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De Ayer a Hoy

Báncora tiene la llave para abrir la puerta de la vida que siempre imaginó

Activo como siempre evocó la niñez en White. El incondicional amor por el club Libertad. Su intervención profesional en escabrosos casos judiciales. Y una reflexión: “Mi familia es todo, más no puedo pedir”.

Por Leandro Grecco
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Eduardo Báncora nació en Bahía Blanca, pero su historia comenzó ligada al movimiento ferroviario y al pulso de una ciudad que todavía crecía al ritmo de sus barrios, sus clubes y sus comercios familiares. “Nací el 23 de marzo de 1951 en el Hospital Ferroviario porque mi papá fue guarda y luego inspector en el ferrocarril”, recuerda, como quien ubica desde el inicio una coordenada afectiva antes que un simple dato biográfico.

Tiene una hermana menor llamada Susana, que actualmente vive en Capital, y transcurrió la niñez en Ingeniero White, un lugar que marcó sus primeros años y al que vuelve desde la memoria con nombres, direcciones y escenas familiares. “Mis primeros años de vida fueron en una casa que estaba sobre calle Magallanes, luego nos mudamos a Knout 3816, donde mis padres tenían un almacén muy conocido”, cuenta.

Aquel comercio no era apenas un modo de ganarse la vida, también fue un punto de encuentro, una rutina compartida y una muestra de esfuerzo familiar. “Ambos se turnaban para atenderlo porque mi mamá también trabajaba, era profesora de Corte y Confección en la Escuela Profesional N° 13”, repasa Báncora, al describir a sus padres como parte de una generación habituada al sacrificio cotidiano.

Con los años, esa relación con el rubro comercial tendría continuidad en otra etapa de la familia. “Luego, cuando nos mudamos a Villa Rosas, siguieron dentro del rubro que posteriormente le permitió tomar la posta a mi hijo Javier junto con Marcela, mi nuera, que siendo novios crearon La Banderita, un autoservicio muy chiquito que hoy se convirtió en un supermercado con una importante cantidad de sucursales”, destaca.

En la vecina localidad portuaria creció, estudió, cosechó sus primeros amigos y empezó a descubrir el deporte como espacio de pertenencia. “En White viví hasta los 13 años, hice la primaria en el Colegio Sarmiento y la secundaria en el Mosconi”, señala. La frase, breve, resume una etapa que para muchos bahienses de su generación estuvo marcada por la escuela, la calle, el club y la vida de barrio.

En el plano personal, Báncora no duda en poner a su esposa en un lugar central. “Estoy casado con Nora Vilas, una persona fundamental en mi vida que, además, fue docente y una de las fundadoras de Incudi y, además de Javier, somos padres de Sebastián y Ramiro”, expresa, dejando entrever una historia familiar construida sobre la compañía, la vocación y el compromiso.

El fútbol apareció temprano y con fuerza. Antes de ser dirigente, técnico, consejero o referente de distintas instituciones, Eduardo fue jugador. “Siendo adolescente jugué en Comercial, fue una época muy linda para mí, el entrenador era ‘el Bibi’ Greco y tuve muy buenos compañeros como Francisco Nani, su hermano Juan Carlos, Héctor ‘Tarzanito’ Pescetti, ‘Pocho’ Núñez que era un poquito más grande, pero compañero en los babys”, rememora.

La lista de nombres continúa como una postal de aquellos años en los que el deporte barrial forjaba otras amistades también duraderas. “También ‘Chiche’ Baley y ‘Petaca’ Antozzi, con los que éramos prácticamente contemporáneos”, agrega. Cada apellido parece traer consigo una cancha, una charla, un vestuario, una tarde de juego o una anécdota que todavía conserva valor.

Su primer empleo llegó hacia fines de los años 60 y estuvo vinculado al movimiento portuario. “Fue en la Corporación Frutihortícola Argentina, a fines de la década del 60, con un puesto administrativo en una oficina en el Puerto, controlando la exportación junto a ingenieros agrónomos que venían desde Capital”, relata. Una experiencia temprana, ligada al trabajo formal, la responsabilidad y el contacto con otra dinámica productiva de la ciudad.

