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DE AYER A HOY

Carlos Vecchietti reveló la clave para seguir adelante: “Me aferré a vivir”

El legendario periodista reveló cómo se retroalimentó luego del ACV y la pérdida de su inseparable compañera, todo en apenas cuatro meses. Su pasión por el automovilismo y la náutica. Una charla irrepetible.

Por Leandro Grecco
[email protected] – Instagram: @leandro.grecco – Twitter: @leandrogrecco

La vida es un instante, cada segundo puede deparar una sorpresa inesperada. Un golpe de fortuna o desgracia modifica el destino. La tendencia a considerar que son más los sinsabores que las alegrías resulta una constante en la raza humana. Pero está claro que  los golpes duelen, cuesta asimilarlos y, en ocasiones, solamente queda ponerse de pie para seguir adelante, lamiéndose las heridas y juntando coraje.

Carlos Vecchietti tenía todo, disfrutaba de cada paso con la libertad del que puede elegir qué camino tomar. Sin embargo, las semanas finales de 2013 y los primeros meses de 2014 lo pusieron a prueba. En una conversación tan amena como interesante, el periodista se entregó a los recuerdos y repasó todo lo que le ocurrió en estos tres cuartos de siglo que lleva en este mundo. Y La Brújula 24 fue testigo privilegiado de esa introspección.

“Cuando nací, hace 75 años, mi padre era por aquel entonces el cantinero del Club Almafuerte, incluso desde antes de que se case con mi madre. Tengo un hermano menor que actualmente vive en Trelew y así se completaba mi familia. Me crié en una casa ubicada en la primera cuadra de calle Patricios, casi Vicente López y lo que más recuerdo era que a mitad de cuadra había unas palmeras, en las que jugábamos y disfrutábamos de esa etapa tan linda de la vida”.

“Uno de los chicos con los que pasábamos largas horas divirtiéndonos es Carlos Lloret, quien paradójicamente hoy vive a una cuadra de mi actual casa. A él lo conocía de la Escuela Nº 6 de calle Caronti, entre Estomba y Zelarrayán, donde cursamos juntos la primaria. Luego pasé por la Escuela de Comercio, para posteriormente terminar mis estudios en el turno noche en un establecimiento que estaba en Vieytes, entre avenida Colón y Moreno”, respondió Vecchietti a la primera consulta sobre aquella infancia que tanto añora.

Su camino mostró un precoz desenvolvimiento: “Para referir mi primer experiencia laboral hay que remontarse a mis nueve años. Mis padres, como no querían que estuviese todo el día en la calle, hablaron con un señor que vivía a escasos 20 metros y había puesto un local de venta de masitas secas. Se llamaba Pío y se hizo muy amigo de mi padre, por eso le permitió que vaya a su negocio a embolsar las galletitas secas, de las cuales alguna comía para probar la calidad”.

Carlos Vecchietti, junto a Sergio Alaux en el exterior.

“Para ese entonces, ya era un apasionado del automovilismo, tal es así que en aquellos años se corrían los famosos grandes premios del Turismo Carretera, en tiempos de Arturo Kruuse, Ángel Lo Valvo, todos pilotos muy famosos. La largada de las carreras era en avenida Libertador, frente a la sede del Automóvil Club Argentino y Luis Elías Sojit transmitía por Radio El Mundo, el inicio del evento que era de medianoche. Yo las escuchaba por onda corta, gracias a que mi papá buscaba la emisora en el dial y la dejaba sintonizada”, afirmó, en otro segmento de su alocución, rememorando una etapa de antaño.

Eran tiempos donde había que usar mucho la imaginación: “Casi en simultáneo con aquellas primeras aproximaciones a esa actividad, ya el oído dejó de ser el único sentido para disfrutar del deporte motor y empecé a concurrir a las carreras de midgets y speedway en el Club Liniers, siempre acompañado de mi papá que se hacía cargo también de mis amiguitos del barrio para ir a la pista roja. Era fines de la década del 50, la avenida Alem tenía solo una farola en el medio y calle Perú era de tierra, incluso cuando se convertía en Charlone”.

