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Sobrevivir 130 años vendiendo sombreros: la historia de una familia que se convirtió en parte de Bahía Blanca
Fundada en 1895, atravesó guerras, crisis económicas, pandemias, temporales e inundaciones. Hoy está en manos de la cuarta generación de una familia que convirtió una sombrerería en un símbolo de la ciudad.
Por Cecilia Corradetti / Especial para La Brújula 24
Hay negocios que terminan vendiendo algo mucho más difícil de conseguir: historia. Casa Vila pertenece a esa categoría.
A simple vista es una tradicional tienda ubicada sobre calle San Martín, en pleno centro de Bahía Blanca. Camisas, cinturones, billeteras, paraguas, ropa para hombres y, por supuesto, sombreros. Pero detrás de sus vidrieras vive una historia extraordinaria que comenzó hace 130 años y que desafía toda lógica comercial.
Porque no es habitual que un comercio familiar sobreviva más de un siglo y mucho menos en Argentina.
Y menos todavía si el producto que le dio origen es precisamente uno de los que más cambió con el paso del tiempo: los sombreros.
Sin embargo, Casa Vila sigue ahí.

La imagen corresponde al primer local con Agustín Vila (de bigotes) en el mostrador. Su hijo, segunda generación, es el niño de la izquierda.
La fundó Agustín Vila a fines del siglo XIX después de aprender el oficio de un francés llamado Ernesto Cordet, quien le enseñó los secretos de la sombrerería. La historia familiar cuenta que Cordet terminó cansándose del viento bahiense y regresó a Francia, dejando el negocio en manos de quien había sido su aprendiz.
Aquella decisión terminaría marcando para siempre la historia comercial de la ciudad.
Desde entonces, cuatro generaciones mantuvieron viva la misma dirección y la misma esencia.
Primero fue Agustín Vila. Después su hijo, también Agustín. Más tarde llegó el tercer Agustín. Y finalmente apareció quien rompió una tradición de más de un siglo.
"Mi bisabuelo Agustín Vila, mi abuelo Agustín Vila, mi papá Agustín Vila y yo, que vine a cortar la racha de hombres", cuenta entre risas Manuela Emma Vila, la actual representante de la cuarta generación.
Su orgullo se percibe en cada palabra y no es para menos.

Agustín y Manuela Vila, tercera y cuarta generación.
El local que atravesó cambios, pandemia e inundación
Mientras miles de comercios desaparecieron, Casa Vila atravesó cambios políticos, económicos y sociales de todo tipo. Vio pasar generaciones enteras de bahienses, sobrevivió a recesiones, hiperinflaciones, pandemias y también a los recientes golpes que sufrió la ciudad con el temporal y las inundaciones.
"La remó muchísimo. Todo el que tuvo un comercio sabe que no es fácil. Hay mucho pulmón y mucho trabajo detrás", resume Manuela.
Pero la clave quizás no estuvo solamente en resistir. También estuvo en adaptarse.

El centro bahiense y el cartel de Casa Vila.
Hace más de un siglo la firma se presentaba como sombrerería, camisería y casa de artículos para hombres. Muchas de aquellas costumbres desaparecieron con el tiempo. Los sobretodos dejaron de ser una prenda habitual. Los sombreros dejaron de ocupar el lugar central que alguna vez tuvieron. Cambió la moda, cambió la sociedad y cambiaron los hábitos de consumo.
Casa Vila también cambió, aunque sin abandonar nunca su identidad.
"Seguimos vendiendo sombreros, aunque ya no como antes. Pero también seguimos con camisas, cinturones, paraguas, billeteras y muchos otros artículos para hombres, tal como sucedía en los orígenes", explica Agustín Vila, tercera generación al frente del negocio.
Las fotografías antiguas permiten asomarse a un mundo que parece de otra época.
En una de ellas aparecen pequeñas cajas apiladas prolijamente. Y Manuela explica que allí venían los cuellos y los puños de las camisas. Sí, separados.
Las camisas no se vendían armadas como hoy.

