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DE AYER A HOY

Aloma Sartor, la mujer que une los saberes técnicos con su vocación política

Se aferró al estudio pese a convertirse en madre joven. Sus años como concejal. Por qué rechazó un cargo en 2015. Y un duro recuerdo: “El atentado en casa de mi hija fue difícil de asimilar”.

Por Leandro Grecco
lgre[email protected] – Instagram: @leandro.grecco – Twitter: @leandrogrecco

La transformación de la realidad, con aportes concretos, sean individuales o colectivos, son tan necesarios como la adaptación a los cambios que imponen los tiempos. Claro que la búsqueda de consensos se ha convertido en un desafío casi comparable como escalar el pico más alto del mundo, por el nivel de crispación e irracionalidad que invade a la sociedad, en especial a quienes tienen mayores responsabilidades.

Esa batalla la libró (y aún lo sigue haciendo) Aloma Sartor. Una dirigente que hizo base en su desempeño dentro del ámbito académico y trasladó esos saberes a una impronta en la que el sentido común y la sensibilidad se combinaban con esos conocimientos. En La Brújula 24, hizo una introspección hacia el pasado, se detuvo en analizar el presente y miró en perspectiva el futuro. Un ida y vuelta que la describe tal como es, una mujer simple y emprendedora.

“Nací hace 64 años. Soy oriunda de Ingeniero Jacobacci, en el sur de la provincia de Río Negro, a unos 200 kilómetros de Bariloche. Allí vivían mis papás, él falleció hace 20 días con 94 años, tenía una casa de repuestos y su taller mecánico. Ella murió hace mucho más tiempo y fue ama de casa, pese a que había tenido la posibilidad de terminar el secundario. Ambos, hijos de inmigrantes y en el caso particular de mi padre, se podría decir que participó prácticamente en el armado del pueblo, estuvo vinculado con la creación de la Cooperativa de Agua, el Aeroclub y escuelas”, precisó Aloma, desde el living de su domicilio, donde una computadora y una libreta con anotaciones resaltan sobre la mesa donde apoya sus brazos y se relaja para repasar su historia.

En simultáneo, se adentró en los rasgos de su personalidad y un aspecto distintivo que la convierte prácticamente en única, al menos en la ciudad: “Creo que heredé de él su mirada de lo público y el hecho de involucrarse, jamás lo escuché hablar de un negocio para ganar más dinero. Eso es algo que también influyó mucho en la formación de mi personalidad. La paradoja es que mis dos abuelos vinieron juntos desde Italia, cuando tenían 18 y 16 años, en el mismo barco. Cuando llegaron acá se separaron, al tiempo sus hijos mayores se casaron. Soy mamá de tres hijas. Debo admitir que mi nombre no es de los más comunes, tampoco el de mi hermana menor que se llama Idelma y está viviendo en Jacobacci”.

“En el caso del mío, mi mamá me puso Aloma por una película, ella sabía que cuando tuviera una hija la iba a bautizar así. Luego de mucho buscar, encontramos una calle en Estados Unidos con mi nombre, que en algún libro había un personaje que se llamaba como yo. La vida de pueblo implica estar rodeada de muchos amigos, muy tranquila, con una educación escolar en la que al ser un lugar tan chico no éramos anónimos, se daba un vínculo de cercanía entre los habitantes, algo que se está perdiendo. Ya sobre el final de mi adolescencia vine a Bahía, ciudad en la que me radiqué definitivamente, en ese entonces para iniciar mi recorrido universitario”, describió, sobre ese primer gran giro en su destino.

Su familia se la hizo fácil, tanto que la alentó a armar las valijas: “Mis padres estaban convencidos que tenía que hacer una carrera de grado, pero tenían la certeza de que no debía ser en Buenos Aires y en Neuquén tampoco en aquel entonces había una oferta académica seductora. Hice varios test vocacionales en General Roca en los que el resultado indicaba mi inclinación por Filosofía o Ingeniería, dos ramas que parecen muy ajenas una con la otra pero que la vida con el tiempo las unió. Terminé viviendo en Zapiola al 900, la casa de una mujer viuda que había mandado a su hijo a estudiar a La Plata, entonces me alquilaba la habitación y me cobraba la comida, con ese dinero podía costear los gastos de él”.

“Comencé Ingeniería Civil en la UNS hasta la mitad de la carrera, fui mamá, me casé y fui rindiendo algunas materias mientras pude porque luego vinieron mis otras dos hijas. Hasta que una vez que la más chica cumplió cuatro años, me pasé a la UTN, donde podía organizar mejor mis horarios y, a mi ritmo pude lograr recibirme en 1990 en Ingeniería en Construcciones. Fueron períodos en los que no podía trabajar porque me dedicaba a criar a las niñas y en los tiempos libres a estudiar, en consecuencia, el sostén económico de la familia era mi ex marido”, advirtió, a sabiendas de que se estaba preparando para iniciar un trayecto cargado de desafíos.

