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Por Ricardo Alfonso

Entre lo efímero y lo perdurable del arte coreográfico

Por Ricardo Alfonso, artista y ex director titular Ballet del Sur

Creo que siempre fui coreógrafo… y que fui bailarín solo por accidente y como el medio para llegar a ser lo que, en definitiva, me permitiría encontrar la forma de expresarme y dejar algo de mí mismo a los demás.

Soy artista esencialmente, no profesionalmente. La profesión te la da la técnica que te permite darle forma a eso que viene de la mano de la inspiración…pero con la esencia se nace… y cuando la esencia de lo que uno es y la profesión se encuentran, nos transformamos en seres privilegiados, felices, agradecidos y responsables de darle a los demás algo de ese regalo, a través de nuestras obras.

Yo he sido, soy y seguramente seguiré siendo inmensamente feliz con lo que hago… aunque a veces ese amor apasionado que siento se entremezcle con el dolor que produce el nacimiento de nuestras creaciones: siempre después de un estreno siento un dolor inexplicable…un vacío extraño que me hace notar que todo lo que estaba dentro mío durante el proceso de creación… ya no está más…ya no me pertenece. Eso es  lo que tienen las artes espectaculares: nacen, viven durante su representación y mueren al son de los aplausos.

Algunas veces, como el Ave Fénix resurgen de sus cenizas para ver la luz nuevamente…pero ya no es lo mismo, es otra cosa, quizá mejor, quizá peor o parecida… pero igual jamás.

Es por eso que vivo tan intensamente el momento de esa suerte de parto que tenemos los artistas coreógrafos con nuestras creaciones, tratando de retenerlas inútilmente en nuestras retinas y en el alma… pero pese a todo una y otra vez seguiré soñando, riendo, llorando y emocionándome con cada paso, con cada gesto, con cada mirada de los intérpretes de mis hijos, tratando de proyectarme y expresarme a través de ellos, aunque sea por un instante, antes que el telón se cierre una vez más.

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