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DE AYER A HOY

Daniel Altamirano: el piloto que marcó una era y dejó un vacío difícil de llenar

“El Potro” no se arrepiente de haber cerrado la etapa como piloto. La construcción de la nueva pista de midgets, donde ocupó un rol clave. Y su candidatura a concejal hace seis años lo lleva a pensar en entrar en la política.

Por Leandro Grecco / [email protected]
Instagram: @leandro.grecco – Twitter: @leandrogrecco

Antes de la “bendita pandemia”, los fines de semana de verano en Bahía Blanca estaban marcados por la rutina de una serie de dinámicas. La cercanía con dos puntos atractivos de la Costa Atlántica (Monte Hermoso y Pehuen Co) eran un motivo suficiente para las “escapadas” a cambiar de aire. No obstante existía, y seguramente volverá en la nueva normalidad, un ritual que anticipaba los sábados y domingos de calor.

Las noches en Aldea Romana roban la atención de miles de fanáticos de la velocidad y adrenalina que solo los midgets pueden entregar. Uno de los máximos referentes de la era moderna de una categoría que lleva décadas cautivando al público es Alejandro Daniel Altamirano, quien decidió bajarse del auto después de tres títulos estivales y una labor destacada, incluso en la creación del circuito Héctor Evaristo Plano.

Su legado está presente con la existencia de dos hijos y un sobrino que aceleran tanto o más que él. Sin embargo, desde su taller de chapa y pintura de calle Estomba al 1700, el “Potro” se brindó por completo en esta nota de La Brújula 24, donde habló de temas no tan relacionados con el mundo de los fierros, más allá de que resulte inevitable caer en ese lugar común.

“Soy nacido hace 54 años en Comodoro Rivadavia. En 1973, cuando apenas tenía seis y recién había comenzado la escuela primaria, a mi papá, que trabajaba como dibujante de geología en la YPF, lo trasladaron a la divisional de acá. Él tenía las tardes libres y en ese horario atendía su taller chapista, vocación que heredó de mi abuelo y que mis hijos también abrazan en la actualidad”, rompió el hielo quien ostenta la mayor cantidad de finales ganadas (36) en campeonatos estivales.

El piloto que, al volante de su unidad pintada de blanco durante casi dos décadas, siguió con la línea de tiempo: “Por aquel entonces, tanto yo como mi hermano en nuestra etapa de adolescencia ya dábamos una mano lijando o haciendo nuestras primeras armas en el oficio. Cursé la secundaria en la Escuela Técnica de calle Florida, donde aprendí muchas cosas y me recibí de Técnico Electromecánico. Allí adquirí conocimientos que durante toda mi vida profesional pude ir aplicando”.

“Si bien mi corazón y la mayor parte de mi familia está allá, me considero bahiense. Hace cinco años que no vuelvo al lugar donde viví mi primera infancia, entre la pandemia y la falta de una buena excusa, no encontré ocasión para regresar de visita. Además, corro en desventaja porque cuando busco complicidad entre mis más íntimos, ellos prefieren viajar a otro lado”, enfatizó quien ya es una leyenda viva de la actividad, un fenómeno difícil de explicar para aquellos que lo ven a la distancia.

Cuando descubrió lo que luego fue su pasión

Claro que tuvo que haber existido alguna influencia, cierta razón genética que lo llevara a descollar al volante de un auto: “El tío por parte de mamá fue piloto de automovilismo y competía generalmente en circuito de tierra. Eso creo que nos llevó a que nos gusten las carreras. Paralelamente, viviendo acá, mi papá me llevaba más al speedway que al midget, en la pista de Villa Mitre. Me vinculé a lo que luego fue mi pasión. Al principio como mecánico de Rodolfo Martínez, un muchacho que era de General Roca y compitió tres temporadas en Bahía Blanca”.

