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informe especial

Salud bucodental: tan necesaria como no apta para cualquier bolsillo

La realidad odontológica de los bahienses. Los riesgos de contraer enfermedades por falta de cuidados. Los elevados costos de los tratamientos. La falta de cobertura. Y la batalla silenciosa con los mecánicos dentales.

Por Leandro Grecco, redacción La Brújula 24
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Durante los próximos tres años, el lema del Día Mundial de la Salud Bucodental será “Siéntete orgulloso de tu boca”. En otras palabras, “valórala y cuídala”. El 20 de marzo se realizarán actividades, eventos y campañas en diferentes países, incluido Argentina.

La Federación Dental Internacional explica: “Este año, queremos inspirar el cambio enfocándonos en la importancia de la salud bucal para la salud en general, porque una buena salud bucal puede ayudar a vivir una vida más larga y saludable. Y eso es algo por lo que vale la pena actuar”.

A partir de este disparador es que LA BRÚJULA 24 asumió el compromiso de elaborar un informe especial con relación a la realidad bahiense desde el punto de vista de los tratamientos odontológicos, indispensables para mantener una vida saludable y, en un segundo orden y desde el punto meramente estético, ostentar una boca presentable y prolija.

Se trata ni más ni menos que de uno de los rubros ligados a la salud que mayor impacto recibió a partir de la declaración de la pandemia, a partir de los múltiples factores que van desde el riesgo de contagio por la proximidad entre paciente y profesional, hasta lo oneroso que significa acudir a una consulta y el panorama se complica si se trata de un tratamiento prolongado.

Dos profesionales de la ciudad ahondaron sobre estas cuestiones, revelando distintas situaciones que a diario viven en la profesión y, en algunos casos, hasta desterrando ciertos mitos, creencias que parecían estar arraigadas en el imaginario popular y que no lo son tal.

Juan Manuel Giambartolomei y Juan Mauricio Morán tienen mucho en común, además de compartir el primero de sus nombres. Ambos tienen prácticamente la misma edad y se formaron prácticamente en simultáneo. Si bien el primero ejerce buena parte de su tiempo en Buenos Aires, también tiene, al igual que el segundo, una cartera de pacientes en Bahía Blanca.

Los dos son odontólogos de una nueva camada (menores a 40 años) y ya ostentan una dilatada experiencia en la profesión. Abordaron diferentes aspectos ligados con su noble oficio y se prodigaron ante cada una de las inquietudes que surgieron por parte de este cronista, en un rubro que a muchos les causa pánico de solo escuchar la palabra “dentista”, asociado con el sonido del torno o el particular aroma de sus consultorios.

Giambartolomei (MP: 13836) fue el primero en “abrir la boca”, algo tan natural para ellos, pero siempre para cuidar dentaduras y encías ajenas. “Durante los primeros meses de la pandemia, hubo dos etapas distintas. Hubo pacientes que optaron por discontinuar los tratamientos que venían realizando hasta marzo de 2020, particularmente en las primeras semanas donde reinaba la incertidumbre. Y otros tuvieron un comportamiento diametralmente opuesto, al pretender continuar con lo que se les había indicado de la forma que fuera, algo que en aquel entonces resultó imposible por los motivos que son de público conocimiento. Una vez que comenzó a abrirse el panorama, comenzamos a conocer un poco más sobre esto del Covid-19 y se reactivó la actividad”.

Juan Manuel Giambartolomei.

Frente a una consulta orientada hacia un sentido similar, Morán (MP: 0926) sostuvo que “para realizar chequeos se sugiere visitar al profesional con la mayor frecuencia posible, al menos siempre pensando en los pacientes que vienen realizando controles de rutina. A partir del alta que otorga el profesional, lo que se recomienda es programar un turno anual. Y la razón del mismo está vinculada con la aparición de un surco pigmentado, el cual puede pasar desapercibido si no se hace un seguimiento periódico, al igual que una caries la cual trabaja con el paso del tiempo y deben ser examinadas en la clínica”.

Juan Morán.

“No obstante, el nivel de atención bajó muchísimo, pero es aquí donde entra en juego la disponibilidad del profesional porque en condiciones normales uno venía atendiendo a 20 pacientes diarios, pero con esta reconfiguración no se puede recibir en el consultorio a más de tres o cuatro por lo que implica la preparación previa  y posterior del consultorio, además de alistar al paciente que demandan mucho tiempo. Si a eso le sumamos que el valor monetario de la consulta se incrementó, existieron muchos factores que alejó a la gente del odontólogo”, sintetizó el primero de los profesionales consultados.

