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El barrio que le salvó la cabeza y que Mari Sangronis convirtió en un libro de recuerdos

La escritora bahiense presenta “Almafuerte, historias chiquitas de Bahía Blanca”, una obra que reconstruye la vida de la barriada durante los años 70 y 80 junto a la memoria de su hermano Ariel. Será el sábado 31 de octubre en Zelarrayán 560.

Cecilia Corradetti / Especial para La Brújula 24

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Hay barrios que se recorren con los pies y otros que, aunque pasen los años y la distancia, siguen caminándose por dentro. Para Mari Angélica Sangronis, el barrio Almafuerte de Bahía Blanca es de los segundos. No importa que haya vivido en Neuquén, que haya estudiado en La Plata, que haya formado una familia en Montevideo o que hoy resida en la capital bonaerense. Cuando vuelve a pensar en aquellas calles, los comercios, los vecinos, las instituciones y las voces de su infancia, la barriada vuelve a desplegarse con una precisión que ella misma define como una “mirada de memoria microscópica”. Y es justamente esa memoria, compartida durante décadas con su hermano Ariel (El “Sangre”) la que ahora se transforma en un libro.

“Almafuerte, historias chiquitas de Bahía Blanca” se presentará el sábado 31 de octubre en el salón de la Cooperativa Obrera, ubicado en Zelarrayán 560. La obra reúne historias, personajes, anécdotas, fotografías y recuerdos de una comunidad barrial que Mari y Ariel conocieron durante su infancia y adolescencia, entre 1973 y 1988. Pero detrás de esa recopilación de comercios, calles, clubes, escuelas y vecinos existe una historia más íntima: la de dos hermanos que encontraron en el barrio un refugio, una posibilidad de salir de las dificultades familiares y una manera de construir vínculos que los acompañarían toda la vida.

“Este libro es un modo más de seguir jugando con mi hermano desde las letras, desde las imágenes de la memoria, de las canciones”, cuenta Mari. Ariel falleció en 2010, a los 42 años, pero su presencia atraviesa cada una de las páginas. De hecho, el proyecto tiene su origen en una idea que él había expresado mucho antes, cuando ambos todavía compartían la vida cotidiana en Bahía Blanca.

“No puede ser que Villa Mitre tenga su libro y Almafuerte no”, le había dicho, después de conocer el trabajo sobre aquella barriada bahiense que estaba preparando el historiador Mario Ortiz. La frase quedó dando vueltas. Con el tiempo se convirtió en una deuda afectiva y, finalmente, en una obra que Mari desarrolló por sus propios medios.

“El duelo por él me va a acompañar hasta que me vaya de este plano”, dice. Y enseguida imagina una escena futura, acaso improbable pero cargada de ternura: si alguna vez su memoria de anciana se desgastara y apenas conservara una pequeña ventana de recuerdos, en esa ventana aparecería sin dudas la figura de Ariel. “Ariel está presente en mi vida, está dentro de mi vida”, afirma.

Un homenaje y un agradecimiento a la gente del barrio

La escritura, entonces, no se limitó a recuperar un conjunto de anécdotas. Fue también una forma de agradecer. “Si esto es un homenaje al barrio, un agradecimiento al barrio, cuando digo barrio digo la gente del barrio”, explica. Y en esa enumeración aparecen los vecinos que formaron parte de la vida familiar, aquellos que ella y su hermano recuerdan con nombres y apellidos, pero también con una gratitud que va más allá de la nostalgia: los Alonso, los Marcolini, los Maceratesi, los Cherchie, la Osre, Don Miguel, Gattari y tantos otros.

“El barrio me salvó la cabeza”, dice Mari. La frase adquiere una dimensión profunda cuando cuenta cómo era la vida en su casa. Sus padres, Roberto y Angelita, padecían enfermedades crónicas que fueron avanzando y deteriorando su salud. Él atravesaba una depresión y ella tenía dificultades en las piernas. Hasta la mitad de la primaria, recuerda, la familia disfrutaba de una vida relativamente tranquila. Después, la situación se volvió cada vez más difícil. La desesperanza se instaló, la tristeza ganó espacio y los dos hermanos tuvieron que asumir responsabilidades cotidianas que excedían las de muchos chicos de su edad.

Hacer los mandados, abastecerse, trasladarse de un lugar a otro y resolver cuestiones de la casa eran parte de su rutina. Conocían los recorridos hasta los comercios de Zapacosta y Gattari, iban al Banco Provincia a pagar los servicios y pasaban buena parte de su tiempo en el Club 9 de Julio, en la Acción Católica de la parroquia Nuestra Señora de Luján o en el oratorio de María Auxiliadora. Mari también estudió en el taller renacentista que funcionaba en el subsuelo de la Unión Ferroviaria, donde se recibió de profesora de dibujo, arte y pintura.

“Caminábamos mucho nuestra barriada, seguro un poco más que la generalidad de la pibada de la época”, cuenta. Mientras otros chicos podían contar con sus padres para salir y abastecerse, ellos se movían por el barrio con una autonomía que los obligó a conocerlo en profundidad. Esa circulación permanente les permitió descubrir un mundo que, para Mari, representaba una fuga de la realidad de su casa. “El barrio nos ofrecía otro mundo, un mundo ideal, la verdad, un mundo ideal, pero no abstracto, sino posible”, recuerda.