El conformador permitía medir la cabeza.
El cuerpo iba por un lado y los cuellos y puños por otro, porque podían desmontarse para prolongar la vida útil de la prenda.
En otra imagen aparecen baúles y zapatos exhibidos en el mostrador: Casa Vila tuvo una de las primeras concesiones de Grimoldi en Bahía Blanca, otro dato que habla de la importancia comercial que alcanzó el negocio durante décadas.
Las épocas en que los sombreros llegaban uno por uno
Los sombreros también llegaban de una manera muy distinta.
Venían uno por uno, dentro de cajas redondas individuales.
El costo del transporte era enorme y eso convertía a cada pieza en un artículo de gran valor.
Hoy llegan apilados y los procesos son diferentes, pero la fascinación que despiertan sigue intacta.
Quizás por eso las mejores historias nacieron alrededor de ellos.

Agustín Vila, tercera generación, en el mostrador junto a un amigo. Es el de la izquierda.
Agustín Vila guarda decenas de anécdotas que forman parte de la memoria oral de la ciudad.
Una de sus favoritas involucra a dos personajes inolvidables.
Por una puerta ingresó un cliente conocido como Odronov, un mago local que utilizaba un elegante sombrero de ministro. Por la otra apareció Tiani, dueño de un célebre circo.
La presentación fue inmediata y también la demostración de habilidades.
Sin que el mago lo advirtiera, Tiani le sustrajo el reloj de bolsillo que llevaba sujeto al chaleco. Se lo devolvió. Volvió a quitárselo y volvió a hacerlo una tercera vez.
La cara de Odronov, recuerdan, era impagable.
Pero el espectáculo recién comenzaba.
Tiani le pidió que extendiera la mano, dejó caer ceniza de un habano sobre el dorso y le indicó que la girara cuando contara hasta tres.
Cuando lo hizo, la marca de la ceniza apareció en la palma. Los clientes estallaron en risas.
Décadas después, la escena todavía se recuerda dentro del local.
Otra historia involucra a un cliente que encargó un sombrero hecho a medida.
En aquellos tiempos se utilizaba una horma especial con pequeños puntos de referencia para copiar exactamente la forma de la cabeza.
Cuando Agustín intentó retirarla, ocurrió algo inesperado. La horma salió... junto con la peluca del cliente.
El hombre reaccionó rápidamente, acomodó el postizo como pudo y continuó la conversación con una naturalidad que hoy provoca carcajadas en la familia.
Son historias pequeñas pero son justamente esas historias las que explican por qué Casa Vila es mucho más que un comercio.
Es un lugar de encuentro, un espacio donde las personas siguen entrando para comprar, pero también para conversar.
Por eso a Agustín muchos lo conocen como "El Pulpo".
La explicación la da su propia hija.
"Le dicen así porque vos llegás y no sabés cuándo te vas. Te agarra con los tentáculos y charla, charla y charla", cuenta divertida.

Agustín Vila primera generación: el fundador
Un espacio de encuentro y de charla
Otros comparan el negocio con una antigua jabonería donde los vecinos se reunían a tomar café y ponerse al día, porque sigue apostando por algo que parece antiguo pero sigue siendo efectivo: el trato humano.
"Uno vuelve a los lugares donde lo atendieron bien y donde lo hicieron sentir bien", asegura Manuela.
La historia también atraviesa a quienes no llevan el apellido Vila.
Como Marcos, empleado histórico del negocio y considerado prácticamente un miembro más de la familia.
"Para mí es como un hermano", dice ella.
El secreto parece estar en los valores que fueron pasando de generación en generación: el amor por la familia, la humildad, el trabajo, el cuidado de cada detalle y la convicción de que detrás de cada cliente hay una persona.
Bahía Blanca cambió enormemente desde que aquel francés decidió regresar a Europa: la moda cambió; también la forma de comprar, las calles.
Pero Casa Vila sigue ahí, en el mismo corazón de la ciudad. Hace exactamente 130 años.
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