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De Chile a Bahía sin ver el camino: la historia del matrimonio ciego que unió dos océanos en bicicleta

Walter Álvarez y Silvina Castro completaron en Bahía la travesía de 1.500 kilómetros que comenzó en el Pacífico. Este viernes harán el último tramo hasta Punta Alta. Buscan visibilizar la inclusión y apoyar a personas con discapacidad visual.

Por Cecilia Corradetti para La Brújula 24

No ven el mar. Pero saben que está ahí.

Lo intuyen en el aire, en el sonido, en la emoción que se les quiebra en la voz después de días —y kilómetros— que parecían no terminar nunca. Walter Álvarez y Silvina Castro llegaron a Bahía Blanca. Y con eso, cumplieron lo que durante semanas fue una idea, un desafío y también una forma de decirle algo al mundo.

Karina Sanchez de direccion de turismo, Federico Garcia director del centro Luis Braille junto a miembros del centro, transito del municipio, ciclistas locales.

Unieron dos océanos en bicicleta.

“Llegamos a Bahía Blanca, por fin. Nos recibió el Centro Luis Braille y ciclistas nos acompañaron en la entrada a la ciudad”, cuenta Walter, todavía atravesado por lo que significa ese momento.

No es una llegada más. Es la meta. O, mejor dicho, casi. Porque este viernes harán el último tramo hacia Punta Alta, donde cerrarán definitivamente la travesía que comenzó en Chile.

Pero lo más importante ya pasó.

Walter y Silvina son mendocinos, de General Alvear. Son matrimonio. Y son ciegos.

Y acaban de recorrer 1.500 kilómetros en bicicleta.

La historia empezó lejos. Del otro lado de la Cordillera.

En la Playa Vega Los Patos, en Chile, frente al Océano Pacífico, se dio la largada de “Juntos a pedal: uniendo océanos”, una travesía que no solo implicaba resistencia física, sino algo mucho más profundo: demostrar que los límites no están donde muchas veces se cree.

Desde allí, el grupo —integrado por nueve personas— cruzó el Paso Pehuenche y se internó en territorio argentino. Etapa por etapa. Kilómetro a kilómetro.

Hasta llegar a Bahía Blanca.

“Esto no es solo un desafío deportivo. Es una manera de visibilizar que se puede. Que las personas con discapacidad no tenemos menos capacidades, sino que muchas veces nos enfrentamos a más barreras”, explica Walter.

Cada metro de este recorrido estuvo atravesado por eso: por la necesidad de demostrar, de abrir caminos, de incomodar prejuicios.

La bicicleta en la que pedalean es tándem. Es decir, una bici doble.

Adelante va un guía vidente. Atrás, Walter o Silvina.

Pero eso no alcanza para entender lo que implica.

“No es solo subirse a una bicicleta. Es confiar. Es entregarte al otro. Cada curva, cada frenada, cada esfuerzo depende de ese vínculo. Es un trabajo en equipo permanente”, dice.

Y ese equipo no es solo técnico. También es emocional.

Walter y Silvina llevan más de 30 años juntos. Se conocieron cuando ella estudiaba sistema Braille. Entre libros, aprendizajes y viajes, apareció el amor. Y después, el deporte.

“Siempre hicimos actividad física. Nos gusta. Es parte de nuestra vida. Pero esto es distinto. Esto es un mensaje”, agrega.

El recorrido no fue sencillo.

Atravesaron la Cordillera. Enfrentaron el viento, el calor, el cansancio acumulado. La soledad de algunos tramos. La inmensidad de otros.

Uno de los puntos más duros fue La Pampa.

“Estamos llegando a Carro Quemado, en La Pampa, sobre la Ruta Provincial 10, a unos 80 kilómetros de Santa Rosa. Es la etapa más larga”, relataba Walter en medio del trayecto, cuando todavía faltaba.

Ese día fue uno de los más exigentes.

“Son jornadas largas, con mucho desgaste. El cuerpo lo siente. Pero la cabeza también. Y ahí es donde tenés que sostenerte en el equipo, en el objetivo, en todo lo que te trajo hasta acá”.

Aun así, hubo algo que se repitió en cada parada: la gente.

“En todos lados nos recibieron muy bien. Con mucha amabilidad, con ganas de ayudar, de acompañar. Eso te empuja. Te hace seguir”.

Y así siguieron.

Hasta Bahía, donde la llegada no fue silenciosa. “Nos esperaron. Nos acompañaron ciclistas en la entrada a la ciudad. Estuvo el Centro Luis Braille. Fue muy emocionante”, cuenta Walter.

Hay algo en ese momento que condensa todo.

No solo el esfuerzo físico. También el sentido.

Porque esta travesía tiene un objetivo concreto: recaudar fondos para la Asociación Tiflológica Luis Braille de Mendoza, un espacio que trabaja con personas con discapacidad visual.

“El objetivo es mejorar la sala de computación y acondicionar un espacio para talleres de oficios. Queremos que esto sirva para algo más que la experiencia en sí”, explica.

Pero también hay otro objetivo. Más difícil de medir.

“Queremos mostrar que la discapacidad no está en la persona. Está en las barreras que impone la sociedad. Y eso se puede cambiar”.Walter sabe de qué habla.

Su historia personal está atravesada por la pérdida de la visión.

Primero fue un ojo, por una mala praxis en la infancia. Después, un accidente lo dejó completamente ciego hace más de 30 años.

Pero nunca dejó de moverse.

Encontró en el deporte una forma de vida. Corrió maratones, triatlones, pentatlones. En la Maratón de Buenos Aires 2023 fue primero en la categoría no videntes.

Y sigue soñando. “Quiero ser el primer argentino ciego en hacer cumbre en el Aconcagua”, dice.

Silvina, a su lado, acompaña cada paso, cada pedaleo. La historia de ellos no se entiende por separado: es un proyecto compartido.

“Esto también tiene que ver con eso: con hacer las cosas juntos. Con acompañarnos. Con confiar”, resume Walter.

Ahora están en Bahía Blanca después de cruzar la Cordillera. Después de atravesar provincias y días que empezaban temprano y terminaban con el cuerpo agotado.

A un paso del final.

“Este viernes vamos a Punta Alta. Ahí termina todo”, dice Walter.

Pero en realidad, no termina.

Porque lo que dejaron en el camino —y lo que construyeron— sigue.

En cada persona que los vio pasar. En cada historia que se sumó. En cada prejuicio que se rompió.

Ellos no vieron el paisaje. No vieron la Cordillera ni el mar.

Pero vieron —de otra manera— algo que muchos pasan por alto.

“Esto es para que la gente entienda que se puede. Que hay que animarse. Que hay que acompañar. Que hay que incluir”, dice Walter.

Y después de 1.500 kilómetros, esa frase pesa distinto.

Este viernes tocarán el Atlántico. Será el final de la travesía pero no el final de la historia.

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