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DE AYER A HOY

“Me jubilé como juez en el momento indicado, al inicio del zaffaronismo”

Enrique José Montironi acredita una dilatada trayectoria como magistrado en el fuero penal. La disyuntiva entre Derecho y Medicina. El caso Glasman. Y una frase: “No fui alguien duro, solo aplicaba la ley”.

Por Leandro Grecco
Facebook: Leandro Carlos Grecco/Instagram: @leandro.grecco/Twitter: @leandrogrecco

La personalidad que hoy es objeto de esta edición dedicó buena parte de su vida a impartir justicia, guiado por un profundo sentido del deber y la ética. Su infancia estuvo marcada por la felicidad junto a su familia y el cariño de buenos amigos con los que mantiene una relación de mutua estima hasta el día de hoy. 

Desde joven, este hombre mostró una inclinación hacia el Derecho, decantándose por esta disciplina en lugar de la Medicina, una decisión que definiría su futuro profesional. A lo largo de su carrera en el fuero penal, se destacó por su firmeza y compromiso con la justicia, dictando miles de sentencias en causas de diversa gravedad. Su capacidad para discernir y aplicar la ley le permitió forjar una sólida reputación como juez. Con el tiempo, nuevas corrientes jurídicas, conocidas como garantistas, empezaron a ganar terreno, introduciendo enfoques con los cuales él no comulgaba. Decidió retirarse en ese contexto, prefiriendo mantenerse fiel a sus principios y convicciones. Hoy en día, pese a la gran responsabilidad que implicaba su investidura, camina por la calle con total naturalidad. La propuesta de LA BRÚJULA 24 es conocer algo más sobre Enrique José Montironi.

“Nací a tres cuadras de mi domicilio actual, sobre calle Holdich, enfrente del Club Atlético Argentino. Mi mamá era maestra y mi papá un chapista que, en calle Juan Molina, llegó a tener el taller más grande de Bahía entre la década del 50 y 60. Si con mis dos hermanos nos hubiéramos dedicado a ese mismo rubro, seríamos el Ilari de la actualidad (risas)”, sostuvo, desde la comodidad del living de su domicilio del macrocentro.

Y replicó: “Soy el mayor de los tres, el que me sigue que también es abogado y el más chico se dedica al campo. Hice un año de jardín de infantes en María Auxiliadora, cuando era mixto, A los 5 años ingresé al primario al Colegio Don Bosco, siendo uno de los más chicos del curso porque cumplo años el 19 de junio. Allí me formé hasta quinto año de la secundaria”. 

“Fui un buen alumno, me gustaba estudiar y creo que fue en parte por la influencia de mi mamá docente, quien ofició como una especie de guía, eso hizo que tenga calificaciones altas. Antes de iniciar los estudios universitarios no me decidía entre Abogacía y Medicina. Sin presionarme, mi papá me manifestaba que le gustaría tener un hijo que se reciba en la carrera de Derecho”, recalcó, apelando a lo más recóndito de su memoria. 

Eran momentos de toma de decisiones: “Hice el test vocacional con el padre (Francisco) Calendino, el cual arrojó como resultado esas dos alternativas y una tercera que era la carrera militar. Tengo la certeza de que si hubiese sido médico, también lo habría disfrutado. Me recibí de abogado el 19 de diciembre de 1974, con 23 años, en la Universidad Nacional de la Plata y luego de ello hasta evalué la posibilidad de realizar la carrera de Medicina”.

“Esa posibilidad se diluyó rápidamente, volví a Bahía, empecé a ejercer desde mi estudio jurídico en mi domicilio particular y, paralelamente, comencé a practicar con un primo de mi mamá, “Chiche” Romanelli, que tenía su despacho en Saavedra 14. En 1976 me plantearon la posibilidad de ingresar al Poder Judicial, una propuesta seductora porque mi idea era desempeñarme en el fuero penal”, advirtió, con una notable claridad en su relato.

