De Ayer a Hoy
Vignales, el leal músico de "Cacho" Castaña que brilla por talento propio
Respetado por su fuerte aporte dentro de un género artístico que es patrimonio de la cultura nacional, repasó su brillante obra. “Cuando escucho a Bad Bunny, me doy cuenta de que no estamos bien”, sentenció.
Por Leandro Grecco
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Jorge Vignales construyó una trayectoria sólida dentro de la escena cultural. No solo como intérprete, su labor pedagógica lo ubica en un sitial de privilegio a partir de su aporte a los distintos proyectos musicales, no solo en Argentina, sino también en el exterior. “Soy de La Plata, mis papás eran de allá”. Así se define, en la sección "De Ayer A Hoy" quien es una pieza clave dentro del espectro tanguero bahiense.
Su padre “hacía un poco de todo”. Era cuidador de caballos de carrera en el hipódromo de esa ciudad. “Empezó con la carrera de peón, después pasó a capataz, hasta que llegó a cuidador”. Aunque el vínculo con el turf era estrecho, aclara: “Nunca fue jockey, el físico no le daba, pero vareaba caballos”. Su madre “era enfermera de toda la vida”. Creció en el barrio Las Quintas, cerca de Melchor Romero, en un entorno de trabajo y esfuerzo cotidiano que marcó su formación.

La infancia estuvo atravesada por el fútbol. “Me acuerdo mucho de mi niñez, mi mamá me llevaba a Estudiantes de La Plata”. Entre los siete y los doce años formó parte de los planteles hasta Séptima de AFA. “Era de la misma camada del ‘Bocha’ Ponce, Julián Camino, Custodio Mendes, entre los que llegaron a triunfar”. Varios de los compañeros de Jorge lograron consolidarse en el profesionalismo.
Sin embargo, la adolescencia lo llevó a cambiar de camiseta. “Luego pasé a Gimnasia, la contra, porque iba al secundario con tres chicos que me convencieron porque el régimen en ‘El Pincha’ era muy rígido”. El traslado implicó también un cambio de escenario: “Pasé de entrenar en 1 y 57 a hacerlo en El Bosque”. Con el tiempo, el fútbol quedó atrás y otra vocación comenzó a imponerse.
“La música aparece cuando tenía ocho años porque mi tío tocaba la guitarra y cantaba”. Ese primer estímulo familiar se profundizó en el bar que su padre tenía en La Plata. Allí conoció a quien sería determinante en su formación: “Mi profesor, Álvaro Tarducci, era un fenómeno, un tipo que acompañó a todos los cantantes y me empezó a enseñar a tocar la guitarra”. La enseñanza fue constante y práctica.

Su hermano, fallecido hace dos años y medio, también ocupó un rol central. “Cantaba, habíamos formado un conjunto y esa fue mi primera experiencia con mi oficio actual”. Con 16, Vignales ya empezaba a asumir responsabilidades mayores: “Comencé a tocar, a hacer los cambios a mi profesor, o sea, cuando se enfermaba, era su reemplazo”. El debut llegó en el local llamado Los Pinos. “Esa primera vez se dio cuando vino Mario Augusto a cantar”.
En paralelo, reconoce que la escuela quedó relegada. “Era vago, dejé los estudios en la secundaria”. A los 18 tomó una decisión que marcaría tres décadas de su vida: ingresar a la banda de música del Servicio Penitenciario Bonaerense. “Hasta ahí era autodidacta, por eso tuve que empezar a estudiar música y logré mantenerme ahí por espacio de 30 años, hasta que me jubilé”.

Su ingreso se produjo en 1983. “Entré a trabajar en el Servicio Penitenciario bonaerense, justo antes del regreso de la democracia”. Comenzó tocando el tambor y luego se formó en guitarra eléctrica con lectura de partitura para conciertos didácticos. “Tuve que estudiar, aprender a ejecutar la guitarra eléctrica con partitura”.
La banda realizaba giras por toda la provincia. “Hacíamos desfiles y un recital, vine muchas veces a Bahía”. Con el proceso de desmilitarización cambió también la dinámica. “Después tocábamos de saco y corbata y ya no visitamos más las cárceles”. No obstante, Jorge destaca el clima interno: “El hecho de tener buena relación con los jefes, un vínculo más horizontal ya que todos éramos músicos y estábamos en la misma sintonía, me permitió que me dieran muchas posibilidades”.
Entre esas oportunidades estuvo su participación como jurado en los Torneos Juveniles y Abuelos Bonaerenses. “Iba a cada localidad de la provincia y a las finales en Mar del Plata, donde vi grandes talentos y un semillero enorme”. Esa experiencia le permitió recorrer el territorio y tomar contacto con nuevas generaciones.

