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La historia del bahiense que transformó su enfermedad en un mensaje al mundo

Raúl Robbiani, de Bahía Blanca, vive con esclerosis múltiple y creó el Símbolo Universal de la Empatía, una propuesta que ya circula en la ciudad y busca expandirse a nivel global.

El diagnóstico de esclerosis múltiple primaria progresiva marcó un antes y un después. Fue una transformación profunda en su vida cotidiana.

Cecilia Corradetti / Especial para La Brújula 24

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“Un abrazo puede cambiar la forma en que el mundo ve la discapacidad”.

La frase no es solo una consigna. Es el corazón de un proyecto que nació de una experiencia personal atravesada por el dolor, la adaptación y, sobre todo, la necesidad de darle un nuevo sentido a lo que parecía quebrarse.

Raúl Ariel Robbiani tiene 52 años, es diseñador gráfico y es de Bahía Blanca. Durante años trabajó en agencias de publicidad, editoriales y de manera independiente, siempre impulsado por una inquietud constante: explorar hasta dónde puede llegar la comunicación visual.

“Siempre me acompañó lo que podría definir como el fuego sagrado del diseño gráfico”, cuenta. Ese impulso, que lo llevó a desarrollar su carrera, nunca se apagó. Pero en 2014, todo cambió.

Desde Bahía Blanca, sin estridencias, sin campañas masivas, Raúl Robbiani empezó a mover una idea para incluir.

El diagnóstico de esclerosis múltiple primaria progresiva marcó un antes y un después. No fue solo una noticia médica: fue una transformación profunda en su vida cotidiana, en su cuerpo y en su forma de habitar el mundo.

“A partir de ese momento, mi vida cambia profundamente y me enfrento a nuevos desafíos, tanto físicos como emocionales”, resume.

Sin embargo, con el tiempo, algo empezó a moverse en otra dirección.

Lejos de detenerlo, ese proceso también transformó su mirada como diseñador. Lo obligó a repensar lo esencial: qué comunicar, cómo hacerlo y, sobre todo, para qué.

Robbiani integra el observatorio para personas con discapacidad.

La idea que apareció en el observatorio para personas con discapacidad 

En 2019, esa búsqueda encontró un espacio concreto cuando se sumó al Observatorio de los Derechos de las Personas con Discapacidad, dentro del Concejo Deliberante. Llegó como asesor y diseñador gráfico. Empezó trabajando en la identidad visual del espacio y en la comunicación de sus actividades.

Pero en medio de ese trabajo cotidiano, apareció una idea.

Fue al pensar una acción para el Día del Amigo. Querían invitar a las personas a incluir, a integrar, a abrir el círculo. Y ahí surgió una imagen simple: dos figuras humanas, una en silla de ruedas y otra de pie, unidas en un abrazo.

Ese gesto, que podría pasar desapercibido, encendió algo.

“Pensé que tenía un potencial muy grande para hablar de la empatía”, dice.

Así nació el Símbolo Universal de la Empatía.

La familia, siempre el sostén.

Un proyecto que va mucho más allá de lo gráfico. Que propone un cambio de mirada.

Durante décadas, el símbolo más difundido de la discapacidad fue la figura de una persona en silla de ruedas. Un ícono claro, reconocible, útil para señalar accesos y derechos. Pero, según plantea Robbiani, incompleto.

“El símbolo tradicional cumple una función importante, pero no aborda una dimensión clave: el encuentro”, explica.

Su propuesta no busca reemplazarlo, sino ampliarlo. Sumar otra capa de sentido. Pasar del acceso al vínculo. De la infraestructura a la humanidad.

En su símbolo, la persona en silla de ruedas ya no está sola. Está en relación. Está siendo abrazada. Y ese detalle lo cambia todo.

“No hay jerarquías, ni asistencias, ni roles definidos. Solo hay humanidad”, sostiene en el manifiesto del proyecto.

Los amigos de siempre y el apoyo permanente.

La idea es tan simple como potente: muchas de las barreras que enfrentan las personas con discapacidad no son solo físicas, sino sociales. Están en la distancia, en la incomodidad, en la falta de conexión.

Y ahí es donde la empatía aparece como puente.

“El símbolo propone señalar sentimientos. Invitar a detenerse, mirar al otro y conectar”, dice.

Desde entonces, el proyecto empezó a crecer como una invitación abierta. El símbolo es libre, descargable, adaptable. Cualquiera puede usarlo. Cualquiera puede hacerlo propio.

“Mi idea es facilitar su difusión y apropiación colectiva”, explica.

Hoy ya empezó a circular en la ciudad. En calcomanías pegadas en termos, en autos, en vidrieras. Pequeños gestos que, sin buscarlo, empiezan a instalar una nueva forma de ver.

Además, su deseo es que personas referentes —del deporte, la cultura, el espectáculo— se conviertan en embajadores y ayuden a amplificar el mensaje.

Pero mientras el símbolo crece hacia afuera, la vida de Raúl sigue atravesada por un proceso constante de adaptación.

“Vivo en un proceso permanente de adaptación de los utensilios y herramientas que utilizo en mi día a día”, cuenta.

El club, el asado y los amigos.

Lejos de vivirlo como una limitación, lo convirtió en un terreno de exploración. La impresión 3D, por ejemplo, le permitió diseñar y fabricar objetos personalizados, ajustados a nuevas formas de uso. El acceso a la información, a través de internet, amplió sus posibilidades de aprendizaje.

También encontró valor en lo simple. En el papel. En los juegos y estructuras que invitan a construir con las manos, a detenerse, a salir por un momento de las pantallas.

El Símbolo Universal de la Empatía y la inclusión tan necesaria

Y en ese camino, la tecnología también juega su parte.

“La inteligencia artificial se presenta como una aliada clave, especialmente para quienes ya no contamos con la misma destreza manual, pero seguimos teniendo la mirada y la intención comunicacional intactas”, explica.

Nada se detuvo. Todo se transformó. Y en esa transformación, apareció algo más grande que un proyecto personal.

El Símbolo Universal de la Empatía busca instalar una idea que, aunque parece obvia, no siempre se practica: que la inclusión no es solo una cuestión de accesibilidad física, sino de vínculos.

“Una sociedad accesible no solo se construye con rampas, sino con relaciones humanas”, plantea.

En un mundo donde los íconos organizan la vida cotidiana —indican caminos, normas, advertencias—, su propuesta es que también puedan señalar algo más intangible: la forma en que nos relacionamos.

Que al ver ese símbolo, alguien recuerde que puede acercarse. Que puede mirar distinto. Que puede conectar.

Que la empatía no es un gesto extraordinario, sino una práctica diaria.

Desde Bahía Blanca, sin estridencias, sin campañas masivas, Raúl Robbiani empezó a mover esa idea.

Y aunque el camino recién comienza, hay algo que ya está claro: a veces, para cambiar la forma en que el mundo mira, alcanza con una imagen.

Y con alguien que se anime a crearla desde su propia historia.

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