Paralelamente, se alinearon los planetas y “Pepe” no desaprovechó la posibilidad: “Un grupo de personas, entre los que estaba el fiscal (Jorge Enrique) Aldacour, me presentó al doctor (Francisco) Bentivegna quien recientemente había sido nombrado juez, con apenas 29 años. Justo se produjo un movimiento porque a (Elsio) Tarabelli lo designaron como magistrado y con él se fue (Hugo) Cavallaro. Allí es donde ingresa María Pía Fava y se produce un segundo llamado, una entrevista, se me propuso para secretario del Juzgado Penal Nº 2, por lo que el 3 de noviembre de aquel año juré en La Plata”. 

“Con la doctora Fava hicimos más de diez años de carrera prácticamente a la par y es una persona a la considero una amiga. Antes no había concurso y al ver cómo pasaba el tiempo sin posibilidades de llegar a Fiscalía ni Defensoría, empecé a impacientarme. Hasta que se abrió una puerta en 1987, a raíz de que se dividieran los Juzgados en Criminales y Correccionales y se necesitaba de más jueces”, afirmó el ex magistrado.

Promediando la charla, resaltó que “siempre fui apolítico y, sin preguntarme sobre mi afición ideológica, los doctores Guido y Vidal me preguntaron si me interesaba el Juzgado Correccional Nº 3. Respondí afirmativamente y el gobernador bonaerense de aquel entonces (Alejandro) Armendáriz firmó mi designación. Eso ocurrió en 1986 y estuve allí hasta que volvieron a unirse los Juzgados, quedando al frente del Criminal Nº 6, hasta 1998”. 

“Allí llegó la reforma, donde pasamos del sistema inquisitivo a uno acusatorio, además de la modificación del paradigma hacia la oralidad. Debuté junto a mi colega (Hugo) De Rosa y (Mario Lindor) Burgos, con un formato novedoso que nos era absolutamente desconocido porque era un cambio total al dejar atrás el proceso escrito, en el cual recibía la denuncia, dictaba la preventiva, hacía lo propio con la sentencia y la ejecutaba”, contó en lo ligado a un nuevo paradigma jurídico. 

Inmediatamente desmitificó una creencia popular: “Muchos pensarán que nos podríamos estresar, pero nada más alejado de eso porque teníamos en claro que había que cumplir con la disposición. En Bahía Blanca, junto a mis colegas con el formato anterior, nunca tuvimos necesidad de pedir la prórroga para dictar una preventiva por más voluminosa que fuera una causa. Se trabajaba porque éramos seis jueces, tres defensores y tres fiscales”. 

“No sé si aquello era mejor o peor, pero se acumularon situaciones que siempre entendí de la siguiente forma: el que investiga y acusa no juzga y el que no investiga es el que juzga. Parecía contradictorio que aquello que vino a clarificar no termine siendo tal, para mí era más sencillo, porque lo que tendría que ser una elevación a juicio con 10 o 20 testigos lejos estuvo de dar agilidad el proceso”, disparó con espíritu crítico. 

Ingresando de lleno a los casos emblemáticos en los que tuvo un rol central, no vaciló en reconocer que “sin lugar a dudas, la causa por el crimen de (Felipe) Glasman me marcó. Debo decir que se trabajó muy bien con el fiscal (Christian) Long, porque en un principio no encontrábamos nada, la leíamos y releíamos y no encontrábamos nada. Hasta que él, con su perspicacia, notó que la mecánica de los hechos estaba en el mismo expediente. Fue apasionante”. 

“Se fue enhebrando una sucesión que, a priori, parecía perfecta, pero que en realidad no era tal porque hurgando se podía descubrir un hilo y luego saltaba otra punta como por ejemplo con lo que pasó con la Policía de Tres Arroyos. El entrelazamiento de los teléfonos también fue vital para avanzar en la búsqueda de la verdad, en tiempos en los que no era tan sencillo obtener esos datos”, suspiró aliviado, rememorando un tramo crucial del proceso por uno de los episodios más conmocionantes de la historia moderna bahiense.

Fiel a su estilo, no vaciló en sostener una postura que lo ubicaba con una interpretación distinta a sus colegas: “Voté en minoría por una perpetua porque para mi era un homicidio calificado por una remuneración. En estos hechos nadie firma un recibo y por eso no había pruebas. En Casación, uno de los jueces mantuvo mi posición, por eso tan descabellada no era mi teoría, la cual sostuve porque no había relación entre el autor del homicidio (Vicente “Tito” Colman) con Glasman. Nunca se pudo saber quién pudo haber encargado el crimen, si detrás estuvieron los laboratorios, los médicos o una persona particular detrás”.