“Cuando él dejó de correr, decidimos armar un midget para nosotros. Compramos un auto de Hugo Salaberry, un chasis Medina que estaba destruido. Con mi oficio dentro del rubro de la chapa y pintura, además de mi experiencia soldando y enderezando vehículos, lo pudimos poner en pista”, rememoró quien entre las temporadas 1996/97 y la 2014/15 siempre estuvo entre los diez mejores.

Y siguió con la cronología de los hechos: “En el Invernal de 1992 debuté y los primeros años no fueron fáciles porque no encontraba la persona indicada que me ayude a preparar el motor. Recién empecé a andar bien cuando llego al taller de (Alejandro) “Tito” Purreta, en mi segundo año de experiencia, pintando el número tres. Dejé de tener roturas en la planta impulsora, lo que me permitió dedicarle más tiempo al chasis y evolucionar”.

“En aquel entonces, cuando alguien quería un midget tenía que hacérselo de cero. El único que estaba a cargo de aquello era el ingeniero Medina, pero no tenías el servicio de atención en pista como existe en la actualidad. Solo asesoraba a algún que otro piloto como Adrián Enriquez, pero no más que eso. Y cada uno se hacía su propio motor”, recordó, sustanciando que “ahora, hay cuatro o cinco chapistas que te dejan el auto con la puesta a punto perfecta, gracias a las herramientas tecnológicas que permiten medir hasta el mínimo detalle. Hoy, un amortiguador no se hace más a mano como antes y una computadora se encarga de que no le erres en ese aspecto tan importante”.

Así, comparó épocas: “Roy, uno de mis hijos, ganó una serie el día del debut, cuando yo tardé un año y pico en lograrlo. Los debutantes de un tiempo a esta parte empiezan con el mismo medio mecánico que tiene el campeón. Cuando empezó Kevin, yo venía de ser campeón y le di el motor con el que había logrado el título. Hicimos un chasis nuevo, incluso mejor que el mío. Treinta años atrás, tenías que esperar que se retirara alguno de los que andaba bien adelante para comprar un auto de punta”.

“La decisión de ir a Aldea Romana no fue fácil”

Corría el año 1999 y era imperioso “recalcular”, como dice el GPS, proyectando una idea a largo plazo: “Haber concretado el anhelo de la pista propia donde se corre en la actualidad fue todo un logro. Lo hicimos contrarreloj y, por sobre todo, sin dinero. A tal punto que cuando agarramos el Club había deudas que a moneda de hoy no eran impagables gracias a que ese pasivo lo bajó en gran parte la gestión anterior de “Pancho” Palma”.

“Íbamos a correr en Dublin, poniendo plata y sabiendo que si arreglábamos con ellos pagando un alquiler exageradamente caro, no éramos el dueño del circo. La decisión de ir a Aldea Romana no fue fácil, porque se necesitaba de un mega proyecto y mucha gente que te preste la plata para llevarlo adelante, creyendo en la palabra que le dábamos de devolverla”, observó, con un dejo de nostalgia, mezclada con satisfacción.

El ex campeón en las temporadas 98/99, 2001/02 y 2014/15“Junto a Carlos Saldamando y Sergio Urretavizcaya, estábamos a la cabeza de una patriada en la que también había otros pilotos con los que íbamos a trabajar. He llevado hasta 36 personas de mi taller un domingo para acelerar el proceso de la creación de la pista. Recuerdo que fuimos a buscar las luces a Sporting, una especie de favor mutuo porque ellos necesitaban sacarlas y nosotros traerlas a la pista”.

“Con un carretón, la autógena y una grúa hicimos todo el trabajo, no era lo ideal porque si bien eran tan altas (23 metros y medio), no se comparan con las de la actualidad. Trepaba por la cabreada con una soga enganchada al cinto y bajaba con un gancho para poner los faroles que son muy grandes y pesados. Luego había que subir los cables, todo un trabajo muy artesanal, pero que denotaba la pasión por esta categoría”, señaló, con una sonrisa en su rostro.

