De Ayer a Hoy
Andoni Irazusta le ganó la batalla al dolor: "Soy un agradecido a la vida"
Atravesado por delicadas circunstancias, aprendió a sobrellevar la adversidad. El hecho que lo dejó en una silla de ruedas. La prematura pérdida de su esposa. “Mis amigos me hicieron todo más fácil”, afirmó.
Por Leandro Grecco
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En la sección “De Ayer A Hoy” de La Brújula 24, Andoni Irazusta repasa su historia tallada por sus raíces vascas, un accidente que cambió su vida a los 17 años y un recorrido de reconstrucción personal sostenido por la familia, los amigos, el deporte y el trabajo, en un testimonio atravesado por pérdidas, particularmente la reciente de su esposa, aprendizajes y proyectos que se mantienen vigentes.

“Mis padres nacieron en el norte de España. Vinieron al país por distintas razones. Mi papá llegó a Argentina por la guerra y mi mamá para acompañar a su familia. Paradójicamente, ambos habían nacido a pocas cuadras de distancia entre sí, en Donosti-San Sebastián. Él vivió en Bahía Blanca pero se fue a estudiar a Buenos Aires y a ella la conoció en el Centro Vasco de allá”. En ese entramado familiar, Irazusta explicó que “mi hermano mayor fue el único porteño de nacimiento y los otros cuatro hijos nacimos acá”.

Su infancia transcurrió naturalmente: “Fui 12 años al Don Bosco, vivíamos cerca del colegio y no tengo ninguna duda que la adolescencia fue la mejor época de mi vida. Logré hacer muchos amigos, en esa época jugaba al rugby, bailaba en la Unión Vasca y jugaba a la paleta”. También recordó el intento por mantener viva la lengua de origen: “Nunca aprendí a hablar el idioma vasco, mi papá hablaba en Euskera, nosotros en casa siempre intentábamos aprender, poníamos carteles por todos lados, pero la verdad que no lo logramos. En mi caso solo sé palabras sueltas y frases, pero no podría hablar de corrido”.

El quiebre llegó en un momento neurálgico de su porvenir: “El último día de cuarto año de la secundaria tuve un accidente automovilístico, salíamos para Coronel Dorrego, estábamos en plena cosecha y como llovió, decidimos ir a Bahía. Estábamos acá cerquita, en La Vitícola y como no había mucho movimiento partimos a Monte Hermoso, pese a que el clima no acompañaba. En la rotonda conocida como de Los Molinos, el vehículo mordió la banquina y volcamos. Producto del impacto sufrí una lesión medular”. Sobre ese episodio, agregó: “Del momento del hecho no me acuerdo nada, por más que dicen quienes estaban ahí que no perdí la conciencia, que pedía que me ayuden a mover las piernas porque no las sentía. Recuperé la conciencia al día siguiente, ya operado en el Hospital de Puerto Belgrano”.

El proceso de recuperación fue exigente: “Me llevaron a un nosocomio similar en Buenos Aires, fui en avión sanitario, en una camilla que los primeros 20 días giraban cada dos horas para que esté boca arriba y abajo alternadamente y así evitar lesiones, incluso en el momento de dormir para mantener sana la columna”. Sin embargo, logró retomar su formación: “Como me accidenté a fines de 1979 y la primera etapa de la recuperación la hice en verano, pude retomar quinto año de la secundaria, el último antes de egresar. Me quedaban dos materias, me prepararon una mesa especial de examen para poder quedar al día y arrancar quinto año”. El acompañamiento fue clave: “Mucho ayudó que la primera vez que pude volver a casa durante la rehabilitación, averiguamos si podía seguir el tratamiento en Irel. Tampoco era sencillo el hecho de llegar hasta el aula, las autoridades del colegio decidieron mudar el curso del segundo al primer piso del edificio. Mis compañeros me subían y bajaban todos los días por las escaleras para hacer posible compartir las clases con ellos”.

Luego, Andoni inició su camino universitario: “Pude comenzar Agronomía en la UNS, cursando menos materias para completar la rehabilitación. Así me fui formando y armando mi nueva vida, la carrera la terminé en seis años y medio”. Su actividad laboral continuó en el ámbito familiar: “Trabajé mucho tiempo en el campo. En 1999 nos vimos perjudicados con el tipo de cambio uno a uno. Mi padre tenía parte de una consignataria y estaba vinculado a las exportaciones de lana, pero en ese momento el producto final no valía nada. Él apostó a que eso se iba a revertir, pero todo se fue complicando”. Más tarde, reorientó su actividad: “Ya en 2002 participé con Carlos Sosa en una corredora, hasta hace casi dos años, que me jubilé”.