“Respecto del doble crimen de María Victoria Chiaradía y Horacio Iglesia Braun, estuve en una parte de la instrucción hasta que me excusé cuando llegó el momento del debate oral. Lo que presenté fue una suerte de principio de emisión de opinión en la etapa de la investigación por el robo del auto, con Goyeneche y Coronel Suárez”, explicó, ingresando al tramo final del ida y vuelta.

Montironi confirmó que “el otro caso que dejó una huella en mí fue por un hecho ocurrido en Coronel Dorrego, en el cual una nena de 10 años es atropellada por un auto (conducido por Mauro Emilio Schechtel) para llevarla a otro lugar, abusarla y luego prenderla fuego. Ella logró sobrevivir pese al calvario padecido y, en pleno juicio, el padre de la víctima me comentó que su hija le dijo en el avión sanitario que no me preocupara por ella, que la cuide a su mamá”.

“Siempre fui muy frío, tratando de no involucrar mis sentimientos durante un proceso, pero aquella frase, desgarradora por cierto, me movilizó profundamente. Aquel fue lo que se dice en el mundo del derecho un ‘leading case’ (caso destacado), dimos la mayor pena posible por acumulación, 40 años de cárcel”, lanzó “Pepe”, implantando lo que por entonces fue un hito histórico en el derecho penal bonaerense.

El entrevistado tuvo en sus manos infinidad de causas: “Debo haber dictado más de 6 mil sentencias, pero otro caso emblemático en el que tuve que dar un veredicto fue el de (Luis Eduardo) Valenzuela Concha, que aún está preso, quien violó a su hijo de tres años y lo mató golpeando su cabeza contra el piso porque lloraba mucho. Lo condenamos a prisión perpetua con la accesoria de reclusión por tiempo indeterminado”. 

“Fui criticado porque la línea de Zaffaroni hablaba de una doble imposición. Mis detractores afirmaban que me iban a revocar el fallo. Luego, fue a Casación, las Cortes de la provincia y de la Nación y en todos los casos la sentencia quedó confirmada, algo que tiempo atrás me avisó el juez de Ejecución Penal (Claudio) Brun”, mencionó, inflando el pecho. 

Pese a que se encontraba en su plenitud, le llegó el retiro: “Me jubilé, pero hubiera seguido trabajando, aunque lo que me empujó a no continuar fue el cambio de corriente que se vivió en la Justicia. Yo venía de una escuela diferente a la era zaffaroniana y no congeniaba. Como era de los más nuevos de los magistrados de la vieja camada, intentaron convencerme para que siga, pero ya no fue posible”.

“No me considero un juez duro, era alguien justo y previsible. Cuando no tenía elementos para condenar, absolvía y solo me limitaba a aplicar la Ley. Cómo son las cosas que los abogados presentaban las denuncias por usurpaciones cuando yo estaba de turno. Sabían que mandaba a desalojar el lote porque a todas luces se estaba cometiendo un delito in situ”, evocó, con una sonrisa en su rostro. 

Sobre el final de su carrera judicial, sostuvo: “El 3 de noviembre de 2012, (Daniel) Scioli, que por entonces era gobernador bonaerense, me aceptó la renuncia. A partir de entonces aproveché para leer y viajar junto a mi señora, porque mis hijos para ese entonces ya eran grandes. Tal es así que siempre digo que disfruté mucho más de mis nietos que de ellos mismos”. 

“Tardé 19 años en construir la casa en la que vivo actualmente, mi único bien es esto y mi auto, por eso reniego de aquellos que tienen infinidad de propiedades. Desde que fui secretario gané un sueldo para nada exorbitante y que nada tiene que ver con la creencia que existe sobre quienes trabajamos en el Poder Judicial”, concluyó.

La vida de Enrique José Montironi, marcada por el servicio a la justicia y la integridad, le ha permitido ganarse el respeto y la admiración de su comunidad. Retirado, reflexiona con satisfacción sobre su trayectoria, consciente de haber dejado una marca imborrable en el sistema judicial y en la vida de quienes fueron alcanzados por su labor.

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