La experiencia también dejó marcas en la mujer que llegó a ser. Cuando le preguntaban qué quería ser de grande, no imaginaba una profesión ni un destino concreto. Su respuesta era otra: quería vivir sola. Se imaginaba lejos de su casa y en otro barrio, quizás en el Barrio Universitario. “El barrio me moldeó y me hizo huidiza y me hizo andariega, algo rebelde pero querendona”, reflexiona. Con el paso del tiempo, sin embargo, descubrió que esa necesidad de alejarse no significaba desprenderse de sus raíces. La distancia no borró el vínculo. Por el contrario, le dio otra manera de mirar.

Mari dejó Bahía Blanca a los 20 años y vivió cuatro años en Neuquén. Después se trasladó a La Plata para estudiar, aunque finalmente abandonó la carrera de Arquitectura y se recibió de licenciada en Filosofía en la Universidad Nacional de La Plata. Más tarde se radicó en Montevideo, donde formó una familia y tuvo a su hija Juanita, que hoy tiene 28 años. Allí también ejerció como docente en la Facultad de Arquitectura de la Universidad de la República y desarrolló un emprendimiento de servicios de escritura académica que mantiene hasta la actualidad, con sede en La Plata, bajo el nombre Estudio MAS, formado por sus iniciales.

Su formación filosófica atraviesa la manera en que entiende los recuerdos. No los considera simples restos de un pasado perdido, sino materiales capaces de aportar conocimiento sobre las personas y la sociedad. “Los recuerdos no piden permiso”, sostiene. Irrumpen de manera inesperada, no siempre desde la razón, y pueden ofrecer revelaciones sobre quienes fuimos y sobre los entornos que nos formaron. Por eso, cuando visita Bahía Blanca, no se limita a observar los cambios urbanos. Busca aquello que permanece en los detalles.

“La distancia en mí no ocasionó olvido, al contrario, me dio nitidez, me dio la posibilidad de mirarlo de frente al barrio”, explica. Desde esa perspectiva, el libro no intenta afirmar que el pasado fue mejor que el presente. Su intención es otra: comprender que buena parte de lo que somos se construye en la sociedad que nos tocó habitar y en las experiencias que allí vivimos.

Los grandes personajes del barrio Almafuerte

En ese universo aparecen los personajes del llamado “diccionario de personajes”, una de las partes que Mari decidió incorporar a la obra. Son personas que quizás no ocuparon lugares destacados en la historia oficial de Bahía Blanca, pero que resultaron esenciales en la vida cotidiana de la barriada. Modistas, peluqueras, quiosqueros, carniceros, almaceneros y verduleros formaban una red de servicios que, al mismo tiempo, eran espacios de encuentro y conversación entre vecinos.

“Éramos súper observadores”, cuenta al referirse a su infancia junto a Ariel. Los dos tenían la costumbre de registrar detalles y compartirlos. Hoy esa mirada reaparece en muchísimos vecinos que ella enumera en el libro con una precisión que sorprende.

También están los comercios, los clubes, la iglesia, el cine Unión y los recorridos que formaban una geografía mucho más amplia que la trazada por un mapa municipal. El Almafuerte de Mari no se define únicamente por sus límites oficiales. Es una red de calles, vínculos, sonidos, olores, actividades y lugares donde la vida se encontraba a diario. Por eso Ariel prefería llamarlo “barriada”, una palabra que, según su mirada, resultaba menos conceptual y más territorial.

El libro fue creciendo con el aporte de familiares, vecinos y vecinas que acercaron fotografías, datos y recuerdos. La memoria de los hermanos se cruzó así con la de otras personas que también habían vivido o transitado aquel universo. El resultado es una obra colectiva en su materia prima, aunque tenga la voz de Mari como hilo conductor.

“Mucho de lo que somos está dado en lo que nuestra sociedad es, y gran parte de lo que nuestra sociedad es se define por lo que fue”, plantea en las páginas iniciales. La frase resume la mirada de una autora que no pretende congelar el barrio en una postal antigua, sino recuperar las experiencias que ayudaron a darle forma. En sus páginas, la Escuela 22, la parroquia de Luján, los clubes, los negocios y las casas se convierten en escenarios de una vida compartida.

Mari Angélica Sangronis ya había publicado en 2022 “Una espiada a Proust”, una biografía de lectura de la obra de Marcel Proust. También trabaja como escritora y editora de material académico y dirige tesis de posgrado en áreas sociales, educativas y humanísticas. Sin embargo, reconoce que “Almafuerte, historias chiquitas de Bahía Blanca” ocupa un lugar diferente.

Es un libro nacido de la memoria, pero también de la pérdida, de la identidad y de la gratitud. Un proyecto que comenzó como un sueño de su hermano Ariel y que ella decidió continuar desde las letras, las imágenes y las conversaciones que todavía guarda. Una manera de volver a la casa, a las veredas, a los comercios y a los amigos de la infancia, pero también de decir que aquel barrio no fue solamente un lugar donde crecieron.

Fue el lugar que les permitió seguir adelante. Y ahora, a través de sus páginas, Mari quiere que esa historia también pueda ser recordada por quienes la vivieron y descubierta por quienes nunca llegaron a conocerla.

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