Mientras cumplía funciones en la banda, también desarrollaba su carrera en el ámbito privado. Actuó en el tango-bar La Cumparsita, en San Telmo, donde acompañó a Roberto Goyeneche. “Gracias a esa vidriera surgió una gira en España, estuve un año en ese país”. Para concretar esa aventura pidió un intercambio cultural en su trabajo y fue autorizado.
La experiencia europea incluyó un trío integrado por Cacho Queirolo en piano, Daniel Martínez Prícolo en bandoneón y él en guitarra y bajo. “Recorrimos aquel país europeo, empezamos por Bilbao, Pamplona, toda la región vasca, y después bajamos a Madrid”. El repertorio combinaba folklore y tango, con dos parejas de baile. “Fue una experiencia fantástica”.

El regreso estuvo motivado por razones personales y laborales. “Volví porque extrañaba mucho, el trabajo que tenía en Argentina con la banda era muy bueno”. A partir de entonces comenzó su vínculo profesional con Cacho Castaña, que se extendería por una década. “Me ofreció trabajar con él, en tiempos en los que salía solo con las pistas musicales. Se peleó con Eva Méndez y me convocó”.
La modalidad era austera. “Empezamos a viajar los dos solos por todos lados, yo llevaba la guitarra”. Recordó que fue una etapa intensa. “Era muy sacrificado porque se viajaba de jueves a martes”. Aun así, destacó el trato personal: “Era un tipo bonachón, un ‘calavera’, pero muy divertido”. También aportó un detalle sobre su faceta musical: “Más allá de lo que muchos creen tocaba más el piano que la guitarra”.
Durante esos años se fortaleció su relación con Bahía Blanca, donde Castaña se presentaba con asiduidad. “Osvaldo Catini lo traía frecuentemente, nos presentamos en su salón Sueños, en Relievee y en una pizzería chiquita que estaba al lado del vivero sobre Fuerte Argentino”. Con el tiempo, las visitas se hicieron más habituales.

En medio de la crisis institucional que vivió el país en diciembre de 2001, recibió de Cacho, que estaba de novio con una de las hijas mellizas del dueño de un parador de Monte Hermoso, una propuesta para realizar un show semanal. Ese verano, Vignales conoció a quien sería la madre de sus hijas. Tras una etapa en La Plata, ambos decidieron radicarse definitivamente en 2013 en Bahía. “Llegué con ganas de ‘colgar los guantes’, estaba cansado de las giras”.
Sin embargo, retomó la actividad junto a músicos locales. “Acá, al primero que conocí fue a Roberto Valverde que me inyectó ganas para retomar mi carrera artística”. Luego se sumaron Pablo Gibelli, Gisela Grégori y “Patito” Vitali. “De ahí surge la orquesta Bahía Blanca Tango”.

En la actualidad mantiene una agenda activa. “Este fin de semana estoy en La Rioja con Néstor Rolán y Alberto Bianco”. También destaca su participación en Cosquín junto a Gibelli, en el escenario Próspero Molina. Además, dicta clases. “Paralelamente doy clases de repertorio, que en estos meses baja un poco por el tema del calor, pero en marzo seguro repunte”.
Sobre la escena musical contemporánea, no oculta su postura. “Cuando escucho canciones de Bad Bunny me doy cuenta de que estamos culturalmente muy mal. No puedo creer que eso le guste a la juventud. Esto no es música”. Y agrega: “No deja de llamarme la atención que llene tres estadios de River y haya ganado un Premio Grammy, evidentemente no estamos bien”.
Con un estilo atravesado por las notorias influencias del folklore, la canción de autor, pero particularmente del tango Jorge Vignales siempre prioriza la identidad regional y un vínculo cercano con el público, pese a no ser un artista extrovertido ni un cultor de un alto perfil. El gran mérito radica en su metamorfosis para reinventarse en Bahía Blanca, después de su éxito en un punto geográfico ajeno al que se desenvuelve en la actualidad.

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