Sin embargo, el oficio que lo acompañaría durante décadas apareció por otro camino, casi como una consecuencia familiar. “Para ese entonces, mi suegro tenía tornería y cerrajería en Vieytes 88, frente al Colegio Don Bosco y junto a un tío de mi esposa, Salvador Tomás, comencé a adentrarme en ese oficio que es el que me acompaña hasta hoy”, recuerda.

La cerrajería se transformó en mucho más que una ocupación. Con el tiempo, Báncora encontró allí una preparación particular, exigente y poco común. “Me empecé a especializar en cajas fuertes, tesoros de bancos, lo que me permitió desempeñarme en distintas entidades financieras de todo el país, viajando desde Bahía Blanca hasta Río Gallegos”, explica.

Ese trabajo lo llevó a recorrer rutas, bancos, oficinas y ciudades, pero también a intervenir en situaciones complejas. “He sido convocado en ocasiones a participar de procedimientos para abrir puertas de inmuebles donde había alguna persona fallecida o una caja de seguridad junto a algún escribano o agente del Poder Judicial”, señala.

Allí, el oficio requiere precisión, conocimiento y, sobre todo, respeto. No se trata únicamente de abrir una puerta o una caja, sino de ingresar en momentos sensibles para otras personas. “No es una tarea sencilla porque suele darse en situaciones que son dolorosas para los familiares, por encontrar personas sin vida luego de varios días”, reconoce.

Báncora describe ese trabajo con la naturalidad de quien lleva décadas frente a cerraduras, mecanismos y emergencias, pero sin perder de vista la dimensión humana de cada intervención. “Nosotros podemos abrir las puertas con ganzúas especiales y a veces hay que perforar o hay otra alternativa según la marca y el tipo de dispositivo”, detalla.

La vida institucional también ocupa un capítulo importante en su historia. El Club Libertad fue uno de esos lugares donde el vínculo empezó por cercanía y terminó en pertenencia. “Me incorporé por insistencia de mi esposa y amigos como es el caso de ‘Pocho’ Barú, ‘el Vasco’ Zatarain y los hermanos Peirano, en especial Raúl, un amigo de toda la vida”, dice.

Desde allí comenzó una etapa extensa, de participación sostenida y compromiso con el deporte local. “Me fui sumando a las comisiones directivas, también estuve al frente de cuerpos técnicos en Primera División, jugué a las bochas y fui consejero de la Liga del Sur entre 1976 y 2023, entidad en la que también me desempeñé como tesorero y secretario”, enumera.

La Liga del Sur, con sus reuniones, discusiones, torneos, clubes y protagonistas, fue parte de su vida durante casi cinco décadas. Pocos recorridos permiten mirar el fútbol bahiense desde tantas perspectivas: jugador, entrenador, dirigente, consejero y testigo de distintas épocas.

En el banco de suplentes también tuvo una satisfacción importante. “Paralelamente, como director técnico salí campeón en 1985 con Huracán”, recuerda. La frase aparece sin estridencias, pero contiene uno de esos logros que quedan grabados en la memoria deportiva de quien los protagoniza.

El paso del tiempo le permitió ver progresar a jugadores que luego trascendieron los límites de la ciudad. “En mi vida estando cerca del fútbol y con los años pude vivir el crecimiento de Rubén Darío Gigena y posteriormente el de Lautaro Martínez”, afirma. Para alguien ligado durante tanto tiempo a los clubes locales, observar ese recorrido ajeno también forma parte del orgullo propio.

La misma mirada aparece cuando habla de otro nombre bahiense con enorme proyección internacional. “También tuve la posibilidad de observar el desarrollo de Facundo Tello, que fue alumno de mi esposa, un muchacho más que aplicado y que se merece estar viviendo lo que experimenta en la actualidad”, sostiene.

Las bochas fueron otra pasión. No una actividad secundaria, sino un espacio competitivo y de amistad que lo llevó a integrar equipos, recorrer provincias y compartir cancha con referentes. “Jugué no solo en Libertad, también lo hice en Villa Mitre, Independiente y Villa Ressia, me di el gran gusto de compartir equipo por espacio de casi seis años con César Colantonio, además de tener de compañero a Juan José Rosso, Evilde Daniele, ‘Chiche’ Hutchinson, Pablo Spurio cuando era jovencito, el suarense Daniel Allende, entre otros”.

