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El lado B de un colectivero bahiense que "manejó hasta la luna y volvió"

Guillermo Bek fue chofer por 32 años. Su amistad con Gastón Duprat. Una enfermedad que casi le cuesta la vida. Sus anécdotas al volante. Y un legado: “Fue un orgullo y mi vocación manejar un micro”.

Por Leandro Grecco
Facebook: Leandro Carlos Grecco/Instagram: @leandro.grecco/X: @leandrogrecco

Ciertos oficios gozan del reconocimiento de los ciudadanos por el gran sacrificio que supone llevarlos adelante. También resulta innegable la mala prensa que otro sector intenta imponer sobre la misma profesión porque, en definitiva, hay tantas percepciones como personas que opinan al respecto. Todas las opiniones son válidas, dentro del marco del respeto.

La mirada hacia el chofer de colectivo suele hallar, entre los usuarios del transporte público, una consideración positiva. Es que se genera con el pasajero una familiaridad propia de la rutina diaria, en la que quien va al volante cumpliendo con el recorrido y el que paga a diario el boleto genera un clima fraternal entre ambas partes.

Guillermo Bek soltó el volante del micro definitivamente hace muy pocas semanas. Según el cálculo que realizó sobre la distancia recorrida, concluyó que sumó 887.334 kilómetros entre 1994 y 2025, descontando los días francos y vacaciones. Y lo graficó de un modo simpático: fue a la luna ida y vuelta (y le sobró). En La Brújula 24, presentamos a Guillermo Bek.

“Nací casi de manera circunstancial en Bahía Blanca porque al poco tiempo me instalé en Rivera con mi familia por el trabajo de mi papá hasta que cumplí los ocho años. En aquel momento mis padres se separaron y yo regresé acá con mi mamá, porque mis hermanos que son más grandes ya estaban viviendo en Buenos Aires”, destacó Bek, en el inicio de la charla con este cronista.

Y resaltó: “Inicié la primaria en el pueblo, para luego continuar en la Escuela N° 39 del Palihue y la secundaria en la Media N° 2. Fui un alumno del montón y compañero de aula del guionista audiovisual Gastón Duprat; aún mantengo cierto vínculo con él, a tal punto que cada vez que voy a Buenos Aires tratamos de encontrarnos”. 

“Ya siendo niño se notaba que tenía una capacidad superadora para su edad, veía las cosas de otra manera y lo considero un amigazo. En paralelo, jugaba al fútbol, no llegué a trascender, pero lo hacía con el equipo del barrio Comahue, donde pasé mi infancia y juventud, en el viejo Complejo Cala Gogó. Tuvimos la suerte de formar una escuadra que daba muchas satisfacciones en la categoría en la que competimos”, sostuvo, apelando a su prodigiosa memoria. 

No obstante, recalcó que “mi primer trabajo, cuando aún no tenía 18 años, fue como cadete en bicicleta para una farmacia. Me fui a vivir un tiempo a Brasil, dos años y medio junto a mis hermanos, en Recife, una ciudad ubicada sobre la costa noreste de aquel país. Ayudaba a uno de ellos en un bar de playa, con la idea de quedarme solo un breve lapso, pero la estadía se prolongó más de la cuenta”.

“Cuando parecía que ya estaba establecido allá, regresé a Argentina por una enfermedad, provocada por la picadura de un mosquito, la cual no afecta a los nativos de Brasil porque se los vacuna cuando son niños. Es como si fuera el Dengue y en mi caso me provocó una inflamación en la pierna y puso en riesgo mi vida. Mi mamá se preocupó, pagó mi pasaje de avión y regresé para curarme, con la idea de volver allá, algo que finalmente no ocurrió”, afirmó Bek.

Debió comenzar de cero: “Cuando me recuperé, empecé a trabajar en lo que fue el Supermercado Burgos, hasta que surgió la posibilidad de ser chofer de colectivos, a través de un tío que me recomendó. Siempre me gustó manejar, con 12 años aprendí mirando en el asiento trasero cómo mi hermano le enseñaba a mi mamá. Soy un convencido de que tengo la vocación de colectivero y que esa etapa debía comenzar y terminar del modo que la concluí”.

“Comencé con 24 años, hice las prácticas por casi seis meses con el chofer titular que daba tres vueltas del recorrido y las últimas cuatro las llevaba a cabo el aspirante. Así aprendí el oficio. La primera línea en la que presté servicio fue la ex Güemes, que fuera absorbida por el resto de las compañías que cedieron una o dos unidades. Ayudó que en el servicio militar me presenté como conductor porque apenas cumplí los 18 obtuve la licencia. Siempre me gustó manejar, por eso sentí orgullo de ser chofer de colectivo”, exclamó entusiasmado.

Inmediatamente, le dio paso a las anécdotas: “Un domingo a la tarde, me hicieron señas, frené y una mujer me preguntó si en el micro no iba una nena, nada menos que su hija, la cual su marido se había olvidado de bajar. Venía en el ómnibus detrás mío, eran tiempos en los que no existía el Whatsapp, por eso el grado de desesperación que manejaba era importante”.

“El otro chofer recién se dio cuenta de la presencia de la niña, de unos cinco años, cuando estaba llegando a la matera. Ella se le apareció en el pasillo y, después de haber dormido en ese tramo del recorrido, le preguntó por su mamá y su papá. Cuando el colectivo emprendió el regreso, la criatura se reencontró con su familia”, sintetizó Guillermo.

