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De Ayer a Hoy

Alejandro Alcalá enfrentó obstáculos y comprobó que nada es imposible

Bahiense de pura cepa, tiene Síndrome de Down y es un ejemplo de constante superación. La Escuela Alborada en su vida. El día que casi lo toman de rehén. “Mi familia me estimuló para ser quien soy”, dijo.

Por Leandro Grecco
Facebook: Leandro Carlos Grecco / Instagram: @leandro.grecco / X: @leandrogrecco

Alejandro Alcalá es sinónimo de superación. Nació con Síndrome de Down y gracias a una estimulación temprana y constante esfuerzo elevó sus capacidades, logrando cada objetivo. Su vida está íntimamente ligada al nacimiento de la Escuela Alborada, institución creada a partir de sus necesidades educativas. No solo lo alfabetizó, sino que le permitió descubrir oficios. El fruto de su esmero se tradujo en un modo digno de ganarse la vida, demostrando que la inclusión real es posible cuando se apuesta por el potencial de cada persona.

El protagonista de esta edición de la sección “De Ayer A Hoy” en La Brújula 24 consolidó una fuerte identidad ligada a su comunidad. Su fanatismo por Independiente, y en particular por la figura de Ricardo Bochini, lo identifican. Además, sus veranos en Monte Hermoso son parte de su sello personal: allí, en la playa, disfruta socializar con vecinos, turistas y amigos, ofreciendo siempre una palabra amable o una historia bien contada. El gran mérito fue el de convertir la cotidianeidad en un espacio de aprendizaje y afecto mutuo.

Gran narrador de anécdotas, también vivió experiencias marcadas por el riesgo. Como esa mañana mientras vendía bolsas de residuos en la puerta de un banco. Allí puso a prueba su temple. Hoy, con espíritu resiliente como guía y carisma inconfundible, no descarta hallar en el futuro a una compañera, si el amor cruza su camino. No solo abrió puertas con su propio ejemplo, sino que sigue demostrando que cada día puede traer nuevas oportunidades.

“Mis primeros años transcurrieron en el Barrio San Martín, a la vuelta del club Estrella, un lugar entrañable en mi recuerdo y al que iba solo. Siempre disfruté del cariño de todos los vecinos del sector que aún hoy me brindan su afecto”, enfatizó Alejandro, cómodamente ubicado en el living del departamento del microcentro en el que vive.

Y evocó que “tuve una infancia que fue preciosa, mi papá Raúl era un hombre ejemplar, trabajó primero en un taller mecánico y luego lo hizo en una compañía de seguros como tasador. Él me llevaba a su primer empleo y me ayudaba a entrar a la fosa para que aprenda, pese a que claramente la reparación de vehículos no era mi fuerte. Era un lindo plan para mi acompañarlo”.

En tal sentido, puntualizó que “mi mamá se llama Matilde y trabajó en Entel, donde llegó a ser gerente y mi hermano dos años menor es Sergio, una persona a la que quiero mucho porque siempre hemos sido muy unidos. El equipo de básquet que él integraba lo dirigía Miguel Río, que además vivía en la primera cuadra de la calle 9 de Julio, a pocos metros de lo que fue nuestra segunda casa familiar”. 

“Recuerdo que gracias a su mirada inclusiva de hace más de 50 años pude jugar y luego me había encargado que sea el que hable con el DT del rival antes de los partidos. Por estas cosas lo considero un ser extraordinario a quien llegué a apreciar muchísimo por su nobleza”, confesó “Ale”, con notoria gratitud.

Con respecto a su formación, destacó que “fui al Jardín de Infantes N° 1, luego pasé brevemente por una escuela, hasta que mis padres tomaron la decisión de fundar la Asociación Alborada junto a otro reducido grupo de personas, un espacio que me cobijó y me dio la posibilidad de aprender a leer y escribir”. 