El valor de una ortodoncia se ubica en el orden de entre los 40 y 60 mil pesos, según el material utilizado –metal o cerámico– y luego, durante el tratamiento (unos dos años), una cuota de entre 2 y 3 mil pesos que abona mensualmente ante cada visita

El miedo paraliza. Esa sensación no contribuye en virtud de mayor cantidad de personas saludables. Ese temor que implica levantar un teléfono para solicitar un turno fue evaluado por el segundo de los odontólogos consultados: “Manejo dos estrategias. Una está vinculada a la empatía con aquellas personas que me visitan por primera vez, tratar de ponerse en su lugar y hacer de cuenta que es uno mismo el que va a ser atendido. Allí, uno opta por explicar en qué consiste la práctica dental, cuáles son las sensaciones que pueden aparecer durante la misma. La experiencia le brinda al odontólogo herramientas para manejar estas situaciones, por ejemplo con los más pequeños a los que se les permite manipular el instrumental y se trata de darle un tinte lúdico al turno”.

El ‘kit Covid’ corre por cuenta de quien se acerca a realizar la consulta de rutina. El costo –no homologado– oscila los $800, dependiendo del profesional. Algunos lo exigen tanto para el uso propio como para el paciente, lo que duplica ese número.

“Además, la evolución del instrumental y el equipamiento hacen que la tarea sea más relajada, al punto que en la mayoría de los casos los pacientes llegan a quedarse dormidos en el lapso que dura la atención, en especial cuando las sesiones son largas”, describió.

Protocolos, estética y cáncer bucal

Giambartolomei abordó tres aspectos fundamentales de su oficio. El primero de ellos es el más actual y se refiere al protocolo COVID-19: “Particularmente puedo asegurar que son 100% seguros, más allá de que hoy no exista nada infalible. El correcto uso hasta el más mínimo detalle que indica el fabricante es esencial para reducir al máximo los riesgos. Uno confía en estas medidas, las cuales, además, fueron evolucionando mucho con el correr de los meses”.

“La falta de educación en relación con la higiene bucal impacta negativamente en la salud de los pacientes. Esto se puede observar en aquellos de edad avanzada, porque en el caso de los más jóvenes hay una mejoría vinculada en buena medida por la regularidad con la que se higienizan la boca. Un aspecto que contribuye a esos hábitos de conducta es el relacionado con la estética que, si bien va por un carril diferente, se asocia con la salud bucal, donde muchos nos solicitan alcanzar el tono más blanco posible en las piezas dentales. Es allí donde los pacientes encuentran interés en su cuidado personal”, recalcó, a sabiendas de que aún persiste una deuda histórica en tal sentido.

Por último, se expresó sobre el flagelo del cáncer bucal: “La falta de controles odontológicos es uno de los tantos argumentos que explican esta problemática. Con visitas cuatrimestrales al profesional, tal como se recomienda, se podrían evitar muchas de estas patologías o, al menos, permitirían un diagnóstico temprano para iniciar un tratamiento. Hubo campañas a nivel municipal que ayudaron a la toma de conciencia”.

Cobertura ausente y mecánicos dentales “intrusos”

A su turno, Morán se zambulló en dos tópicos que están “en boca de todos” (valga otra vez el juego de palabras) y que explican la crítica situación del sector, que no solo se explica por la irrupción de una pandemia, sino que datan de mucho tiempo antes, por una conflictividad sin solución.

“Lo oneroso de los tratamientos y la prácticamente nula cobertura de prepagas y obras sociales son los temas más delicados que uno debe afrontar en la profesión. Este problema sin solución genera roces entre los profesionales y quienes requieren de atención, porque son ellos quienes merecen la mejor atención al alcance. Frente a este panorama, si se trata de terapias prolongadas en el tiempo, se ofrecen planes de pago. Es por eso que uno puede aconsejar que resulta más económico acudir al consultorio con asiduidad, para evitar hablar de implantes, en especial en aquellas bocas jóvenes”, mencionó, sin vacilar ni apelando a medias tintas.

Pero también reflejó otro choque de intereses, muchas veces silenciado, pero no por eso resuelto o inexistente: La intromisión indebida de los mecánicos dentales en nuestra órbita es histórica. “Existe una amplia mayoría de ellos que ejerce su tarea responsablemente, siendo muchos de ellos parte de un equipo integrado junto con nosotros, generando una comunicación constante para realizar rehabilitaciones bucales. Existe un grupo reducido a los que se denominan ‘cubeteros’, término utilizado por la cubeta que es el instrumental que usamos para tomar impresiones”.

“Son estos quienes realizan un ejercicio ilegal de la profesión, poniendo en peligro la integridad del paciente, al no saber realizar todas las maniobras correctas que pueden derivar en la formación desde úlceras hasta lesiones pre-cancerosas, a raíz de desconocer el trabajo fino, dejando librados al azar una serie de detalles. A tal punto es complejo el tema que el paciente puede quedar más expuesto a contraer enfermedades de transmisión a través de sangre o saliva. Más allá del mito que existe sobre el presunto ahorro de dinero, la tarifa de estos mecánicos dentales termina siendo idéntica a la de un odontólogo matriculado”, cerró el odontólogo bahiense.


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