La segunda tiene ribetes inesperados: “En otra oportunidad, una pasajera que rompió bolsa en pleno trayecto y estaba a punto de dar a luz, por lo que le pregunté al resto de los que iban a bordo si la llevábamos nosotros al hospital o llamábamos a la ambulancia que no sabíamos cuánto iba a tardar. El tiempo realmente era apremiante”.

“Pregunté en voz alta y coincidimos en tomar la primera de las opciones, por lo que desvié el recorrido y la llevamos a la guardia del Hospital Penna, tanto a ella como a su marido. Con el transcurrir de los días, esta misma señora se subió con el bebé en brazos y me agradeció aquel gesto. Son recuerdos que quedan en el alma”, resumió, mientras bebía de su café.

Con lujo de detalles, relató otro episodio: “También tuve otra situación aún más dramática, cuando sobre calle Alberdi y a pocos metros de la Plaza de Villa Mitre, un nene en bicicleta iba en contramano con otro amiguito que lo acompañaba al lado terminó debajo de la unidad, pese a que frené, no pude evitar la colisión. Tuvo tanta mala fortuna que el freno de su rodado se clavó en una de las piernas, lo que hizo que perdiera sangre a borbotones”.

“Mientras los pasajeros llamaban a la ambulancia, corrí, agarré la franela, le hice un torniquete y a un vecino del lugar le pedí un balde con agua para limpiar la herida porque era una imagen muy impresionante, daba la sensación de que se había cortado la pierna. A los pocos días, subió el niño con su mamá, me dieron una franela nueva y un regalo”, enunció con una mueca de alivio en su rostro.

Y cerró este capítulo con otra secuencia imperdible: “La última que quiero contar remite a un verano, cuando iba en el micro al Balneario Maldonado y todos los pasajeros subían con sus reposeras y heladeras. Con tanta mala suerte que una tarde se desató una tormenta justo antes de llegar a destino, por lo que toda la gente que se encontraba disfrutando de ese paseo público se amuchó con la intención de volver”.

“Eran más de 100 personas, todas con sus pertenencias, a las que me vi obligado a subir, dentro de las posibilidades se fueron apretando. El primer tramo, hasta que fueron bajando los primeros y aflojó un poco la tormenta, iba casi a paso de hombre. Una verdadera locura, pero no tenía otra opción realmente”, confirmó el entrevistado.

Al dar vuelta de página, sintetizó que “hoy, que estoy jubilado y siendo tan joven, decidí que me tenía que mantener activo, después de ver a compañeros que dejaron de trabajar y tuvieron problemas de salud al encontrarse sin tener nada que hacer. Quizás sea por el estrés que se maneja al volante, con la cabeza a mil por eso bajar a cero cuesta y mucho”.

“Soy fanático de los autos, tengo un Club llamado Ford Raza Fuerte, el cual suele ser invitado por la Municipalidad de Bahía Blanca para los desfiles o para que exhibamos los vehículos en la Fiesta del Ajo. Paralelamente, tengo a cargo el kartódromo de asfalto del Autódromo de Bahía Blanca, una actividad que me apasiona”, apuntó con énfasis.

Posteriormente, recapituló al sincerar que “fueron 32 años como chofer de colectivo, con mi sobrina hicimos el cálculo aproximado de la cantidad de kilómetros que realicé, tomando el cuenta el recorrido, los días trabajados, descontando vacaciones. Mis inicios fueron en la 503, luego seguí en la 505 de la Microsur, la 504 de Plaza y terminé en la misma línea en la que había dado los primeros pasos, ya siendo San Gabriel”.

“El apoyo de la familia ha sido fundamental, es lo más importante que tenemos, he vivido episodios delicados cuando me tocó hacer el servicio nochero cuando nadie lo quería asumir luego de que a tres de mis compañeros los habían agredido. Por mi carácter, sabía cómo manejar a quienes ejercían actos de violencia, en especial los sábados a la noche, cuando muchos intentaban subir de prepo y sin pagar”, reflejó Guillermo.

No obstante, Bek transitó los cambios en el sistema de cobro del pasaje: “Experimenté casi todas las etapas, empecé cortando boleto, después vino la etapa del guarda, la llegada de Tarjebus y ahora la SUBE. Si me daba cuenta que una persona no tenía dinero o no se percataba de que se había quedado sin crédito, la dejaba pasar. Los años me permitieron advertir si me querían sacar una ventaja y, cuando notaba que alguien se pasaba de vivo, no le permitía viajar sin pagar”.

“El último día fue mejor de lo que imaginaba, increíble, la empresa me permitió colocar la bandera en el frente del ómnibus y desde que puse primera que recibí el aplauso de mis compañeros, fue inolvidable, emoción pura. Los pasajeros también se sumaron al saludo y le dieron el toque final a una secuencia inolvidable”, confesó, con sus ojos vidriosos.

Por último, afirmó que “ellos saben quién soy yo, que me arrimo al cordón, espero al que viene corriendo para que no tenga que esperar al siguiente colectivo. A cada uno de los que sube le digo ‘buen día’, siempre fui muy respetuoso con la gente, en especial con las personas mayores, me considero de la vieja escuela”.

Vital, con los reflejos intactos y apto para seguir llevando a cabo su quehacer, Guillermo Bek supo reinventarse y encontrar una alternativa para ocupar el tiempo de ocio. Ejerció con la nobleza de los grandes la faena que tenía encomendada. Se preparó para este momento y le dio un sentido a levantarse todos los días sin la presión de cumplir horarios. Por eso, la sonrisa se le dibuja en el rostro, por la satisfacción del deber cumplido.

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