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DE AYER A HOY

Hugo Pallottini, un apasionado que hizo de la cámara una parte más de su cuerpo

Los inicios del pionero en la realización audiovisual. La inventiva para crear historias en videos de cumpleaños de 15. La experiencia haciendo un programa de TV inclusivo: “Siempre repito que el que no vive para servir, no sirve para vivir”.

Por Leandro Grecco
Facebook: Leandro Carlos Grecco/Instagram: @leandro.grecco/Twitter: @leandrogrecco

Cuánto vale despertar cada mañana con el mismo ímpetu de los años mozos. Cuando la energía y la salud acompañan, solo queda trazar un rumbo para que vivir no sea una carga, más allá de las preocupaciones lógicas e inevitables que cualquiera de nosotros puede transitar. Hacer de cada experiencia un aprendizaje es, tal vez, la premisa más difícil de alcanzar. Hoy, en La Brújula 24, el protagonista de esta sección es un claro ejemplo en tal sentido.

Hugo Pallottini no planificó su destino, al menos hasta entrada la adolescencia cuando de forma casi circunstancial se encontró con un oficio que abrazó bien fuerte hasta hacerlo propio. Es de esas personas que encuentran a la vuelta de la esquina un sendero por el cual transitar, una suerte de chaleco salvavidas que no solo lo mantuvo a flote, sino que también le dio las herramientas para hacer de su emprendimiento, un concepto innovador y familiar.

En Bahía Blanca, “Cacho” es una marca registrada. Captó con su lente cientos de eventos sociales, transformando instantes únicos e inolvidables en una huella indeleble en formato audiovisual. Además, incursionó en TV con un producto en el cual demostró que la discapacidad no es un escollo. Por detrás de ese dossier, un personaje querible y querido, que tuvo en el seno de su crianza la plataforma para interpretar el verdadero motivo por el cual no caer en el tedio de la rutina.

“No solo que nací en Bahía, sino que mi mamá me tuvo en nuestra propia casa. Eran tiempos donde los abuelos tenían temor que las criaturas llegaran al mundo en el hospital por miedo a que cambiaran el bebé, en mi caso quizás hubiese sido un buen negocio (risas). Tengo una hermana, siete años menor. Mi papá era el titular de una estación de servicio muy famosa en su momento, estaba ubicada en Don Bosco y Juan Molina”, expresó un animado Pallottini, al momento de describir su raíz genealógica.

Asimismo, sostuvo que “la niñez transcurrió en ese sector del barrio Noroeste, incluso dando una mano desde chico en el negocio familiar. A los siete años, como era medio inquieto y en el afán de enseñarme la cultura del trabajo, me compraron un cajón de zapatos para lustrárselos a los clientes. Así me empezaba a ganar mis primeras monedas. Con los años pasé a engrasar y lavar vehículos, para luego estar a cargo de la gomería de la estación”.

“En paralelo, durante los ratos libres que no eran pocos me hacía un tiempo para jugar con mis amigos, con los cuales nos juntábamos a patear la pelota, en tiempos donde solo había calles de tierra y a la noche pasábamos un rato bajo el farol con los chicos, eran otras épocas. Como alumno, si bien tenía cierta facilidad, era medio vago. Hice primero inferior y superior en la Escuela Nº 22, la cual aún sigue estando en Almafuerte, entre Bravard y Charlone”, consideró, mientras se disponía a degustar un café.

El raid educativo iba a contener otras instituciones: “Luego, pasé por el Colegio Don Bosco porque mi mamá quería que asistiera a un establecimiento religioso. También estuve dos años porque en tercer grado, estando en un aula del segundo piso, le saqué los anteojos a mi compañero de banco y se los tiré por la ventana (risas). Luego, ese chico se convirtió en sacerdote, de apellido Tirabasso. A fin de ese año, le informaron a mi madre que no había banco disponible. Continué en la Escuela Nº 3, donde terminé la primaria. La secundaria la cursé en el Colegio Industrial, hasta tercer año, finalizando los últimos dos en el Goyena”.