Sartor rememoró que “mi primer empleo lo logré a fines de los 80, una beca que fue muy importante porque era un programa nacional en el que se investigaba sobre las tecnologías que pudieran ser apropiables por la comunidad. Pusimos el foco en Villa Sapito que estaba en el Club de Golf, un trabajo muy interesante y de mucho aprendizaje. Viví como estudiante buena parte del proceso militar, a punto tal que donde vivía escuchaba los disparos por las noches y no entendía mucho porque no llegaba ni a los 18 años y venía de un pueblo”.

“Lo único que me decían era que me cuidara y tratara de evitar las reuniones. Creo que mis papás tampoco tenían noción de lo que realmente pasaba, porque de lo contrario no me hubiesen dejado en Bahía. Nunca tuve miedo, vivía una realidad paralela, no comprendía la gravedad de la situación, que con el paso de los años luego sí dimensioné. Apenas me gradué, en la UTN me ofrecieron quedarme trabajando en la Secretaría Académica y rápidamente pasé a dirigir el Gabinete Psicopedagógico, un grupo interdisciplinario que atendía los procesos de mejora de las carreras, del aprendizaje y las autoevaluaciones”, lanzó, sobre el vertiginoso crecimiento profesional.

Esos grandes cambios para Aloma vinieron acompañados de más progresos: “Luego, estuve a cargo de las acreditaciones de las ingenierías. Era un perfil más de gestión, por encima de lo docente. Si bien me jubilé hace dos años, nunca dejé al día de hoy la UTN, solo me alejé de la Secretaría cuando asumí como concejal en el último período allá por 2011, porque me parecía que era imposible ejercer ambas labores. Pude congeniar ambas tareas luego de asesorarme con el decano y los referentes políticos que más saben de leyes orgánicas, porque nunca quise que exista una incompatibilidad. Y fue así porque los cargos públicos que ocupé fueron electivos, es decir ingresar a un puesto por medio del voto y no por decisión de un Intendente o el Ejecutivo”.

“Congeniar las dos obligaciones implicó un enorme esfuerzo, pero tengo la satisfacción de haber llevado ambas labores de la mejor manera que pude. En 1992, hay un momento en que lo académico me vinculó con la política y a lo que luego fue mi especialización. Juan Pedro Tunessi era concejal y crea la Comisión Asesora de Medio Ambiente y convoca a cada organismo a que envíe a sus representantes. Junto con el ingeniero Carlos Frank fuimos por la UTN y notamos que el municipio estaba ante un desafío enorme que estaba ligado con el crecimiento del Polo Petroquímico y el principal problema es que no había normativas a nivel provincial ni nacional”, indicó, a partir de su rol estratégico en uno de los puntos de inflexión para Bahía Blanca.

Fueron tiempos convulsionados, que requerían de una rápida y certera respuesta: “Los que llegamos a la Comisión desde las universidades tampoco teníamos una formación en esa materia y cada ciencia desde su enfoque tenía una mirada fragmentada de esa realidad. Tal es así que era necesario ponerse a estudiar, convocamos a Braulio Laurencena que había dejado la rectoría, al ingeniero Horacio Campaña y al biólogo Sergio Salva, todo contrarreloj. Ni siquiera había cursos de postgrados ya establecidos, más allá de los que se podían crear de manera ocasional. Mi única vinculación con la política en ese entonces era a partir de la influencia de mi padre y mis tíos, todos ellos radicales que discutían en cada sobremesa, más allá de que pensaran muy parecido”.

“Me afilié al radicalismo recién un par de años antes del regreso de la democracia, pero porque mis tiempos me impedían involucrarme con una militancia más férrea. Fueron tres mis períodos en el HCD, dos continuados de cuatro años cada uno, luego me había planteado no volver a postularme más allá de lo rico de la experiencia que me permitió crecer. Pero terminé volviendo para la última experiencia en el recinto porque el partido necesitaba que participara de un proceso en el cual el radicalismo se había visto disminuido. Incluso en uno de esos períodos llegué a ser la única edil de la UCR”, sostuvo, adentrándose en su faceta como dirigente política.