Claro que para ello fue necesario lograr adhesiones: “El municipio de Bahía Blanca, por entonces en la intendencia de Jaime Linares, nos apoyó muchísimo en esta decisión de instalar el trazado en la zona alta de la ciudad. La otra opción que nos planteó el jefe comunal, cuando nos pidió que nos vayamos de donde estábamos, era que instalemos el Club Midgistas del Sur enfrente de la pileta del Balneario Maldonado”.

“Nos parecía que encender tanta cantidad de luces en el sector sería contraproducente porque en verano proliferaban los mosquitos. Por eso nos decidimos por la esquina de Fournier y El Boyero, el predio donde hoy está el Héctor Evaristo Plano. Por si esto fuera poco, faltaba lo más importante que era trabajar en el movimiento de suelo, para hacer que la pista esté acorde a la competitividad. Hubo que dinamitar y sacar toneladas de piedra”, cerró, en esa dirección.

El amor de sus fanáticos “no tiene precio”

Altamirano también le dedicó unas palabras a los fieles, que no solo expresaban su amor los viernes de verano: “Uno con el tiempo se va acostumbrando a las demostraciones de afecto del público y, en particular, de los fanáticos. Al principio me daba vergüenza porque uno en el fondo es un simple chapista/pintor que se armó un auto de carrera, pero la gente te ve como un ídolo y uno queda asombrado, no lo puede creer”.

“Cuando se acerca un chico pareciera ser algo más natural, pero después te pasa que se aproxima una persona mayor a pedirte un autógrafo o al borde de la emoción te muestra una foto de cuando empecé para que se la firme. Es algo inexplicable. Recuerdo una señora que venía desde Viedma y el marido le puso como condición venir a Bahía solo si pasaba a conocer nuestro taller. Ir a ver a algún chico al hospital para llevarle una remera o una gorra era casi moneda corriente. Ver esa cara de satisfacción no tiene precio”.

Midgets, nada más y su relación con los dirigentes

“El Potro” argumentó por qué no probó suerte en otro habitáculo: “Nunca incursioné en otra categoría porque implicaba restarle atención al midget, dividir costos y tiempo. Mi idea fue siempre tratar de mantenerme lo más adelante posible, el que mucho abarca poco aprieta dice el dicho y en ese sentido es muy cierto”.

Además, se adentró en un tema que podría parecer urticante: “Con todas las comisiones del CMS siempre tuve una muy buena relación, no solo con la de García. Reconozco como exdirigente que todos los miembros de la CD laburan para que nosotros nos pudiéramos divertir, dejan de hacer cosas para organizar el evento y aportar en nuestro disfrute, ya sea corriendo o tan solo compartiendo con tus amigos, como era el caso de mis mecánicos, una noche de viernes. Por eso siempre fui agradecido con cada integrante de las dirigencias”.

“En mi vida subí a la cabina del comisario deportivo a pedir explicaciones apenas terminó una carrera, nunca discutí ni protesté una decisión, pidiendo que echen a uno porque me pareció que me había tocado. Me han hecho volcar, perder campeonatos y nunca reaccioné contra ningún colega. Quienes van conmigo a la pista saben de mi temperamento y que no me caliento”, mencionó sobre su comportamiento deportivo.

No obstante, pese a controlar la adrenalina, reconoció que “no significa que me haya olvidado de aquel que me hizo comer la pared o dejar puntos importantes para pelear un título, donde lo tuviese a mano se la iba a devolver. Pasaban los años y lo tenía bien presente, algunos se han retirado y tuvieron la suerte de zafar del vuelto. No me gusta el piloto que se baja del auto y te amenaza para la próxima carrera, era de los que no ponían de preaviso”.

Correr como hobby poniendo dinero del bolsillo

El máximo referente de la etapa moderna en la categoría dijo que “nunca gané plata con el midget, siempre me manejé con las publicidades que podía conseguir, algunos años con más o menos presupuesto. Llegué a poner el 50% de mi bolsillo para afrontar las 18 fechas de una temporada, ni siquiera hubo un año en el que salí hecho”.