“Paralelamente, jugaba al básquet en Olimpo, donde me pude dar el lujo de disputar un único partido en Primera División con solo 15 años. Casi todos salieron por cinco faltas y me tocó entrar en un equipo en el que estaba (“Lito”) Fruet, (Jorge) Cortondo, (“Polo”) De Lizaso y (Alfredo) Monachesi”, evocó con nostalgia

Pallottini dio un gran paso siendo un adolescente: “Me casé muy joven, con apenas 17 años y mi esposa tenía 14. Actualmente seguimos juntos, pese a que, por nuestra juventud, los pronósticos iniciales del entorno no eran muy alentadores, no daban ni cinco centavos por esa relación. Corría el año 1974 y nos fuimos de viaje de bodas a Bariloche. Un amigo me prestó una filmadora Super 8 para registrar momentos de aquel viaje y ese fue mi primer contacto directo con el mundo audiovisual. Inmediatamente me picó el bichito y detecté que era algo que me gustaba mucho”.

“Fui autodidacta, siempre tuve mucha memoria visual que me ayudó a conectar con la actividad que luego se convertiría en mi medio de vida. Después de la estación de servicio, trabajé en Vialidad Nacional y luego me dediqué a la venta de autos, recién allí aparece la filmación en mi vida. Mi hermana se estaba por casar, se me ocurrió regalarle el video de la boda y consulté precios. Noté que comprarme una cámara salía apenas más caro que contratar el servicio”, agregó, en referencia a la inquietud que se apoderó de todo su ser.

Llegó el día que iba a marcar el GPS de lo sucesivo: “Fui a Buenos Aires por el tema de un vehículo que tenía que comprar, encontré una cámara y filmé el casamiento. Un amigo de ellos vio el material, le gustó, me contrató y se hizo una bola de nieve gracias al boca a boca. Siempre quise innovar, probar cosas distintas, por eso a mediados de la década del 80 empecé a hacer videos de 15 años en los que intentaba contar historias. Insertaba a las chicas dentro de los dibujos animados o el concierto de una banda musical”.

“Por ejemplo, tomaba la imagen de la cumpleañera al lado de Luis Miguel y eso fue algo innovador en la ciudad. Con el tiempo me fui animando a armar pequeños guiones policiales con las chicas, donde la cumpleañera hacía las veces de personaje importante, era secuestrada y a los amigos les pedían rescate para liberarla”, exclamó con orgullo y decisión.

La avalancha de clientes lo puso a prueba: “El récord que he tenido en un mismo fin de semana fue de 18 fiestas, junto con un equipo compuesto por otras cuatro personas y eventualmente contratábamos a algún colega. Se trabajaba de manera muy artesanal, con videocasete, donde si cometías un error con la cinta tenías que comenzar desde cero”.

“Es una actividad muy sacrificada, en especial en aquellos tiempos, porque en la semana me levantaba a las 5 de la mañana para compaginar y eran las 11 de la noche y todavía seguía produciendo. No podía dejar trabajos pendientes de entrega porque de lo contrario se me acumulaba con los siguientes servicios contratados. Cumplir con la fecha de entrega del material es algo innegociable para mí”, aseguró, mientras repasaba mentalmente la infinidad de historias que recogió en tantos años.

Una de ellas se reduce a la siguiente anécdota laboral: “Recuerdo que en una oportunidad me tocó hacer un programa de rock en un canal de cable y, a modo de efectos especiales, el conductor se paraba detrás de un papel de color verde que se prendía fuego. Así, el videoclip se esfumaba con ese incendio controlado y daba una sensación muy particular”.

“En la década del 80, no se estilaba filmar deportes, más allá de alguna transmisión en vivo. Empecé registrando con mi cámara los partidos de Pacífico de menores, donde jugaban mis hijos. Luego cuando venía algún entrenador que traía la Asociación Bahiense de Básquet, filmaba la clínica que dictaba. Una vez vino la Selección Argentina a Bahía Blanca, con (Alberto) Finguer como técnico, y tuve a mi cargo los videos de los movimientos específicos de algunos jugadores. Incluso, con imágenes en cámara lenta, algo que era revolucionario para la época. Después, eso mismo lo pude diversificar con el fútbol y el hockey”, añadió.

Pallottini cuenta con un estribo sólido y de su misma sangre: “Desde un primer momento, mis dos hijos abrazaron esta profesión, jamás les impuse como un mandato familiar que abracen la pasión por lo audiovisual. Llevamos décadas en el día a día laboral y jamás tuvimos una diferencia. En mi caso, me considero alguien muy abierto, pero al mismo tiempo cuando tiro una idea, tanto Eddie como Baltazar saben que por algo es”.

“Se ha modernizado tanto todo, que a mí me cuesta adaptarme a la inmediatez de lo que se consume hoy. Estoy más acostumbrado a contar historias y, mi hijo Baltazar, es un genio en eso de compaginar imágenes en un material de no más de cuatro minutos, en ese tipo de videos que no sigue una línea de tiempo, sino que va hacia atrás y adelante sin perder el hilo”, relató Hugo.

