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De Ayer a Hoy

"Seguiré en la sastrería hasta que la vista y mis manos ya no funcionen"

Julián Caruso continúa con este noble oficio sin claudicar. Su arribo siendo niño desde Italia. Cómo adquirió los secretos de la profesión para llegar a ser un referente: “Mi legado será la búsqueda de la excelencia”.

Fotos: Pablo Noir (La Brújula 24).

Por Leandro Grecco
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Desde hace casi 60 años existe un comercio en la ciudad que conquistó la confianza de los vecinos de Bahía Blanca y la región. Su dueño es Julián Caruso, un conocido sastre cuyo diferencial fue haber cumplido con cada uno de los clientes que requirieron de sus servicios. 

Cada traje, al que él llama “obra de arte”, lleva su sello distintivo por la indisimulable calidad y buen gusto, aunque lo que más resalta es el hecho de que pudo desempeñar con amor la labor que más le agrada. En La Brújula 24, un ilustre profesional del buen vestir se somete a la sección “De Ayer A Hoy”.

“Soy nacido en Italia, más precisamente en Sicilia, en una localidad llamada Pollina de la provincia de Palermo”, contó Caruso, al repasar una historia familiar atravesada por la guerra, la migración y la necesidad de empezar de nuevo lejos de Europa. No obstante, su vínculo con la Argentina comenzó mucho antes de conocer el país.

En su familia, la decisión de emigrar estuvo marcada por el recuerdo de la Primera Guerra Mundial y por el temor a un nuevo conflicto en Italia. “Mi abuelo falleció durante aquel conflicto bélico, siendo aviador y mi mamá sufrió muchísimo por esa situación que luego inclinó la balanza para que, a mediados del siglo pasado, presionara para venir a Argentina”, relató.

Según recordó, el clima de época resultó determinante. “En 1948 se hablaba de un nuevo conflicto bélico con Italia como protagonista, por lo que ella se sintió muy incómoda y le exigió a mi padre viajar a estas tierras. En ese momento yo tenía ocho años, el tercero de cinco hijos, cuatro de ellos varones, de los cuales uno ya falleció y el resto vivimos acá”.

El viaje comenzó en Nápoles y terminó, primero, en Buenos Aires. Luego apareció Bahía Blanca como destino definitivo. “Subimos a un barco para llegar primero a Argentina donde nos esperaba una tía que hacía un largo tiempo estaba en el país y se había radicado en mi ciudad actual”, señaló.

Los primeros meses fueron de adaptación y convivencia familiar. “Inicialmente nos acogió en su propia casa que estaba sobre la calle Sarratea del barrio Tiro Federal, allí estuvimos un par de meses y luego nos mudamos al domicilio de mi tío que estaba sobre Pellegrini”, explicó.

Aquel cambio, aunque cercano en distancia, significó una mejora para una familia numerosa que llegaba sin recursos suficientes y con la necesidad de integrarse a un nuevo entorno. “Era un domicilio que estaba a pocas cuadras, pero que era mucho más grande, teniendo en cuenta que nosotros éramos siete los que recién llegábamos de Europa y nos debíamos ensamblar con quienes ya vivían acá”, recordó.

Aquel tío que mencionó hace un par de párrafos iba a ser una inspiración en su destino, por arrojo y dedicación. “Su apellido, como el de mi madre, era Cangelosi y se dedicaba a viajar en tren a Capital Federal para comprar los pedidos que le encargaban los comerciantes bahienses”, detalló Caruso. La inserción no fue inmediata. Hubo años sumamente difíciles hasta que su padre consiguió empleo. “Esos primeros tiempos no fueron sencillos, no podíamos pagar un alquiler, aunque luego la situación fue mejorando”, afirmó.

Su padre era zapatero y había llegado con herramientas propias para poder sostener el oficio del otro lado del océano. “Él hacía calzados a medida, ortopédicos y se encargaba también de la reparación de los mismos. Trajo desde su país de origen unas 200 hormas y las máquinas pesadas en el barco dentro de cajones porque era materia prima que no tenía forma de vender antes de viajar a América”.

Para Julián, el arribo al país también implicó retomar su educación. “En Italia hice hasta tercer grado y acá reanudé los estudios en primero superior de la Escuela N° 9 de calle Corrientes, perdiendo un año respecto de lo que ya había hecho en mi país natal”, contó. Con el paso del tiempo, esa decisión la interpretó como parte necesaria de la adaptación. “Visto a la distancia creo que las autoridades estuvieron atinadas porque tenía que aprender a hablar un nuevo idioma, entre otras cosas”.

A los 13 años, la familia dio otro paso. “Mi padre abrió una zapatería en Soler al 600, al lado de la sastrería La Juventud, donde se hizo rápidamente conocido en el ambiente”, recordó. El progreso de ese comercio permitió consolidar la vida familiar. “Le fue muy bien, consiguió una interesante cartera de clientes, lo que le permitió comprar una casa sobre calle Agustín de Arrieta donde nos mudamos y, además, puso otro comercio del mismo rubro”.

En ese contexto, el protagonista de esta nota asumió responsabilidades un tanto impropias para su corta edad, aunque naturales para la época. “En ese sitio comencé a ayudarlo laboralmente, había dejado de estudiar, pese a que con el paso del tiempo hice la secundaria nocturna en la Escuela de Comercio con más de 20 años”.