“Es cierto que si te toca salir campeón podés obtener más respaldo, pero la mayoría de mis sponsors eran siempre los mismos y terminábamos teniendo una amistad después de que vinieran varias veces a comer a casa. A eso hay que sumarle lo que uno podía recolectar por punto ganado por fecha que, si bien no alcanzaba para hacer una diferencia, ayudaba bastante”, discriminó teóricamente Altamirano.

La política, una posibilidad a futuro

Viendo que mucha gente ingresa a la política apoyada en su buena imagen pública, era inevitable consultar a quien vive y trabaja a metros del canal: “Hace seis años fui candidato a concejal por la lista que encabezaba Iván Budassi y no tuve la suerte de ingresar. No veo con malos ojos vincularme a la política porque siempre me gustó hacer cosas por el otro. En el CMS, estando mis hijos corriendo, no puedo comprometerme porque no quisiera tener problemas con nadie”.

“Una alternativa sería trabajar en lo que tiene que ver con el deporte formativo. Mis dos hijos jugaron al básquet antes de subirse al auto de carrera y mis nenas van a voley, al punto de que la más chica tiene 12 años y está entre las seleccionadas para representar a la provincia de Buenos Aires. Siempre disfruté de asesorar de la mejor forma a aquellos que me vinieron a pedir un consejo relacionado con el midget”, sumó, a sabiendas de que conocimientos le sobran a partir de su trayectoria.

Es por ello que manifestó que “nunca me gustó que algún piloto se golpee porque tenía algún defecto de alineación en su unidad, por eso cuando puedo trato de acercarme y enseñar a aquel que está dispuesto a recibir una sugerencia”.

Un adiós sin vuelta atrás

“No tengo ganas de volver, nunca más me subí a un midget, ni siquiera para arrancarlo. Hace un mes pusimos en marcha mi auto que hacía tiempo estaba parado y pedí que lo haga uno de mis hijos. El otro día fui a ver los karting y hubo cinco o seis pilotos que me ofrecieron dar una vuelta, pero me negué de manera rotunda”, sentenció Altamirano.

Y lo explicó del siguiente modo: “Siento que cumplí una etapa porque los últimos tres años corriendo fueron los que no anduve del todo bien y no me bajé porque la idea era acompañar a los chicos, sacar algo de mi auto para dárselo a ellos ahí mismo en la pista.

Me cansé, dos años antes tendría que haberme retirado, pero también me sedujo la idea de divertirme con ellos”, al tiempo que recordó: “Mi señora, a diferencia de cualquier otra mujer, me empujaba a que siga corriendo y cuando le dije que se terminaba el ciclo estuvo casi una semana sin hablarme.

Altamirano, en frases

“El mejor piloto de midget que vi en mi vida fue Sergio Urretaviscaya, él corría con un motor de Fiat 125 y chasis Medina y yo arranqué con esa misma estructura. Trataba de imitarlo porque era muy prolijo para correr, limpio adentro de la pista, arriesgaba lo justo y necesario, poniendo cuando había que poner. Y le salía bárbaro, por algo tuvo los resultados que están a la vista. Él fue mi referente en los inicios”.

“He sufrido vuelcos de dar hasta ocho vueltas. Recuerdo en una ocasión, a (Diego) Andrade se le clavó el auto en la largada y, si bien llegué a esquivarlo casi por completo, por dos centímetros no pasó la rueda. Ese fue el que más me dolió de todos a la altura de las costillas y el brazo. El otro que recuerdo fue un accidente por el cual terminé internado, siendo dos veces operado, en tiempos de Tiro Federal. Choqué con el “Cholo” Torres y la rueda de su auto acelerando a fondo terminó adentro de mi habitáculo, cortando los cinturones de seguridad norteamericanos, arrancándome hasta parte del buzo antiflama y lastimándome el codo y la pierna”.


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