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El alma de Sosa y Goyeneche sobrevoló el Miravalles

El Café Bar Miravalles fue escenario de una noche cargada de emoción, música y memoria.

Entre lágrimas, anécdotas y un bar que quedó chico para tanto corazón, Bahía Blanca celebró el centenario de los dos máximos colosos del tango. Una noche en la que el pasado se hizo presente en cada copa de vermut.

Hay noches en las que el tiempo parece detenerse para permitir que los mitos bajen a la tierra. El pasado sábado, el Café Bar Miravalles no fue solo un bar: fue un templo de la memoria. En el marco de la inauguración de la décima temporada de “Un vermut con la historia”, una multitud se amontonó —literalmente, hasta ganar la vereda— para abrazar el recuerdo de Julio Sosa y Roberto “El Polaco” Goyeneche, a 100 años de sus nacimientos.

El aire se espesó de emoción desde el primer minuto. El descubrimiento de una placa con los rostros de estos dos titanes fue el puntapié inicial. Allí, junto a Alejandro Miraballes, Gisela Caputo, Matías Italiano, Karina Sánchez y el historiador José Valle, el bronce pareció cobrar vida bajo la luz del atardecer bahiense.

El salón, envuelto en ese silencio respetuoso que solo el tango sabe imponer, se iluminó con el andar elegante de Laura Borelli y Gustavo Rodríguez, quienes dibujaron sobre las baldosas la cadencia de una época dorada.

La música tendió un puente generacional. La frescura de Galo Valle, con un fraseo que recordó el yeite de los viejos cantores, trajo el arrabal con un “Garúa” que pareció humedecer los ojos de los más veteranos, mientras que la dulzura de Paz Cebrián, con su versión de “Honrar la vida”, demostró que el tango no es una pieza de museo, sino sangre joven. Sin embargo, cuando Gaby, “la voz sensual del tango”, entonó las estrofas de “La última curda”, la emoción se volvió tangible. Fue un tributo a esas voces que, aunque ya no están, siguen dándole sentido a nuestras tristezas y alegrías.

José Valle no solo brindó una charla: realizó un acto de justicia histórica. A través de anécdotas cargadas de humanidad, bajó a Sosa y a Goyeneche del pedestal para sentarlos a la mesa con el público. Entre los relatos y la entrega de distinciones a los queridos Emilio Turcumán y Marcelo Cebrián, el bar se transformó en una gran reunión de amigos que se resisten al olvido.

Lo vivido el sábado trascendió lo artístico. Fue un grito de identidad. En un mundo que corre detrás de lo efímero, el Miravalles propuso la pausa: el vermut al caer el sol, la charla sin reloj y el debate apasionado.

Al final, cuando la noche terminó de adueñarse de la esquina, quedó en el aire el perfume de una época que se resiste a morir. El Miravalles, con sus paredes cargadas de ecos, fue el escenario de un milagro cotidiano: el reencuentro de un pueblo con sus mitos. Porque “Un vermut con la historia” no es solo un ciclo; es la trinchera donde la memoria se defiende con un brindis. Entre el recuerdo de la voz de acero de Sosa y el susurro agónico del Polaco, Bahía Blanca volvió a confirmar que, mientras el sol caiga y un vaso de vermut invite a la charla, la identidad será siempre el refugio donde el olvido no tiene permiso para entrar.

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