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Por qué dormimos mal los domingos y odiamos los lunes

Qué pasa cuando el fin de semana nos relajamos tanto, que la vuelta a la rutina se torna dificultosa.

La escena es familiar en muchas oficinas: llega el lunes y Paula arrastra los pies, maldiciendo el inicio de una nueva semana laboral. Sus compañeros no se sorprenden: la imagen se repite sin falta cada siete días, como una coreografía automática. "A mí me pasa igual", comenta uno; "mi hermana se pone mal cada domingo a la noche", agrega otro. El sentimiento es generalizado: la transición del fin de semana a la rutina laboral genera una resistencia emocional y física que parece imposible de evitar.

Detrás de este fenómeno cotidiano hay razones biológicas concretas. El cronobiólogo español Juan Antonio Madrid explica que durante el fin de semana, al desaparecer la presión del despertador, el cuerpo recupera algo del sueño perdido. Además, las actividades sociales suelen retrasar la hora de acostarse, lo que también modifica el horario de despertar. Sin embargo, este desajuste —aunque parezca inofensivo— altera el reloj biológico, generando un efecto similar al del jet lag tras un viaje: somnolencia, irritabilidad y bajo rendimiento. A esto se lo conoce como jet lag social.

Este desfasaje no solo afecta a los adolescentes tras noches de fiesta: basta con dormir dos o tres horas más el fin de semana para que nuestro cuerpo lo sienta. Los estudios demuestran que este patrón crónico puede tener consecuencias serias en la salud, como inflamación, deterioro cognitivo, trastornos del ánimo y problemas metabólicos. Según Madrid, muchas veces este cansancio refleja una deuda de sueño acumulada durante la semana. Y es ahí cuando el insomnio de los domingos cobra protagonismo, alimentado por preocupaciones, rumiaciones y ansiedad ante las obligaciones del lunes.

Más allá de lo biológico, el malestar de los lunes también tiene una raíz psíquica. El psicoanalista Iván Chausovsky señala que el quiebre abrupto entre el ocio del fin de semana y la rutina laboral deja al descubierto vidas excesivamente divididas entre placer y obligación. Propone preguntarse si es posible reconfigurar esas rutinas, inscribir lo propio en lo impuesto, jugar en el trabajo o tomarse con seriedad los tiempos de descanso. “Pareciera que los pocos ratos libres que tenemos nos los arruinamos anticipando el estrés”, reflexiona. La clave, sugiere, podría estar en generar nuestra propia “magia individual”.

Para aliviar los efectos del jet lag social, Madrid recomienda algunas prácticas simples: no dormir mucho más que en días laborales, optar por una siesta corta en lugar de prolongar la mañana en la cama, exponerse a la luz natural por la mañana y evitar pantallas brillantes por la noche. También aconseja cuidar la higiene del sueño: evitar cafeína y alcohol de noche, mantener horarios regulares y acostarse antes el domingo. Pequeños gestos que pueden hacer una gran diferencia para que los lunes no sean tan cuesta arriba.

Con información de Clarín

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