Desde el comienzo, Sartor tuvo sus objetivos bien claros e hizo todo lo posible para no correrse de su eje: “Mi obsesión siempre había sido unir el conocimiento que te brinda la universidad con la política entendida como gestión y toma de decisiones casi desde lo intuitivo. Antes de ser concejal fui asesora de Tunessi en la Cámara de Diputados que valoro mucho porque me permitió participar en el proceso de formación de las leyes ambientales de la provincia de Buenos Aires”.

“El único que me propuso ocupar un cargo ejecutivo fue Héctor Gay, cuando asumió su primera intendencia allá por 2015 y yo estaba terminando mi último período en el Concejo. Él pretendía que esté a cargo de la dirección del Proceso Apell, pero tuve que decirle que no porque ameritaba una dedicación exclusiva en la Universidad y si aceptaba tenía que dejar esa tarea académica, algo a lo que no estaba dispuesta bajo ningún punto de vista”, mencionó, enfáticamente y sin arrepentimientos, aunque agradecida de haber sido convocada.

A fines de agosto de 2015, fue víctima de un acto mafioso y con un mensaje encriptado que sacudió a su familia: “Lo que vivió una de mis hijas cuando prendieron fuego en la puerta de su casa fue algo muy difícil de asimilar, nos tomó por sorpresa porque además me crié en un pueblo y por momentos no dimensiono los peligros, vivo sin miedos. Pero a eso hay que sumarle que también fui víctima de un asalto, cuando cinco personas entraron a mi casa. No creo que hayan sido hechos al voleo y, si bien no me consta, los uno a un proyecto de ordenanza que presenté para la creación de un Observatorio del Narcotráfico y junto a otros concejales habíamos trabajado muy fuertemente, con reuniones periódicas”.

“Quiero aclarar que de ninguna manera lo atribuyo a ningún encono político con nadie, me tocó ocupar una banca en los gobiernos de (Rodolfo) Lopes, (Christian) Breitenstein y (Gustavo) Bevilacqua y la impronta que le daba a mi intervención siempre fue muy técnica, en especial en mi primera etapa en el HCD, donde acompañé el proceso de la Comisión que definió la destitución del Intendente de aquel entonces, pero sin el involucramiento que más adelante fui logrando”, rememoró Aloma, observando en perspectiva aquella etapa.

Fue edil entre 2001 y 2009 y entre 2011 y 2015, donde trató de imprimirle su sello al paso por una de las bancas del HCD: “Soy de las que piensa que la institucionalidad funcionó perfectamente en los años que le siguieron a aquel episodio que conmocionó a la opinión pública de la ciudad, había una prensa que te escuchaba y era muy respetuosa. Además, existían mecanismos que para nosotros que éramos oposición, quizás resultaban algo más lentos, pero si pedías un expediente a la larga lo tenías o si exigías la presencia de un secretario en el recinto lo podías recibir”.

“Por la crisis del agua de 2007/2008 logramos que baje gente de La Plata, un lapso en el que fue una lluvia la que salvó a Bahía Blanca porque sino quedábamos secos, a raíz de que el embalse había bajado mucho. Más allá de que siempre lo busqué, tuve la suerte de estar en lugares que quise y me pude apasionar por lo que hice, es por eso que sigo estudiando, aprendiendo y trabajando. Ahora, de un tiempo a esta parte, me involucré con temas de cambio climático”, recalcó, anclándose por unos minutos en el presente.

Fue así que llegó el tiempo de definiciones y retrospectiva: “Uno nunca deja de hacer política, conservo amigos de aquellos años, pero está bueno tomar distancia y mirar desde afuera, considero valioso esto de despegarme porque las lógicas y las formas cambian. No está en mi mente ejercer algún cargo, más allá de que pueda acompañar o asesorar, valoro mucho el trabajo en grupo y estratégico y hoy esa manera de entender la política quedó un tanto relegada, más allá de que siempre hubo personalismos”.

“Creo que es tiempo de darle espacio a los jóvenes para que se involucren mucho más sin escollos y el radicalismo es un espacio que tiene que seguir cambiando las formas institucionales tan pesadas y simbólicas, porque tiran para atrás. Eso no implica resumir todo a las redes sociales como un único ámbito de debate o gestión, se requiere de poner los pies en la realidad y la calle”, concluyó Sartor, con una sonrisa en su rostro que evidencia su beneplácito con la conversación.

Una reunión la espera, con los minutos contados porque la charla se prolongó más de la cuenta, se preparó para ganar la calle y acudir a sus múltiples obligaciones, quizás ya no tantas como su etapa más activa en su rol como política, pero a sabiendas de que tiene varios frentes que atender, que su labor académica la sigue apasionando como el primer día y son sus ojos claros y su mirada profunda, los que ratifican esa filosofía de vida.

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