“En esa época lo que hacía era transcribir un texto de una hoja a la otra, así es como logré incluso entender lo que estaba redactando. Disfrutaba mucho de ir a la panadería que estaba enfrente de casa, de la familia Caporossi, donde no llevaba dinero y la persona que me atendía anotaba lo que compraba en una libreta”, enunció el entrevistado, con la simpatía que lo caracteriza.

Consultado respecto de sus gustos personales, fue tajante: “La música ocupa un lugar de preponderancia casi desde que tengo noción del tiempo, primero aprendí a tocar la guitarra, después el órgano y, posteriormente, complementé todo eso con el deporte que era furor en los 90: el pádel, donde me la rebuscaba bastante bien. Mis referentes eran ‘El Paz’ Martínez al que fui a ver al Teatro Gran Plaza, Valeria Lynch, Los Pimpinela, CAE”.

“Sin embargo, mi ídolo máximo como hincha de Independiente es Ricardo Bochini, a quien conocí a partir de una sorpresa que me preparó todo mi entorno más cercano. En una visita a Bahía me dio en mano la camiseta firmada por él. Era la primera vez que lo tenía enfrente y la emoción fue tan grande como mi amor por su persona. Lo abracé y no quería soltarlo, era como un chico que se daba el lujo de tocar a un ser que parecía inalcanzable”, dijo.

Sin medias tintas, no vaciló en aseverar que “para mi Alborada es como mi segunda casa, hice muchas amistades, crecí junto a esta institución porque después de ir a las clases, pasé al taller, donde cortaba las bolsitas de residuos, con una máquina en la que tenía que tener la precisión de apretar una suerte de pedal para la confección”.

“También me dediqué en aquellos años a hacer cepillos, que era algo más artesanal porque había que tirar de las cerdas que pasaban por sobre la plancha de madera. Era habitual lastimarse los dedos porque usaba un alambre para hacer fuerza y que se complete de esa forma el proceso de fabricación del producto”, describió Alejandro sobre la metodología utilizada para llegar al resultado final.

La vida le iba a ofrecer al querido “Ale” otra sorpresa: “Posteriormente, pude descubrir una faceta que no tenía en el radar y tiene que ver con la gastronomía. Hice el curso de Manipulación de Alimentos que se extendió por espacio de un año y luego hice otro curso que me demostró que, a todas luces, la cocina era mi lugar en el mundo”.

“Aprendí la importancia de separar los sectores de la cocina entre los artículos para elaborar comida para personas celíacas y el resto de los consumidores. De lunes a viernes, desde temprano a la mañana y hasta las 13:30 estoy en Alborada para preparar los almuerzos de los más de 50 chicos de la escuela que van al comedor”, expresó, promediando el ida y vuelta con este cronista.

Paralelamente, se definió como una persona “muy detallista”, al tiempo que sumó: “Trato de estar en todo momento muy cerca del cocinero para que todo salga tal cual lo previsto, por eso es que nunca se nos quemó ningún menú (risas), no tenemos ningún blooper para traer a esta charla”.

“Soy consciente de que los bahienses me conocen desde mis años en la puerta del Banco Provincia de calle Almafuerte. Me hice amigo de los empleados, entre ellos Jorge Seitz, de los clientes que a diario llegaban a la sucursal y muchos de ellos me compraban antes de irse y hasta de los policías que tenían a cargo la custodia del lugar”, enumeró Alejandro.

Una de las anécdotas que más lo marcaron fue un hecho de inseguridad que lo tuvo como protagonista involuntario: “En una oportunidad, corrían los últimos meses del año 99 y, con el antecedente de la masacre de Ramallo, sucedió algo similar en el interior de ese lugar donde transcurrían mis mañanas, aunque con un desenlace no tan trágico. Recuerdo que mi mamá estaba en el interior del banco cuando entró un grupo de delincuentes con el objetivo de robar”.

