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DE AYER A HOY

Juan Carlos Hernández, un hombre que revolucionó los supermercados

Su vital injerencia en la empresa familiar que creció hasta ser un ícono en los 90. El abrupto final del emprendimiento. “Cerrar me causó tanta tristeza como alivio”, describió. Y su amor por el Club Villa Mitre.

Por Leandro Grecco
Facebook: Leandro Carlos Grecco/Instagram: @leandro.grecco/Twitter: @leandrogrecco

Juan Carlos fue un visionario al jugar un papel crucial en la transformación de una modesta fiambrería familiar de barrio en uno de los autoservicios más exitosos de la ciudad. Con una combinación de dedicación, esfuerzo y estrategias innovadoras, logró expandir el negocio durante dos décadas, al cual convirtió en un referente en el sector minorista. 

Su capacidad para adaptarse a la necesidad del mercado y su enfoque en la satisfacción del cliente fueron clave para el crecimiento y la prosperidad de su empresa. Sin embargo, después de años de expansión y éxito, Juan Carlos enfrentó desafíos económicos y financieros que resultaron ser insuperables. Las dificultades económicas, sumadas a una serie de decisiones financieras desafortunadas, llevaron al inevitable cierre de sus dos supermercados. 

Este golpe fue devastador, no solo desde un punto de vista empresarial, sino también personal, ya que implicaba el fin de un sueño que había construido con tanto esfuerzo y dedicación. Pese a los reveses en su carrera empresarial, siempre mantuvo un equilibrio entre su trabajo y su pasión por el club Villa Mitre, al cual apoyó incondicionalmente. Dedicó una gran parte de su tiempo y recursos al club, demostrando su amor y compromiso con la comunidad. Juan Carlos Hernández le contó “en qué anda” a La Brújula 24.

“Soy nacido, criado en Villa Mitre y moriré acá. Llegué al mundo el Remedios de Escalada 203, un lugar que luego iba a ser mi segunda casa porque se convertiría en mi medio de vida. En 1932, mis padres abrieron una despensa adelante y nuestro domicilio estaba en la parte trasera”, repasó Hernández, al inicio de su testimonio.

Acomodándose en el sillón de su casa, amplió aquella semblanza: “Quince años después nací yo, el menor de cuatro hermanos, fui a la Escuela Nº 16, cuando el edificio ya se había mudado a calle Maipú al 1600, después de funcionar en Falucho y XX de Septiembre. La secundaria la cursé en la Escuela de Comercio, hoy se la conoce como Ciclo Básico, en 11 de Abril 445”.

“Fue mi padre el que siempre me inculcó que estudie, que me forme y cultive, por eso, siguiendo su consejo, empecé la Universidad, haciendo algunas materias de la carrera de Contador, pero evidentemente no me daba la cabeza para tanto. Además, en ese entonces ya colaboraba con la empresa familiar, que iba creciendo a pasos agigantados”, sentenció, empezando a soltarse ante las preguntas de este cronista 

Y lanzó: “En paralelo, también germinaba en mí, ya desde niño, el amor incondicional por el club Villa Mitre. Mi pasión era el fútbol, pero ‘Chin’ Bermejo detectó que no tenía condiciones y me invitó a dejar la práctica activa, malogrando mi sueño de ser jugador. Esa situación no me frustró de ninguna manera, el sentimiento por los colores era más fuerte”.

“Busqué la forma de seguir vinculado a la institución, colaborando en todo lo que se pueda, convirtiéndome en la actualidad en vitalicio, por ser socio desde 1959. Vi el verdadero crecimiento del club, de aquel piso de tierra, hasta la llegada de un gran dirigente como el Capitán Martínez, pasando por los logros deportivos hasta lo que hoy es una infraestructura de primer nivel”, comentó, en otro segmento del ida y vuelta.

Se mimetizó tanto con el “tricolor” que nunca más pudo despegarse de él: “Formé parte de prácticamente todas las subcomisiones de cada una de las diferentes disciplinas que se practicaban en la institución, repartiendo el tiempo de mi pasión con la tarea laboral que cada vez era más grande y se hizo aún mayor cuando mi papá falleció siendo muy joven, allá por 1973”. 

