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Soledad o elección: qué explica la psicología sobre quienes viven con pocos vínculos
La cantidad de contactos resulta insuficiente para medir el bienestar emocional: especialistas diferencian aislamiento, necesidad afectiva y autonomía saludable.
Una persona puede trabajar, mantener contacto con familiares y conversar habitualmente con conocidos, pero no tener a quién recurrir ante una crisis. Esa situación, sin embargo, no implica necesariamente que sea antisocial, infeliz o tenga dificultades para relacionarse.
La psicología diferencia el aislamiento —la cantidad objetiva de contactos— de la soledad, entendida como la distancia entre los vínculos que alguien desea y aquellos que realmente posee. Por eso, una persona puede estar rodeada de gente y sentirse sola, mientras otra puede pasar gran parte del tiempo sin compañía y encontrarse perfectamente cómoda.
En términos clínicos, ser antisocial tampoco equivale a preferir pocos vínculos. El concepto refiere a un patrón de desprecio por los derechos ajenos. Para alguien reservado, en cambio, una red social reducida puede resultar suficiente y saludable.
La teoría del apego plantea que determinadas experiencias tempranas influyen en las expectativas sobre la disponibilidad de los demás. Cuando pedir ayuda provocó respuestas frías, imprevisibles o dolorosas, algunas personas desarrollan una fuerte autosuficiencia. El periodista Daniel Moran sintetizó ese mecanismo como “necesitar menos para sufrir menos”.
De todos modos, no todas las personas sin amistades profundas atravesaron experiencias adversas. Mudanzas, separaciones, duelos, crianza, trabajo remoto, problemas de salud o simples características del temperamento también pueden modificar las relaciones sociales.
Una forma de evaluar si existe un problema es observar cómo se siente alguien después de estar solo. “Si termina descansada y con claridad, puede tratarse de una elección restauradora”. Por el contrario, si aparecen vacío, ansiedad o la certeza de que nadie responderá ante una necesidad, podría existir una carencia afectiva.
La autonomía saludable tampoco supone rechazar cualquier ayuda. Poder recurrir a otra persona cuando hace falta es parte de un vínculo equilibrado.
Los especialistas remarcan que la calidad pesa más que el número. Una pareja, un familiar, un compañero, un vecino o una comunidad pueden brindar apoyo significativo. Cuando la falta de relaciones genera sufrimiento, ansiedad o depresión, la terapia puede contribuir a reconstruir gradualmente espacios de confianza e intimidad.
Con información de La Nación
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