“En calle Vieytes 661 vivía la familia Ochoa, que por ese entonces eran empleados de Olimpia Deportiva: Osvaldo, Eber y Jorge, que luego fue médico. El primero de ellos tenía un programa musical los sábados a la noche y yo me iba a la esquina para ver cómo transmitía desde la casilla rodante que estaba estacionada en la puerta de su casa, más allá de que en mi fantasía no imaginara que quizás, ‘el Gordo’ podría estar en los estudios de la emisora”, aclaró, sonriendo, consciente de su nivel de inocencia de aquel entonces.

Hasta que llegó un punto de inflexión: “Mi mamá se llamaba Yolanda, salía a hacer las compras, se encontraba con doña María, madre de los Ochoa, y le tenía dicho, con apenas 13 años, que cuando la viera le preguntara si su hijo necesitaba algún cadete. Un día le avisó que iban a necesitar un chico, que lo vaya a ver a la oficina, por lo que apenas me lo comunicó, lo primero que hice fue acondicionar mi bicicleta vieja y me dirigí a donde me citaron. Era en calle Dorrego 53, donde hasta hace unos años estaba El Mundo de la Pizza y que era la casa paterna de Néstor Entizne, primo de esa familia”.

“Era un 24 de noviembre de 1961, abrí la puerta, de esas grandes, pesadas y antiguas, entré y lo primero que me preguntó Osvaldo era si sabía cebar mate, a lo que le respondí que no, pero que se podía aprender. Así arrancó mi carrera en los medios de comunicación, en un derrotero en el que con los años me convertí en sus socios”, rescató Vecchietti, mientras tomaba aire y suspiraba al borde de la emoción.

Cierto es que los inicios fueron bien desde abajo: “Mis primeras armas las hice precisamente en Liniers, colaborando desde una de las curvas de la pista en la que pasaban los midgets o las motos y no se veían desde la cabina de transmisión. Allí estaba Entizne haciendo relato desde una pequeña cabina llamada Radiadores Scravaglieri y mi tarea era, cuando un piloto abandonaba, averiguar qué le había pasado. Lo anotaba en un papel y me ponían el micrófono para informar cuál era el desperfecto, para mi era tocar el cielo con las manos, me temblaba la pera y se me secaban las cuerdas vocales”.

“El crecimiento de Ojo en la Ruta como un referente a nivel nacional significó que a la par uno en lo personal también fuera progresando, con grandes transmisiones en las que me tocaba seguir desde el avión el desarrollo de una carrera, poniendo énfasis en los pilotos bahienses o en el Turismo Carretera donde no había participantes de nuestra ciudad. Así, pude empezar a conocer el territorio de un país tan lindo como el nuestro”, indicó uno de los comunicadores del ambiente fierrero argentino.

Pero mantenerse en la cresta de la ola requería de enorme sacrificio: “Era tal la vorágine de competencias que en algunas ocasiones estábamos hasta dos semanas seguidas fuera de casa. Ojo en la Ruta compraba los espacios de los domingos a la mañana en LU3, y desde Altos de Palihue conectaban con el avión donde viajaba yo para hacer las transmisiones por VHF. En una oportunidad me tocó protagonizar un accidente aéreo por el cual, pese a la caída de la nave por haberse enganchado con un tendido de cables, podemos decir que fue una desgracia con suerte porque, luego de unos días, logramos recuperarnos”.

“En 1978 me integré a la sociedad de Ojo en la Ruta, luego de una crisis económica en la que la productora cambió su estructura para convertirse en creadora de contenidos más integral y no solo automovilismo. Tanto yo como Mario Badaracco, que luego fue mi socio y hoy ya está fallecido, fuimos premiados con un 20% de esa nueva razón social”, exclamó con la satisfacción de haber quedado en la historia grande de un ícono de la prensa.

