De Ayer a Hoy
Papalardo encontró en los documentales una manera de contar historias
La evolución del realizador que valida a un género emocionante. El inicio con las historietas, pasando por los eventos sociales hasta el presente. “Me lancé a esta aventura para conocer a Menotti”, confesó.
Por Leandro Grecco
Facebook: Leandro Carlos Grecco / Instagram: @leandro.grecco / X: @leandrogrecco
Su perfil se fue construyendo a partir de una trayectoria ligada al mundo audiovisual, donde durante años se desempeñó como realizador de eventos sociales. Esa experiencia técnica y narrativa le permitió desarrollar una mirada sensible sobre las personas y los momentos, que luego trasladó a un formato más autoral.
En esa transición, encontró en el documental un espacio para contar historias con mayor profundidad, sin abandonar el oficio ni la precisión visual que había consolidado en su trabajo previo. En esta ocasión, se confiesa en “De Ayer A Hoy”, la sección de los sábados de La Brújula 24, Raúl Papalardo.

Nació en Bahía Blanca, pero creció específicamente en el barrio Tiro Federal, un territorio que aparece de manera recurrente en cada uno de sus recuerdos y en su forma de mirar la realidad. “Siempre en la infancia había una pelota dando vueltas. Era muy normal”, dice al reconstruir esos primeros años.
El deporte, la calle y la vida barrial marcaron toda su niñez, la cual estuvo atravesada también por un hecho que resultó determinante: la muerte de su padre cuando él tenía apenas 12 años. “Murió muy joven, a los 38 años. El lunes pasado justo se cumplieron 41 de su deceso”, recuerda.

Su padre era plomero-gasista de profesión y su madre ama de casa, por lo que de manera ineludible tuvo que atravesar una etapa de crecimiento forzada y marcada por esa temprana ausencia de una figura paterna, pero también le permitió crear una coraza, con una fuerte identidad familiar.
Sus primeros pasos educativos transcurrieron en distintas instituciones públicas de la ciudad. Hizo el jardín de infantes en el 917 y la primaria en la Escuela 9, y luego probó un breve paso por la escuela Técnica, pero al no hallar una orientación afín a sus intereses cumplió esa etapa en la Media 2.

“Fui un año a la Técnica, no sé por qué. No me gustaba nada el oficio que elegí”, reconoce. Esa experiencia lo llevó de regreso a la educación media tradicional. “Gracias a la decisión de cambiar de establecimiento, soy lo que soy”, afirma, subrayando el peso que tuvo esa etapa en su formación personal y creativa.
Antes de pensar en las cámaras o en el cine, su vínculo con lo audiovisual nació a partir del dibujo y la escritura. “Desde muy chico comencé a crear historietas”, cuenta. En una época sin internet y con escasas horas de televisión, el tiempo se llenaba con los lápices, las hojas y, en especial, apelando al ingenio y la creatividad.

“Escuchaba la radio y dibujaba, no tenía otra opción”, resume. Aunque admite limitaciones técnicas, destaca que lo suyo pasaba por las ideas: “Sabía que dibujaba mal algunas cosas, pero no me costaba pensar los chistes”, explica. Esa combinación entre imagen y relato fue moldeando una vocación que todavía no tenía nombre.
En la escuela secundaria apareció una figura que resultó clave: una profesora de literatura, la cual estimuló su escritura y lo impulsó a participar en distintos concursos. “Yo escribía los cuentos, componía las letras y canciones”, recuerda. Hasta que uno de esos textos resultó el punto de quiebre.

“Confiaron en mí y me dijeron: ‘este cuento está bárbaro, ¿por qué no lo filmás?’”, relata. La propuesta le abrió un universo nuevo. Acompañado de sus compañeros, los docentes y una organización cooperativa improvisada, lograron filmar su primer corto, con mucho esfuerzo y una férrea determinación para hacer un trabajo final digno.
“Para alguien como yo, que siempre fui admirador de Leonardo Favio, era tocar el cielo con las manos. No quiero exagerar, pero era cine. En su momento no tomábamos dimensión”, asegura. Las primeras tomas se hicieron en una cantera donde actualmente se encuentra el Bahía Blanca Plaza Shopping y el material fue proyectado en la escuela.