Los viajes son parte de una época en la que competir también significaba conocer lugares, fortalecer vínculos y representar a las instituciones con seriedad. “Nos tocaba salir a la ruta cada tres fines de semana. Íbamos a Córdoba, Santa Fe, Entre Ríos o Mendoza”, recuerda Báncora, con la precisión de quien todavía conserva intacto el ritmo de aquellas salidas.

Hoy, Eduardo mira su presente con serenidad. No habla desde la nostalgia inmóvil, sino desde una continuidad: sigue activo, mantiene rutinas y disfruta de lo construido. “A mis 75 años, llevo una vida similar a la que me acompañó en gran parte de mi rutina adulta. Disfruto de lo que hago, ahora también mis nietas ocupan una buena parte de mi agenda, son un orgullo para mí porque son profesionales”, afirma.

La admiración por sus nietas aparece con especial énfasis. “Una de ellas está estudiando Medicina luego de recibirse de nutricionista y la otra cursa la carrera de Abogacía, después de haberse graduado en Relaciones Internacionales, Ciencias Políticas y Gobierno, lo que hoy le permite ser asesora de una legisladora nacional”, cuenta.

Incluso suma un dato reciente que lo emociona y lo llena de satisfacción familiar. “A tal punto que hace unas horas mantuvo una reunión con el Embajador de Países Bajos”, señala, como una muestra concreta de hasta dónde pueden llegar el estudio, la responsabilidad y la constancia.

Sus nietos varones también tienen su lugar en ese mapa afectivo. “Mis nietos varones son más chicos, Imanol juega al fútbol en Libertad y es un bocho, Santiago al rugby en Sportiva y con ese deporte se la pasa recorriendo distintos puntos de la Argentina y mis otros dos nietos son Joaquin y Martino, ambo con una chispa única y muy queribles”, expresa.

En esa enumeración no hay ostentación, sino gratitud. Báncora parece mirar hacia atrás y hacia adelante al mismo tiempo: la infancia en White, el almacén familiar, el oficio aprendido, los clubes, la Liga, las bochas, los hijos, los nietos y el crecimiento de un emprendimiento que nació pequeño y hoy emplea a muchas familias.

“Más no puedo pedirle a la vida. Ver crecer a la familia de forma sana y responsable, con valores, siendo todos trabajadores y honestos es un gran legado”, resume. Tal vez allí esté la clave de todo su testimonio: una vida medida no solo por los logros personales, sino por aquello que queda en los demás.

Ese acervo también se expresa en La Banderita, el comercio que su hijo Javier y su nuera Marcela iniciaron siendo novios y que hoy continúa extendiéndose. “Observar que el supermercado se sigue expandiendo, con la apertura de nuevas sucursales, con más de 140 empleados, es una satisfacción enorme porque sé que mi hijo y mi nuera ponen toda su energía allí”, destaca.

La historia de Eduardo Báncora atraviesa buena parte de la vida bahiense: el puerto, el ferrocarril, Ingeniero White, Villa Rosas, los clubes, los oficios, el comercio de cercanía, la Liga del Sur y las familias que crecen alrededor del trabajo. Su testimonio no busca grandilocuencia, pero encuentra valor en lo cotidiano.

“Puedo decir que la satisfacción es plena porque veo el fruto de una familia que está unida y a la que le va bien en cada cosa que emprende”, concluye. En esa frase final queda condensado el recorrido de un hombre que hizo de la constancia una forma de identidad y que, de ayer a hoy, sigue encontrando en los vínculos su mayor recompensa.

Bahía Blanca es una localidad de unos 336 mil habitantes y lo suficientemente grande como para haber sido la cuna de destacadas personalidades en distintos ámbitos. No obstante, la ciudad –por su mediana envergadura– permite individualizar a esos mismos vecinos que se han hecho acreedores de un cierto reconocimiento por su labor cotidiana. Eduardo Báncora cumple, sin dudas, ambos requisitos y su aporte a la comunidad fue, es y será positivo.

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