Sin embargo, en la vida de Vecchietti soplaron vientos de cambio, porque “después de pensarlo mucho y luego de diez años, sentí que era momento de dar el salto. El 30 de junio de 1988 fue el último día que entré a aquellas oficinas que tanto aprendí a querer. A finales de ese año armé mi propia agencia, que se llama Circuito 1 porque era el trazado del autódromo de Bahía Blanca, donde en el logo se respeta el mismo dibujo de la pista”.

“La oficina la monté en el local de la inmobiliaria de un gran amigo, Jorge Crisci, en calle Mitre y 11 de Abril, prestándome un rincón del lugar, luego pasé a la casa de mis padres que habían fallecido, aprovechando un local que tenían para instalar mi lugar de trabajo. Tuve una gran estructura, con empleados, pero la modernidad te va llevando a achicarte, quedándome con amigos que querían hacer periodismo y me acompañaron: Oscar Civerchia, Roberto Faca, todos ajenos a la sociedad”, apuntó.

El automovilismo no fue su única pasión: “De chiquito me gustaba la pesca, iba donde sea, desde el Litoral para ver si podía pescar un dorado, hasta Monte Hermoso, Pehuen Có y Bahía San Blas, además de los clubes de la ciudad. Primero tuve una lancha pequeña, después pude comprarme una más grande, hasta que logré adquirir un barco de siete metros, cabinado, que ya no lo tengo más”.

“La Peña Náutica nació en 1990, a partir de un programa que hacía en LU2 los domingos a la mañana que se llamaba La Peña del Domingo y un día me llama “Titi” Trellini, director de la emisora, para informarme que deberíamos cambiarle el nombre porque a las 9 arrancaba Viva el Domingo y Ochoa le había pedido si podía modificar la denominación. Como el contenido de mi espacio era actividades náuticas y pesca, adopté el nombre con el que nació esta linda locura”, explicó “Carlitos”.

Hasta que, ineludiblemente, la conversación derivó en un instante que trastocó todos sus proyectos: “El sábado 2 de noviembre de 2013, en Monte Hermoso, mi vida cambió. Para ese entonces, viajaba con mi esposa a todas las carreras que podía, sea la categoría que fuera, incluso hasta Salta, Misiones o Comodoro Rivadavia, como los destinos más lejanos, en auto junto a ella. Vivíamos en la ruta. Pero mientras cortaba el césped en una cabaña alpina de la vecina localidad balnearia que teníamos, me agaché para levantar la bolsa recolectora de la máquina y me caí de boca”.

“A ella le debo estar vivo, que no es poco, porque me vio en el suelo, que no me podía levantar. Dios le dio la lucidez para llamar al 911, a los 15 minutos había una ambulancia en mi casa, me llevaron al hospitalito de Monte Hermoso y el médico dio la orden de que me trasladen urgente a Bahía Blanca. A las dos horas ya estaba internado en terapia intensiva del Hospital Español. Si hubiera transcurrido más tiempo, no estaría dando esta entrevista”, exclamó, tratando de encontrar el costado positivo a lo acontecido.

El proceso una vez que recibió el alta ambulatoria fue lento: “Las primeras semanas fueron las más duras porque en esa recuperación debía permanecer en una cama ortopédica y desplazarme en silla de ruedas, o en el mejor de los casos, que me lleven de la mano para mantenerme erguido. Me ayudaban a comer y a bañarme, era una situación difícil, porque nunca perdí el conocimiento, ni desde el primer minuto de ese ACV, pero en ningún momento sentí que me iba a morir. Ni siquiera estaba asustado, en la ambulancia iba hablando con mi esposa que viajaba a mi lado y hasta con el chofer”.

