De Ayer a Hoy
Marta Castro, entre tijeras y secadores: "La peluquería es una vocación"
Narró detalles de la infancia. Fue mamá soltera y víctima de violencia. La resiliencia lejos de casa y su arribo a Bahía. Pese a un robo sufrido antes de la pandemia y la inundación, pudo volver a empezar.
Por Leandro Grecco
Facebook: Leandro Carlos Grecco/Instagram: @leandro.grecco/X: @leandrogrecco
Marta Castro nació en el Valle Medio de Río Negro y su niñez transcurrió entre los paisajes rurales y la vida sencilla. Con el tiempo, se radicó en una chacra, donde aprendió el valor del esfuerzo. Sin embargo, nada fue fácil: siendo aún menor de edad se convirtió en mamá soltera y debió enfrentar una dura realidad marcada por los golpes y el maltrato, lo que la llevó a tomar la valiente decisión de empezar de nuevo lejos de su tierra.
Ya en Buenos Aires, con solo lo puesto y el vigor de quien no se deja vencer, descubrió casi por casualidad su conexión con la peluquería, profesión que se transformaría en su sostén y su gran pasión. Rodeada de herramientas para cuidar el cabello y largas horas de trabajo, edificó su nueva vida, ganando experiencia y confianza. Recorrió distintos lugares, siempre en busca de oportunidades que le permitieran crecer.
El destino la ubicó en Neuquén, donde tuvo como cliente al dirigente político más influyente de esa provincia a comienzos del nuevo milenio. Poco después, se instaló definitivamente en Bahía Blanca, ciudad en la que halló su lugar en el mundo. Con calidez y compromiso, se ganó el cariño y respeto de la comunidad, consolidándose como una de las profesionales más reconocidas. En la sección “De Ayer A Hoy” de La Brújula 24, nos zambullimos en la historia de superación que la acompaña.

“Si bien nací en Choele Choel, soy oriunda de la localidad rionegrina de Luis Beltrán, donde transcurrieron mis primeros años de vida y, pese a los momentos tristes que me marcaron, guardo muy lindos recuerdos de mi pueblo”, afirmó Castro en el comienzo de su testimonio, cómodamente sentada en uno de los sillones de la amplia sala de espera de su peluquería.
Y agregó con cierta ternura e inocultable nostalgia: “Me fui siendo niña como consecuencia del fallecimiento prematuro de mi mamá, es por esa causa que luego pasé mucho tiempo conviviendo en la chacra que estaba muy cerca del casco urbano con mi hermana y mi cuñado”.
“Hacía absolutamente todo, cosechaba, plantaba y pese a que ni siquiera era adolescente aún, me pagaban como al resto de los que trabajaban la tierra. Con ese dinero compraba ropa para mis sobrinos, era un gustito que me daba”, destacó mientras hacía un rápido repaso mental de aquella época.

Respecto de su formación, detalló que “fui a la Escuela N° 11, terminé la primaria y luego no pude completar mis estudios porque tuve a mi hija con 15 años y antes de cumplir 18 ya tenía al segundo. Debí luchar porque ser mamá soltera en aquella época en un pueblo tan chico era bastante difícil”.
“Armé las valijas y decidí buscar mi destino lejos de casa, en una pensión muy fea de San Isidro en la que nos radicamos los tres. Fue una decisión complicada porque en cierta forma huía de una historia de maltrato por parte del papá de mi segundo hijo, el cual ejercía mucha violencia sobre mí”, denunció Marta, con la fortaleza de quien se sobrepuso a semejante aberración.
Evitando ahondar en pormenores, pero siendo lo suficientemente concreta resumió: “Estaba en peligro, era un hombre que prácticamente me tenía secuestrada y si no me iba de esa situación no sé qué hubiese pasado porque hasta sufrí lesiones por sus golpes en distintas partes del cuerpo”.

“En Buenos Aires tuve la suerte de encontrar a Coty De Moreno, una brillante formadora en temas vinculados con la peluquería. La conocí cuando estaba buscando un empleo, ella primero me permitió estudiar y a los tres meses ya estaba trabajando”, exclamó con un total entusiasmo.
Tuvo que comenzar virtualmente de cero: “Hasta ahí, mi única experiencia en este rubro tan maravilloso era la de cortarle el cabello a mi mamá, pero de caradura, como una total y absoluta autodidacta a la que le faltaba adquirir toda la parte técnica de la profesión”.
“Fueron dos años viviendo allá, hasta que volví a mi pueblo porque ya no había riesgos de reencontrarme con mi ex pareja, hubo momentos en los que me instalaba en Neuquén y luego regresaba a Beltrán”, acotó, respecto a cierta postura nómade al buscar establecerse en un determinado sitio.