“Con mi hermana Hilda nos hicimos cargo del negocio, que para ese entonces era esencialmente una fiambrería. Cuando me preguntan cuál fue la clave del boom posterior del comercio respondo que nos especializamos en ofrecer calidad, quizás los precios no eran los más bajos del mercado, pero es a lo que el cliente siempre le dio valor”, recalcó con firmeza.

Consultado respecto a esa frenética expansión en cuanto a la rentabilidad, comentó que “esa explosión nos llevó a convertirnos en un autoservicio grande para la época, en tiempos en los que no abundaban locales de esa envergadura, en especial en el barrio. Notamos que la gente llegaba desde distintos sectores de Bahía y ese era un indicio de que algo grande se estaba gestando”. 

“Fueron varios años de bonanza, hasta que empezaron a llegar las grandes bocas de expendio como el caso de Disco y la Cooperativa Obrera iba abriendo nuevas sucursales. Corría el comienzo del siglo y las penurias financieras se acumularon en las espaldas del supermercado, hasta que en 2004 se hizo insostenible la situación y lo terminé alquilando”, lamentó Hernández.

Sin embargo, las carencias se iban a profundizar: “Nuestro contexto económico no mejoró y primero lo achiqué, para luego vender una de las partes del local. Casualmente, días atrás hablé con el encargado actual de la Coope, donde ahora voy a comprar habitualmente, y ambos coincidimos que llegué a ser una competencia para ellos, algo impensado en la actualidad”.

“Eso se extendió durante un buen lapso, aguantamos hasta donde pudimos, pero en un momento no quedó otra que decir ‘basta’. Habíamos resistido al Rodrigazo, a la Hiperinflación, pero esa última crisis nos terminó de liquidar por completo, llevándonos a un final que uno nunca hubiese querido”, evocó con un dejo de tristeza. 

Pese a los ingentes esfuerzos por sostener el emprendimiento, no alcanzó: “Llegamos a abrir una sucursal del Supermercado Hernández en Corrientes 1132, donde estaba la Compañía de Comercialización. Y en ese momento, entre los dos autoservicios teníamos 40 empleados, con perspectivas de poder expandirnos con un salón más en Rosendo López, algo que luego no sucedió”.

“Es un rubro en el que hay que trabajar mucho, saber tratar a la gente, sean proveedores, empleados o clientes. Hubo una chica que fue parte de nuestro staff durante 32 años que no faltó un solo día y lo que más rescato es que me encuentro con personas que fueron parte de la empresa y me saludan con cariño. Eso implica que algo bien hemos hecho”, infirió, a modo de consuelo.

Al describir sus sensaciones ante dicho contexto, Juan Carlos explicó que “la decisión de dar un paso al costado me dolió mucho, le pedí perdón a mis seres queridos, pero no me quedó otra opción. A la vez sentí cierto alivio porque me permitió llegar a la edad de jubilarme sin esa carga, teniendo en cuenta que soy una persona mayor para lidiar con semejante responsabilidad”.

“Si bien como familia habíamos construido una casa en el Patagonia, era todo un engorro tener que ir y venir cada día, mañana y noche, desde aquel barrio, por lo que en 1990 nos mudamos a nuestro domicilio actual, enfrente al edificio en el que se encontraba el autoservicio, una decisión de las más acertadas de mi vida”, resumió, promediando la entretenida charla.

En otro rapto de sinceridad, afirmó que “los primeros momentos sin el negocio se extrañaba mucho la rutina, era un lugar que estaba muy arraigado en mi historia personal. Trato de ser coherente al entender que, si logré que el supermercado tenga un vuelo enorme, ese fue mérito mío, pero también me atribuyo toda la culpa de no haber podido darle continuidad”.

“De lo que no me arrepiento es de haber colaborado con todos los que pude, cada vez que estaba a mi alcance tender una mano. Siento una indescriptible emoción cuando la gente me frena por la calle y me comenta que aún conserva como recuerdo una bolsa camiseta de Hernández”, concluyó visiblemente emocionado.

Hoy, ya jubilado, Juan Carlos mira hacia atrás con gratitud, reconociendo los logros y las lecciones aprendidas a lo largo de su vida. A pesar de los golpes sufridos, se siente agradecido por las experiencias vividas y el apoyo de su familia y amigos, reflejando una actitud resiliente y optimista.

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