Ese primer acercamiento se profundizó con talleres de video y el acceso a cámaras, cada vez más aggiornadas con el avance tecnológico. A finales de los años 80 tuvo por primera vez una cámara en sus manos durante varios días. Fue Sergio Rodríguez, que venía de estudiar Cine el que me dijo: “‘tomá, llevatela a tu casa’. Aproveché y filmé todo”, recuerda.
En el Club Universitario, Papalardo participó de una serie de espacios de formación donde se produjeron decenas de cortos. “Hicimos como 60 cortos, yo los tengo todos”, señala. En ese período quedaron definidas sus dos grandes pasiones: el deporte y todo aquello que está vinculado con lo audiovisual.

Ese primer acercamiento se profundizó con talleres de video y el acceso a cámaras, cada vez más aggiornadas con el avance tecnológico. A finales de los años 80 tuvo por primera vez una cámara en sus manos durante varios días. Fue Sergio Rodríguez, que venía de estudiar Cine el que me dijo: “‘tomá, llevatela a tu casa’. Aproveché y filmé todo”, recuerda.
En el Club Universitario, Papalardo participó de una serie de espacios de formación donde se produjeron decenas de cortos. “Hicimos como 60 cortos, yo los tengo todos”, señala. En ese período quedaron definidas sus dos grandes pasiones: el deporte y todo aquello que está vinculado con lo audiovisual.

“La primera vez fue en el 95 con una cámara prestada y tres años más tarde pude comprar la primera. Los tiempos van cambiando y uno trata de mantenerse actualizado, pero además elige para quién trabajar. Prefiero gente común, que te paga casi lo mismo que planea un evento fastuoso y la pasás bien”, sumó.
La etapa como documentalista comenzó hace ya más de una década y surgió, en parte, a partir de una búsqueda personal. “Yo quería conocer a Menotti”, cuenta. De ese encuentro nació, “La pelota”, una obra construida a partir de los testimonios y las reflexiones sobre el amor al fútbol.

“Todos nos acostamos pensando en lo mismo”, dice, al explicar el eje del proyecto que se vincula con la pasión por el deporte más popular en el país. El trabajo se presentó en la universidad y contó con una gran convocatoria. “No había internet, ni redes, se llenó el auditorio gracias al boca a boca”, recuerda.
Desde entonces realizó más de diez productos terminados, casi todos ligados a historias locales de exitosos atletas. No obstante, aclara un punto para nada menor: “Nunca me buscaron para hacer documentales sobre tal o cual persona”, sostiene, salvo contadas excepciones. Para él, la clave está en la honestidad del relato.

“Lo bueno de este género es que hay lugar para todo. Si una imagen está dañada, también sirve por su valor histórico”, asevera. Reconoce que existe una evolución técnica con el paso del tiempo, pero asegura que la esencia no cambió: “La pasión siempre está en el mismo lugar”, resume.
Entre sus trabajos más significativos menciona los dedicados a figuras y clubes con fuerte arraigo local. Se regocija cuando pondera el valor de reconstruir trayectorias que no siempre tuvieron el reconocimiento merecido. “Si no ganás, parece que no existís”, reflexiona, en una crítica al olvido que suele rodear a muchas historias deportivas.

Hoy, Raúl continúa filmando horas y horas, acopiando todo el material y sigue evaluando nuevas ideas. Tiene registros de músicos, historias filmadas durante la pandemia y cuenta con proyectos que están a la espera de su momento de edición. “Siempre tenés que sumar imágenes en la cámara, ahí radica la clave”, añade.
Desde la ciudad y para el mundo, con su herramienta al hombro y la memoria como motor, sigue construyendo un archivo sensible de historias locales, es un convencido de que el documental es una forma de mirar, de escuchar y de devolverle al presente aquello que el tiempo intenta dejar atrás.

Su material se distingue por la recuperación de instantes emblemáticos, abordados desde una perspectiva íntima y emocional. A través de archivos, testimonios y una cuidada edición, logra activar la memoria colectiva y conectar al espectador con recuerdos que apelan a la nostalgia, el sentido de pertenencia y la épica cotidiana.
Más que relatar los resultados o las estadísticas, sus producciones buscan rescatar el valor humano de cada uno de los momentos, convirtiendo al deporte en una excusa para hablar de identidad, tiempo y emociones compartidas.

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