A partir de ese momento, el sol volvió a brillar en su vida: “Me casé con un hombre muy bueno, con el que nos fuimos a vivir a Córdoba junto a su familia. Sin embargo, cuando quien por entonces era mi suegro se quedó sin empleo, nos instalamos en Bahía Blanca, que en definitiva era el lugar de origen tanto de él como de mi suegra”.
“Cuando llegué acá ya tenía 22 años y recién había nacido mi tercer hijo y empecé a hacer peluquería a domicilio, no teníamos dinero para alquilar un local para abrir el salón, era un contexto muy complicado para el país, sobre fines de la década del 80”, dijo, añorando el desafío que significó asumir semejante responsabilidad.
Y aseguró: “A eso se le sumaba mi inestabilidad, no tenía constancia para atender sin un lugar físico, hasta que conocí a Guillermo Álvarez, un estilista de Villa Mitre que falleció hace un par de años, quien me ofreció algunos de sus clientes”.

“Él lo hizo desinteresadamente, sin esperar nada a cambio, y me permitió crecer y ampliar mi llegada. Es una persona que extraño mucho y a la que le estaré agradecida de por vida ante semejante gesto”, recalcó, con evidente muestra de cortesía al honrar la memoria de quien ya no está y fue vital en su desarrollo.
Marta no ahorró elogios para los bahienses: “Lo que más destaco de la ciudad es la calidez de su gente. Más que el hecho de ganar dinero, logré cosechar muchos amigos, gente que me quiere, salir a la calle conmigo es una odisea porque estoy permanentemente saludando (risas)”.
“En 2001 me fui otra vez como consecuencia de la crisis, regresé a Neuquén donde fui peluquera de (Jorge) Sobisch en uno de sus períodos como gobernador provincial. Era un salón humilde, pero él no tenía ningún tipo de tapujo de concurrir, un ser excepcional, conozco a sus hijos, las nueras y a su esposa ‘Coca’”, contó Castro, ingresando al tramo final del ida y vuelta con este cronista.

Su destino estaba marcado y llegaría el momento de echar raíces sobre bases sólidas: “El paso de los meses me devolvió a Bahía, tiraba mucho el sentimiento de regresar a la que considero mi ciudad pese a no haber llegado al mundo en estas tierras. Si bien abrí en otro lugar, ya hace unos 15 años que estoy en la esquina de Estomba y Maldonado”.
“Respecto de las modas que hoy están en pleno auge en cuanto a los cortes y peinados, estoy convencida que está casi todo inventado y mucho de lo que hoy aparece como tendencia, es un refresh de aquel pasado”, opinó desde el más absoluto de los respetos por los nuevos estilos.
Lejos de guardar la clave de su éxito, la comparte casi a diario: “A quienes quieren iniciarse en esto les digo que la peluquería debe ser una vocación, no debe ser encarada solo para pensarla como una forma de ganar dinero. Cuando empecé a estudiar, una de las materias era la técnica de la barbería, rendía examen con la navaja que se afilaba con la chaira, no había maquinitas como en la actualidad”.

“Hoy existen los peluqueros especializados en cabellos con rulos, no lo veo mal, pero a mi me tocó aprender la atención del pelo lacio o con bucles. Entiendo el marketing actual, debí hacer los alisados con líquido de permanente y talco. Esto no quiere decir que no haya cosas nuevas para incorporar”, admitió la profesional dueña del espacio estilista del Barrio Pacífico.
Ya sobre el epílogo, repasó las contingencias de los últimos tiempos: “La inundación hizo estragos, el agua llegó a las rodillas y afectó a parte del equipamiento, estoy esperando a que terminen de secar las paredes que faltan pintar. Los muebles también se vieron dañados y todos mis ahorros fueron destinados a reponer lo que esta catástrofe arruinó”.
“Es una etapa delicada porque se suma a los meses de más aislamiento de la pandemia y tres robos que sufrí previamente, En uno de ellos, ocurrido la madrugada del 21 de febrero de 2020, literalmente me desvalijaron el local”, se afligió.

No obstante, cerró rescatando lo positivo: “Fueron años complejos, pero aflora lo mejor del entorno, mujeres jubiladas traían planchas y secadores para donar, otras personas me brindaron respaldo económico, no me puedo quejar. Lloré dos días por el robo, pero los tres meses siguientes, las lágrimas fueron de emoción por tanto cariño recibido”.
La trayectoria de Marta Castro es reflejo de una vida atravesada por la constancia y el afán de progreso. Supo transformar las adversidades en impulso y cada desafío en aprendizaje, sin perder la humildad ni la empatía. Ella inspira a quienes la rodean por el éxito alcanzado y por la fuerza interior que le permitió reinventarse, dejando una huella imborrable en cada lugar donde desplegó su vocación y su espíritu inquebrantable.
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