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De Ayer a Hoy

Navallo proyectó su futuro como entrenador: "Aprendí a vivir año a año"

“El Colo” más de tres décadas en Bahiense. Aquel base picante que tras el retiro halló su rumbo en el mismo deporte. El amor por los campus. “Prioricé a mi familia, por eso no dirigí en otro nivel”, sentenció.

Fotos: Pablo Noir (La Brújula 24).

Por Leandro Grecco
Facebook: Leandro Carlos Grecco / Instagram: @leandro.grecco / X: @leandrogrecco

Alejandro Navallo, exbasquetbolista y reconocido entrenador bahiense, repasó su historia personal y deportiva desde sus primeros años en el barrio hasta su consolidación como formador de jugadores. En su relato aparecen la vida familiar, los clubes de la ciudad, el paso por distintos equipos y su vínculo con Bahiense del Norte, institución en la que desarrolló gran parte de su carrera como entrenador.

“Nací en Bahía Blanca y mi niñez la recuerdo muy ligada a mi casa de Moreno al 700, a escasos metros de la placita Pellegrini. Vivía justo a mitad de camino de Estudiantes y Olimpo, a una cuadra y media de ambos clubes”, recordó. Ese entorno barrial marcó sus primeros pasos vinculados al deporte y a la vida del club.

Sobre sus raíces, explicó: “Soy el producto de una familia humilde, mi mamá era ama de casa, mi papá empleado de comercio, una persona trabajadora que ponía ante todo la responsabilidad y el cumplir con los horarios”. También destacó la influencia deportiva de su padre. “Él era futbolero, jugó en Dublín y también en la zona, le encantaba ese deporte. Me llevó a la escuelita de fútbol de Olimpo”.

Sin embargo, su vínculo con la pelota naranja comenzó casi en paralelo. “Debo admitir que a mí me gustaba mucho el fútbol, pero a la vez en Estudiantes pasaba muchas horas tirando al aro, tirábamos la chapita”, relató. En ese contexto se produjo uno de sus primeros recuerdos competitivos: “Una vez mi padre me llevó a un campeonato interno, en el cual fuimos el primer campeón de una categoría que se llamaba pre-niño”.

Durante un tiempo abrazó ambas disciplinas. “Llegué a practicar las dos simultáneamente, me daba maña, hasta que prendió más la llama del básquet y me quedé en Estudiantes, donde me crié, transitando mi infancia y adolescencia”. En ese club también quedaron marcados sus recuerdos de juventud. “Recuerdo los veranos en ese lugar, más aún habiendo sido hijo único”.

Al repasar su infancia, Navallo también reflexionó sobre el contexto familiar que lo rodeaba. “He hecho biodescodificación y llegué a la conclusión de que fui un chico que pasó mucho tiempo en la calle”. En ese sentido explicó: “Mi padre trabajaba mucho y mi madre transitó algunas situaciones vinculadas con la depresión, algo que a mí un poco me marcó”.

Ese escenario hizo que encontrara contención en otros espacios. “El contexto me llevó a pasar muchos momentos con mi abuela”, contó. A la vez, destacó la importancia de los vínculos sociales. “Era muy amiguero y me hacían sentir muy querido, incluso al día de hoy, habiendo sido muy selectivo para elegir a mi círculo íntimo”.

Su recorrido educativo también transcurrió en el mismo sector de la ciudad. “Cursé mis estudios primarios en la Escuela N° 34, de Fitz Roy al 800 y la secundaria en las Escuelas Medias de la UNS y la verdad que la pasé muy bien”. De esa etapa conserva vínculos que se mantienen hasta hoy. “Tengo muchos buenos recuerdos de ese último tramo de mi formación educativa”.

Entre esas amistades aparece un nombre que se repite en su historia. “Uno de mis amigos de toda la vida, del alma, es Adrián Marzialetti, con el cual me senté en el mismo banco en la primaria y la secundaria, a punto tal que todas las semanas tomamos un cafecito”.