“Tuve un derrame cerebral no isquémico, del lado derecho, por lo que me afectó toda la parte izquierda de mi cuerpo y si hubiera sido al revés, hoy no podría ni siquiera hablar. Mi hija tiene 42 años y es el motor potenciado que me permite seguir adelante en la vida, al punto que me dio una nieta que vendría a ser el motor fuera de borda, hablando del tema náutica”, manifestó, entre risas, producto de la comparación.

Otro golpe lo sacudió, pero como el junco, se dobló aunque se mantuvo en pie: “A los cuatro meses que tuve el ACV, más precisamente el 6 de marzo de 2014, a mi esposa le detectan leucemia y a los 20 días fallece. Soy una persona creyente y la primera reacción es enojarse con Dios, pero me aferré a vivir cuando me dejé de preguntarme por qué me pasa a mí para pensar en el por qué no. Quizás una vida desprolija, sin cuidarme en las comidas o cargado de estrés por los malditos viajes en los que venía de Salta a Bahía Blanca de un solo tirón en la ruta y mi señora cebándome mate”.

“Para mi hija fue todo un desafío, porque es una mujer de hierro a la que no le resultó sencillo quedar embarazada. Actualmente, me llama a cada momento y viene a casa todos los días a visitarme. La vida nos dio golpes fuertes, con mi esposa tuvimos una criatura que falleció, pero siempre miramos hacia delante. En lo particular aposté a vivir, poniéndole actitud a los problemas que uno tiene”, dejando un claro mensaje para todos aquellos que sienten que están atrapados y sin rumbo.

Vecchietti encontró un cable a tierra que le devolvió buena parte de la alegría: “Hoy disfruto del quincho, un espacio emblemático desde que quedé viudo y que se convirtió en el lugar donde recibí a grandes amigos, porque los primeros meses de mi soledad del hogar fueron dificilísimos, no sabía que hacer, la gallega del GPS no encontraba el rumbo en mi cabeza y repetía la palabra ‘recalculando’”.

“A Fabio Litardo, que fue el kinesiólogo neurológico que me puso de pie, le confesé que necesitaba ayuda psicológica. Me derivó a una profesional de la clínica que me ayudó a entender que no debía renunciar a las carreras y a los programas porque no tenía ganas de nada. Me hizo ver que esos espacios periodísticos eran tan míos como mis hijos, por lo cual me preguntó si yo los mataría. Entonces, me sugirió buscar un gris, algo intermedio”, aseveró.

La idea siguió rondando por su cabeza: “Ese fin de semana tenía carrera en Rafaela y el auto lo manejaba mi camarógrafo. Íbamos por la ruta en un día de llovizna, mientras por dentro me preguntaba qué me había querido decir la terapeuta, fue allí cuando se me encendió la lamparita y se me ocurrió hacer un asado con mis amigos en le quincho. Cuando volvimos a Bahía, organicé una cena con gente querida del automovilismo y, a partir de allí, de marzo a diciembre, una vez por mes, nos reunimos hasta que llegó la pandemia”.

“Me ocupo para vivir, que es un trabajo, nadie te regala nada, estoy solo desde el día que se sepultó a mi esposa en el cementerio Parque de Paz, mi hija me preguntó qué iba a hacer y decidí quedarme a dormir en mi casa, nunca me moví de acá. Duermo en la misma cama y como en el mismo lugar. Es lo que elijo y quiero, mi mayor fortuna es cosechar amigos”, finalizó “Carlitos”, como lo conocen esos que tanto lo respetan y valoran.

El grabador se apagó y la charla derivó en cuestiones más banales, incluso las ligadas con la coyuntura diaria. Con la dificultad que significa para él poder desplazarse, se dirigió junto a este cronista hacia la parte delantera de la propiedad y apagó las luces de ese quincho que se convirtió en la razón de su existir, imaginando cómo será el próximo encuentro con su entorno más querido, el mismo que no le dio la espalda en su carrera más difícil.

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