (concepto fundamental del cálculo que representa la suma de infinitas partes infinitesimales para alcanzar un total) en la que puso sólo los resultados: “Yo sabía que él hacía ese proceso de memoria, sin método. Le bajé un punto en cada una. Se enojó. Me decía: ‘¿De quién me voy a copiar?’”.
Después llegaron los últimos años en la docencia y, finalmente, la jubilación, trámite que acaba de salir hace apenas una semana. “Es un tratamiento que no merece vivir una persona que trabajó tanto”, afirma respecto de lo burocrático del proceso. “No sé por qué complican ahora esta gestión”. Su esposa, también docente, la obtuvo mucho antes.
Cuando se le pregunta si va a extrañar, fue categórico: “No. Es hora de dejar el lugar a los que vienen atrás”. Y explica que la empatía se volvió virtualmente imposible: “Es muy difícil con los padres, con los chicos, con todo. Ya hice el esfuerzo durante muchos años”.

Cabrera observa el sistema educativo actual con suma preocupación: “Es remar contra la corriente”, dice, y aunque admite que el Colegio Don Bosco quizás sea distinto en algunas cuestiones, el panorama general lo excede: “Hoy es lo mismo en cualquier establecimiento”.
Lo que más le impacta es la caída del hábito de estudio: “Antes había diferencia entre los chicos que venían desde otros pueblos y los de Bahía. Ahora están igualados, se ha emparejado, pero lamentablemente para abajo”.
No obstante, añade que incluso entre los mejores, como los de la Escuela de Comercio, se nota la merma en la cultura del esfuerzo: “Los chicos de la región no están acostumbrados a estudiar varias horas. Les parece una locura”.

Aun así, la mirada final es la de alguien que dedicó su vida a enseñar y que conoce, mejor que nadie, la ecuación fundamental de todo aprendizaje: “La educación siempre es de a dos. Si el alumno no tiene ganas de aprender, por más que hagas lo que hagas, no hay forma de cumplir el cometido”.
Con estilo particular, buscando exprimir al máximo las posibilidades de ampliar los saberes de quienes, tal vez, por la corta edad no demandan, pero que al momento de toparse con la realidad de un nivel académico elevado, agradecen infinitamente los contenidos adquiridos. Si tan solo uno de los que fueron bendecidos por sus clases intenta emularlo, el objetivo estará cumplido con creces.

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