Navallo terminó la secundaria en 1980 y al año siguiente se produjo una etapa particular en su vida. “En el 81 tuve por un lado el servicio militar y por otro un muy buen momento con el básquet porque me permitían salir de la conscripción”. Ese tramo coincide con el crecimiento deportivo. “Alcancé un despegue, perdimos la final contra Olimpo, que tenía un norteamericano en su plantel del torneo local, en tiempos en los que también se jugaban los certámenes regionales”.

El año siguiente marcaría un punto de inflexión. “En el 82 viví un momento bisagra de mi vida, a raíz de una grave lesión en la rodilla”. Este doloroso hecho ocurrió en el primer partido del año. “Me lesioné en Olavarría, con ‘Beto’ Cabrera y Juan Carlos Merlini a mis costados como compañeros estelares”.

“El quinteto lo completaban Claudio Severini y Jorge Faggiano”. Pero el contexto histórico le agregó un elemento inesperado a la situación. “Al otro día se declaró la Guerra de Malvinas, el 1° de abril, por lo que estaba acuartelado en un hospital de evacuación para ir a las Islas, algo que finalmente no sucedió”.

La afección física era grave y durante un tiempo no se conocía el tratamiento exacto. “Pese a tener un ligamento cruzado roto, podía caminar, tal es así que el diagnóstico me lo dieron más adelante, no había tanto conocimiento sobre este tipo de lesiones ni tecnologías para diagnosticarlas”. Finalmente fue operado.

Luego de la recuperación pudo retomar su carrera deportiva y también encaminar su otra vocación. “Pude volver a la cancha, una situación que me dio ímpetu para encarar también mi deseo de convertirme en profesor de educación física”. Esa actividad la ejerció durante muchos años. “Fue una tarea que desempeñé hasta hace unos años cuando me jubilé”.

En el plano deportivo buscó nuevos horizontes. “Me incorporé al plantel de Villa Mitre donde finalmente tuve mi despegue definitivo como basquetbolista”. Con ese equipo llegó un logro importante. “En 1985 salimos campeones del torneo local, casi ascendemos a la Liga Nacional”.

Ese proceso le permitió dimensionar su vínculo con esta actividad. “Allí vislumbré que podía vivir un tiempo largo de este deporte, sin descuidar la docencia, que era mi otra pasión, especialmente siendo profesor en el nivel primario”.

Posteriormente “El Colo” regresó a Estudiantes, luego continuó la carrera en distintos destinos. “En Gimnasia y Esgrima de Comodoro Rivadavia, donde la pasé muy bien, dos etapas en Olimpo, hasta que me retiré disputando el Norpatagónico en Río Colorado”.

El regreso definitivo a Bahía Blanca tuvo también un motivo familiar. “Volví porque ya no quería estar tan lejos de mi casa, para ese momento ya estaba casado con Sandra, tenía a mi hija mayor Sol y a la más chica Belén en camino”.

En paralelo comenzó a perfeccionarse como entrenador. “En Comodoro ya había dirigido en categorías formativas y empecé a viajar a hacer cursos con referentes que venían desde Europa como Ettore Mesina, Željko Obradović, Božidar Maljković y Aíto García Meneses”.

Su primera experiencia al frente de un equipo de mayores se dio a comienzos de los años 90. “Fue en Velocidad y Resistencia, allá por 1992”. Con ese equipo consiguió un resultado relevante. “Hicimos una campaña bárbara y jugamos la Promoción contra 9 de Julio, logrando el ascenso a Primera”.

Ese rendimiento abrió una nueva oportunidad. “Recibí una propuesta de Rodolfo Gómez, el ex árbitro que me convocó para recalar en Olimpo, donde permanecí entre el 93 y el 94”. En su primera temporada logró el título local. “El primer año lo logré con un plantel integrado por Marcelo Allende, ‘El Flaco’ Lliteras, Darío Pratdessus, Gonzalo Topini y Germán Diel”.