Su vocación apareció como una proyección familiar, también como la concreción de un deseo que su padre no pudo cumplir en Italia. “Él, siendo niño, había soñado con ser sastre y en su pueblo había un solo profesional que no le quiso enseñar a nadie, supongo que por celos, por ende creo que depositó en mí todo aquello que no pudo lograr en Italia”, expresó. “A mi hermano mayor también le inculcó este anhelo, a punto tal que llegó a aprender los secretos de este trabajo y había puesto un pequeño taller”, agregó.

Sin embargo, el deseo inicial de Julián no estaba ligado a las telas, las medidas ni los moldes. “Siendo niño añoraba ser mecánico de aviones en la Base Espora y cuando lo comuniqué en mi seno más íntimo salieron todos espantados (risas) porque mi familia había escapado de la guerra, era un contrasentido mi propuesta”, recordó.

El oficio de sastre terminó imponiéndose, pero no por obligación sino por descubrimiento. “Cuando me instalé en este maravilloso mundo debo admitir que me encantó, mi hermano abandonó esta rama porque su vocación era otra y prácticamente heredé lo que él dejaba”. El crecimiento profesional llegó de la mano de vecinos y clientes. “Gracias a la gente que confiaba en mí de todo el sector de Tiro Federal, Bella Vista, Sánchez Elías y Villa Mitre es que pude trascender”, sostuvo.

Durante años trabajó en calle Agustín de Arrieta, donde construyó una cartera amplia y sostenida. “Recuerdo que hacía mucha publicidad e imprimía volantes. Permanecí allí por espacio de unos 15 años”, señaló, al tiempo que añadió: “Llegué a tener unos 300 clientes entre toda esa zona y el centro, siendo estos últimos, escribanos y abogados los que iban a hacerse el traje a medida y me insistían para que lleve el negocio a un lugar más cercano a la Plaza Rivadavia”.

Incluso recibió una propuesta concreta para trasladarse al microcentro. “Un profesional al que atendía frecuentemente me ofreció un local en Belgrano y San Martín, del que era dueño, para que monte mi sastrería allí regalándome un año de alquiler, pero rechacé su generosa propuesta”. A los 29 años se casó y formó su familia. Tuvo tres hijos, aunque ninguno continuó el oficio: “Les di absoluta libertad para que elijan su rumbo, es por eso que ninguno de ellos vio su futuro en la sastrería”.

Desde hace cuatro décadas, su lugar de trabajo está emplazado en la primera cuadra de 19 de Mayo. Allí sigue recibiendo clientes, tomando medidas, eligiendo telas y confeccionando prendas. “Llevo ya unos 40 años en esta locación y no me pienso mover de acá (risas)”. La continuidad laboral tiene para Caruso una explicación directa. “Cuando me preguntan por qué con casi 86 años sigo viniendo, la respuesta es simple: me da vida, a las 7 de la mañana ya estoy preparando todo y prácticamente no descanso hasta las 9 de la noche”.

Lejos de asumir el oficio como una obligación, lo describe como una actividad que encara con todas las ganas. “El entusiasmo es el mismo que cuando empecé, es una profesión que me llevó incluso a siempre querer superarme, como lo hice cuando fui a Buenos Aires a aprender corte”. Le piden que baje el ritmo, aunque mantiene una postura definida. “Mi esposa, mis hijos y algunos otros familiares directos me instan a que deje de tomar tantos compromisos y obligaciones, pero mi respuesta es rotunda. El día que la vista y las manos ya no funcionen cuelgo el dedal”.

Entre las muchas historias que acumuló, una de las más recordadas está vinculada al Ballet del Sur. “En una oportunidad tuve que confeccionar en tiempo récord todo el vestuario para la rama masculina de dicho cuerpo que se iba a presentar en un teatro de La Plata”, contó. El trabajo demandó concentración, velocidad y precisión. “Fueron dos meses de vertiginosa labor para confeccionar la indumentaria de una docena de personas y contrarreloj llegué a entregar las más de 30 prendas militares comprometidas”, indicó.

El proceso implicó pasar por diferentes etapas hasta alcanzar el resultado final. “Vinieron todos en un comienzo a tomarse las medidas y un diseñador del Teatro Colón de Buenos Aires para acercarme los bosquejos porque en Capital no la conseguían”, recordó.

La experiencia tuvo un reconocimiento que Caruso conserva como uno de los momentos más importantes de su carrera. “Una de las obras que se puso en escena fue Gaîté Parisienne y la otra no la recuerdo, pero lo que sí tengo presente es el momento en el que el Ministro de Cultura de Nación, a través de la directora del Ballet, me felicitó por la ropa. Esa es la mayor satisfacción que pude recibir, más allá de cualquier otro tipo de retribución”.

Para Julián, el traje a medida no es solo una prenda terminada. También implica criterio, diálogo y una lectura del cuerpo y del gusto de cada persona. “Soy un convencido de que cuando se encarga el trabajo está implícita la sugerencia del sastre en la elección de la tela, su color, siempre con la anuencia del cliente”.

El concepto también aplica para las mujeres: “Lo mismo nos ha sucedido con la confección de las prendas femeninas, donde también hemos sabido desarrollar una depurada técnica”. Después de una vida ligada al oficio, sintetiza su sello en una idea concreta. “Quiero dejar en claro que mi legado es la búsqueda de la excelencia, con eso me sentiré satisfecho”.

Para el lector, el relato puede emparentarse con el devenir de tantos inmigrantes que llegaron al país con la misión de abrirse camino desde el trabajo cotidiano. En cada traje a medida, en cada cliente que volvió a confiar y en cada aprendizaje acumulado, Julián Caruso halló una forma de pertenecer. La fórmula que aplicó es sencilla: apelar al sacrificio, con dedicación y búsqueda permanente de excelencia.

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