Llamativamente, admitió una postura ante la vida que pocos conocen: “Parece una paradoja, pero dejando de lado lo que he mirado estos últimos años en Netflix, la última película que vi en el cine fue Tiburón. No obstante, cuando miramos TV en casa, mi esposa me dice que yo presto atención a cuestiones vinculadas con el plano de una cámara o los equipamientos por sobre el contenido del material periodístico. Sin dudas, la tecnología no mata a la creatividad”.

“Mi vida es sentarme en mi casa frente a la computadora, almorzar y seguir entregándole horas al oficio, porque cuando no tengo nada para editar, estudio y miro nuevas alternativas que se convierten en tendencia. Hoy estoy tratando de aprender cómo se generan contenidos audiovisuales en fiestas electrónicas porque contamos con las pantallas gigantes que abren un abanico de posibilidades”, explicó, al momento de graficar cómo planifica su porvenir.

Y reflejó: “A eso hay que sumarle la aparición del dron, que también lo entendemos como una herramienta ideal para el periodismo. Cuando hacía ese trabajo, me gustaba llegar al lugar de los hechos con la cámara encendida para que, cuando me decían que no se podía tomar imágenes, yo ya las tenía. El dron te permite llegar a lugares inaccesibles. Un ejemplo de ello se dio en la última internación de (Diego) Maradona, me tocó hacer todo el seguimiento desde la clínica a su casa para la señal de noticias TN, pudiendo captar hasta el que era su último domicilio en el barrio privado”.

“Con Javier Barbieri generamos un vínculo hermoso, a tal punto que el programa de TV lo sigue haciendo con mi hijo mayor. Cuando lo conocí, él hacía un programa enfocado en la temática de la discapacidad. Sin embargo, logré que la propuesta sea más abarcativa, como si lo hiciera cualquier periodista. Conseguimos entrevistar a los más destacados artistas, deportistas y presidentes de la Nación”, contó, en referencia a uno de los desafíos que más lo colmó profesionalmente.

Hasta se dio un verdadero lujo: “Javier llegó a hacer una nota con la dueña del Paris Saint Germain, cuando vino a Bahía Blanca en ocasión de un evento de Dreyfus, empresa de la cual también es la principal accionista. Ella no le daba ningún mano a mano a nadie, pero nos vio entrevistando a Mauricio Macri, que lo chicaneaba con el hecho de si era hincha de Boca o de River. Le pregunté a un custodio de esta mujer si podíamos llegar hasta ella, sabiendo que me daba cierto plus el hecho de estar acompañado de un chico con discapacidad”.

“Me aclararon que no daba nota a nadie en el mundo. Incluso, durante esa visita a Argentina la habían intentado convencer los principales periodistas del país y no lo lograron. La mujer nos ve y nos da el OK, los guardias nos querían echar, pero pudimos llegar hasta ella, que no hablaba español, razón por la cual se sumó un traductor. Con Javier le hicimos las preguntas y quedó un reportaje espectacular”, refirió, recordando el desparpajo de una dupla que no conocía de imposibles.

Al epílogo, se concentró en una mirada más espiritual de sí mismo: “Hay algo que se llama pasión y cuando eso se transmite a la labor diaria, el trabajo deja de ser una carga, sumado al combustible que implican mis nietos. Una de ellas está con el plantel de Las Leoncitas (selección juvenil de hockey femenino sobre césped), se llama Yasmín, es arquera y hace algunas horas representó al país en Barbados, donde disputó la final del Panamericano”.

“Mis otros dos nietos son Franco, que juega al fútbol en la Primera de la Liga del Sur para Pacífico de Cabildo y Tomás que es basquetbolista en Argentino, todos deportistas y muy buenos chicos. Soy una persona que entiende la importancia de colaborar en lo que se pueda. Mi lema en la vida es: el que no vive para servir, no sirve para vivir”, concluyó.

Pallottini es de aquellas personas a las que cuesta imaginarlas enojadas, alzando su voz. Tal vez, su temperamento sea propiedad exclusiva de su círculo más íntimo porque, como todos, el carácter aflora de alguna ú otra manera. Lo que sí está claro es que alcanza con un simple café, una charla de 30 minutos, para detectar su don de gente, su bonhomía y las múltiples razones por las cuales se ganó el respeto en un ambiente que puede ser hostil. Su vigencia explica por qué propios y extraños lo valoran. Un capital único que él supo usufructuar.

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