Luego llegó la etapa que marcaría gran parte de su carrera. “Posteriormente surgieron dos opciones: Pacífico y Bahiense del Norte, inclinándose la balanza para este último por una cuestión de cercanía a mi casa y que con ‘Yuyo’ Ginóbili congenié de entrada”.

En ese club comenzó un proceso de formación con jugadores de la cantera. “Armamos un equipo para ascender con los chicos surgidos de las formativas y tres refuerzos: Cecil Valcarcel, Sergio Salecchia y Juan Christian Kieslling”. El objetivo deportivo se concretó. “Logramos el ascenso y eso generó una gran química interna con la dirigencia que hizo que se fuera perpetuando mi larga continuidad en la institución”.

En ese contexto convivió nada menos que con Emanuel Ginóbili. “Con ‘Manu’ mantuve mi primer contacto en 1995, cuando él tenía edad de juvenil y jugaba en Sub 21 y en el plantel superior”. Desde ese momento ya se percibían algunas de sus condiciones. “Ya se veía parte de su enorme talento”.

Navallo también recordó algunos episodios compartidos durante los años posteriores. “Lo que más rescato de él es que en los momentos de descanso durante su paso por Italia y los primeros años en la NBA entrenó con nosotros como si fuera uno más”. Incluso participó en  un tramo crucial. “Durante el lockout de 2011 entrenó con el equipo, siendo parte de las prácticas en las que se preparaban las finales contra Villa Mitre”.

A lo largo de su trayectoria como entrenador recibió algunas propuestas para dar el salto a otras categorías. “Entre 1995 y 2008 tuve algunos llamados para dirigir a un nivel superior, un par de sondeos de Estudiantes, uno de Peñarol de Mar del Plata y otro de Gimnasia de Comodoro Rivadavia”. Sin embargo, decidió priorizar otros aspectos. “Nunca recibí un proyecto económico ni deportivo que me seduzca y prioricé a mi familia”.

En paralelo, Navallo impulsó otro proyecto ligado a la formación de jugadores. “Son 24 años organizando el campus, una sociedad con Ulises Agulló, un proyecto que comenzó como idea de él”. Con el tiempo la iniciativa fue creciendo. “Muchos chicos han pasado, siempre se alcanza el tope máximo de inscripción y le hemos ido incorporando distintas propuestas”.

El campus incorporó nuevas áreas vinculadas al desarrollo deportivo integral. “Se le sumó neurociencia, psicología deportiva, a la técnica deportiva le agregamos tactificación, visita de entrenadores, competencias, premios y sorteos”. También se abrió al básquet femenino. “Otro aspecto que lo ha potenciado es la incorporación de las chicas, haciendo que la clínica sea mixta”.

En los últimos años, Navallo volvió a centrarse en el trabajo con las categorías formativas. “Hace un par de años tuve un momento de frustración, en el que no le encontraba la vuelta a partir de un par de equipos que armamos”. Esa experiencia lo llevó a volver a enfocar su tarea. “Tomé la categoría U13 y me encantó enseñarles porque me agrada lo que uno puede transmitir a los chicos de esa edad”.

Sobre su presente en el básquet bahiense, explicó que intenta experimentar cada una de las temporadas de una manera distinta. “Aprendí a vivir año a año”. Y agregó una reflexión sobre el desgaste propio de su labor. “Lo que más me cansa es la competencia, los días de partido, ya son muchos años”. Pese a ese recorrido, Alejandro Navallo mantiene su férreo vínculo con el deporte y la formación. “Por ahora me siento bien, en un tiempo Dios dirá”.

Audaz, decidido y con su mentalidad extremadamente ganadora, Alejandro Navallo ostenta una marca difícil de superar. Sin embargo, “El Colo” lo transita con absoluta naturalidad, no saca chapa ni demuestra un milímetro de vanidad. Su fórmula es la obsesión por el trabajo, es la única receta que conoce y hace un culto de ese modo de vida. Sus dirigidos –con la edad de sus hijos o hasta sus nietos– tienen enfrente un referente a quien emular, no solo dentro de una cancha de básquet. 

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