“Lo primero que atiné a hacer fue cubrir las bolsitas y los cepillos y la recaudación de la jornada. Hicieron tirar a todos al suelo y a mi no me tocaron, pero uno de los ladrones que hacía de campana quería llevarme de rehén, algo a lo que me rehusé, dónde iba a ir con esta cara (risas)”, acotó, respirando aliviado y dándose un espacio para una broma ante un episodio aterrador.

La cronología del suceso duró unos segundos que parecieron una eternidad: “Cuando salió mi mamá e hice contacto visual con ella me tranquilicé, se me aflojaron las piernas porque en ese ínterin en el que se estaba cometiendo el asalto recé para que no le hagan nada”.

“Respecto de la inclusión, creo que hoy estamos mucho mejor que antes porque, si bien nunca me sentí discriminado, antes me costaba un poco más la inserción. Disfruto de los veranos en Monte Hermoso y en la playa soy uno más de todos los vecinos, cebo mate, juego al tejo con ellos, me baño en el mar aplicando todo lo que me enseñaron en mis años de natación, converso con todo el mundo y me tratan de primera”, evaluó Alcalá.

Consciente de lo que genera en quienes lo frecuentan, afirmó: “Soy una persona popular y considero que viene por añadidura porque siempre fui amable y respetuoso con los demás. También me di el gusto de hacer un programa de televisión junto con Javier Barbieri y hasta estuvimos ternados para un Premio Martín Fierro en Mar del Plata donde nos rodeamos de personas famosas del ambiente del espectáculo”. 

“En una oportunidad, Luis Alberto Cano me convocó para hacerme una entrevista en 1000 Metros y luego fui yo quien le sugerí invertir los roles, él aceptó y terminé oficiando como el conductor y él el invitado en su propio programa televisivo”, se enorgulleció.

Cuando se le preguntó sobre su futuro, no dejó margen para elucubraciones: “No pienso en jubilarme como hacen muchos de mis compañeros, hasta que las piernas me respondan como hasta hoy, seguiré cocinando en Alborada, escribiendo en la pizarra el menú del día, una de las tareas que tengo asignadas”.

“A la juventud le recomiendo que hagan lo mismo que yo, que estudien y se capaciten. Que sean fuertes, en mi caso, el momento más duro que me tocó atravesar fue la muerte de mi papá, pero luego de a poco, pensando y dándole vueltas a la situación, reflexioné e hice un click para meterle para adelante”, expuso, promediando la conversación.

A su manera, Alejandro hizo el duelo en silencio y llamándose a sosiego: “Lloré muchísimo aquella pérdida, pero junto con mi mamá y mi hermano miramos siempre para adelante, pese a haber perdido a quien era mi consejero. Mi familia, siendo muy chico, me llevó a Buenos Aires para interiorizarse sobre mi situación y cómo estimularme de forma tal de tener la calidad de vida que hoy tengo”.

“Me hubiese gustado llegar a este momento de mi vida en pareja, no se dio, pero es algo que nunca descarto. Tampoco cierro esa puerta porque soy de los que creen que en la vida todo llega y quizás me enamore”, suspiró, encendiendo la posibilidad de pensar un futuro con una compañera a su lado.

Para el final, dedicó un párrafo a tres pilares fundamentales que lo mantienen jovial: “Soy un tío que lleva ese título con honor. Tengo tres sobrinos que son unos fenómenos, a los que considero unos genios: Julián de 31 años y del cual también soy su padrino, Agustín de 29 y Joaquín (25), con los cuales mantengo un vínculo muy estrecho. Me hacen sentir importante y esa es una felicidad que no se puede describir con palabras”.

La perseverancia, el acompañamiento adecuado y la confianza en sí mismo despierta una profunda admiración. Aprender a leer y escribir, la inserción laboral y su vínculo afectivo con la comunidad son claros ejemplos de inclusión genuina y efectiva. Con su carisma natural inspira a quienes lo rodean y supera largamente la expectativa de vida de cualquier otra persona con la misma condición genética vinculada al cromosoma extra. Supo reclamar en silencio sus oportunidades para construir el camino del héroe.

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