El deporte ocupa un lugar central: “El año 1999 me marcó porque, además de lo sucedido con la empresa familiar, me casé y fui a jugar al básquet en silla de ruedas un torneo Panamericano en México con la Selección Argentina. Integraba el plantel de Discapacitados Unidos Bahienses (DUBa), participaba en una disciplina que no había practicado, pero le fui agarrando la mano y me dio la posibilidad de viajar a jugar durante más de 30 años”. En ese proceso, remarca el rol del entorno: “La verdad que tuve mucha suerte y no se me hizo para nada complicado conocer gente, el cambio de vida a partir de mi condición obviamente que no es algo que estuvo bueno, ni que deseaba, pero mi entorno me hizo más suave la reinserción en la sociedad”.

Su historia personal también está atravesada por el vínculo con su esposa: “A Silvina la conocí en la casa de mi hermano, ella estaba dando clase de guitarra a mis sobrinos. Fue como una cita a ciegas que organizaron él y mi cuñada, le comenté que me hubiera gustado aprender a tocar el instrumento y se ofreció a darme clases. En mi caso estaba medio negado a tener una relación, venía de una ruptura y hacía poco tiempo que había estado en Cuba para fortalecer mi rehabilitación”. La relación se extendió durante años: “Estuvimos juntos hasta hace casi dos años, pronto se cumple un nuevo aniversario de su fallecimiento. Al cáncer de mama le dio una pelea tremenda, siempre con buena onda, actitud, superando momentos difíciles porque después de una recaída lograba sobreponerse”.

Asimismo, recordó especialmente una aventura, la última, que concretaron: “En 2023 tuvo una internación y en la habitación me decía que cuando le dieran el alta íbamos a hacer un viaje a Euskadi, al País Vasco, para visitar a los hijos de mi hermano mayor que tenían un emprendimiento allá. Salía y los médicos me pintaban un panorama negro, pero con su fuerza, su energía y su actitud, salió adelante y terminamos cumpliendo ese sueño, un viaje que disfrutamos un montón”. El desenlace llegó tiempo después: “Al año siguiente, en otra de sus recaídas, ya no pudo superar la enfermedad, ella estaba más cansada, como si aquel viaje hubiese sido el corolario de todo lo lindo que vivimos. Su último día de vida me dijo que estaba muy feliz con la vida que tuvimos, me agradeció, obviamente me quebré y ella me dijo que llore, que me hacía bien para estar tranquilo. Al otro día, falleció”.

Sobre ese proceso, Irazusta reflexiona: “No equiparo el hecho de haber quedado en silla de ruedas con perder a mi compañera de vida. En el caso de lo que le sucedió a Silvina, siento que la vida fue injusta con ella porque se llevó a una mujer emprendedora, buena onda, madre de un hijo de 22 años y con una vitalidad enorme cuyo futuro se vio truncado. Era docente del Colegio Claret y no había un alumno que no la quisiera”.

En la actualidad mantiene múltiples actividades: “Le dedico mucho tiempo a DUBa, donde no solo fui jugador, sino también que con el tiempo me desempeñé como dirigente, siempre estoy pensando algo para generar proyectos en la institución, ver cómo avanzamos. A su vez, a colación de lo que generé en mi vida laboral, empecé a estudiar sobre todo el tema de acciones y operación en la Bolsa, creo que es una herramienta muy buena para quien tiene un pequeño ahorro y quiere hacerlo rendir. En paralelo, me anoté en un curso de Inteligencia Artificial, bajo la modalidad online en la Universidad Siglo 21, más que nada para tratar de permanecer actualizado con todo lo nuevo”.
Andoni también evocó otras pérdidas que marcaron su trayecto: “La vida me puso a prueba en varias ocasiones porque mi hermano mayor tuvo un accidente y como consecuencia del mismo falleció en el 2012, en una etapa en la que trabajábamos juntos. Casualmente, en el hecho por el cual perdí la capacidad de caminar, él manejaba el vehículo y sintió culpa por lo que me pasó. Me esforcé para demostrarle que fue una fatalidad del destino, un instante. Esas cosas son las que te empujan a seguir, a salir adelante”.

Con una mirada sobre su presente, concluyó: “Mis amigos son los de toda la vida y siempre fueron pilares en todo sentido por eso digo que he tenido suerte, soy un agradecido a pesar de que haya transitado situaciones tan traumáticas”.

Escuchar a Andoni Irazusta es un resumen cabal de una reconstrucción personal que se sostuvo en los vínculos, constancia y capacidad de adaptarse a cada etapa. Entre pérdidas, logros y proyectos, su testimonio sintetiza una historia de continuidad y sentido aun en los contextos más adversos.

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